Carlos de Rokha. Cántico profético al Tercer Mundo

Carlos de Rokha

(Santiago de Chile, 1920 – Santiago de Chile, 1962)

I
Sobre toda porfía el hombre aviva su sagrada soberbia porque quiere volver al principio del mundo. Su cuerpo real toma los destellos del bronce y es arrastrado al sueño para así no ceder: Veámosle venir, su ceniza cubramos con la nuestra.

Su himno oigamos con júbilo y su entrada feérica nos siga: sea su imagen trocada por el furor maligno.
De ningún modo podrá ese exorcismo cumplir si abandona su gloriosa esencia.

No caerán las visiones como secreta retribución que llamean en su imagen. Él lo sabe y aguarda tranquilo.
A ratos busco algo más; la misma luz me hace creerme irrevelable, pero después retorna a la muerte entre los que a gritos la anuncian.
¿Acaso yo quiero abolir lo terrestre? ¿Despreciar ese límite que a veces toco y me deslumbra? ¿Arrancar de mi espalda los signos del sueño y cambiarlos por los del sueño?

Nada conjuro sin tentación, nada conjuro para en mis adentros alcanzar lo inefable.
Igual a mí mismo lleno de fugaces poderes e irreparables pérdidas.

Hay algo además de un secreto temor que informa mis sentidos; barcas llenas de ojos que son los del ser, angélicos y feroces, luego brillan.
¿Ahí no es donde estoy y me descubro con cólera y fría reserva?
Soy yo el que se predice entre los lobos.
Cada ángel pierdo en un sollozo: en su costado agítanse carbones y nada retiro de su justo lugar.
Yo me muevo con signos: aprendo a tomar del sueño lo necesario. Así me bato entre los estériles hijos de la tierra.
Aparece oh madero de luz y condéname, aparece precedido por jaurías de lobos que ahí llegan y en tus alturas me estremecen.
Aparece arrebato en mí y cíñeme, tu corona destrocen mis pies dulce y solitaria.

Tú te desprendes de mis bienes, luego soy yo el desheredado.
Oh, cúbreme de horas para en ti sobrevivir. Mi lengua llena de sangre y mi espalda de orgulloso brillo.
¿Qué visión recóndita me nombra a ciegas?
Hacia esa total amplitud ensálzame y adentro de mí en tu luz prefiéreme al que te desolla.
Bebe lo que arde en mis sellos según la hondura del tiempo.
Hago brotar lo sagrado apenas estalla en mi memoria revestido de admirable sentido.
Cógeme en tu aceite, tu luminoso aceite arrancado a la entrada de los peces.
Mas, ¿qué inmortal ráfaga terrestre me transfigura a su sola posesión?
Vivo entre los criados de mi casa y oigo sus sollozos mientras descubro el misterio: vigilan a la puerta acompañados de blancas liebres y armas de caza.

Abro en señas el cuerpo, el sagrado cuerpo colérico, abro los lobos y exclamo: «¡Levántate la liberación del durmiente es llegada!»
Restituidos son a su origen los primordiales misterios del ser cuya frente entrega a las águilas de una calle nocturna.
¡Oh, blanco cuerpo saciado de alas, las lámparas volcad una a una!
A nadie muestro la suprema escritura del pacto, a nadie detengo para ello; la marca invisible hará que retrocedáis, pero al fin la tocaréis con vuestra hacha.
Mi corcel mojo en la lengua de los ancianos parecida a lúcidos testimonios de promisión, recibo la heredad endurecida de la muerte y su ceniza retengo.
Llenadme de su sentido como de una llave, pues nada poseo y cae mi alma para adorarte entre los ángeles.
De la muerte soy: ved en mí al enemigo que se ensancha, al iniciado por los brujos.
Así me cubro de desvelados confines aparecidos, desahogados animales me siguen y yo abro los molinos a los bandoleros de agua de invierno.
Quiero caer, extendido estoy, pero necesito resplandor.
Oráculos fríos del hombre despertadme entre lo que yo otorgo.
Ofrecedme el profundo designio que a viva fuerza reclamo.
Pero del tiempo nazco acaso en segunda forma.
Ocaso de altivas resonancias en mí te reproduces.
Mas sólo la sombra del ámbar de tus brazos es la que forma una copa sobre el cielo, pero esa copa yace quebrada: animales en cuya frente yo veía el jade, bebían en ella; reyes y leprosos lloran al pie de sus ruinas y la copa se rehace para volver a perderse.
Aparición de profundos conjuros hechízame si a tu cetro me condenas.
Para ti descubro ¡ay!, no imito el mundo inmolado, lo insondable, lo cruel.
Otorgado a mi sangriento linaje el sueño obra tu rostro he de poner contra el día en secreta obstinación.

II
Somos llagas de carnicería divina y masacre.
Viejos principios mueven la luz y nos tocan el cuerpo y luego vuelven a teñirse de engendros del mal cuando en mí su melancólica proclama ondea la tierra.
Descúbrase el gemelo natal de mi vida: éste es el fuego.
Toma de ti el celo que incumbe al durmiente deposita tus bienes como arrebatados cinturones.
Así son contados los pasos del hombre y los oímos aunque sellen sus designios.
Oh, dioses que habéis hecho mis desgracia, desterrad de mis labios el misterio que los cierra.
Desnudo bajo la tempestad encarno su imagen. Soy el fiel intérprete cuyo canto horada las rocas.
Sobre mi mano, a esta hora que ella rasga las arpas de la tiniebla, leed, leed la clave de la horda.
Mis sellos se demudan: corceles rojos cantan en el fuego y sus jinetes se alzan, pero desprovistos de hábitos de seguridad el holocausto invisible agita sus reyes.
Promisor es el vino que mancha los labios de la bella: la oigo cantar entre los muertos preñada de rosas.
Hija de la cólera; sus vestiduras son vendidas a los gitanos, pero su amor no tiene precio.
Untas tu cuerpo con anémonas de calor y orquídeas benignas. Mas ¡ay! El barquero mortal sube ya las aguas de la Estigia.
El misterio temporal te revela sus signos; mi ojo arrastro ahí para devorarte sin lengua.
¿Qué soy yo sin que me sustenten los enigmas cuya posesión pretendo sin cesar?
Miro con ese ojo único: tu cabellera persigo sobre el cielo y alguien espera su señal.
Dotado de enigmas vengo, oigo el eco del océano, a nada temo.
Vuelvo la cabeza a la alquimia maldita y espero la consumación de mis antiguos y postreros designios.
¿dónde ilumináis la heroína de la muerte?
Soy traslúcido a esa vigilia en lo irreal.
Todo vuelve al mudo e invisible sino y allí la bestia natal destruye su corazón al roce de los soles sumergidos.
Sudamos geología criminal y miseria dorada: niñas asesinadas cantan entre nuestros párpados.
Nadie puede trocar el conjuro y sólo le es dado asistir al desvelo de su propia resurrección en la muerte, que al fin luminosa e inocente, ellos encarnan.
Yo canto lo terrible; lo terrible es más bello que lo diáfano oh ciega memoria temporal de lo que somos: efímeras llagas nocturnas de carnicería y masacre.
La bestia y el ángel luchan en mí hasta destrozarse en lujuriosos soles.
Yo ataco con locura los cuerpos que adoro y aprisiono entre mis besos a la joven matinal cuya aparición entre las barcas es mi súbita recompensa y mi deuda.
Pero bebed, ¡bebed! Un vaso de vuestra propia y maligna sangre y habréis sellado el gran pacto.
Mi corazón tatuado por panteras y buitres sucumbe bajo las garras del dios ebrio.
Cuatro mancebos vestidos de negro interrumpen el festín y levantan la cabeza de la bella inmolada a la altura del rey de los pájaros como para señalar al culpable entre la horda divina.
Espuma y sal hay entre tus labios, oh tú que haces tu participación en mis sueños y danzas hasta imitar la perfección de tu propio artificio de muerte en cuyo espejo todo es posible.
Ven, mi graciosa ondina, cierra tu cuaderno de sabiduría y allí juguemos, ese círculo que ondea los molinos nunca termina.
Habito un litoral de corales donde enseñas diurnas oponen su esplendor a mi avance.
El viento de las jarcias juega en el rostro del extranjero. Extranjero de todos los mundos ¿qué buscas a mi puerta? ¿Por qué interrumpes al ausente? ¿O la hora del te de los pálidos vagabundos?
Creedme, ¡ay!, un ángel muerde las raíces minerales del viento y sus pies doran las aguas mientras una leche azul brota de sus dedos heridos por las arpas del alba.
Sus extremos lúcidos arraigan en mí, y, cazador del más allá, yo interpreto la densidad de sus consignas.

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© Herederos de Carlos de Rokha

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Una respuesta

  1. todos vivimos de fantasmas en cierta manera nos soportan .. de eso hablaba lacan .

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