Las varas del zahorí. Laura Giordani

Laura Giordani

 

 

Viaje adentro,

al fondo, a ese barro primero

solícito para las manos,

los algodones tendidos

en coincidencia milagrosa con la herida.

Lo blando: refugio de las aristas

que nos duelen.

 

Viaje por los corredores de la sangre,

por el andamiaje de calcio que nos alza

en rebeldía incesante ante la gravedad.

 

Para ser polvo encendido en la frente

de algún dios, reconciliación

de puntos cardinales, fervor

que nos eleva a esa colina

desde donde podemos ver

la infancia que nos aguarda.

 

 

 

 

La última resistencia

 

 

Puede zozobrar el mundo bajo los pies,

alzado tantas veces en el regazo del alba

y hecho escombros en su espalda,

los continentes pueden astillarse en archipiélagos,

rompecabezas a la deriva

ensayando una geografía inédita.

 

El mármol puede sangrar sus vetas,

llorar arena en los ojos de las estatuas,

girar los pedestales de dioses,

las raíces ensayar su salto ultérrimo,

dislocar las copas que invocan

el vino de la altura,

bendito trueque de corteza en cielo,

de ala devenida piedra.

 

Pueden temblar las cuerdas

y las falanges, las semillas

y lápidas, arder los pájaros

en un vuelo suicida…

 

Nada veremos, nada sin antes

sacudirnos las muertes ordenadas en las sienes

para ver lo ínfimo encendiéndose,

pira descomunal para el aliento, los relojes

subyugados por una niñez sin término

y todas las brújulas confesando su derrota.

 

 

 

Poema de la sed

 

Sobrevino la sed

en las cuencas y los cráneos,

sed que se desplaza y agiganta

una vez que se nombra.

Y ya no hay lluvia suficiente

para entretener esta sed

de pradera en llamas,

sed desguarecida de su agua,

cal de tumba al mediodía,

pájaro que se nos seca en el vientre.

 

Sed de tanta evaporación de nuestro rostro

en todos los espejos.

 

 

 

Vértigo del brote

bajo la tierra, conduciendo

el anhelo de la savia

ciego al juicio de la escarcha;

vértigo de la flor

suspendida en su andamio

de briznas, revelando su perfume

al mismo viento que la lacera.

 

Vértigo de sentir el temblor

del mundo en las varas.

Las varas se desorientan y

los bosques elevan su última plegaria.

bajo tus pies las brújulas confiesan su derrota

se desvanecen los mapas que nadie releva

bajo tus pies

mercurial

fugitiva

la tierra tendida para el desastre

las orillas socavadas por la creciente.

 

 

 

Pájaro moribundo

 

Sacarte de la jaula

como a un corazón todavía latiendo

fuera del pecho, un corazón anterior al diluvio

aterradoramente niño o pájaro

y ese no peso hasta el vértigo

de tu luz apagándose en algún cielo

detrás de los dedos,

ese peso insoportable de lo limpio.

 

Nunca las manos fueron tan culpables,

culpables de atrás, de lejos.

 

Jaula última antes del frío.

 

Con miedo sostenerte,

con lágrimas: imposible sostener

esa mirada de continente

hundiéndose en las manos,

esta súplica de sed de Agosto.

Imposible no caer de

bruces blancas.

 

En las alas hormigas ciegas abrirán túneles,

te llenarán del cielo que no viste

desvelarán la maquinaria del vuelo.

 

 

 

Autora: Laura Giordani

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