Las tentaciones del demonio. August Strindberg

Estocolmo, 1849 – Estocolmo, 1912

 

El proceso de divorcio avanza muy lentamente, interrumpido de vez en cuando por una carta de amor, un grito de queja, promesas de reconciliación. Y luego, un brusco adiós por siempre jamás.

Yo la amo, ella me ama y los dos nos odiamos con un feroz odio de amor que crece con la ausencia.

Sin embargo, y para romper un vínculo funesto, busco la ocasión de sustituir ese cariño por otro, e inmediatamente mis deshonestos votos son escuchados.

En la cena de la crémerie aparece una dama inglesa, que se dedica a la escultura. Ella es la primera en dirigirme la palabra, e inmediatamente, me agrada.  Es hermosa, encantadora, distinguida, de buen porte, seductora con su dejadez de artista. En suma, una edición de lujo de mi mujer, cuya imagen ofrece ennoblecida y agrandada. A fin de serme agradable, el decano de la crémerie, el artista maestro invita a esta dama de las veladas del jueves que organiza en el estudio. Voy a ellas y me mantengo apartado, porque ante un público burlón siempre expongo mis sentimientos a disgusto.

Hacia las once, la dama se levanta y me hace una señal de inteligencia. Me levanto con bastante torpeza, me despido y, después de haber ofrecido a la joven acompañarla, la guío a la salida entre las risas de la pandilla de jóvenes impúdicos.

Ridiculizados el uno por el otro, partimos sin decir una palabra, despreciándonos, como si nos hubiésemos desnudado ante la muchedumbre burlona.

Pero fue preciso pasar por la callede la Gaîté donde chulos y putas nos abofetearon con sus ultrajantes injurias, al tomarnos por dos de sus iguales descarriados.

Uno es poco amable cuando está rabioso y clavado en la picota; inclinado bajo el látigo, no puedo levantarme. Llegados al bulevar Raspail, nos ataca un lluvia fina, molesta como latigazos. Al no tener paraguas, ¿no era lo más razonable buscar refugio en un café muy caliente y luminoso? Con un gesto de gran señor levanto el dedo hacia el más rico de los restaurantes. Cruzamos el bulevar a paso ligero… ¡Pan! ¡Pan! La idea de que no tenía un céntimo me golpeó en el cráneo como un martillazo.

He olvidado cómo salí del paso, pero nunca olvidaré las sensaciones que me asaltaron durante la noche, después de dejar a la dama delante de su puerta.

El castigo, aunque severo e inmediato, y administrado por una mano hábil que no pude desconocer, me pareció insuficiente. Mendigo, con obligaciones incumplidas hacia mi familia, había querido entablar una relación comprometedora para una mujer honrada. Era el crimen por las buenas, y me inflingí la penitencia en regla. Renuncio a la velada de la crémerie, ayuno y evito todo lo que puede evocar la fatal pasión.

Pero el seductor vigila, y en una velada de atelier vuelvo a encontrar a la hermosa con su traje oriental que realza su belleza de forma enloquecedora.

Sin embargo, ante ella no encuentro nada que decir, soy un necio, y tras descibrir que aquella mujer no merecería otra cosa que una simple declaración contundente y franca: “La deseo”, me marcho, ardiendo hasta los huesos en una llama impura.

Al día siguiente vuelvo a la crémiere: allí está, deliciosa, acariciándome con su voz mimosa, cosquilleándome con sus ojos felinos. Nos ponemos a hablar y todo va bien hasta que, en el momento crítico, la joven Minna hace una entrada ruidosa. Era una hija de artista, modelo, amante, que se interesaba por la literatura, una joven estupenda recibida en todas partes. También yo la conocía, y una noche nos habíamos hecho buenos amigos, pero sin ir más allá de las conveniencias. En resumen, Minna entra, se arroja entre mis brazos —estaba algo borracha—, me besa en las mejillas, me tutea.

La dama inglesa se levanta, paga y se va. Se acabó. ¡No ha vuelto nunca! Gracias a Minna, que además me había prevenido contra aquella dama con razones que dejo de lado.

¡Basta de amor! La orden de las potencias está dada y me resigno, con la certeza de que un motivo superior se oculta en ella como en otras partes.

 

Animado por el éxito del azufre, sigo con el yodo, y después de haber publicado un artículo en Le Temps sobre una de las síntesis del yodo, un señor desconocido viene a verme al hotel. Se presenta como representante de todas las fábricas de yodo de Europa, me informa de que acaba de leer mi artículo y que, en el momento en que el asunto se confirme, podremos producir un crac en la Bolsa, acompañado de un beneficio de millones para nosotros, con la sola condición de sacar una patente.

Le respondo que no he hecho un invento industrial, sino un descubrimiento científico, y que el aspecto comercial no me interesa lo suficiente para inducirme a proseguir con las manipulaciones.

Se marcha. La dueña del hotel, que en otro tiempo mantuvo relaciones con el señor desconocido, se informa por él de la gran noticia, y durante dos días fui considerado como el millonario futuro.

El negociante vuelve, esta vez más gozoso que antes. Se había informado, y, tras quedar convencido de que el descubrimiento era rentable, me invita a dirigirme inmediatamente a Berlín para ponerse en marcha.

Se lo agradecí, aconsejándole que hiciese emprender los análisis necesarios antes de comprometerse.

Me ofrecía cien mil francos antes de la noche si yo tenía a bien seguirle…

Lo despedía olfateando alguna marrullería.

Abajo, me trató de loco delante de la patrona.

Los días siguientes se produjo una calma que me dejó tiempo para reflexionar. La miseria amenazadora, las deudas impagadas, el futuro incierto, de un lado; del otro: la independencia, la libertad para proseguir los estudios, la vida fácil. Además, una idea vale su precio.

Se apoderó de mí el arrepentimiento, mas no tuve valor para reanudar las relaciones; y un telegrama del comerciante vino a advertirme que un químico auxiliar de la escuela de medicina, y un diputado, ya célebre entonces, demasiado célebre ahora, estaban interesados en el problema del yodo.

Empiezo entonces una serie de operaciones regulares con resultados invariables que llegan a demostrar que el yodo puede derivar de la bencina.

En éstas, y tras una conversación con el químico, se fija un día para una entrevista seguida de experimentos decisivos.

La mañana que debe decidir este asunto, cojo un carruaje y llevo las retortas y los reactivos a la cita, en casa del negociante, en el barrio de Marais. El buen hombre estaba allí; pero, habiéndose dado cuenta el químico de que era un día de fiesta, había presentado sus disculpas, posponiendo la sesión para el día siguiente.

Era el día de Pentecostés, cosa que yo ignoraba. El despacho mugriento, que daba a una calle oscura y llena de barro, me encogió el corazón. Se me despertaron los recuerdos de la infancia: el día de Pentecostés, la fiesta de los éxtasis, cuando la iglesia adornada con verdor, de tulipanes, de lilas, de lirios de los valles, se abre para las primeras comuniones; las niñas vestidas como ángeles blancos… los órganos… las campanas…

Un sentimiento de vergüenza dominó mi espíritu y regresé a mi habitación muy conmovido, completamente decidido a romper con toda tentación de traficar con la ciencia. Me puse a vaciar el cuarto de aparatos y reactivos embarazosos, limpié, quité el polvo, barrí; mandé a buscar flores, sobre todo narcisos. Después de haber tomado un baño y cambiarme de camisa, me parecía haber quedado purificado de cualquier mancilla. Luego salí a pasear por el cementerio de Montparnasse, donde una serenidad de alma me llevó a pensamientos dulces y a una compunción inusitada.

O crux ave spes unica: de este modo las tumbas predijeron mi destino. ¡Nunca más habría amor! ¡Nunca más dinero! ¡Nunca más honor! El camino de la cruz, el único que conduce a la Sabiduría.

 

 

Tomado de Inferno, Valdemar, 2001.

© Mauro Armiño, de la traducción.

 

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