La traducción, un oficio de alto riesgo

 

Son, sin duda, muchos los elementos a tener en cuenta al momento de leer a un autor de lengua extranjera, pero no lo hacemos. La mayoría de las veces nos contentamos con la versión en castellano, dejando de lado un sinnúmero de rasgos y cualidades que se pierden en una traducción. Leer un libro traducido al español, o en general cualquier texto de estas características, es un acto tan cotidiano y está tan asimilado que forma parte de un conjunto de hábitos que realizamos sin cuestionar. Nos fiamos, o decidimos hacerlo, porque nos es muy difícil desenvolvernos correctamente en otras lenguas. De ahí que sea más sencillo decantarnos por una traducción, porque nos resuelve de golpe las vicisitudes que implica el aprendizaje de otro idioma o nos ahorra los esfuerzos de estilo e idiosincrasias que comporta toda obra literaria, en especial la poesía.

 

Ahora bien, lo que nunca debemos olvidar es que toda traducción es una obligada toma de posición, en la cual el traductor casi siempre se encuentra en una situación desfavorable o de inminente derrota, pues ha de optar por el menor de los males. Es por ello que serán sus propias decisiones las que en mayor o en menor medida determinarán el éxito de su trabajo. He ahí el elevado riesgo que su oficio implica, porque una serie de equívocas determinaciones puede sepultar un texto para siempre, a pesar de lo maravilloso que pueda resultar en su lengua de origen.

 

En literatura, la traducción es también un acto de creación en el que las pautas están ya dadas de antemano. Es por ello una reescritura con cierto grado de libertad, determinada por las características que presenta el texto de partida. Es decir, el traductor debe recrear una obra nueva utilizando medios diferentes, pero con la férrea intención de lograr un efecto análogo al que produce el original. Esta consigna forzará al traductor a hacer ciertos sacrificios, reelaboraciones y transformaciones, no tanto para copiar un poema o una novela, sino para transmutarlas en una versión similar, aunque en un idioma diferente. Este juego de palabras puede parecernos bastante simple, pero no lo es, puesto que existen múltiples factores que condicionan el resultado final.

 

Por este motivo, mientras más experimentado y más intuitivo sea el traductor existen mayores posibilidades de que alcance una óptima versión. Y es que, si algún talento o destreza innata ha de tener un buen traductor es el de ser un gran lector. No basta con leer y releer, sino también debe fijar la atención en el plano formal y de contenido, así como tener nociones del contexto en el que aquella obra fue escrita. Y es que, a fin de cuentas, un lector lee para sí mismo, en tanto que un traductor lee para él y también para los demás.

 

En cualquier caso, conviene recordar que, así como existen obras que sobreviven y se fortalecen con el tiempo, no ocurre lo mismo con las traducciones. Excepto con unas pocas, como aquella que realizó Julio Cortázar de las narraciones de Edgar Allan Poe. En realidad, el destino es cruel con la inmensa mayoría debido a la bastarda naturaleza de su estatus: quedan obsoletas y han de renovarse con cierta frecuencia, ya que no es lo mismo leer una versión de 1940 de Madame Bobary que otra de 1998, básicamente porque el lenguaje ha cambiado y también las circunstancias históricas (en el caso de España, la primera sería hija del franquismo con sus censuras incluidas). Y es que el tiempo afecta de manera muy distinta: por un lado, es gracias al lenguaje, entre otras cosas, que un texto original se convierte en clásico, porque en ella pervive la idiosincrasia y el habla con sus modismos de época; en tanto, ocurre exactamente lo inverso con una traducción, ya que el lenguaje en ella se torna rancio y desfasado de una generación a otra, devaluándola por completo.

 

Peligroso encadenamiento

Si ya traducir es un acto complejo y único, imaginemos cuáles serán las dificultades que entraña la traducción de otra traducción: infinitas. Ciertamente, se trata de una práctica poco recomendable, puesto que por más calidad que pueda tener la segunda traducción, ello acarreará mayores divergencias con respecto al original, e incluso con la primera traducción. Esta cadena de traducciones conlleva en su desarrollo más genes negativos que positivos, ya que son mayores las probabilidades de caos, pérdidas y confusiones que de soluciones, aunque en toda regla siempre hay valiosas excepciones.

 

No obstante, en ocasiones es un mal necesario u obligado, pues no queda otra opción. Muchas veces las traducciones de traducciones parten de una edición canónica   —por lo general bilingüe—, que ha sido realizada por un experto, con un largo y riguroso estudio de la obra original, en el que, entre otras cosas, especifica qué versión está usando (sobre todo si se trata clásicos grecolatinos o medievales, pues suele haber más de una fuente y/o manuscrito), y además incluye notas aclaratorias que ayudan al lector a comprender mejor el texto. Es lo que conocemos como una edición crítica. No todos los traductores están capacitados para realizar un trabajo de tal envergadura.

 

Desafortunadamente, son varios los males propios de las ediciones bilingües que sirven de base para otras traducciones. Para empezar, suelen ser muy costosas, de tiraje reducido y están dirigidas a un público especializado. Además, implican una serie de peligros similares a los de una traducción. Es el caso de Dante y su Divina comedia, de la que existen alrededor de 800 manuscritos, cada uno con elementos diferentes que impiden saber exactamente cuál es la copia manuscrita primitiva de la que parten las restantes. En la actualidad, una de las ediciones más utilizadas por los traductores es la de Giorgio Petrocchi, de 1967, aunque hay otras más modernas, entre las que destacan la de Antonio Lanza, de 1995, y la de Federico Sanguineti, de 2001; ninguna de ellas fija el mismo texto ni la vierte igual al italiano moderno. Por eso no es lo mismo basarse en la de Petrocchi que en las más recientes, y el traductor se ve constreñido a tener que tomar una decisión más: qué edición elegir.

 

En realidad, las traducciones de traducciones se erigen como una importante alternativa editorial para que el texto llegue a más personas. Es decir, suelen constituir la base para una edición divulgativa, la cual suele prescindir del texto original o de un estudio introductorio significativo. Son, además, fáciles de consultar y de adquirir. Muchas veces, constituyen los textos básicos que se usan en la educación secundaria, cuando se forma el hábito de los futuros lectores.

 

El lado negativo es que este tipo de publicaciones tiende a simplificar el texto y, en honor a la verdad, puede llegar a rebajar tanto los niveles de complejidad del original que el resultado pierde eficacia y se empobrece. Sucede así, por ejemplo, con algunas ediciones de los poemas homéricos o de la Eneida de Virgilio, o también con el Paraíso Perdido de Milton, en las que la mayoría de traductores han sacrificado la versificación original y la han prosificado, eliminando de manera antinatural el ritmo y la métrica que han hecho de dichos textos verdaderos paradigmas literarios.

 

 

© Reinhard Huamán Mori, del texto.

Publicado originalmente en la revista BOCA DE SAPO, nº 6. Buenos Aires, 2010.

 

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2 comentarios

  1. Soy traductor y reconozco muchas verdades en este texto, además de explicaciones muy bien enfocadas. Lo que no me gusta de este artículo de opinión es el sabro agridulce que parece dominar el enfoque del texto. Y quizás sea sólo una cuestión de volver a leerlo, pero esto de Internet y el “tiempo real” es lo que tiene. Llegas a una página, lees, y si superas las no-ganas de contribuir con un comentario tuyo, sólo tienes una oportunidad. A fin de cuentas, hay toneladas de ocio inútil espeŕandote ahí fuera, y no estás con el autor del artículo para conversar distendidamente cara a cara en alguna terraza.

    Efectivamente, en la labor de la traducción literaria siempre se pierde algo, y es el trabajo, la experiencia y el instinto del traductor lo que hace que seas pérdidas sean mínimas. No obstante, yo no percibo mi profesión, aún compartiéndola con una vocación poética en pleno proceso de crecimiento, con ese aroma agrio que percibo en el texto. Toda actividad humana con aspiraciones de ser ciencia, e incluso todas las ciencias, están condenadas a la imperfección.

    Una buena traducción se lee. Una mala se saborea arrugando la cara y queriendo enviar miles de cartas al editor (y al traductor que, posiblemente, acepto hacer semejante trabajo, o tan poco dinero; o ambas).

    No creo que la profesión traductor deba mirarse con esa especie de tristeza por “todo lo que se pierde”. Es un oficio de riesgo (me encanta el título), en el que los buenos profesionales, los profesionales vocacionales, se dejan la piel para ofrecer al lector un texto con efectos análogos al texto original. Y todo eso luchando contra una industria editorial que, en su mayor parte, mira a la traducción como el lugar donde tirar sus migajas-moneda.

    En cualquier caso, me gusta el artículo.

    Un saludo desde unas islas atlánticas.

    • Estimado amigo,

      Gracias por tu comentario. La verdad es que llevamos días comentándolo y coincido contigo en muchos puntos. Es cierto que la labor de traducción es muy digna y necesaria, aunque, en líneas generales, no suele ser muy reconocida, sobre todo por un sector editorial importante que suele privilegiar la rapidez en detrimento de la calidad (y esto lo digo con conocimiento).

      En ningún momento quise conferirle al texto ese sabor agrio que percibes, aunque sí fue mi intención incidir en las vicisitudes a las que hace frente un traductor, las cuales muchas veces son obviadas o desconocidas por un buen porcentaje de lectores. Probablemente me explayé un poco más de la cuenta en ello y no en otras cosas más afortunadas, tal vez porque hacer un apologético sobre el traductor no estaba en mi cabeza (aunque ello no quiere decir que no lo pensara ni lo piense).

      En lo que no estoy del todo de acuerdo contigo es sobre las malas traducciones. Y es que con el tiempo me he dado cuenta de que una mala traducción es un hueso duro de roer (intragable y asfixiante) y muchas veces me veo obligado a abandonar la lectura y, si es posible, voy en busca de otra edición en la que la traducción sea mejor. Claro que hay veces en la que no se puede hacer nada, ya que si lees a un autor en lengua eslava o asiática, es muy difícil encontrar otras versiones. Así pues no te queda más que arrugar la cara, como dices, y seguir para adelante; pero veo difícil que con ello se pueda saborear la lectura.

      En todo caso, y es este otro de los puntos en los coicidimos, tienes mucha razón cuando hablas del buen profesional. Es maravilloso cuando por esos azares de la vida te das con una excelente traducción, en la que adviertes el esfuerzo y los felices aciertos del traductor. He ahí el riesgo asumido y superado con creces, en el que afloran el orgullo y la satisfacción y que es también percibido por un buen lector (este es otro tema, otra galaxia). Cuando esto sucede, todos ganan (hasta el librero).

      Te reitero mi agradecimientos por tus obervaciones y por tu buen criterio. Me alegra mucho que el artículo te haya gustado.

      Un abrazo desde unas islas mediterráneas.

      R.

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