La subida. Vicente Valero

(Ibiza, 1963)

 

 

Para decir por fin la primavera,

para decirla toda enteramente,

por fin y hasta el final,

a solas —y ahora ya con esta luz

nueva del bosque:

luz llena de caminos invisibles,

de claros con sentido—,

subo hasta aquí en silencio cada día,

subo sin más, acudo

siempre y con sed a donde deseaba,

te vengo a ver a ti,

árbol azul y fuerte, sin descanso,

para decir que yo la he visto, entera,

la primavera toda,

que la conozco de verdad,

árbol lleno de estrellas muchas veces,

o que me llama sin saberlo,

con sus palabras húmedas,

lentamente…

 

La música mejor del mar

y el polen perfumado cada día

dan al aire este cálido trayecto

en verdes tan distintos, mientras subo

a solas, con mi sed,

de la misma manera que las nubes

suben también conmigo,

vienen, a solas me acompañan,

se diría, o hacen ver que me siguen, todas,

muy blancas, sin saberlo,

parece que me siguen de verdad,

conmigo, a lo más alto.

Subo en silencio muchas veces, solo,

pero como si en la subida,

durante el discurrir principalmente,

hubiera pájaros en mí, adentro,

pájaros invisibles

que tal vez nunca más veré:

pájaros de colores

y vuelos prodigiosos casi siempre.

O como si también hubiera en mí,

durante la subida,

en mi interior lleno de pájaros,

brasas húmedas y tristes

de hogueras que están lejos

y frías sobre todo:

brasas de voces que han ardido

azules, junto al mar.

Y ahora yo llamo a este subir tan mío,

tan claro y diferente,

a este subir a solas sin dudarlo,

yo ahora lo llamaría, una vez más,

solo subida propia

y verdadera.

 

Para decir que sí, que yo la he visto,

la primavera entera, de verdad,

llena de nuevas claridades, rojos

abiertos, llena de amarillos,

de extraños amarillos casi verdes,

subo hasta aquí en silencio,

hasta llegar a ti, árbol del bosque,

árbol que estás (me digo)

siempre allá arriba, en el reflejo

total y cíclico del sol,

en la llanura azul del cielo,

pero mirando al mar. (Sé que oyes olas

en ti y el mar oye las tuyas,

las olas de tus ramas,

cuando el aire las trae, las lleva y las extiende,

en paz y sin descanso,

solo y despacio, cada día,

siempre desde el principio y porque sí…)

Para decir la primavera,

para decirla toda, muchas veces,

subo entonces por fin: tomo el camino

también azul y fuerte

de los acantilados. Y escucho en mi subir

una respiración que reconozco,

el aire sin final de lo que viene: luz

de la tarde bañando los almendros,

mostrando abiertamente

toda la plenitud de su caída.

Saludaré al asfódelo primero

y seguiré seguro mi camino hacia el árbol

transparente y fecundo,

hacia el árbol que sé, que yo recuerdo,

siempre lleno de estrellas,

porque es el árbol siempre que está arriba.

Todo lo que hay en él me pertenece:

ramas, cortezas, animales, frutos,

muerte y resurrección,

principalmente las raíces,

pero también el sol del mediodía

que lo calcinará… No me detengo

hasta llegar a él,

aunque me asomo muchas veces

a nuevos precipicios,

voy buscando una altura, un horizonte

oscuro y vertical que me recuerde

la salida primera,

la que yo digo andando todavía

hacia el bosque total,

la palabra que vuela por el aire

y ya no vuelve.

 

La primavera nunca es lo primero:

a ella se llega solamente.

Está al final: es la salida

de todas las salidas.

Lo que existe después de lo que existe,

su renacer más claro.

Adonde por fin llegan siempre

los pájaros que vemos,

los ríos que esperamos cada noche,

más allá de la luz.

Adonde vienen a beber

las miradas salvajes, primitivas,

de los que están a punto

de perderse sin más:

allí donde los sueños se confunden,

tiemblan en su ascención,

entre el verde que no se deja ver

y el verde que pisamos

a oscuras todavía…

La primavera es todo lo que queda

después de lo que queda muchas veces

por ver y por decir.

Está al final: es el momento

de la celebración interminable,

del canto entre la hierba.

Es el lugar de la palabra

pero el lugar también indiferente

de su secreto sacrificio.

Adonde por fin llegan siempre

los días del amor,

las huellas invisibles del deseo.

Es la visión de una promesa

y la posada alegre

de nuestros pensamientos.

Adonde por fin vienen a beber

todos los fuegos, todos

los animales diferentes, blancos,

de la imaginación.

Y está siempre al final: es la salida

transparente, la única

salida verdadera que recuerdo,

mientras camino a solas,

muchas veces…

 

Y así, después de todo, yo diría,

cerca del árbol que está lejos,

viendo ponerse el sol

sobre el bosque violeta o azulado,

que esto es precisamente y sin saberlo,

lo que quiero saber,

cerca del árbol que me espera,

todo lo que yo sé mientras respiro

y subo hasta el final.

Lo que puedo decir por fin acaso

que he buscado saber,

ahora que miro desde arriba

todas las amapolas,

y siento que su luz hoy me acompaña,

sin apenas esfuerzo.

Y ahora quizás podría ver también,

en esta luz tan roja y diferente,

que ilumina mis pasos,

en esta luz en flor que ahora respiro

sin fin y sin saberlo,

la ruta sin edad, desconocida,

de los que ya no están

aquí, como nosotros, abrazando

una verdad como la nuestra,

una verdad en llamas,

oscura y sin descanso, cada día.

O cuando toco con mis dedos

no ya las hojas verdes,

sino también su propio y misterioso

crecimiento, y a este crecer

tan puro que transforma,

que todo lo transforma muchas veces,

ahora lo llamo solo

empezar a vivir… Saben los pájaros

mejor que nadie todo esto,

lo celebran en paz,

tal vez incluso lo comprendan

de algún modo. Yo solo lo pronuncio,

es un saber que no puedo saber,

que rozo con mi boca,

me lo digo a mí mismo en la subida,

no para comprenderlo,

sino para nombrar con sencillez

aquello que he tocado casi siempre

subiendo a este lugar:

para decir por fin la primavera,

a solas, todavía, muchas veces,

con las palabras siempre nuevas,

blancas de cal, con el salitre

quemándome los labios…

 

 

© Vicente Valero

Fragmento tomado del Libro de los trazados, Tusquets editores, 2005.

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