Miguel Ildefonso. Pequeñas historias

(Lima, 1970)

(Lima, 1970)

 

 

LX

 

Ella duerme a mi lado

de espaldas a la ventana.

Es de día en los objetos

que habitan este desnudo mundo.

Velas usadas, piedras marinas,

botellas de plástico.

Si hubiera épica en este tiempo,

habría una espada de hierro

y un caballo afuera esperándonos.

Pero ya no somos amantes.

Su sueño se va

a otros libros más suaves.

 

 

 

LXI

 

Creer en la tierra, no en los ojos.

Creer en el sol, no en la sombra.

Creer en la obra, no en el autor.

Y ebrio iba los lunes a casa,

oliendo a conversaciones muertas,

los fuegos artificiales

de una fiesta patronal.

Volvía a una casa que ya no era mi casa.

Dejaba mis tres llaves en el cadáver de mi pantalón.

Me tiraba en una cama pequeña y dura.

Una polilla al lado de la lámpara,

la mataba,

la miraba.

Su color beige, sus patas peludas

dobladas por la muerte.

Y sus alas brillantes también enjutas.

Y dos ojos negros grandes

con antenas que no habrían percibido a tiempo,

en su torpe vuelo,

las garras de mi ebriedad.

Creer en la palabra no en el amor.

Creer en la muerte no en la vida.

Creer en el idiota no en dios.

Y dudar dudar dudar…

de lo que alguien que no conoces

dice sobre el creer

o en todo caso

si solo tienes una milenaria fe,

ruega por nosotros los pecadores.

 

 

 

LXIII

 

Escribo en una celda. No sé dónde estoy. Dónde queda esta prisión. Ni hace cuánto que estoy aquí. La luz entra por las rejas de una pequeña ventana. Y junto a la cristalina luz el grito del mar, el grito de una ciudad, el grito de los condenados a la libertad. Duermo cuando no escribo. A veces escupo sangre. Pero eso lo utilizo también para escribir. A veces se asoma por la ventana un ángel. Rostro de alguna muchacha que amé hacía años cuando vagaba atravesando puentes y rieles de trenes. No sé si vaya a salir de aquí. Escribo para no pensar en que llegará ese momento. Mi voz es más fuerte dentro del silencio de mis pulmones atados en la garganta. He visto nacer y fugar de aquí a arañas, polillas, zancudos, cucarachas, moscas. He visto convertirse en estalactita mi amargo sudor. Escribo inclusive cuando es de noche y solo la luz de una solitaria estrella titila arriba de la ventana. Es un poco triste todo esto, pero es mejor que nada.

 

 

 

LXVIII

 

Déjalo. Es un pájaro que cruza el río, su ciudad, su laúd de cristal forrado, su ojo fotográfico, sus nebulosas estancias. Déjalo. Y piensa que tuvo pies, y que ya no vibra su chaqueta bajo el turbión de las alas de un generoso cielo, proscrito de luz. Quiso más color para las aves, para esas aves que enlutan la ciudad. Su delgadez se confunde con los alambres de los techos. En el atrevido sol de frente, como corriente bajo las garras, puentes que detuvo su dolor, supo que amaba los colores más que a la realidad. Entonces déjalo picando las bancas, las hojas húmedas en el mármol de abedules y geranios, de las casas roídas, estampadas en cuadros y huertos. Pudiera ser que no midiera sus pasos, su vuelo duraba días, azul o violeta, borroso su paradero final. Ruega por él. Ruega por los que van muriendo con las bombas. Ruega por los que no ruegan. Ruega por el hijo de dios que nunca vio a su padre. Y métete al cine. Cierra los ojos. Trata de que no salgan las lágrimas.

 

 

 

LXXV

 

Tirado en el cemento,

una calle sucia,

silbando en la neblina

del invierno claro

y lleno de sinestesias,

allí ve a dios

que también gusta de la música.

Dios le dice para ir

a beber en la cantina

de donde lo habían botado.

La razón de que ahora

estuviera en el suelo.

Él se echa a andar con el Creador.

Entran a la cantina.

Él piensa que con dios igual

lo volverían a echar,

pero no.

Se vio distinto.

Tenía alas como un ángel.

Dios es astuto (pensó).

Pidieron dos vasitos de Whisky.

Dios sacó un papelito con coca,

le invitó al hombre.

Al rato eran muy amigos,

realmente estaban felices.

Dios sabe hacer las cosas (pensó).

Y qué distinto fue todo

desde entonces.

 

 

 

CIV

 

En tus manos encomiendo este poema

con la luz que regenta la oscuridad del mundo,

los vastos dolores que ciñen los remansos,

fragor y descanso teñidos de rojo carmesí.

Y las tardes moradas que revientan sobre pétalos del miedo,

cansados perros tendidos en la sombra de humildes casas.

Y los traslados de la siembra en espera de la tormenta,

eclipse y desazón,

niños escribiendo en la arena la lección del día.

Trueca del camino que se erige a la luz de otro horizonte.

Te dije que encomiendo este poema

al digestivo cielo que retrata lo prohibido,

ilimitado lamento que se entibia en las cocinas

de aquellas humildes moradas.

¿Será entonces tu espíritu mi cuerpo ausente en este reino

de sombra, de humo, de nada?

 

 

 

CLXI

 

Somos planetas que perduran en una canción de la radio. Las estalactitas cantan su ópera subterránea. Somos desperdicios cósmicos provenientes de glaciares, de elementos radioactivos. El amor es el movimiento de esos elementos que crean y destruyen. Sueños en nuestras pupilas y bandas de aves que migran a nuestros cuerpos vegetales, minerales sólidos, líquidos, gaseosos. Somos fulgor de azar y agujeros negros. Un tema de Pink Floyd en la radio. Una cena romántica en una estrella mediana. Un satélite comerciando con la nada. Estancia en magros hoteles de supernovas. Y otra vez la destrucción.

 

 

 

CLXIX

 

Las palabras pesan más que la sangre.

Todos venimos a dejar una piedra

en la sombra de algo,

raíz y materia apagada.

Los labios de las prostitutas del muelle

dejan besos en las paredes.

Los despojos de Baudelaire.

Aquí pesca Juan Carlos Onetti

su breve madera de viejo cautivo,

la cálida cama de una mosca.

Porque muerto camina el sobreviviente

de la guerra.

El apátrida entra a un restaurant,

pide algo del menú;

luego se va y ve sumirse en los versos

de su propio poema.

Todos vivimos entre gente que sube y baja

de los buses.

Todos llegarán a sus casas a tiempo

para encender el televisor.

Solo la luz de este silencioso valle

fecunda las calles del exilio.

La escritura rueda en la carretera.

Lleno de viento seco tocas

la paca y se cierra.

Y dios también cierra los ojos a estas horas.

 

 

 

CLXX

 

La poesía es otro mundo. Es posible allí dejar de escribir. Tan solo una palabra bastaría

para salirse de ese otro mundo. Es por eso que salgo todas las mañanas, camino a mi bar favorito, pido una botella de cerveza, leo el periódico y espero que un ángel me conduzca a la morada de su dios. Bastaría la voluntad para cambiar de hábito. Pero la poesía es otro mundo donde solo se mueve una mano para mover ciudades enteras, guerras, parques, equipos de fútbol. Todos vivimos un mundo diferente. Todos somos un mundo diferente. (Este es el mensaje subyacente.) Ahora tomémonos de las manos. Seamos niños. Seamos animales.

 

 

© Miguel Ildefonso, de los poemas.

© Dalia Espino, de la fotografía.

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Una respuesta

  1. maravillosa poesía

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