Tres pequeñas historias. Gonzalo Málaga

Gonazalo Málaga (Puno, 1968)

Gonazalo Málaga (Puno, 1968)

 

Lima, 6:00 p.m. I

Regreso a casa mientras se encienden luces en las calles. Una mujer camina por la vereda del frente, la veo, va envuelta en ropas anchas, en un abrigo y una larga falda de lana; avanza encogida por el frío, con la cabeza cubierta por una pañoleta; en los brazos sostiene algo que cubre del viento con una frazadita blanca. Alguien aparece corriendo detrás de ella; alguien que grita: ¡agárrenla! ¡está loca! Ella empieza a correr, rápidamente cruza la pista a unos metros de mi. Otra persona grita: ¡quítenle el bebé! Y otra más: ¡Está loca! ¡Se lleva un bebé que no es suyo! Un borracho saca un cuchillo de entre las ropas e intenta clavárselo cuando ella pasa, rápidamente, a su lado. La mujer sigue corriendo, pero dos personas más la interceptan: no puede zafarse, por más que lo intenta. Nos acercamos, la rodeamos. Alguien le quita la pañoleta, descubriendo su rostro: vemos que ella es en realidad un hombre. La sorpresa nos dura poco, ¡hay que quitarle el bebé!, pensamos todos. Se resiste; y en el forcejeo la cabeza del bebé se desprende: es una piedra que cae y agrieta el cemento del piso; el cuerpo descabezado es un fardo de ropa. Nos quedamos inmóviles: testigos inútiles de una escena absurda. Volvemos a caminar en silencio. Atrás queda el hombre vestido de mujer, que llora acariciando una piedra.

 

5

María, soy Felipe… vas a despertar dentro de poco; ¿crees que estás soñando? Amelie está en el hospital, esperando que la operen, ¿lo sabías? Ni Lucía ni yo iremos a visitarla. ¿Recuerdas nuestras salidas cada quince días? ¿…y las largas caminatas en que nos separábamos y cada grupo competía por llegar antes a algún lado? Tienes ojeras grandes, María, aunque no lo creas eso te hace más bella. ¿Sabes que tus compañeros de trabajo hablan muy bien de ti?, a pesar de que te encuentran un poco extraña. Me gustaste mucho la primera vez que te vi, en el carro que nos llevaba a Marcahuasi; pero luego vi a Lucía y eso cambió mi vida. ¿Sabes que desde que apareció ella no estuve con nadie más? A pesar de Amelie, que nos hacía bromas y nos seguía a todos lados. Lucía empezó a pensar que Amelie quería separarnos… ¿te lo dijo alguna vez? Ese día entró dos veces a nuestra carpa, sin avisar, dijo que para ver si queríamos cigarrillos. No le hicimos caso, la segunda vez creo que nos reímos, nos reímos muy fuerte, luego Lucía me dio un beso larguísimo. Lo que ocurrió después, a la puesta del sol, no fue un accidente, estábamos a un metro del borde, fue Amelie, ella nos empujó. No le hemos dicho nada, no hemos ido a buscarla; pero si vas al hospital dile que la estamos esperando, que ya no falta nada.

 

7

Seguramente me recuerdas, yo estaba en el último año de la Escuela de Bellas Artes cuando tú recién ingresabas; yo era el que recubría de pintura a sus modelos para luego estamparlas en posturas forzadas sobre los lienzos. Lo hice porque sabía que no tenía las habilidades que vi en muchos desde mi primer año, por eso decidí hacer algo distinto, y a todos les pareció original… me gradué con honores, lo sabes. Calificaron mis obras de esculturas sobre tela, las equipararon a libros que guardaban la dicotomía de la luz y la oscuridad; mis cuadros eran como las hojas del libro del bien y del mal, decían, al ver los cuerpos, dolorosamente flexionados, de mis modelos desnudas. Pero después de salir me avergoncé de mis obras, sentía que eran una farsa, y yo el farsante más grande. Me deprimí mucho. Creo que quise matarme… Empecé a enseñar en la escuela, y apareció Tomás; él me hizo sentir nuevamente como un artista; verlo, ver cómo me veía con tanta atención en las clases, era como si alguien me agarrara a mordisquitos e hiciera sentir vivo cada centímetro de mi cuerpo. Pero había algo que no me decía, que tuve que preguntarle muchas veces, porque me veía y no me decía nada. ¿Qué quieres? ¿qué quieres?, le insistía mientras salían los demás. Él callaba y me veía y se iba… hasta el día en que nos citamos cerca de su casa… él me vio nuevamente, de esa misma manera, se me acercó más y, sosteniendo una cuerda en ambas manos, me dijo: “siempre he deseado matar a alguien”.

 

Autor: Gonzalo Málaga

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