Viaje adentro,
al fondo, a ese barro primero
solícito para las manos,
los algodones tendidos
en coincidencia milagrosa con la herida.
Lo blando: refugio de las aristas
que nos duelen.
Viaje por los corredores de la sangre,
por el andamiaje de calcio que nos alza
en rebeldía incesante ante la gravedad.
Para ser polvo encendido en la frente
de algún dios, reconciliación
de puntos cardinales, fervor
que nos eleva a esa colina
desde donde podemos ver
la infancia que nos aguarda.
La última resistencia
Puede zozobrar el mundo bajo los pies,
alzado tantas veces en el regazo del alba
y hecho escombros en su espalda,
los continentes pueden astillarse en archipiélagos,
rompecabezas a la deriva
ensayando una geografía inédita.
El mármol puede sangrar sus vetas,
llorar arena en los ojos de las estatuas,
girar los pedestales de dioses,
las raíces ensayar su salto ultérrimo,
dislocar las copas que invocan
el vino de la altura,
bendito trueque de corteza en cielo,
de ala devenida piedra.
Pueden temblar las cuerdas
y las falanges, las semillas
y lápidas, arder los pájaros
en un vuelo suicida…
Nada veremos, nada sin antes
sacudirnos las muertes ordenadas en las sienes
para ver lo ínfimo encendiéndose,
pira descomunal para el aliento, los relojes
subyugados por una niñez sin término
y todas las brújulas confesando su derrota.
Poema de la sed
Sobrevino la sed
en las cuencas y los cráneos,
sed que se desplaza y agiganta
una vez que se nombra.
Y ya no hay lluvia suficiente
para entretener esta sed
de pradera en llamas,
sed desguarecida de su agua,
cal de tumba al mediodía,
pájaro que se nos seca en el vientre.
Sed de tanta evaporación de nuestro rostro
en todos los espejos.
Vértigo del brote
bajo la tierra, conduciendo
el anhelo de la savia
ciego al juicio de la escarcha;
vértigo de la flor
suspendida en su andamio
de briznas, revelando su perfume
al mismo viento que la lacera.
Vértigo de sentir el temblor
del mundo en las varas.
Las varas se desorientan y
los bosques elevan su última plegaria.
bajo tus pies las brújulas confiesan su derrota
se desvanecen los mapas que nadie releva
bajo tus pies
mercurial
fugitiva
la tierra tendida para el desastre
las orillas socavadas por la creciente.
Pájaro moribundo
Sacarte de la jaula
como a un corazón todavía latiendo
fuera del pecho, un corazón anterior al diluvio
aterradoramente niño o pájaro
y ese no peso hasta el vértigo
de tu luz apagándose en algún cielo
detrás de los dedos,
ese peso insoportable de lo limpio.
Nunca las manos fueron tan culpables,
culpables de atrás, de lejos.
Jaula última antes del frío.
Con miedo sostenerte,
con lágrimas: imposible sostener
esa mirada de continente
hundiéndose en las manos,
esta súplica de sed de Agosto.
Imposible no caer de
bruces blancas.
En las alas hormigas ciegas abrirán túneles,
te llenarán del cielo que no viste
desvelarán la maquinaria del vuelo.
Autora: Laura Giordani
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