Allí donde cae la flecha. Yves Bonnefoy

Yves Bonnefoy

Yves Bonnefoy

 

II

Perdido, sin embargo. Tiene que decidir casi a cada instante, y ahora no puede hacerlo. Nada le habla, nada le sirve de indicio. Incluso la idea de indicio se disipa. En la huella dejada por la palabra, en lo que es, ha llegado el agua de la desierta apariencia, y es lo único que brilla.

Cada palabra: algo cerrado, una superficie mate sin nada que vibre, una piedra.

Puede articularla, puede decir: el roble.

Pero cuando ha dicho: el roble —¿y por qué en voz alta?— la palabra permanece en su espíritu, como la llave inútil que se vuelve pesada en la mano. Y la imagen de árbol se corta, se fragmenta y se reúne más arriba, en lo absoluto, igual a cuando miramos las abolladuras del vidrio en los ventanales antiguos.

El color arrojado fuera de la imagen por la hinchazón en el vidrio. Lo que se dice una forma perforada de un falso arrebato. Como si se hubiera abierto la mano que empuña colores y formas.

 

 

V

¿Pero por qué sube ahora por esta pendiente casi escarpada, aunque los árboles estén tan tupidos como abajo, a lo largo de la estrecha encañada? Seguro que el camino no pasa por ahí.

Y desde arriba tampoco conseguirá verlo.

Y ni siquiera podrá lanzar su llamada.

Lo veo no obstante subiendo entre los troncos, por las piedras.

Ayudándose con un palo corto cuando siente el suelo resbaloso por las hojas secas entre las que siempre hay cascajo rodando entre los guijarros: con forma de rombos, filos acerados, grises, manchados de rojo.

Lo estoy viendo —e imagino la cima. Hay algunos metros planos pero tan diferentes pues los breñales llegan a veces a la altura de las ramas. La misma confusión, la misma suerte que en cualquier parte del bosque, pero aquí es así entre todo lo que vive. Un pájaro alza vuelo y no me ve. Un pino caído en noche de viento bloquea la cuesta que otra vez comienza.

Y escucho dentro de mí la voz que emerge del fondo de la infancia: Ya estuve por aquí —decía ella antaño—, conozco este lugar, aquí viví, pero fue antes de la existencia del tiempo, fue antes de mí en la tierra.

Yo soy el cielo y la tierra.

Soy el rey. Soy ese montón de bellotas que el viento ha arrastrado hacia el hueco que aún perdura entre estas raíces.

 

VI

Tiene diez años. Edad en la que uno mira el desplazamiento de las sombras, ¿o eso viene por sacudimientos? y el desgarramiento en el papel de las paredes, y el clavo plantado en el yeso, metal oxidado con ínfimos desconchados alrededor de la incomprensible materia. ¿Estará perdido? Por cierto, avanza desde hace tiempo entre los grandes enigmas. Siempre ha estado solo. Se ha sentado en el tronco del árbol caído, y llora.

¡Perdido! Es como si el más allá, que obtura la línea de fuga, viniera a inclinarse ante él y le tocara los hombros.

Levantar pues los ojos. Cuando dos direcciones se solicitan de una misma manera, en un cruce de caminos, el corazón late más fuerte y más sordo, pero los ojos son libres. Esta noche, en casa, cuando ponga los leños en el fuego como a su antojo se lo permiten: los verá arder en otro mundo.

Cuando habla para él mismo: las palabras resonarán en otro mundo.

Y más tarde, mucho más tarde, largos años después, solo, siempre solo en su habitación con el libro que ha escrito: lo cogerá entre sus manos, mirará las letras negras del título en la cartulina teñida de azul. Separará algunas páginas para que permanezcan de pie en la mesa.

Después acercará un cerillo encendido, una mancha marrón y luego negra surgirá en el color, se ampliará, se perforará, un ribete de fuego claro morderá los bordes que él aplastará con los dedos antes de levantar el folleto para volver a inscribir el signo en otro lugar de la tapa. Y ahora todo un ángulo de ésta se ha caído. El papel glaseado, blanquísimo, de la primera página, apareció abajo, afectado, amarillento por el calor.

Deja el libro. Guardará en su espíritu, no sabe aún por qué, unión de frases y ceniza.

 

VII

El ladrido de un perro acabó con sus temores. Un punto de sol entre las nubes, por la tarde. Los charcos que el escolar ve brillar en las palabras, en el horizonte de su vida, cuando introduce su pluma áspera en la confusión del precipitado dictado.

Y cualquier rama ante el cielo, debido al ensanche, a la opresión de su masa. Lo invisible borbotea, como las nacientes en los deshielos, con violencia. Y las bahías rojas, entre las hojas.

Y la luz que vuelve; la flama en la que todo comienza y todo llega a su fin.

 

Autor: Yves Bonnefoy

Versión al castellano: Jorge Nájar

Fotografía: Lucy Bonnefoy

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