Cinco poemas. Jorge Teillier

Jorge Teillier en Santiago, 1990

Jorge Teillier (Lautaro, 1935 - Viña del Mar, 1996)

Calle Magnolia

Un pesado perfume de caderas

En una casa del Profundo Sur

Lejos

Lejana

La adolescente de las trenzas largas

El ángel que mostraba el regreso al jardín

La calle

Donde mirabas las liceanas

Un pesado perfume de caderas

Donde evocas a sirvientas plácidas

Has regresado

Se ha ido para siempre la sombra de las alas

del pájaro furtivo

Alguien me hace evocar una sirvienta negra

Un vaso de Bourbon.

Bajo el cielo nacido tras la lluvia

Bajo el cielo nacido tras la lluvia

escucho un leve deslizarse de remos en el agua,

mientras pienso que la felicidad

no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.

O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,

esa luz que aparece y desaparece

en el oscuro oleaje de los años

lentos como una cena tras un entierro.

O la luz de una casa hallada tras la colina

cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.

O el espacio del silencio

entre mi voz y la voz de alguien

revelándome el verdadero nombre de las cosas

con sólo nombrarlas: «álamos», «tejados».

La distancia entre el tintineo del cencerro

en el cuello de la oveja al amanecer

y el ruido de una puerta cerrándose tras una fiesta.

El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,

y las alas plegadas de una mariposa

sólo la cumbre de la loma barrida por el viento.

Eso fue la felicidad:

dibujar en la escarcha figuras sin sentido

sabiendo que no durarían nada,

cortar una rama de pino

para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,

atrapar una plumilla de cardo

para detener la huída de toda una estación.

Así era la felicidad:

breve como el sueño del aromo derribado,

o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.

Pero no importa que los días felices sean breves

como el viaje de la estrella desprendida del cielo,

pues siempre podemos reunir sus recuerdos,

así como el niño castigado en el patio

entrega guijarros para formar brillantes ejércitos.

Pues siempre podemos estar en un día que no hay ayer ni mañana,

mirando el cielo nacido tras la lluvia

y escuchando a lo lejos

un leve deslizarse de remos en el agua.

Botella al mar

Y tú quieres oír, tú quieres aprender.

Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.

Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados.

Es para la niña que nadie saca a bailar,

es para los hermanos que afrontan la borrachera

y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.

Andenes

Te gusta llegar a la estación

cuando el reloj de pared tictaquea

tictaquea en la oficina del jefe-estación.

Cuando la tarde cierra sus párpados

de viajera fatigada

y los rieles ya se pierden

bajo el hollín de la oscuridad.

Te gusta quedarte en la estación desierta

cuando no puedes abolir la memoria,

como las nubes de vapor

los contornos de las locomotoras,

y te gusta ver pasar el viento

que silba como un vagabundo

aburrido de caminar sobre los rieles.

Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo

los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,

el pueblo donde querías llegar

como el niño el día de su cumpleaños

y los viajes de vuelta de vacaciones

cuando eras —para los parientes que te esperaban—

sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.

Tictaqueo del reloj. El jefe-estación

juega un solitario. El reloj sigue diciendo

que la noche es el único tren

que puede llegar a este pueblo,

y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo

mientras el hollín de la oscuridad

hace desaparecer los durmientes de la vía.

Un hombre solo en una casa sola

Un hombre solo en una casa sola

no tiene deseos de encender el fuego

no tiene deseos de dormir o estar despierto

un hombre solo en un casa enferma.

No tiene deseos de encender el fuego

y no quiere oír más la palabra Futuro

el vaso de vino se ha marchitado como un magnolio

y a él no le importa estar dormido o despierto.

La escarcha ha empañado las ventanas

pero a él sólo le importa mirar la apagada chimenea

sólo le gustaría tener una copa que le contara a una vieja historia

a ese hombre solo en una casa sola.

Una historia como las que oía en su casa natal

historias que no recuerda como no recuerda que aún está vivo

ve sólo una copa vacía y una magnolia marchita

un hombre solo en una casa enferma.

© Herederos de Jorge Teillier


Anuncios

Sinestesia. Alejandro Neyra

Alejandro Neyra (Lima, 1974)

Aquí donde usted está leyendo «Aquí donde usted está leyendo» (no es un truco, no se sienta engañado ni mucho menos escéptico) yo veo un rectángulo rojo con dos cuadrados verdes al medio, simétricamente alineados. Por encima de aquel rectángulo, un pequeño triángulo bermellón. Quizás para usted la diferencia entre rojo y bermellón –color que se acerca al granate– sea insignificante. Para mí es esencial.

¿Intentar explicárselo de mejor manera? No sé si se pueda. Al momento de escribir esto las imágenes se suceden incontables en mi mente. Y comprendo perfectamente que mente no es tampoco un término que se entienda sencillamente. La sinestesia es simplemente un fenómeno que algunas personas (entre el 3 y el 5 por ciento de toda la gente en el mundo) sufren. Sufrir es una palabra complicada pero real. Incluso para un sinestésico como yo. Para mí sufrir es un círculo de un azul casi negruzco con un punto naranja al medio. El contraste entre ambos colores –que son complementarios según me han explicado alguna vez– es sufrir para mí.

Puede que esto le resulte intrascendente o excesivo. Para mí no lo es. Así como yo –imagine usted que somos 3 o 5 entre 100 personas, de modo que debe conocer usted a alguno de nosotros, aunque quizás él o ella no lo sepa– hay gente que imagina palabras como colores, colores como sonidos, sonidos como sensaciones táctiles. La explicación científica es relativamente simple: en algún momento de nuestro desarrollo como seres humanos, aún en el útero materno, los sentidos –cinco, seis, quizás más que no hayamos llegado a comprender o controlar– se separan en nuestro cerebro, que es una pequeña masa que va creciendo y se va especializando ya desde entonces. En algunas personas como yo esta evolución o especialización no se completa. No sé si ese pueda ser el término adecuado. Completar es para mí algo así como un clip, un sujeta-papeles de un color entre violeta y morado (lo siento, nuevamente quizás para usted eso no sea relevante), que se abre y se cierra al mismo tiempo. Y para usted es un término concreto que puede imaginar mejor como un candado que se cierra o sabe Dios.

Pero bueno, ¿ha escuchado usted de Chris Langan? Es un guardaespaldas –lo que muchos llaman bouncer (es curioso, pero para mí ambas palabras, que quizás usted perciba como similares en español e inglés, para mí son muy distintas en cada uno de esos idiomas; tal vez porque mi sinestesia tenga que ver con las letras y no con los significados en sí, pero no podría asegurárselo ahora). Yo lo conocí hace un tiempo. Chris es el hombre con el coeficiente intelectual (IQ dice él, pronunciando aiquiú) más alto del planeta. No es broma. Pregúnteselo a alguien culto o búsquelo en Internet. El es la persona más inteligente del mundo (bueno, de toda la gente que haya pasado alguna vez por aquel test, pues quién sabe en alguna parte haya algún ser humano con el coeficiente más alto; puede que en Laos o en Perú, por nombrar dos sitios exóticos, haya alguien con un coeficiente más alto).

Conocí a Langan en Johns Hopkins. Nosotros –un grupo de sinestésicos– estábamos pasando unas pruebas realmente curiosas –tratando de calificar colores, formas, sonidos, sabores y sensaciones del tacto– cuando Chris entró. No sé si ustedes conocen su historia. De niño fue abandonado por su padre. Su madre lo crió con su nuevo esposo, quien lo golpeaba por ser un niño listo, que alardeaba de saber más que aquel hombre. Por eso se dedicó a hacer muchos ejercicios, a ir al gimnasio a cargar pesas y esas cosas. Es un tipo inmenso, la verdad. Tiene ya casi cincuenta y sigue siendo un tipo robusto, uno de esos a los que no te gustaría chocar el auto, o derramarle un vaso de cerveza jamás. Pero Chris, además de ser un hombrón, es un tipo sencillo, cuyo cerebro funciona a mil por hora. Quizás lo hayan visto en la televisión, en alguno de esos programas sensacionalistas. Yo que lo vi de frente puedo asegurarles que se trata de alguien distinto. Una persona verdaderamente especial. No por nada supongo que su IQ es de entre 190 y 210. ¿Pueden imaginarlo? Para que se den una idea, Einstein tuvo un coeficiente de 180…

Mencioné a Chris Langan porque para muchos es un farsante. Pero yo lo he visto y he hablado con él. Es real. No sé que puedan pensar ustedes de eso. Pero para mí alguien real es algo así como un cuadrado de un azul pálido, casi plomizo. Eso es real. Ese es alguien real. Y Chris es así. Cuando me miró a los ojos me dijo que veía en mí –dentro de mí, quizás– algo especial. Y yo pensé en eso que me decía y por primera vez imaginé algo distinto. En lugar de ver una figura, escuché un sonido breve pero intenso. Algo así como una de esas campanas que suenan en las peleas de box cuando se inicia un asalto. Una pegada en el cerebro que me hizo ver –literalmente– algunas pequeñas estrellas sin color (¡sin color! Algo que nunca me había sucedido).

Si hablo de Chris Langan es porque me parece que es un buen ejemplo de alguien que la gente cree un impostor pero es real (real, real como un cuadrado plomo-azulado). Nosotros los sinestésicos somos así también. La gente nunca nos cree. Quizás usted mismo ahora no crea absolutamente nada de lo que lee. Pero le propongo algo. Trate de imaginar lo que acabo de decir. Imagine que no cree absolutamente nada de lo que lee. Imagine “absolutamente” y luego “nada”. ¿Es usted capaz de imaginar algo? No mienta. Nadie lo observa ahora. Piense en “absolutamente nada”. Y ahora trate de explicármelo. Trate de decirme lo que piensa. Quizás imagine usted también una esfera de un crema tan tenue que casi no existe. Piénselo de nuevo. No se asuste. No se ha convertido usted en un fenómeno de la naturaleza. Todos somos capaces de pensar en absolutamente nada.

© Alejandro Neyra, inédito.


Vida de San Patricio [atribuida a Nenio]

San Patricio, patrono de Irlanda

El siguiente texto ha sido extraído de la Historia del pueblo Bretón, cuya autoría es atribuida a Nenio [1], la cual no es sino una compilación que ofrece una panorámica de los antiguos habitantes celtas que se establecieron en Gran Bretaña. La obra se extiende desde los principios de las edades religiosas del mundo y los orígenes míticos hasta el definitivo establecimiento de los invasores anglosajones, luego de muchas luchas y conquistas, a fines del siglo VII. Dentro de la Historia del pueblo Bretón se presentan también temas que nos hablan de los otros pueblos que habitaron la isla, como los pictos del norte y los escotos o irlandeses, la época de la dominación romana, San Patricio y las oleadas evangelizadoras, así como el período de los reyes y la leyenda de Arturo. A pesar de ello, su método histórico se limita solamente a consignar los datos que dispone, sin la mediación de un juicio crítico, sustentándose de lecturas erróneas o confusas de los hechos por parte del autor. No obstante, su valor e importancia radica en el punto de vista literario, ya que la Historia del pueblo Bretón es la primera obra latina que habla de un cúmulo de leyendas, como la artúrica, o toda la historia legendaria de Gran Bretaña y algunas narraciones hagiográficas; y porque también refleja la historia cultural del Gales de su época. Además de ello, su influencia se extendió hasta otros historiadores insulares posteriores, entre los que destaca Geoffrey de Monmouth que, con su Historia de los reyes de Britania, constituye otro monumento de la literatura latina galesa.

50. San Patricio [2] era en aquel tiempo cautivo de los escotos. Su señor se llamaba Milchu y él era su porquerizo. A los 17 años regresó de su cautiverio, por voluntad de Dios fue después educado en las letras sagradas y fue a Roma donde residió por largo tiempo. Se esforzó en leer y comprender los misterios de Dios y las Santas Escrituras. Y cuando ya llevaba allí siete años, fue enviado el obispo Paladio, en un primer viaje, por el obispo y Papa de Roma, Celestino, al país de los escotos, para convertirlos a Cristo; pero Dios se lo impidió por medio de unas tempestades, porque nadie puede recibir algo en la tierra si no le es concedido por el cielo. Y marchó Paladio de Hibernia [3] y arribó a Britania y allí murió, en tierras de los pictos.

51. Llegada la noticia de la muerte del obispo Paladio, durante el reinado de Teodosio y de Valentiniano, otro legado, Patricio, fue enviado a los escotos para convertirlos a la fe de Cristo, por mandato de Celestino, Papa romano, después de habérselo aconsejado en ángel del Señor [4] cuyo nombre era Víctor, y persuadido el obispo San Germán. Este envió con él a otro de más edad, Segero, a la presencia de un hombre admirable, el obispo de más autoridad, que vivía cerca del rey Amateo. Allí el santo, sabiendo todo lo que le iba a ocurrir, recibió la ordenación episcopal, siendo rey Amateo, como santo obispo, y tomó el nombre de Patricio, porque antes se llamaba Maun. Auxilio, Iserino y otros de menor grado fueron a la vez ordenados con él.

52. Entonces, recibidas las bendiciones, y tras partir en nombre de la Santa Trinidad, ascendió a la nave que estaba preparada y llegó a Britania. Allí predicó no muchos días y luego, después de dejar atrás todos los avatares de la navegación, con gran velocidad y viento favorable, penetró en el mar Hibérnico con una nave. Y, cargada la nave con maravillas de ultramar y tesoros espirituales, llegó a Hibernia y los bautizó.

53. Desde el principio del mundo hasta el bautismo de los hibernienses hay 5530 años. En el quinto año del rey Loegaire comenzó a predicar la fe de Cristo.

54. Y así, San Patricio predicó el evangelio de Cristo a las naciones extranjeras durante 40 años; practicaba las virtudes apostólicas, iluminaba a los ciegos, limpiaba a los leprosos, hacía oír a los sordos, hacía huir a los demonios de los cuerpos poseídos, resucitó a los muertos hasta un número de nueve, redimió a muchos cautivos de uno y otro sexo con sus propios bienes. Escribió 365 ó más opúsculos doctrinales. También fundó iglesias en el mismo número, 365. Ordenó 365 ó más obispos, en los cuales estaba el espíritu de Dios. Ordenó hasta tres mil presbíteros y a 12 mil hombres en una región, en Conaugth los convirtió a la fe de Cristo y los bautizó; y a siete reyes, que eran hijos de Amolgith, los bautizó en un solo día. Durante 40 días y 40 noches ayunó en la cima del monte Eile, esto es en Cruachan Eile; y en esta colina, que se elevaba hacia el cielo, hizo piadosamente tres peticiones por aquellos de los hibernienses que había recibido la fe de Cristo. La primera petición fue, como dicen los escotos, que cada uno hiciera penitencia, aunque estuviera en el último momento de su vida; la segunda, que no fuesen nunca dominados por los extranjeros; la tercera, que no sobreviviera ningún hiberniense en la llegada del Juicio, y por ello perecerán en honor a San Patricio siete años antes del Juicio. Y desde aquella altura bendijo a los pueblos de Hibernia y desde allí ascendió para orar por ellos y ver el fruto de su labor. Entonces, llegaron a él innumerables aves de muchos colores, para que las bendijera, lo cual simboliza que todos los santos de los hibernienses, de uno y otro sexo, llegarán a él el día del Juicio, a su padre y a su maestro para seguirlo al Juicio. Después, en su buena vejez, emigró a donde ahora se alegra por los siglos de los siglos amén.

55. De cuatro modos se parecen Moisés y Patricio, esto es: en el ángel que le habló de una zarza ardiente; en segundo lugar, ayunó en el monte durante 40 días y 40 noches; en tercer lugar, fueron similares por la edad de 120 años; en cuarto lugar, nadie conoce su sepulcro, sino que fue enterrado en secreto, sin que nadie lo supiera. Después de haber estado 15 años de cautividad, en el 25 año es elegido en sustitución [de Paladio] por el santo obispo Amateo y 85 años predicó en Hibernia. El asunto exigía hablar más extensamente de San Patricio, pero a favor de la brevedad, he querido resumir.

© Gloria Torres Asenjo, de la traducción.

Notas

[1] Las confusiones sobre la autoría de la Historia del pueblo Bretón se deben a que en una lectura profunda se detectan saltos narrativos y puntos sin coherencia, lo que supone que la obra fue escrita durante varios estadios. Algunos estudiosos como Schoell, Momsen, Haeger, Gaston Paris, Faral y Lot creen que Historia del pueblo Bretón tuvo una etapa nuclear trabajada por un autor desconocido y que, finalmente, fue Nenio quien le dio su aspecto definitivo. A. de la Borderie también creía en la etapa nuclear, pero le atribuía la autoría a diversos copistas. De acuerdo con Zimmer, la obra es de un autor único llamado Nenio, pero admitía que la obra había pasado por diversas etapas de escritura. Por su parte, Liebermann se basaba en las ideas de Zimmer; sin embargo, cree que Nenio trabajó la Historia del pueblo Bretón a partir de la reelaboración de un texto que ya había sido redactado antes.

[2] Se cree que las posibles fuentes de las que se sirvió Nenio para narrar los hechos de este santo a mediados del siglo V fueron dos. La primera la vida compuesta por Miurchu Maccu Machtheni, escrita entre el 697 y el 700. La segunda es la obra de Tirechan, compuesta hacia la segunda mitad del siglo VII. Agradecemos a la autora de la versión al castellano, Gloria Torres Asensio, por permitirnos publicar este extracto de la obra de Nenio. Historia del pueblo Bretón. Introducción, traducción y notas por Gloria Torres Asensio. Barcelona. PPU. 1989.

[3] “Hibernia” era la designación en latín para Irlanda.

[4] Ángelus era un título dado a los obispos.