Lady Gregory. Banshees y advertencias

Isabella Augusta Persse,

Isabella Augusta Persse, “Lady Gregory”

Entonces, Cu Chulainn continuó su camino y Cathbad, que le había estado siguiendo, fue con él. Pronto llegaron a un vado y vieron una joven delgaday  de piel blanca, con largos cabellos rubios, lavando, siempre lavando y escurría unas ropas que estaban manchadas de rojo carmesí. Ella lloraba y entonaba su lamento fúnebre. “Pequeño Perro”, dijo Cathbad. “¿Ves lo que hace esa muchacha? Son tus ropas rojas lo que lava y llora mientras las lava porque sabe que vas encaminado a tu muerte en la lucha contra el gran ejército de Maeve.

—Lady Gregory. Cu Chulain de Muirthemne

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Desde los tiempos de Cu Chulainn, o incluso puede que desde antes, a esa mujer plañidera de los Sidh [1] se le ha oído lanzar su angustiosa advertencia a aquellos que están a punto de morir. A Rachel todavía no se le había escuchado lamentar la muerte de sus hijos cuando la joven pálida, cuyos gemidos nunca cesaron en Irlanda, ya lavaba ropas rojas en el vado. Fue ella, o uno de los de su raza, quien contó al rey Brian que encontraría su muerte en Clontarf; aunque tras la derrota de los viejos dioses estas advertencias a menudo fueron transmitidas por otros mensajeros mucho más luminosos, como cuando Columcille, en el amanecer de la fiesta de Pentecostés “elevó sus ojos y vio un gran resplandor y un ángel de Dios esperándole ahí arriba”. Y el propio Patricio recibió su aviso a través de su ángel, Víctor, quien lo encontró en el camino un mediodía y le pidió que volviera al establo en el que se había albergado la noche anterior, puesto que era allí donde debía morir. Tal mensajero bien pudo estar presente en la muerte de ese místico de origen irlandés. William Blake, cuando “prorrumpió en cantos acerca de las cosas que veía en el Cielo, y provocó que los pares del techo resonasen”. Y unos años atrás, la mujer de una casa con techo de paja al pie de Echtge me dijo: “Hubo grandes maravillas en los viejos tiempos; y cuando mi padre, que se encontraba en el jardín de ahí arriba, estaba muriendo, entraron en la habitación tres rayos de luz, la luz más brillante que se viera jamás en el mundo; y había un hombre viejo en la habitación, uno de los Ruane, y yo me ladeé hacia atrás puesto que sentí ganas de desmayarme. Y la gente que venía por la carretera vio la luz, y arriba, en la casa de Mick Inerney, empezaron a gritar que nuestra casa estaba en llamas. Y, cuando llegaron y escucharon acerca de los tres rayos de luz entrando en la habitación y acerca de la cama, dijeron todos que habían sido los ángeles, que eran sus amigos y que lo habían venido a buscar”.

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Cuando murió Raftery, el poeta ciego que vagaba por nuestros pueblos 100 años atrás, algunos dicen que hubo llamas alrededor de la casa durante toda la noche, “y aquello fueron los ángeles despertándole”. Sin embargo, su advertencia no había sido enviada a través de esos mensajeros blancos, sino por una visión que le llegó en cierta ocasión en Galway, cuando la Muerte misma se le apareció, “delgada, miserable, triste y afligida; la sombra de la noche sobre su rostro, los surcos de las lágrimas en sus mejillas” y le dijo que le quedaban solo siete años de vida. Y aunque Raftery le contestó con versos desdeñosos, hay quienes dicen que dedicó esos siete últimos años a rezar y a componer sus canciones religiosas. Para algunos, es una sombra que trae el aviso, o un ruido de golpes en la puerta o un sueño. A la hora de una muerte violenta, la misma naturaleza muestra su simpatía. Me contaron, un día sombrío, que había oscurecido porque un hombre iba a ser ahorcado; y una mujer que había viajado me explicó que, una vez, estando en Bundoran, “vio las olas bramando y volteando” y supo después que eso se debió a que, en ese mismo momento, dos chicas jóvenes morían ahogadas.

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Me contó Steve Simon:

Te diré lo que vi la noche que murió mi mujer. Salí al camino a recibir a los vecinos, que habían venido a verla; mi mujer dijo que no debíamos temer por ella, y no les dejó que se quedaran porque sabía que habían estado despiertos toda la noche en un velatorio.

Así que, cuando los dejé, volviendo a la casa, vi la sombra de mi mujer delante de mí, en el camino, y estaba tan blanca como la nieve cuajada. Y cuando entré en la casa, allí estaba ella, muriéndose.

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La Sra. Curran:

Mi prima Mary que vive en el pueblo de más allá me contó que la semana pasada iba hacia su casa, caminando a lo largo de la carretera, y, aunque es una niña, no ha tenido nunca miedo de recorrer sola el mundo entero. Y era tarde, y de pronto había un hombre caminando con ella, en el terreno al otro lado del muro.

Al principio tuvo miedo, pero entonces estuvo segura de que se trataba de su primo John, que estaba muriéndose, y luego ya no tuvo más miedo, ya que sabía que su primo nunca le haría daño. Y pasado un rato, él se marchó; y ella, a medida que se iba acercando a la casa, empezó a sentir aprensión, y cuando entró se encontraba medio desmayada. Y al día siguiente, el mismo día que hoy pero de la semana pasada, su primo murió.

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El viejo Simon:

Escuché a la Banshee llorar no hace mucho, y, al cabo de tres días, a uno de los hijos de Murphy lo mató su propio caballo mientras conducía su carreta desde Kinvara. Y la escuché de nuevo unas noches atrás, pero no he oído hablar de ninguna muerte desde entonces. ¿Qué es la Banshee? Pertenece a la familia de los Hyneses. Llora por seis familias, los Hyneses y los Fahys y no recuerdo las demás.

La oí junto al río en Ballylee, una vez. Estaba de pie, descalzo, en la nieve, escuchando la melodía que tenía, tan bonita, tan calmada y tan doliente.

Yo no dudaría jamás de los sueños porque he soñado cosas a lo largo de mi vida que luego se me han convertido en reales. Soñé una vez con mi hija que estaba en América, y la vi muerta, y tendida, y una mesa dispuesta con su cuerpo. Ella vino a casa más adelante, y cinco meses más tarde empezó a consumirse y murió. Y ahí la vi, tendida como en mi sueño, y en mi propia mesa.

Una vez iba caminado por la carretera y escuché grandes llantos y lamentos junto a mí, una mujer que plañía, y me acompañó a lo largo de tres millas de carretera. Y cuando llegué a la puerta de casa, miré hacia abajo y vi a la pequeña mujer, muy ancha y con un rostro ancho —con un tamaño similar al del asiento de esa silla— y un manto alrededor. Llamé a mi primera mujer —Dios la mantenga en su gloria—, y ella encendió una vela y yo entré débil y me tumbé en el suelo, y aquel día estuve despierto, echado en la cama, hasta bien entrada la medianoche.

Un hombre con el que estuve hablando me dijo que era la Banshee, y que llora por tres familias: los Fahys y los O’Briens y otra que no recuerdo. Mi abuela era una Fahy, e imagino que, padre o madre, continúan las generaciones. La escuché otra vez y mi hija de América vino a la casa esa noche. Era la cosa más triste que hayas escuchado nunca, lamentándose alrededor de la casa durante el mismo espacio de tiempo de antes, hasta las doce de la noche. Y en cinco meses mi hija de América murió.

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John Cloran:

Había un hombre, vecino nuestro, que estaba arando un campo y encontró una caja de hierro, y dicen que en su interior había un libro irlandés muy viejo que guardaba todo el saber del mundo. En todo caso, no hay pregunta que se le haga que no pueda responder. Y lo que él dice de la Banshee es que se trata de Rachel, todavía plañendo por la muerte de cada inocente de la tierra que va a morir, como hizo por nuestro Señor cuando el rey quiso matarlo. Pero solo elevará su voz por aquellos que nacieron de ella, los de su propia tribu.

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La Sra. Smith:

Y la Banshee donde se detiene es en el viejo castillo de Esserkelly, en la finca de Roxborough. Más de uno la ha visto ahí y la ha escuchado gimiendo, gimiendo, y con unas enaguas rojas puestas en la cabeza. Había una familia conocida como los Fox, en Moneen, y nunca murió ninguno de sus miembros que no se la oyera plañir por ellos.

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La hilandera:

La Banshee, una vez la llegué a ver. Era yo tan solo una chiquilla que recogía patatas junto a otras niñas cuando oímos lloros, lloros, en el cementerio más allá de Ryanrush, así que corrimos como potrancas para ver quién estaba siendo enterrado, y yo fui la primera en llegar, y salté encima del muro. Y allí estaba ella y me dio una bofetada en la mandíbula, y tenía el aspecto de una mujer de campo con sus enaguas coloradas. A menudo la oyen llorar si alguien va a morirse en el pueblo.

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Una mujer de la costa:

Una vez había un hombre en el pueblo que estaba muriéndose y yo estaba de pie en la puerta una tarde, y escuché unos lamentos —el llanto más sentido que hayáis oído nunca— y dije: “Glynn debe de haberse muerto y ya lo lloran”. Y todos vinieron a la puerta y los oyeron. Pero, después de eso, mi madre salió y descubrió que el muerto todavía respiraba.

No tengo duda alguna de que lo que escuchamos aquella tarde fue a la Banshee.

Y ahí afuera, donde descansa el bote de turba con la vela enrollada, fuera de Aughanish, allí la Banshee siempre está llorando, llorando, por algunos que cayeron en ese lugar hace un tiempo.

En Fidoon, ese brazo de tierra entre el Tyrone y el Duras, algo aparece y llora durante un mes antes de que muera alguien. Muchos han fallecido ahí repentinamente; y dicen que es debido a esa cosa.

La Banshee llora cada vez que uno de los Sionnacs muere. Y cuando el viejo Capitán murió, en dos días los cuervos abandonaron el lugar y no volvieron por un año entero.

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Una mujer de Connemara:

Había un niño de Kylemore que conocí en América que era capaz de adivinar el futuro. Solía echar la buenaventura cuando el trabajo acababa, mientras tomaba un té a media tarde. Me predijo una vez que en poco tiempo asistiría a un entierro y que sería el entierro de un bebé, y yo me reí de eso. Pero, ciertamente, el bebé de mi hermana, que en ese momento no había nacido todavía, murió alrededor de un mes después y yo fui a su entierro.

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Un pastor:

Lamentos por aquellos que van a morir, los escucharás bien a menudo. Y cuando mi propia mujer estaba muriendo, la noche que se fue, yo estaba sentado frente al hogar, y escuché un ruido, como el golpe de un mayal en la puerta, afuera. Y salí para ver qué era, pero no había nada. De ningún modo tuve miedo, y no lo tendría tampoco si ella volviera en una visión; al contrario, bien contento estaría de verla.

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Un molinero:

Había un hombre afuera, en el campo, y una bandada de estorninos empezó a girar entorno a su cabeza, y no pasó mucho tiempo antes de que muriera.

Hay muchos que dicen que vieron a la Banshee, y que si te escucha cantar en voz alta es muy capaz de llevarte con ella.

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Una mujer de Connemara:

Una noche, el reloj de mi habitación dio las seis cuando hacía años que no sonaba, y dos noches más tarde —en la Nochebuena— volvió a dar las seis, y después me enteré de que mi hermana, en América, había muerto justo a esa hora. Así que le quité las pesas al reloj, de manera que no lo volveré a oír nunca más.

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La Sra. Huntley:

Siempre se ha dicho que cuando un noble moría, un zorro podía ser visto alrededor de la casa. Una noche, cuando el último señor se encontraba en su lecho de muerte, la hija escuchó un ruido fuera de la casa y fue a abrir la puerta de la entrada: y vio un gran número de zorros acostados en los escalones, ladrando y corriendo por todas partes. A la mañana siguiente, se llevó a cabo un encuentro de caza en un lejano matorral —habían modificado el sitio original en el que debería haber tenido lugar a causa de la enfermedad— y no se pudo encontrar un solo zorro, ni en ese matorral ni en otro. Y ese día el señor murió.

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J. Hanlon:

Había un Costello en Roxborough que solía encargarse de hacer sonar la campana y sacar agua con la bomba y cosas de esas, y un día fue a la feria de Loughrea. Y cuando volvía hacia casa, dijo a mi abuelo: “Venga a la esquina del viejo castillo y me encontrará muerto”. Así que mi abuelo se encaminó hacia allá, y cuando llegó a la esquina del castillo, ahí estaba Costello, muerto a sus pies.

Y una vez, yendo a la casa del vecino a ver a su niña pequeña, la vi corriendo a lo largo del camino delante de mí. Pero cuando llegué a la casa, la encontré en la cama, enferma, y murió dos días después.

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Pat. Linskey:

Bueno, antes de que mi mujer muriera, la envié a Cloon a conseguir algunas cosas del mercado; y estaba yo en la casa solo con el perro. Y, qué te parece, de pronto este se levantó y salió al monte que hay afuera, y allí se quedó de pie un buen rato, aullando, y fue al día siguiente que mi mujer murió.

Una noche en otra ocasión, cerré la puerta de la casa con cerrojo, y por la mañana la encontré abierta de par en par. Y más tarde, cuando miré las fechas, me di cuenta de que esa misma noche mi hermano murió en India.

Y ten por cierto que le dije a Stephen Green cuando enterró a su madre en Inglaterra mientras su padre descansaba en Kilmacdaugh: “Nunca deberías separar”, le dije, “en la muerte a una pareja que ha estado junta en vida porque, tan seguro como el destino, uno irá a buscar al otro”.

Y cuando uno de ellos pasa, en el aire se puede sentir una ráfaga de viento santo por el que no te podrías encontrar mejor por un largo tiempo aunque quisieras.

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La Sra. Curran:

Estuve en Galway ayer y me contaron allí que, la noche anterior a que esos cuatro pobres chicos murieran ahogados, se escuchó a cuatro mujeres llorando en las rocas. Aquellos que las vieron dicen que eran jóvenes y que no eran de este mundo. Y uno de esos chicos estuvo en el mar todo el día, el día antes de ahogarse. Y cuando fue a Galway por la tarde, un niño le dijo: “Te he visto hoy de pie en el puente alto”. Y él tuvo miedo y le contó a su madre lo sucedido, diciendo: “¿Por qué me vieron en el puente alto si yo estuve en el mar?” Y al día siguiente se murió. Y dicen algunos que ese día no había nada que pudiera provocar que se ahogaran.

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Un hombre junto a Athenry:

Previo a un fallecimiento, a menudo se oyen lamentos; y, en ese campo de al lado, el sonido de un batán que lava ropa puede escucharse antes de que tenga lugar una muerte.

Escuché lloros en ese campo cerca del vado una noche, y no mucho más tarde el dueño murió.

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Un hombre de Aran:

Recuerdo una mañana, la víspera del día de santa Bridget; mi yerno entró en la casa procedente de esa vereda que se ve ahí arriba. Arid, la esposa, le preguntó si había visto a alguien, y él contestó: “Vi a Shamus Meagher conduciendo al rebaño”. Y la esposa dijo: “No pudiste verlo porque está fuera tendiendo las redes con dos hombres más desde el amanecer”. Y él contestó: “Pero lo he visto, y hubiera podido hablar con él incluso”. Y al día siguiente —el día de santa Bridget— hubo confesión en la pequeña capilla y yo estaba allí, y Shamus Meagher era quien estaba arrodillado junto a mí en la comunión. Pero a la mañana siguiente él y los dos hombres que habían estado tendiendo las redes con él fueron en su canoa a Kilronan por sal, ya que se habían quedado cortos y tenían mucho pescado. Ese día la canoa se dio la vuelta, y los tres se ahogaron.

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Un gaitero:

Mi padre y mi madre estaban en la cama una noche y oyeron un gran mugido y el ruido de las reses luchando, era tanto ruido que pensaron que todas habían muerto. Cuando salieron las encontraron tranquilas. Pero fueron a la casa de al lado, donde habían escuchado el mugido, y todo el ganado de esa casa estaba peleándose, y lo mismo en la casa de más allá. A la mañana siguiente, un niño, el de los Gannon, estaba muerto —o se lo habían llevado.

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Un hombre viejo en Aran:

Cuando estaba en el estado de Maine, conocí a una mujer de la comarca de Cork, que tenía una niña pequeña enferma. Un día salió a la parte trasera de la casa y allí vio los campos llenos de esos —llenos de ellos. Y la niña murió.

Y, también estando allí, me encontraba en la casa en la que había un chiquillo enfermo. Y una noche escuché un ruido afuera, como martillazos. Y salí y pensé que debía venir de otra casa que había cerca en la que no vivía nadie, y fui e intenté abrir la puerta pero estaba cerrada.

Luego volví y dije a la mujer: “Esta es la última noche que tendrás que vigilar al niño”. Y a las 12 de la siguiente noche, murió.

Me robaron el sombrero una vez. Una mañana, justo al salir el sol, me dirigía a la playa, y una pequeña tormenta vino y me arrancó el sombrero llevándoselo un buen trecho, y luego lo trajo de regreso y me lo devolvió.

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Una vieja comadrona:

Yo sueño, sí sueño. Una noche soñé que estaba con mi hija y que ella estaba muerta y colocada en el ataúd. Y me enteré más tarde que, a la hora en que soñé con ella, fue justamente la hora en que murió.

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Una mujer cerca de Loughrea:

Hay casas en Cloon, y Geary es una de ellas, en la que, si la gente se queda despierta hasta tarde, el aviso les llega; les llega como un golpe en la puerta. A las 11, esa es la hora. Seguramente se trata de alguien que vivió en la casa que esperaba que le llegase ese mismo aviso. Y hay una casa cerca de la de los Darcy en la que, tan pronto las patatas se ponen tirantes en la olla, deben preparar un plato lleno y dejarlo toda la noche, y leche, y el fuego encendido en el hogar; y por la mañana no queda rastro. Algunas pobres almas que entran, buscando un poco de calor y de comida…

A menudo, antes de producirse una muerte, se ve a una mujer sentada junto al río sacudiéndose el cabello desesperadamente, y tiene un mazo de batán y lo toma y golpea las ropas en el río. Y llora como cualquier buena plañidera; escuchándola, uno no puede evitar sentirse apenado.

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El viejo King:

Escuché a la Banshee y la vi. Yo y otros seis estábamos jugando cartas en la cocina de la casa grande, la que está hundida en el suelo, y la vi fuera de la ventana. Llevaba un vestido blanco y parecía como si lo estuviera sosteniendo por delante de la cara. Todos miraron hacia arriba y la vieron, y todos tuvieron miedo y se volvieron, excepto yo. Entonces, escuché un grito que no parecía venir de ella sino de muy lejos, y dio la impresión de que sí procedía de ella. No hizo ningún intento por alterar el lúgubre lamento, sino que se limitó a decir: “Oh-oh, oh-oh”, y era tan triste como el que pudiera hacer la mujer más vieja de todas las mujeres viejas, la mejor plañendo a los muertos.

El viejo Sr. Sionnac estaba en Lisdoonvarna en ese momento, y volvió a casa unos días después y tuvo que meterse en la cama y murió. La Banshee siempre sigue a los Sionnac y los llora.

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Sra. King:

Uno de los chicos de los Naughton murió no lejos de aquí, un buen joven. Y salí para asistir al entierro, con la Sra. Burke. Pero cuando llegamos a la verja pudimos oír los llantos por el muerto, y dije: “Mejor esperemos aquí donde estamos, porque han sacado el cuerpo y lo están llorando”. De modo que esperamos un rato y nadie salió, así que entramos en la casa, y tuvimos todavía que esperar dos horas a que sacaran el cuerpo para el entierro, y no hubo lloros ni lamentos hasta que no llegó el momento de sacarlo. Entonces, supimos quién era que se lamentaba, porque el chico era un Naughton, pero había muerto en una casa de los Kearns, y la Banshee siempre llora por los Kearns.

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Un doctor:

Hay un chico al que estoy tratando en este momento, y la primera vez que fui a verlo la madre salió de la casa conmigo y me dijo: “No tiene sentido hacer nada por él, lo voy a perder”. Y le pregunté por qué decía eso, y contestó: “Porque la primera noche que se puso enfermo, escuché el ruido que hizo una silla al ser arrastrada delante del fuego de la cocina, y estaba vacía, y fueron la hadas que venía a por él”. El niño no tenía nada demasiado serio, pero su hermano había muerto de tisis, y por eso, cuando cogió el resfriado, se creyó que moriría también y enseguida se quedó en cama. Y cada día su madre entra y llora durante una hora encima de él, y entonces él llora y el padre también llora, y dice: “Oh, ¿cómo puedo dejar a mi padre y a mi madre? ¿Quién quedará para cuidarlos si yo no estoy?” Una vez, cuando había empezado a mejorar, lo enviaron con un mensaje a Scahanagh, y hay ahí un hombre llamado Shanny que hace ataúdes para la gente. Y el chico vio que Shanny le miraba, y no llegó a entregar su mensaje, sino que corrió a casa gritando: “¡Oh, estoy muerto ahora! ¡Shanny me miraba para ver qué tamaño de ataúd necesito!” Y lloraba y todos se pusieron a llorar entonces y el pueblo entero fue a ver qué sucedía.

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El viejo soldado:

Del mundo invisible, he oído hablar suficiente de él, pero he visto poco yo mismo. Una noche, cuando estaba en Calcuta escuché que un Connor estaba muerto —un hombre que había sido un amigo—, así que fui a la casa. Muchos de los nuestros estaban ahí y, cuando era casi medianoche, escuché cómo se hacía un gran silencio, y miré de uno a otro para ver ese silencio. Entonces, se oyó un golpeteo en la ventana justo cuando el reloj estaba dando las 12. La mujer de Connor dijo: “Fue justo a esta hora la noche pasada que se escuchó un golpe similar a ese y poco después murió”. Y lo más raro de todo es que era un dormitorio de tropa en un segundo piso, así que nadie podía alcanzar la ventana desde la calle.

En India, antes de Delhi, el sirviente de un oficial alojado en la misma casa que yo, cada noche era expulsado de su catre. Y, en cuanto la medianoche llegaba, los perros no se querían quedar afuera, entraban en la casa encogidos y aullando. Sí, de verdad, creo que las hadas se encuentran en todos los países, a lo largo y ancho del mundo; pero las banshees solo están en Irlanda; aunque algunas veces, en India, llegaba a pensar en ella cuando escuchaba a las hienas reírse. La puedes oír entonando su lamento fúnebre, entonando, pero solo para las viejas familias irlandesas, a las que perseguirá incluso hasta Dublín.

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Autora: Lady Gregory

Versión al castellano de Helena Roig Torres

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Notas

[1] En la mitología irlandesa, el término sidh hace referencia a una raza sobrenatural que heredó algunos de los rasgos de los dioses Tuatha de Danann. [N. de la T.].

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