El Diablo de Defoe

Cubierta de la edición de Capitán Swing Libros

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Ocurre a menudo, por desgracia, que cuando a un autor le cuelgan el rótulo de “clásico” entra en una especie de limbo en el que nadie lo lee, pero todos lo han leído. Se escribe mucho sobre su figura, su importancia y la de su obra, pero son pocos los que van directos a la fuente. A veces, basta solo con haber ojeado un párrafo o un capítulo para contentarse y decir que, efectivamente, sí conocemos a determinado autor. Comprobamos que no todo lo que brilla es oro, menos en literatura.

 

Tal vez lo peor no sea eso, sino la nociva acción de reducir la obra de toda una vida a solo uno o dos títulos memorables, malviviendo entre libros de texto y uno que otro manual universitario. El daño se agrava cuando algunas editoriales relegan a la sección infantil a autores que en su momento nada tuvieron que ver con las taxonomías actuales. Se me viene a la mente algunos nombres, como el de Esopo, Robert Louis Stevenson o Daniel Defoe, este último autor de más de 500 títulos, muchos de ellos aún por descubrir, como la fascinante Historia del Diablo, escrita en 1726 e injustamente sepultada bajo la sombra de su Robinson Crusoe.

 

Incorrectamente político

Puede que el título traducido nos cause más de una confusión. En realidad, esta obra no es ninguna loa o reivindicación a la figura del Demonio ni es un libro cargado de esoterismo y misterio. Es más bien una revisión del devenir político de la humanidad, de la que el Diablo ha sido también coprotagonista. De hecho, Defoe la tituló originalmente The Political History of the Devil, en donde la ironía y el humor negro se funden con la visión más realista y crítica de la época que le tocó vivir.

 

El libro está dividido en dos grandes secciones y lo que acapara la atención de la primera son los ataques que profesa contra John Milton, en concreto contra su célebre Paradise Lost. Para Defoe la idea de que el Diablo tiene abierta y crucial participación en el destino político de Occidente es un hecho indiscutible. Muchas de las críticas hacia Milton quedan invalidadas por esta ciega obstinación. Defoe se toma muy en serio su papel de historiador, pecando de ser muy literal y, pese a reconocer la grandeza de Milton, condena la libertad poética de la que este se ha servido para la composición de su poema. Como contrapartida, él mismo como historiador es muy receloso con sus fuentes, no las menciona nunca, solo una atenta lectura nos lleva a sospechar que sus conjeturas se basan, primordialmente, en la Biblia y —casualidades de la vida— en el Paraíso Perdido.

 

A lo largo de la primera parte del libro vemos que Defoe adopta una postura de defensa hacia el Diablo y, aunque no lo diga expresamente, su figura despierta en él cierta simpatía: “Por lo tanto, como me veré obligado a hacer justicia a Satanás cuando me ocupe de esta parte de su historia, los admiradores de Milton deberán perdonarme si me tomo la libertad de hacerles ver que, a pesar de la estimación que tengo por este autor como Poeta excelente, se ha equivocado por completo en materia histórica, sobre todo en la Historia del Diablo; y, en una palabra, que en varias ocasiones ha acusado a Satanás falsamente, como lo ha hecho también con Adán y Eva”.

 

Otro gran blanco de sus ataques son los católicos, contra quienes descarga todo su sarcasmo, no olvidemos su acérrima afiliación presbiteriana. Su rechazo es frontal y contundente contra las cruzadas o contra cualquier otro genocidio perpetrado en nombre de Cristo, pues lo único que ha generado ha sido mortandad, fanatismo, robos y empobrecimiento. De ahí que la lógica de Defoe, en un alarde de humorismo, señale que el principal representante de la fe cristiana en el mundo no es el clero ni el Papa, sino el propio Diablo.

 

Es innegable, además, el dominio y el gran conocimiento de las fuentes bíblicas que exhibe en las páginas de su Historia. Su amplia cultura literaria, así como su experiencia en temas políticos, le posibilitan la tarea de ofrecerle al lector un detallado estudio de la figura del Diablo, repasando la etimología de su nombre o preocupándose en explicarle al lector la estratificación militar de sus hordas y legiones.

 

De burlas y pezuñas

Si en la primera parte se nos ofrece un detallado compendio de las victorias y los reveses sufridos por el Diablo, de cómo su gobierno se ha instalado entre nosotros y ha prosperado su negocio, en la segunda veremos cómo su influencia ha penetrado en los órdenes políticos, económicos y religiosos. Su crítica se torna feroz contra el propio orden británico, el cual hace agua por cada ángulo por el que se mire.

 

Ahora bien, en esta segunda sección el autor se libera de su vestimenta de historiador, de esa cursi rigidez y se torna más sarcástico. La severa literalidad con la que juzga a Milton se transforma en ironía y se burla de las instituciones, incluso del pueblo, tildándolo correctamente de “cerebros débiles”. Apreciamos, entonces, cómo el libro gana matices gracias al espléndido manejo del humor negro que caracteriza sus reflexiones.

 

Otro de los puntos centrales a tener en cuenta en su reflexión es cómo el ser humano se ha alejado de la virtud y de la mano de su creador para acercarse, sin advertirlo, al bando contrario. Para Defoe el hombre es un empleado que trabaja sin gratificación ni compensación alguna, pues su propia naturaleza le facilita la labor. Es tal el grado de decadencia del género humano que el Diablo no debe mover un dedo para tentarlo: “Es tan astuto incluso en la gobernación de los hombres débiles, que cuando ellos creen servir a Dios, no hacen más que servir al Diablo; esta es también una de las partes más delicadas de su actuación, la de hacerles creer que sirven a Dios cuando no se ocupan más que de su obra”.

 

El punto más álgido de su humor negro lo encontramos en aquellos capítulos en los que se detiene a analizar la pezuña de Satanás. Incluso llega a preguntarse quién es más nocivo, si el Diablo con pezuña o la pezuña sin el Diablo. De hecho, en la tradición popular la figura del diablo cojuelo es muy importante, pero aquí Defoe le da la vuelta a esta creencia y la tiene como un inmejorable pretexto para desplegar su irónico repertorio: la pezuña ha sido objeto de culto y de temor entre los diversos pueblos, incluso ha fungido de oráculo o de herramienta mágica que todo lo resuelve. Sus poderes destructores son también resaltados y se mofa de la historia de Occidente y de sus gobernantes, subyugados por el influjo de esta terrible amenaza. Con mucho tino sostiene “que no hay más Pezuña que el Papa, cuya babucha apostólica ha sido tan a menudo besada con mucha veneración por Reyes y Emperadores”.

 

Buena parte de su reflexión se fija también en los oráculos, en los magos y en los adivinos. Observamos que en este punto es completamente inflexible y rotundo: nadie puede tener acceso al futuro, todo aquel que diga lo contrario es un estafador. Ni siquiera Satanás es capaz de adelantarse a los hechos. Por ello, son feroces sus ataques contra los augurios y las adivinaciones, a los cuales minimiza y ridiculiza en más de una ocasión o anécdota.

 

Uno de los grandes aciertos de este libro, aunque hayan pasado casi tres centurias desde su aparición, es que se nos revela muy cercano a nuestros tiempos. Básicamente porque el hombre es el mismo puñado de carne y avaricia en cualquier época de la historia. Lo que sí es muy criticable, pero esto escapa a la competencia de Defoe, es que la editorial ha rescatado la traducción que hiciera José Viana en 1930, en vez de proporcionarle al lector una nueva y más actual. Tal vez el motivo de esta decisión sea que es más rápido y económico echar mano a un trabajo ya hecho que a otro por hacer, y también porque la traducción no decepciona en ningún momento, pese a sus años. Sorprende, en todo caso, que esta reedición no cuente ni siquiera con un breve prefacio o con alguna nota al pie, pues es mucha la información que genera Defoe, en especial, la concerniente a su época y a sus personajes relevantes, pues muchos de ellos son los blancos hacia donde van dirigidos sus dardos.

 

Sea como fuere, la lectura de este libro es un ejercicio de limpieza interna, sobre todo en estos momentos, en los que la historia no debe olvidarse nunca. Hail Satan.

 

 

© Reinhard Huamán Mori, del texto

Publicado en el Diario de Ibiza, 07.XII.2012

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