y entonces el día permanecía fijo como un alfiler clavado a una mariposa de colección
y las grandes alamedas se cerraban para nosotros
y la oscuridad era una bolsa de polietileno que nos tapaba la boca
y en los estadios nos cortaban las manos
y la poesía era un poco de carne podrida, oscura de moscas, al sol.
Leonor García Hernando
Poema para una heladera vacía
Esta no es la poesía que hubiera querido pero, una vez más, la heladera está vacía.
Una vez más, alguien golpea a la puerta para vender, y comprar algo, porque aquí todo tiene su precio.
Acá los pájaros mueren de hambre y uno se enferma
y yo busco una palabra, un ala de pájaro muerto, el precio de este desgano
busco la forma en que pueda caer tranquila, aunque la heladera y la vida estén vacías
aunque los mercaderes te traigan de nuevo: pájaro muerto, palabra anudada.
Alguien golpea a la puerta para entregarme la muerte.
Final del sueño
Todo, al final, resultó ser parte de la gran hipocresía sistémica donde los crédulos miran televisión,
y se piensan, y creen que se están viendo.
Después, lo único que se pudo hacer, fue cortarse las venas, una sobredosis de viagra, una inyección de pentotal para despertar del sueño ingenuo.
Esto es lo que quería papá cuando dijo: “mi hijo el doctor”, y me alzó en brazos. Esta especie de limbo, de burbuja que es el mundo, pero
¿qué voy a hacer con vos, amor?
Al final, tampoco era cierta esa idea añeja del amor, del que mamá hablaba mientras se pintaba los labios.
La aguja entra en la vena, el líquido incoloro dilata las válvulas, el calor recorre las arterias, la solución enamorada del espasmo, los tendones se contraen, el ardor de los nervios y, luego, esa paz donde todo se derrumba.
¿Dónde voy a guardarte amor?
Sino en esta parodia de ahogarte en un golpe seco del brazo extendido que busca el torrente.
Todo se te parece tanto, esta aguja hurgando, inflando la vena y, después, los ojos clavados en el techo: abiertos, alucinados, luchando por hacer remoto el control de esta vida.
Nosotros; los gusanos
Llegás tarde, porque prendieron fuego el tren en Moreno. Usualmente, suceden ambas cosas.
Lo único que hay, hoy, para comer, es un paquete de lentejas con gorgojos
sacaría los gusanitos, y los pondría en una de tus plantas.
Los gusanos no esperan. Se retuercen como si fueran niños cuando los aparto de las legumbres.
Estamos juntos porque no tenemos adónde ir
jamás voy a decirte lo de los gusanos en las lentejas, jamás
ni siquiera en esas conversaciones que surgen de la noche.
Los gusanos no esperan nada. Los gusanos viven así, hasta que las lentejas hierven, porque no tienen adónde ir.
El rock del gordo Pipo
Un charco puede ser la peor emboscada y, a veces, esto hay que tratar de adivinarlo
aunque, para nosotros vivir en esta ciudad, esté íntimamente relacionado con la idea de que prever es imposible. Los de al lado son unos enloquecidos con la música, siempre cumbia y cumbia
pero acá el rocanrol es hasta el final, hasta el último aliento
como el gordo Pipo que se murió el año pasado, con un vaso de cerveza en una mano, y en la otra la púa tocando un tema de Hendrix.
La muerte podría ser un charco al que uno siempre subestima
te mirás en ese espejo, aparece tu rostro demacrado
tanto reviente, como el gordo, como los vecinos, como nosotros. Pero nosotros no podemos prever y, además, nunca un charco puede tener semejante profundidad
nosotros nos tiramos derecho al charco, y caemos de jeta sobre el agua podrida
como el gordo Pipo cuando se desplomó sobre el charco del vaso de cerveza
y, a todos, nos dio tanta pena
ése último vaso del gordo Pipo desparramado por el suelo.
Figuras de puntos en planos distintos
(No todos los puntos están en el mismo plano)
Ir de la matanza hacia el norte es pretender atravesar el mundo
las cosas en esta ciudad se complican demasiado
y acá, después del genocidio, lo único que hacemos es sobrevivir.
Hay meridianos que en esta ciudad están latentes. Hitos de los que está prohibido hablar
yo no quería, pero tuve que cruzar esos límites y, al final, lo único que ha prevalecido es este bolso que llevo para venderte algo.
Las cosas se complican, y los meridianos se trazan con sangre
como la ciudad, y un puerto que no existe
la necesidad de correr para no ir a ningún lado.
En medio de esta matanza los cuerpos caen sin defenderse
alguien dice que deberíamos resistir mientras el olor del poder brota de las axilas.
En esta ciudad suceden cosas increíbles
los meridianos y los puentes me condenan a la cárcel de amanecer, para borrar esas líneas injustas y, sin embargo, sucede que un día da lo mismo leer poesía o traficar cocaína.
Nosotros y las garrapatas
Hoy entró el sol por la ventana
así fue como supimos que estaba llegando el verano.
Sacamos los colchones húmedos, y eran tan tristes esas manchas
las huellas de humedad parecían manos y caras todavía durmiendo.
Aunque repitas que no es necesario igual arrastro algunas frazadas apolilladas y las extiendo sobre los árboles para que puedan descansar de nosotros, de tanto invierno, de tanto arder sin razón
miles de garrapatas comenzaron a salir de las paredes. Eran tan pequeñas, tan diminutas, tan con carita de insecto que resurge feliz después del hastío, tan parecidas a nosotros.
Durante tres días quemamos sus cuerpos
las perseguíamos con una vela, con un encendedor entre el júbilo y la angustia
pero algunas intentaban escapar del fuego
y otras se quedaban quietas para simular la muerte
movían sus patas, contorsionaban su pequeña existencia, luchaban hasta el último suspiro
a diferencia de nosotros, ellas ardían con cierta dignidad
hasta que la llama las hacía estallar, y el cuerpo quemado parecía mi cuerpo.
Ellas lo saben,
y por eso algunas prefieren hacerse pasar por muertas, se quedan quietas, contienen la respiración, agachan la cabeza, cierran los ojos, y se tienen sin pensar
no piensan en nada
lo mismo que nosotros debajo del invierno.
Menos corazón te digo
Así, se llega cuando los pies se enredan con otros pasos, y se termina escondido en el territorio neutral del mundo
la puerta de un baño en estas ciudades sitiadas de puertos se cierra
mecánicamente todo es una mercancía donde se hace el trueque justo y sano
que luego, con tanta técnica habrán de negar a favor de la mesura.
El agua infla los dobladillos, se hincha la tela de ese jean extraño
tu boca es la misma que la mía, tu forma de quejarte, de saber que estás muriendo, de contraer el corazón hasta la insignificancia, menos corazón te digo, y los brazos se pegan a los azulejos, se hacen hilos de agua que gritan, que chorrean del botón del sanitario, de las juntas de los cerámicos, de las uniones de las cañerías
nuestros brazos son ríos delgados y tímidos que caen por los muros, que no cuestionan sus desbordes
y en ese instante, las manos intentan hacer ventosas
deforman esos cauces, detienen lo que se derrama, sostienen las formas de los cuerpos, hacen eficaz el motivo de la entrega
caemos en medio de la mugre.
No hay nada que importe cuando la promiscuidad es blanca y límpida
como la cuna de un niño que ha nacido para deleitarse con el sueño
una cara junto a la otra, nos miramos, prometemos olvidarnos para siempre
metés la mano en el bolsillo del pantalón, me das un papel, cierro la palma de la mano, la puerta del baño
jamás, voy a decir tu nombre.
Poema de un final inevitable
Es triste verse así, hundido hasta el cuello en estas obsesiones,
escuchando mil veces la misma canción, y cerrar la boca para no ingerir el sobrepeso del mundo
es una pena guardarlo todo dentro, muy dentro, con la presión de una tapa hermética y, luego,
recurrir a un teléfono a la medianoche, y ser algo menos que un llamado,
un grito sofocado entre dientes, una convulsión a la luz de la luna
es espantoso desaparecer así: con la cabeza sobre el inodoro mugriento en un baño oscuro,
con canillas que pierden para ser esa gota insignificante que va hacia el desagüe,
ser esa respiración que se apaga, ese vómito que nos quema
es triste verse así: con la boca abierta masticando el piso, con los ojos abiertos ahogados en el agua,
con las manos azules y los dedos doblados sobre el sanitario.
Es una pena ser así: parte de lo que tiende a esconderse, engranaje de lo que no funciona, convalecencia de la enfermedad, suspiro final de la inercia
es espantoso verse así, agonizando para que alguien te ofrezca un poco más y, al final, le digas:
no, gracias. No puedo.
Poema dormido en el filo de una navaja mariposa
Mi mano acaricia el filo de una navaja mariposa
mientras espero la primavera en este borde del mundo, y peleamos
con la contrariedad de ser las próximas víctimas.
Acá, es donde la culpa de la injusticia nos arroja con fuerza hacia la precariedad de los muros
y la ciudad, una vez más, gira, se retuerce.
Acá, es donde cierro los ojos sobre mi lecho y sueño que vuelo, me río del vértigo
como si la muerte fuera el próximo trago.
El mundo se ha dado vuelta para nosotros
mi lecho es apenas una manta en el piso
que mira al cielo
que ha dejado de quedar bien con la vida.
Bifurcación de caminos en Plaza Italia
Nos alcanzan hasta Plaza Italia
vos, con tu carterita de plástico y los pantalones desabrochados, no podés saber
que te pisás los dobladillos, que tus ojos están al borde del llanto.
Busco unas monedas para el viaje
recién entonces, me mirás las manos, decís que no tenés para volver
damos vueltas por las veredas, peleás con la gente cuando te niegan el cambio
nos sentamos en la escalinata del banco río como si estuviéramos por meter los pies en el agua, como si realmente hubiera un río pasando, miramos a los que transitan
mientras las cenizas de los cigarros se derraman en el hueco de tu pecho
sé que estás triste, que sentís que estás muriendo. Se te caen los pantalones. Pero no me atrevo
así como no puedo decirte que me he equivocado, que hasta Plaza Italia hemos llegado
y el camino ahora se bifurca para no juntarse nunca más en el tiempo de vida que nos queda.
Te pregunto: ¿qué hiciste otras veces con el dolor?
me decís que te tomás un rivotril, y te acostás, mientras ese río de la congoja te lleva, te arrastra hacia el vacío, te guarda debajo de las piedras, te ata a la sombra de los que aún caminan, te ahoga en la culpa de los que siguen.
Siento que la carterita de plástico se va separando de tu cuerpo, que la tristeza la arranca del color rojo de tu remera, que es tanto el dolor que tus pantalones caen, y la carterita de plástico acompaña el movimiento de tu panza fláccida y blanca, y los pantalones te consumen los pasos
como esa tristeza, como el rivotril, como las raíces de los árboles de Plaza Italia.
© Valeria Zurano
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Una vez más, la poeta argentina Valeria Zurano, nos remite a esos lugares y a esos seres en la búsqueda de pasos inciertos y al mismo tiempo refleja la imagen de criaturas nutridas por el agovio de una sociedad que golpea las almas de quienes dibujamos un mundo sensible.