Vasos. Pedro Montealegre

(Santiago de Chile, 1975)

 

 

Un vaso de mentira

 

Tú púdrete sin dar noticias a nadie

Boris Pasternak

 

La cara permanente y visible del sol:

qué otra mentira, vanidad más blanca –Manises

mostrando

golondrina y no cruz– la vida cumplida: asomarse a

la puerta: ser ella misma: preguntar por la

muerte

–se pregunta por el precio de una barra de pan.

Sostener la mudez, esa joya muy fina: no hay

real holocausto

al pisar la vereda. Lo ya hecho se deshace, igual

prontitud: sublimidad y memoria: no hubo

sangre aquí

–qué ciudad– menos épica pintada en la historia:

pero su poema, la cúpula con polvo de cobre,

una muchacha, su pelo oxigenado de ángel, el

muchacho y su coche: todo transeúnte,

comprador o verdugo:

relación de los signos –devorados por otros– esta

misma ciudad, digerida existencia: el borde de

un río

sin agua o icono. Desaparecidos, apenas,

desaparecidos de siempre –sea aquí, allá– la

publicidad te pide:

redacta el poema: ciudad de cerámica. Tenaza de

mantis llamada País, atenazado insecto

–el nombre de Dios– trepando por el insecto

transformado en palabra. Permanente. Caduca:

cara visible:

verdad prestamista, cónyuge pálida llamada vacío,

apellido de tierra, estercolero de perros.

No visible la guerra –al interior de la piel– brillantez

de pavimento o maquillaje de quien

 

se define peatón, persona llevando un pez de oro en

la ceja. El hambre del Otro, necesidad

escribiente:

esta ciudad inflándose como globo de cumpleaños

–la fiesta del hijo donde se come a otro hijo.

Puede, Usted, meterse su Levante en el hueco del

corazón; puede inyectarse la flor del naranjo:

esta sien no es estrecha: diluir la ciudad en una

mezcla de agua e hipoclorito sódico –blanquear

su paso

 

desde el paso inmóvil, eterna estrella de la planta.

La mentira del sol más creíble que él mismo.

 

 

 

Un vaso de sombra

 

Animal entumecido –necesario bajo la lluvia– bajos

los árboles, la calle, la trenza de una niña

cortada de golpe, más miedo que nieve en la frente

de los muertos, más sal que sal

en el pezón de la ondina, más considerando que se

trata de la calle: nunca hubo coral

a qué aferrarse –ahí, los ahogados sin tabla–

desaparecidos bajo la luz, el discurso

 

que en el crisol de la boca no sale de la boca. De la

nariz. Del ojo. Sensualidad derrotada.

Necesidad de ver. Acariciar con la pestaña el ano

del príncipe –el poderoso y su copa

llena de otras copas–; mamuskas sin física

reconocible allí: más pequeñas, más grande

la sinonimia guardada: pequeña bomba, un narciso.

Entenderá, Usted: su sinónimo derrota

 

a todos los espejos: no hay vanidad. Animal

entumecido por la sílaba breve.

Encabalgamiento recíproco del mal –la paloma–

mucho más que el blanco. Ir sentado en la duda

pidiendo voz: la multitud que pide otra voz: su

ganancia. Ir cogiendo del diálogo

un ángel desprendido de toda dignidad, un muerto

reconocible porque a través de su peste

uno mismo se encuentra. Un bando preciso: le

comunico a Usted que desde Hoy no existe.

Esto, cuando el perro devuelve su figura –cuando

lame la mano– y en la mano no hay sombra.

 

 

 

Un vaso de palabra

 

No son saladas: no tienen la lágrima de un pez sobre

el cuchillo: el sabor de una axila

cuando el sol se fracciona con el mismo filo del pez.

Y la rabia exaspera. Y el dolor de verse

enterrado sobre el fango, más entorpece que la

adormidera sobre un niño.

No saladas las heridas. El musgo sobre la palma del

negado. Latiendo. La culpa es crujir

 

–desde hoy– tu gramática: pincharte la vena, hundir

un dedo en el agua. Entorpecer. Exasperar.

Lleno de polen, no dirás a los artistas que se trata de

pólvora. Si tienes que escoger

Ponte un clavo ahí –el labio inferior–: no espantes a

los ángeles posados en él.

Ahorra el ataque. La noche de sal desfilando en los

desaparecidos: ese transcurso, de seguro,

 

más puro que el silbido de una bala. Su música.

Llenarte de vino –te desborda de adentro–

mientras hacia el exterior, en la tierra, caen más y

más. No saladas las calles

trazadas con sangre de quien ha sido esclavo. Allí,

el opio donde hubo un niño,

el discurso del tráfico sobre el libro paseante:

consumirse uno mismo en la factura: ver.

O quedarse ciego ante la ceguera: y reír –con una

mano adelante y una atrás– aún creyendo

que un poema basta para ganar oxígeno. Para que

un muerto hable en lugar de la palabra.

 

 

© Pedro Montealegre

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