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Dormir en esta caja
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1
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Duermo en esta caja.
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Cierro los ojos y los puños
y aprieto pájaros
hasta volverlos una anticipación
de sangre tibia y plumas.
Guardo en esta caja
mis brazos y mis piernas.
Oprimo el vientre para así caber mejor.
Apago el corazón:
envuelvo
en filamentos de oro sus latidos.
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2
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Duermo en esta caja
o esta caja duerme en mí.
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Entre nosotros hay una igualdad de madera y carne,
un vértigo que nos confunde hasta hacernos indistinguibles.
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Abro y cierro cada noche esta caja
y es como si en una música de vértebras
me abriera o me cerrara.
Giro el triángulo de hierro de la cerradura,
le doy infinitas vueltas a la llave
y luego me la trago para protegerla.
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3
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Dios me mira en esta caja.
Dios debe acercar sus oídos a las paredes de madera
para escucharme.
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La tapa es un cielo horadado de estrellas
y no sé si bajo o subo a él:
adentro hay terciopelos que se erizan con mis pisadas,
hay peldaños,
hay blancos y ciegos animales
que cuelgan como guedejas
y acercan sus amorosos hocicos.
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Yo atravieso cámaras y bosques,
salto piedras desbocadas,
vuelo riscos
hasta encontrarlas a ustedes, mis esposas,
con sus cabezas de cabra
embistiendo la noche.
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Cazar truenos
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voy a cazar Truenos:
las trampas son para los machos y los lazos para las hembras:
voy a retorcer su carne encendida
excavaré el aire para buscarlos
las paredes dentadas de las montañas:
aún no sé lo que es cazar
y si me pidieras que te explicara por qué debo buscarlos
te diría que ellos son el cumplimiento de mi pérdida:
adiós: besa el espacio ausente de mi brazo
y déjame tu insensibilidad:
deséame Truenos ballena
y mórbidos Truenos de marfil
Truenos madre con sus lucinados Truenos hijos:
concédeme el frío amanecer
y la misericordia de los arpones
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La ciudad de las tijeras
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En la noche oyes una tijera
tu mujer está dormida y no hay nadie más en casa
pero suena incomprensible
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con sus caricias metálicas
cortando sin detenerse la oscuridad.
Debe ser una tijera de Bruselas
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porque Bruselas es para ti
la ciudad de las tijeras.
Es fácil imaginarlo:
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una encajera
de cofia ciega
y mejillas enrojecidas
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en el aire estrecho de una habitación
apenas iluminada por dos o tres anillos de luz
con los dedos fríos
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impredecibles
debe estar cortando tela allá
o tal vez alambres vivos
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o vendas
o cabellos carniceros.
Y con la respiración
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de las cuchillas que se atraviesan
sabe que todo lo que divide es un simulacro
una postergación
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para no cortar el único hilo que verdaderamente importa.
No sé si tú serás ese hilo
o yo
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o si todos debemos serlo en algún punto de nuestras vidas
tampoco sé exactamente qué sostiene
ni por qué ella lo cuida
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en el encaje
como una estrella torcida.
Pero en Bruselas
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ella deja un instante su trabajo
para cruzar con la tijera
un mensaje desesperado
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que por una ofuscación del espacio llega aquí
y corta esta noche
en una música penitencial
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tus oídos.
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[de: Una mesa en la espesura del bosque]
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Antena
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caminas por el borde del mar tocando con tu mano izquierda la pared herida de salitre
¿has pensado por qué lo haces?
tal vez la pared y el mar así lo han decidido y eres su instrumento
tal vez eres el único ser vivo en este malecón que no avanza ni retrocede y está detenido en la pura cornisa observando cómo te acercas por la playa con un bastón metálico en la mano
lo clavas en la orilla porque es una antena y empiezas a transmitirle a unos imperdonables oídos futuros
que tienes que estar aquí sosteniendo con la mano izquierda la pared y con la derecha el mar vacío
pareces una isla en la que quisiera, casi dolorosamente, retirarme a vivir
pareces el ojo entreabierto del cielo que empieza a sangrar
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[Inédito]
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© Carlos López Degregori
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Reinhard, gracias por presentarme esta voz inmensa de este poeta que no conocía. Magnífico.
Un abrazo.
Antonio Arroyo.
Antonio querido, es grato decir que Carlos López Degregori no solo es un gran poeta sino también una gran persona. Me alegra que sus poemas te hayan gustado.
Un abrazo inmenso de isla a isla!!!
Reinhard
gracias por permitirme leer tan maravillosos poemas.
Gracias a ti, Marta, por tomarte la molestia de leer la excelente poesía de Carlos López Degregori. Un caluroso abrazo,
R.