Para Olvido García Valdés

(Santianes de Pravia, Asturias - 1950)

Ciertamente, la trayectoria de una poeta no se mide nunca en función de sus libros publicados, ni tampoco por las antologías en las que figura. Eso sería un error. Ha de ser medida, más bien, por la profundidad e intensidad que ha alcanzado su poesía, gracias a esa capacidad de resistencia frente al inminente desgaste de lo cotidiano y de su banal verbalización. Estas características son las que advertimos cuando leemos a Olvido García Valdés, ya sea en sus primeros libros, como Exposición, ganador del premio Ícaro de Literatura en 1990 (año de su publicación), o también en el tan celebrado Y todos estábamos vivos, gracias al cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía, en 2007.

Es la propia autora la que, con sutileza, nos devela su propia poética cuando afirma en uno de sus escritos:

«El poema es siempre retrospectivo, pero la dilatación lírica se adhiere a la respiración; el pensamiento del poema no procede por análisis sino condensándose, condensándose en asociaciones, en ritmos, en montaje. Se trata de un pensamiento perceptivo, intuitivo y lacónico, sensorial».

Así, la poesía de Olvido García se arraiga en lo más íntimo de la vivencia personal, asciende de la profundidad, de la infancia y, tras un depurado pero intuitivo trabajo, se manifiesta en un poema que más que hablar o señalar, calla. Fluye de modo natural y nos descubre un mundo que no somos capaces de ver, pero que irónicamente vivimos y del que formamos parte, a pesar de nuestra ceguera. Me viene a la mente ahora uno de mis versos favoritos, escritos por ella:

«A veces el tiempo se dilata, caben

en un día días, se prolongan

en el sueño los rostros, las callejas

que suben».

Por ello mismo, cada libro de Olvido García no ha pasado desapercibido por la crítica. Esto se aprecia no solo en los elogios dedicados a su obra o en los premios, sino sobre todo porque se ha sabido ganar la deferencia de los lectores y del público, y creo yo que ese es el premio más importante que un poeta puede obtener.

Entre su bibliografía hallamos: El tercer jardín (1986); ella, los pájaros, (1994, Premio Leonor de Poesía); Caza nocturna (1997, libro traducido al sueco y al francés); Del ojo al hueso (2001), Y todos estábamos vivos (2007). Su obra poética ha sido reunida en aquella impecable colección de Galaxia Gutenberg: Esa polilla que delante de mí revolotea, de 2008. Asimismo, su poesía ha sido también traducida al inglés, al alemán y al portugués. Y ella misma ha hecho de traductora, entre cuyas versiones destacan las de Pier Paolo Pasolini: La religión de mi tiempo (1997) y La carretera de arena (2007), así como la de las poetas rusas Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva, titulada El canto y la ceniza (2005).

© Reinhard Huamán Mori


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