Olvido y la soledad

(Tusquets editores, 2012)

(Tusquets editores, 2012)

 

La idea del poeta como una isla en medio de un vasto océano, si bien manida, no carece de veracidad. De hecho, sería más apropiado recordar que no todas las islas son iguales, porque los sentimientos y el individualismo nunca están repartidos en la misma proporción. Así, y sin intención de caer en tópicos o generalizaciones, se puede decir que en la poesía contemporánea abundan los escenarios oscuros, urbanos y caóticos, tal vez porque este no es el mejor momento para hablar de la esperanza, ni mucho menos para creer en ella. Afortunadamente, existen otros paisajes cuya sencillez exhala una apacible, pero aparente, tranquilidad. Hasta que el lector descubre las grandes dimensiones y profundidades que allí se esconden. Este es el caso de la poesía de Olvido García Valdés.

 

Tras más de un largo y silencioso lustro sin publicar, la poeta asturiana regresa a escena con un nuevo libro titulado Lo solo del animal, en el que la soledad, en sus diversas expresiones, desempeña un rol esencial en la condición humana. En cada uno de los poemas el lector se reencontrará con aquella voz meditativa y serena, cuya mirada trasciende la inminente cotidianidad que nos adormece y condiciona.

 

Menos es más

Uno de los rasgos característicos de la poética de Olvido García es la economía verbal que, lejos de limitar y recortar su significado, la dota de nuevos sentidos y posibilidades, precisamente porque consigue esa ambigüedad que juega siempre a su favor. En ello reside su valor y su fuerza. Para lograr este efecto se sirve de muchos métodos, como la concisión y supresión de información, pues la suya suele ser una poesía bastante directa, aunque sin rozar la brusquedad. Advertimos que lo fragmentario es un elemento clave en la estructura de sus poemas, incluso los intencionados encabalgamientos ayudan a solventar su estilizado laconismo.

 

La mezcla de historias en un mismo poema, como una especie de collage de anécdotas y sensaciones, contribuye también a realzar este efecto. El paso de una vivencia a otra se da sin ningún aviso, a veces se intercalan entre ellas, pero siempre evocan un mismo estado de ánimo, aun cuando las piezas del rompecabezas se muestren contrarias.

 

Este golpe de efecto es lo que desconcierta al lector, porque a primera impresión parece encontrarse ante un escrito que suena a poco, con frases rotas e inacabadas; empero su inconsciente se verá bombardeado por una sobrecarga emocional, difícil de procesar sin una previa reflexión. Todo ello, a lo largo de las cinco secciones que conforman el libro, configura el ambiente perfecto para pensar sobre nuestra solitaria e inevitable existencia.

 

En Lo solo del animal el hombre es un despojado, su situación en el mundo no le da opción de abolir esta sensación de desnudez en la que se encuentra. No hay salida, tampoco hay lamentos ni tiempo para nada. Su poesía trasciende la carga peyorativa que este estado porta consigo, pues lo natural en el ser humano es la soledad, y pese a ello no es capaz de asumir esta máxima sin dejarse ganar por el pavor y la inseguridad: “a los enfermos e/impedidos diles ea/solos estáis”.

 

Para expresarlo de la mejor manera, la voz poética se asume como testigo, distante y sin entrometerse, aunque muy atenta a todo lo que ocurre. A modo de un documental sobre la naturaleza, el hombre es estudiado como un animal mientras interactúa en su propio hábitat, coexistiendo con otras especies de animales menores; pero, sobre todo, el foco de la observación recae en su comportamiento, porque es crucial dejar constancia de su realidad, de su día a día. La manera que adopta la voz para comunicarnos lo que acontece es pausada y nada objetiva. De hecho, el “análisis” poético que efectúa sobre el hombre no está exento de una fuerte carga emocional y de cierto dramatismo.

 

Experiencia ibicenca

De los 88 poemas que conforman el libro, hay uno en particular que relata una curiosa vivencia de Olvido García Valdés durante su breve estancia en Ibiza, en la primavera de 2010. Ocurrió en el marco del encuentro Puerto Mediterráneo del Libro al que fue invitada, y el escenario lo montó la Policía Local en uno de sus acostumbrados controles de tráfico en las afueras de la ciudad, a pocos metros de Pachá y El Divino, dos conocidas discotecas de la zona.

 

Todo ocurrió de camino al hotel, luego del recital que la asturiana ofreciera pocos minutos después de haber llegado a la isla. Sin embargo, grande fue nuestra sorpresa cuando el policía, tras solicitar los documentos, nos dijo que el coche no contaba con el permiso de circulación correspondiente. Como era de esperar, nuestras alegaciones fueron en vano, y, a pesar de que era obvio de que se trataba de un error, procedieron a despojarnos del vehículo: “Una patrulla/en la noche, un control policial: todo venido abajo/ni divina (sí, casi enfrente, en la rotonda), ni pachá”. Y así fue como quedamos solos en medio de la oscuridad ibicenca, convirtiéndonos, sin saberlo, en futura materia para un poema.

 

Según el ángulo en que se mire, la soledad no es tan mala compañía, en ocasiones saca lo mejor de nosotros, nos hace más humanos o más tiranos, nos obliga a abrir los brazos y defendernos y hasta a conocernos, pues como bien apunta Olvido García: “se orienta el animal por el peligro”. Y eso es también lo que somos: instinto, miedo y corazón, pero también angustia y milagro.

 

 

Reinhard Huamán Mori, del texto.

Publicado en el Diario de Ibiza, 25.I.2013

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