Enrique Prochazka. Golpe de timón

Enrique Prochazka

Enrique Prochazka

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Era un ciclista salvaje, pero no estaba interesado en los paseítos que se daban sus colegas en sus bicicletas de tres mil dólares. Para Víctor la suya era un medio de transporte, no un lujo: y por eso una inmensa fuente de placer. Ninguno de sus triunfos en la selva financiera, ninguno de sus cartones valía sin esos feroces quince minutos nocturnos, de regreso hacia su departamento. Atravesaba los cruces de semáforo en rojo, su celular microscópico saltando en el bolsillo del pantalón deportivo, los automovilistas asegurando en voz alta cosas sumamente profanas sobre su linaje. Llegaba al edificio rebosando de adrenalina, para ducharse, poner algo de música y cenar ligeramente.

Jamás salía. Usaba las noches para considerar su día, atender largamente el correo electrónico y ver algo en el cable. Las mujeres no lo desvelaban. Alguna vez tuvo un conflicto amoroso, que le pareció fantasmal en contraste con la nitidez de su dosis diaria de trabajo en la Corporación. Se enamoró sin ser correspondido y sufrió su porción; pero le hubiera gustado ensanchar la escasa magnitud del laberinto en su pecho sólo para poder hacerse cargo de algo complicado. Olvidó a la niña, y nunca dijo una palabra para defender que lo que todos creyeron despecho había sido en verdad aburrimiento. Convertir a su equipo de trabajo en un sistema experto y optimizar todos los procesos de la Corporación era satisfactoriamente difícil y harto más apasionante.

Lo habían contratado para una gerencia hacía medio año apenas, y ya su oficina lideraba las actividades de la mitad de las empresas del grupo. No es que tuviera mando alguno en lo que hicieran, pero Víctor no podía dejar de ser quien era, de trabajar cada día tres horas más que las doce que dedicaban los otros gerentes, de meterse en todo, de solucionarlo todo, de avanzar en direcciones novedosas cuando a nadie se le ocurría siquiera que esas direcciones pudieran existir.

Ahora, la Corporación enfrentaba tal retahíla de dificultades que las soluciones no podían provenir de un solo frente. Las exportaciones a Europa decaían, un competidor tradicional estaba subiendo demasiado en el mercado local, y desde hacía unas semanas los amigos de la banca los trataban con una cortesía escalofriante.

Pero él era Víctor, el Víctor que había empezado su aventura empresarial mientras todavía no terminaba la universidad, importando maquinaria textil a un tercio de su valor y vendiéndola al doble. El Víctor que después de terminar dos MBA’s hizo una pequeña fortuna con una firma consultora en la que empleó a sus ex profesores. El Víctor que, cuando estuvo con los japoneses, los desconcertó salvando sucesivamente de la quiebra a dos empresas que le dieron para llevarlas al matadero; la segunda terminó el año dando utilidades nada desdeñables. Cuando la crisis alejó a los nipones le llovieron ofertas de trabajo. Fue él quien eligió a la Corporación, no al revés.

En esa trayectoria de diez años de eficacia había profesionalizado el estrés y había adquirido algunas malas costumbres. La primera era la de salirse siempre con la suya. Perder no era una opción y nadie que sobreviviera a una semana de trabajo a su lado iba a olvidarlo nunca. La segunda era un pesado juguete que esperaba en un cajón, y al que llamaba cariñosamente “Plan B”. Feliz con el tinte dramático que daba al asunto, lo consideraba su opción cuando perdiera. Nunca le había hecho falta; siempre estaba el arrebato de ese regreso a casa dándole alternativas a la muerte sobre el agresivo asfalto de la ciudad.

Como su ruta de retorno —como todos los demás procesos de su vida— el ascenso al departamento estaba optimizado al límite. El arribo a casa y la carrera vertical de treinta y cuatro escalones (le disgustaba esperar el ascensor para solo dos pisos) eran la diaria culminación de una existencia tensada por la eficacia.

Ahora, sin embargo, algo lo perturbaba. Uno de esos detalles en los que normalmente no se repara pero que, una vez que se los ha observado, no dejan de molestar. Era una nimiedad, una estupidez. Descubrió que siempre que —ya a pie— atravesaba la gran puerta metálica del edificio, mientras sujetaba el asiento con la mano derecha para dejar que la reja automática cerrara tras de sí, el timón viraba incontrolablemente hacia el lado derecho. Ahora bien, las escaleras que conducían a su departamento estaban a la izquierda. Perdía torpes segundos en acomodar otra vez el manubrio y llevar la bicicleta en la dirección correcta. Quizá le había venido ocurriendo desde siempre, pero ahora que lo notaba debía corregirlo. Desde hacía días sus intentos eran inútiles; su habilidad no prevalecía contra la obcecación del timón. Que un proceso fuera indócil, podía comprenderlo; que aquello pudiera deberse a su desmaño era intolerable.

Pero esta había sido la noche de su más grande triunfo. Había logrado la fusión por la que había venido presionando durante tres meses. Gracias a su maniobra, la Corporación liquidaba a su competidor más fuerte, se hacía de muchos amigos en el sudeste asiático y él obtenía una participación en una empresa subsidiaria. Y esta noche, precisamente, había redondeado su triunfo acertándole a una solución para el enojoso asunto del timón. Todo consistía en inclinar la bicicleta hacia la izquierda durante un segundo. Todo consistía —precisó mientras derrapaba entre dos combis a la entrada del Óvalo Higuereta— en girar la muñeca y dar una mínima sacudida al asiento. “Ahora sí —se dijo— giro, sacudo… y el timón se inclinará hacia el lado izquierdo”.

Dejó que el cálido flujo de la adrenalina al frenar profetizara la culminación de sus esfuerzos. Como en los días previos a la fusión, la ferocidad del estrés se compensaba con la enorme satisfacción de planear algo astuto y obtenerlo, con el orgullo de poder predecir un buen desempeño. Un orgullo que siempre tenía asidero.

Confortable con su garantía, con la tranquilidad de ser él su propio valedor, se apeó y abrió la reja del edificio. Giró la muñeca experta y sacudió el asiento; el timón dio un nítido, indubitable giro hacia la derecha, hacia el lado contrario de la puerta, como siempre.

Sin entender lo que le acababa de suceder, o acaso comprendiéndolo demasiado a fondo, Víctor se congeló allí durante unos instantes y apretó los puños. Pacientemente enderezó el timón y cargó la bicicleta los treinta y cuatro escalones, sin pensar, más despacio que de costumbre. Entre sus jadeos, un hondo suspiro le hizo recordar el “Plan B”.

No encendió la luz al llegar a su departamento. Arrojó la bicicleta a un lado y marchó de frente al cajón de su mesa de noche. La pericia de diez años de gerencia proactiva se impuso sobre cualquier prudencia, cualquier temor. Él no sería el obstáculo para la aplicación de soluciones drásticas. La .38 Smith & Wesson no iba a tener que esperarlo nunca más.

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Autor: Enrique Prochazka

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