Durante la Cuaresma se dirigió el Doctor Fausto a la feria de Frankfurt. Su espíritu Mefistófeles le contó allí que en una taberna de la calle de los judíos había cuatro magos que se cortaban la cabeza unos a otros y se la enviaban luego al barbero para que les compusiese la barba, y que mucha gente contemplaba aquello. Mucho disgustó esta nueva al Doctor Fausto, que creía ser el único polluelo en la nidada del Diablo, y fue a verlos en el preciso momento en que los magos se habían reunido para cortarse las cabezas, y con ellos se hallaba el barbero encargado de componerlas y lavarlas. Sobre la mesa había un alambique de vidrio con agua destilada. Uno de ellos era el mago principal, el verdugo, y con sus artes mágicas hizo surgir en el alambique un lirio que empezó a florecer, y lo llamó “raíz de la vida”. Luego ejecutó al primero de sus compañeros, mandó que le hicieran la barba y volvió a colocar su cabeza en su lugar. Al punto desapareció el lirio, y el hombre recuperó su cabeza por entero. Lo mismo hizo con el segundo y con el tercero, que también tenían sus lirios en el agua: mandó que les hicieran la barba y volvió luego a colocarles la cabeza en su lugar. Mas cuando le llegó el turno al mago y ejecutor principal, y su lirio floreció y reverdeció en el agua, cortárosle también la cabeza, y mientras la componían y lavaban en presencia de Fausto, éste se enfadó al ver tanta infamia y presunción en el mago principal, que se había dejado cortar la cabeza blasfemando insolentemente y con la risa en los labios.
Acercóse entonces Fausto a la mesa donde estaba el alambique con el lirio, tomó un cuchillo e hirió con él la flor, separándola del tallo sin que nadie se diera cuenta. Cuando advirtieron los magos el desaguisado, sus artes redujéronse a nada y no pudieron reponerle la cabeza a su compañero. Y aquel hombre malvado tuvo, pues, que morir y perecer en pecado, que es así como el Demonio acaba recompensando y despachando a quienes le sirven. Mas ninguno de los magos supo cómo había podido cortarse aquel tallo, ni tampoco pensaron que lo hubiera hecho el Doctor Fausto.
© Juan José del Solar, de la traducción.
© Tomado de El mito del mago, Cambridge University Press, 1997.
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