Poema. Mar Benegas

(Ribarroja, Valencia, 1975)

 

ETMOIDES:

(Hallazgo)

 

Ha llegado al mar. La Huesera intensifica la búsqueda. Los pequeños osteocitos retroceden, sienten el temblor de sus pies sobre la tierra.

La Ballena está sumergida. Rasgar la carne blanda de su estómago. Donde se abre, como una flor del abismo,  el caleidoscopio del inconsciente. Dejar salir las deformidades, La Bestia de la infancia se te acerca, y tú, sin querer saber de su existencia.

Una masa esponjosa cubre el suelo del océano, depósitos, segregación, sedimentos: las heces boscosas del gran pez crean un mundo subacuático. Abisales criaturas la acompañan.

La Huesera zozobra en el pequeño bote. Se adentra remando sobre las olas. Se desata la tempestad y El Gran Monstruo se acerca.

 

Dejar salir lo que allí bulle, es eso lo que temes. Soltarás el Libro, querrás abandonar el viaje.  El miedo es piadoso. Podría abrir las fauces.

 

La Huesera tararea. Monstruo de la niñez a la niñez acude. La nana calmará a la ballena.

 

La masa carnosa se desgarra: hueso afilado: surtidor.

 

Te llega el dolor. La enfermedad es como una perla, abrir para saberla, se ha formado defendiéndote. Un cuerpo inhóspito dialoga íntimamente con lo que no reconoces. A veces una ráfaga identifica,  abre la veta y el mito se convierte en llaga. A lo llagado la gasa, el vértigo de la hendidura, la observación. Los símbolos que te guían por el subsuelo de tu psique aparecen como  fósiles: la arqueología del sueño.  

 

Cuando lo temido ha sucedido La Vieja penetra en aquel estómago bruto. Sentido único: hallar los mínimos huesos. Un etmoides vivo salta a su boca, por fin descansa, arropado por el líquido canto de la Madre.

 

Esta batalla está ganada pero la Vocera, aquella que vive en el Laberinto, ve la Gran Ola que ha propiciado la lucha acuática. Ve la ciudad sumergirse y llora suavemente mientras se mece sobre la devastación.

 

Estas heridas no te mataránte dicen. Pero pueden quebrar la brújula de cobre que cada cual barrunta.

 

Yo también me adentré en ese océano.

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Etmoides (uno)

 

etmoides           laberinto

tubular           sujetando

visiones              ocurren

apoyadas             olfatean

   simetría            sirve para

acunar lo visto

para olisquear los rastros

 

 

Moro, Fontana y los perros. Mario Vargas Llosa

(Arequipa, Perú, 1936)

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Cava decía que iba a ser militar, no infante, sino de artillería. Ya no hablaba de eso, últimamente, pero seguro lo pensaba. Los serranos son tercos, cuando se les mete algo en la cabeza ahí se les queda. Casi todos los militares son serranos. No creo que a un costeño se le ocurra ser militar. Cava tiene cara de serrano y de militar, y ya le jodieron todo, el colegio, la vocación, eso es lo que más le debe arder. Los serranos tienen mala suerte, siempre les pasan cosas. Por la lengua podrida de un soplón, que a lo mejor ni descubrimos, le van a arrancar las insignias delante de todos, lo estoy viendo y se me pone la carne de gallina, si esa noche me toca ahora estaría adentro. Pero yo no hubiera roto el vidrio, hay que ser bruto para romper un vidrio. Los serranos son un poco brutos. Seguro que fue de miedo, aunque el serrano Cava no es un cobarde. Pero esa vez se asustó, solo así se explica. También por mala suerte. Los serranos tienen mala suerte, les ocurre lo peor. Es una suerte no haber nacido serrano. Y lo peor es que no se la esperaba, nadie se la esperaba, estaba muy contento, jode y jode al marica de Fontana, en las clases de francés uno se divierte mucho, vaya tipo raro, Fontana. El serrano decía: Fontana es todo a medias; medio bajito, medio rubio, medio hombre. Tiene los ojos más azules que el Jaguar, pero miran de otra manera, medio en serio, medio en burla. Dicen que no es francés sino peruano y que se hace pasar por francés, eso se llama ser hijo de perra. Renegar de su patria, no conozco nada más cobarde. Pero a lo mejor es mentira, ¿de dónde sale tanta cosa que cuentan de Fontana? Todos los días sacan algo nuevo. De repente ni siquiera es marica, pero, de dónde esa vocecita, esos gestos que provoca pellizcarle los cachetes. Si es verdad que se hace pasar por francés, me alegro de haberlo batido. Me alegro que lo batan. Lo seguiré batiendo hasta el último día de clase. Profesor Fontana, ¿cómo se dice en francés cucurucho de caca? A veces da compasión, no es mala gente, solo un poco raro. Una vez se puso a llorar, creo que fue por las Gillettes, zumm, zumm, zumm. Traigan todos una Gillette y párenlas en una rendija de la carpeta, para hacerlas vibrar les meten el dedito, dijo el Jaguar. Fontana movía la boca y solo se oía zumm, zumm, zumm. No se rían para no perder el compás, el marica seguía moviendo la boquita, zumm, zumm, zumm, cada vez más fuerte y parejo, a ver quién se cansa primero. Nos quedamos así tres cuartos de hora, quizá más. ¿Quién va a ganar, quién se rinde primero? Fontana como si nada, un mudo que mueve la boca y la sinfonía cada vez más bonita, más igualita. Y entonces cerró los ojos y cuando los abrió lloraba. Es un marica. Pero seguía moviendo la boca, qué resistencia de tipo. Zumm, zumm, zumm. Se fue y todos dijeron “ha ido a llamar al teniente, ya nos fregamos”, pero eso es lo mejor, solo se mandó mudar. Todos los días lo baten y nunca llama a los oficiales. Debe tener miedo que le peguen, lo bueno es que no parece un cobarde. A veces parece que le gusta que lo batan. Los maricas son muy raros. Es un buen tipo, nunca jala en los exámenes. Él tiene la culpa que lo batan. ¿Qué hace en un colegio de machos con esa voz y esos andares? El serrano lo friega todo el tiempo, lo odia de veras. Basta que lo vea entrar para que empiece, ¿cómo se dice maricón en francés?, profesor, ¿a usted le gusta el catchascán?, usted debe ser muy artista, ¿por qué no se canta algo en francés con esa dulce voz que tiene?, profesor Fontana, sus ojos se parecen a los de Rita Hayworth. Y el marica no se queda callado, siempre responde, solo que en francés. Oiga, profesor, no sea usted tan vivo, no mente la madre, lo desafío a boxear con guantes, Jaguar no seas mal educado. Lo que pasa es que se lo han comido, lo tenemos dominado. Una vez lo escupimos mientras escribía en la pizarra, quedó todito vomitado, qué asquerosidad decía Cava, debía bañarse antes de entrar a clases. Ah, esa vez llamó al teniente, la única vez, qué papelón, por eso no volvió a llamar a los oficiales, Gamboa es formidable, ahí nos dimos cuenta todos de lo formidable que es Gamboa. Lo miró de arriba a abajo, qué suspenso, nadie respiraba. ¿Qué quiere que haga, profesor? Usted es el que manda en el aula. Es muy fácil hacerse respetar. Mire. Nos observó un rato y dijo ¡atención!, caracho en menos de un segundo estábamos cuadrados. ¡Arrodillarse!, caracho en menos de un segundo estábamos todos en el suelo. ¡Marcha del pato en el sitio!, y ahí mismo empezamos a saltar con las piernas abiertas. Más de diez minutos, creo. Parecía que me habían machucado las rodillas con una comba, un-dos, un-dos, muy serios, como patos, hasta que Gamboa dijo ¡alto! y preguntó ¿alguien quiere algo conmigo, de hombre a hombre?, no se movía ni una mosca. Fontana lo miraba y no podía creer. “Debe hacerse respetar usted mismo, profesor, a estos no les gustan las buenas maneras sino los carajos. ¿Quiere usted que los consigne a todos?”. “No se moleste”, dijo Fontana, qué buena respuesta, no se moleste, teniente. Y comenzamos a decir ma-ri-qui-ta con el estómago, eso es lo que hacía Cava esta tarde, porque es medio ventrílocuo. No se mueven ni su jeta ni sus ojos de serrano y de adentro le sale una voz clarita, es de verlo y no creerlo. Y en eso el Jaguar dijo: “Vienen a llevarse a Cava, ya descubrieron todo”. Y se puso a reír y Cava miraba a todos lados, y el Rulos y yo: “Qué pasa, hermano”, y Huarina apareció en la puerta y dijo: “Cava, venga con nosotros, perdón, profesor Fontana, es un asunto importante”. Bien hombre el serrano, se levantó y salió sin mirarnos y el Jaguar, “no saben con quién se meten”, y se puso a hablar incendios contra Cava, serrano de mierda, se fregó por bruto, y todo el serrano, como si él tuviera la culpa de que lo fueran a expulsar.

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© Mario Vargas Llosa

Tomado de La ciudad y los perros. Real Academia Española. 2012.