Sylvester Stallone o el idealismo

(Nueva York, 6 de julio de 1946)

 

A menudo, cuando pensamos en las películas de acción, muchas veces el prejuicio toma la delantera y las encasillamos como un burlesco show de esteroides y lubricantes corporales, con tramas inverosímiles y patéticas. No voy a negarlo, la lista que lo corrobora es larga; empero, gran parte de su atractivo reside, precisamente, en ello. Toda generalización resulta obtusa y engañosa —como esta, incluso—, y en nuestro caso no menos cierto es que un género tan menospreciado como este nos ha dado memorables títulos y personajes, entre ellos dos que con el tiempo se han convertido en grandes sagas, me refiero a los buques insignia de Sylvester Stallone: John Rambo y Rocky Balboa.

 

Curiosamente, estos filmes fueron concebidos como dramas; prueba de ello es Rocky, que se adjudicó no solo el Oscar a Mejor Película en 1976, sino que aquel año se llevó el Globo de Oro en la categoría dramática. Sin embargo, debido al inesperado éxito comercial, los personajes cobraron autonomía y evolucionaron hasta lo que son hoy en día. Ahora bien, dentro de sus limitadas características y estereotipos —herencia del género al que pertenecen—, estos héroes de Stallone son dos grandes íconos que resumen muy bien la cultura americana. Tanto Rocky como Rambo encarnan los mayores ideales sobre los que se construye la identidad y la moral estadounidense: el primero es símbolo de la superación personal, el esfuerzo y la tenacidad, es una especie de self-made man; mientras que el segundo antepone la libertad sobre todo dogma y credo, es la justicia y el azote de los oprimidos. Romántico, ¿cierto?

 

Garañón italiano

De acuerdo con el American Film Institute,Rocky Balboa, un púgil con más resistencia que técnica, es uno de los personajes más entrañables de la historia del cine. Su carisma se ve respaldado por su timidez, su candidez y su bonachonería, aun cuando en el ring sea una máquina apabullante. Aunque Stallone se empeña en destacar el lado físico de su personaje en las siguientes tres secuelas, no podemos pasar por alto que el sustrato sentimental y emocional cumple un rol vital. Ya en las dos últimas entregas Rocky adopta una figura más paternal, primero como entrenador; en tanto que en la última, la distante relación con su hijo —quien siente vivir a la sombra de su progenitor— se estrecha definitivamente.

 

A lo largo de la saga vemos cómo Rocky se enfrenta a un sinnúmero de retos, no solo deportivos, pues ha de soportar la bancarrota, las secuelas físicas y, sobre todo, la muerte de sus seres queridos: su gran compañero y rival, Apollo Creed; su entrenador y mentor, Mickey Goldmill; y su gran amor y razón de vida, Adrian. La historia de Rocky, entonces, se sustenta en una sola constante, esta es, caer para volver a levantarse. “Nadie te va a golpear tan duro como la vida, pero lo importante no es cuán fuerte golpees, sino cuán duro pueden golpearte y aún así continuar avanzando”. Filosofía de la calle, seguro, pero muy cierta.

 

Sangre, sudor y ráfagas

La saga de Rambo se inicia en 1982, año crucial para Sylvester Stallone —ya por entonces muy bien posicionado como actor y guionista—, quien estrenaría además Rocky III, obteniendo en conjunto una recaudación mundial de casi $350 millones de dólares. La película, titulada originalmente First Blood, se basa en la novela homónima del escritor canadiense David Morell, publicada en 1972, sobre un veterano de la guerra de Vietnam cuyos traumas le dificultan la incorporación a una sociedad distinta de la que dejó al enlistarse.

 

De las cuatro entregas que forman la franquicia, la primera se centra en el tema de la alienación: su protagonista, John Rambo —Medalla de Honor de las Fuerzas Especiales del Ejército americano—, es visto como un asesino de guerra por los civiles de su país. Esto le acarreará problemas con el sheriff Teasley y despertará su lado más violento. En las siguientes entregas su imagen cambiará y pasará a ser el gran ícono de la libertad que conocemos. Así, en la segunda parte volverá a Vietnam para rescatar prisioneros de guerra norteamericanos; en tanto que en la tercera peleará contra el ejército ruso que tiene subyugado al pueblo afgano. Irónicamente, Rambo será decisivo en la liberación de Afganistán e, incluso, les enseñará a usar las armas (la historia luego nos dirá que lo aprendieron tan bien que acabaron mordiendo la mano que en su día les dio de comer). La cuarta y última parte tiene lugar en la antigua Birmania, con un Rambo muy curtido y resignado, pues el mundo por el que luchó es tan solo una bonita ilusión fabricada por la casta política y militar, para quienes Rambo fue tan solo un títere. Por diversas circunstancias se verá comprometido en el rescate de unos misioneros americanos en la selva birmana. Sin embargo, ni Tarantino ha sido tan cruel y sanguinario con sus extras, lo cual grafica muy bien cómo el tiempo y las decepciones han mermado en Rambo.

 

Stallone en Rambo II

 

Dos caras, una moneda

Ambos personajes, pese a sus disímiles modos de vida, tienen muchas cosas en común, una de ellas es su personalidad. Tanto Rocky como Rambo se muestran, en apariencia, ecuánimes; son individuos muy observadores, callados, muy analíticos y en demasía obstinados: aquí reside la clave de su éxito. Asimismo, son siempre víctimas de su destino e interminables resultan las pruebas a las que deben enfrentarse. No obstante su rudeza y bravura, no podemos negar que en ellos las cicatrices del amor son muy gruesas y tangibles. Es así que Rocky, cuya vida nunca estuvo realmente amenazada, pudo formar una familia y encontrar apoyo en su esposa, omnipresente en su memoria tras su fallecimiento. Rambo, por otro lado, verá cómo el amor se le escapa siempre de las manos, tornándolo más huraño y receloso.

 

Estos protagonistas, en suma, están más en la línea del héroe clásico que no del antihéroe moderno y encarnan el lado más cursi y emotivo del sueño americano. En el fondo, el único músculo que prevalece para Stallone es el corazón: sin él sus personajes no serían más que un cúmulo de estereotipos forzudos, desangelados y de cartón piedra, como Chuck Norris o Charles Bronson. Yo me pregunto, ¿qué sería hoy de América sin estos valores? ¿Qué sería de nosotros sin estos héroes? Lo más probable es que sin ellos viviéramos en un mundo violento, desequilibrado y amoral en el que no habría esperanza de nada. Vaya, “violento, desequilibrado y amoral”, ¿de qué me suena a mí esta canción?

 

 

© Reinhard Huaman Mori, del texto

Publicado en el Diario de Ibiza, viernes 27 de julio de 2012

 

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