El árbol. Armando Robles Godoy

(Nueva York, 1923 – Lima, 2010)

(Nueva York, 1923 – Lima, 2010)

 

El cuento corto, el verdadero cuento, es quizás el género literario más difícil. El lector lo lee de manera semejante a como alguien, con mucha sed, bebe un vaso de agua. La sed y el agua deben durar lo mismo, si esta última se prolonga más allá de la necesidad, quedará en el vaso, o será arrojada. El cuento que sigue ha sido escrito pensando en ese problema técnico, problema de síntesis, de claridad breve, de belleza condensada. Una palabra de más o de menos es capaz de romper toda la armonía, un razonamiento complicado exigiría una aclaración demasiado prolongada, una verdad analizada estiraría el cuento cada vez más; todo eso debe evitarse. El cuento corto, el verdadero cuento, no resiste descripciones minuciosas ni largos parlamentos, debe comenzar y terminar así, de un solo envión, sin dar tiempo para pensar, salvo al final, cuando la sed ha sido saciada totalmente o no, pero el vaso está vacío.

A.R.G.

Tingo María, agosto de 1955.

 

 

 

El hacha quedó clavada en el tronco. No había sucedido nada, pero el hombre que sabía que ese era el último hachazo. Con rapidez saltó al suelo desde la plataforma donde había estado trabajando y corrió unos metros, luego se detuvo. Imperceptiblemente la copa tembló, luego se inclinó hacia un lado, como movida por el viento, pero no regresó a su primitiva posición, entonces se inclinó un poco más. Repentinamente se escuchó un violento estallido y el enorme árbol cayó. Cuando iba a alcanzar una inclinación de cuarenticinco grados la madera gimió inútilmente, y un segundo más tarde todo había concluido con un estruendo apagado.

El hombre se acercó para mirar bien lo que había hecho. Era un enorme “tornillo” de corteza estriada; de allí saldrían tranquilamente dos mil pies de madera útil, quizás más. Ahora solo faltaba cortarlo en trozos adecuados y luego acarrearlos hasta el río. Después… a Tingo María a cobrar su dinero.

Ya estaba oscureciendo. Tendría que caminar durante media hora y no había llevado linterna. Si se apuraba llegaría con luz al pequeño campamento. Recogió el hacha, a la que se le había roto el mango, y comenzó a andar rápidamente por la casi invisible trocha.

Trabajaba cortando árboles desde hacía un mes. Había descubierto gran concentración de “tornillos” y quería terminar de explotarla rápidamente, antes de que el dueño, si es que tenía dueño, viniera a reclamar lo que era suyo. Pero en realidad no tenía por qué preocuparse mucho; aquella zona quedaba alejada de cualquier “chacra” y no había visto a nadie en los treinta días que llevaba trabajando. Lo peligroso vendría después, cuando tuviera que traer por lo menos tres hombres para que lo ayudaran a llevar los trozos hasta el río. Esos podrían hablar. Por eso quería dejar todo preparado, a fin de que esa etapa del trabajo quedara terminada en el menor tiempo posible.

Con el dinero que cobraría por esa madera, calculando muy por lo bajo, solucionaría todos sus problemas, y por consiguiente su vida. Era extraño, pero su vida siempre había sido un problema, y nunca había estado tan cerca de solucionarlo como ahora. Necesitaba, concretamente, quince mil soles. Quince mil soles libres de polvo y paja, eso sí, pero nada más que quince mil soles. Ya tenía el lanchón terminado en Pucallpa, pero en el almacén, y costaba quince mil soles.

Tenía cuarenticinco años y todo lo que deseaba era poder terminar su vida trabajando en algo no muy violento y que le permitiera comer todos los días. Siempre había sido jornalero en trabajos de campo, pero dos años antes, por primera vez, había suspendido durante un momento el macheteo que estaba haciendo y se había puesto a pensar. No pensó mucho, pero quedó resuelto que debía hacer algo. Esa misma noche se le ocurrió la idea de trabajar llevando carga por el río Ucayali en un pequeño lanchón de su exclusiva propiedad. No tenía absolutamente nada más que la idea, pero por eso mismo le fue fácil llevarla a la práctica. El casco del lanchón lo costeó sin mayores sacrificios. Era un hombre tranquilo, de pocas palabras, completamente alejado de las mujeres y del licor; con poca comida quedaba satisfecho y la ropa le duraba mucho, pues la cuidaba. Pero este gasto final de quince mil soles colocaba su plan demasiado adelante en el futuro, no podía esperar tanto. Como de costumbre el problema era insoluble. Y fue entonces cuando, de cacería por el monte, descubrió un “tornillo”, y luego otro, y otro, y otro más; todos gruesos, largos, frescos.

En quince minutos más llegaría al campamento y, felizmente, todavía tendría luz durante un rato. No era nada agradable la idea de perder la trocha en la oscuridad y tener que pasar la noche sentado con la espalda pegada contra un tronco.

Y entonces sintió un golpe en la espalda y, casi al mismo tiempo, un estampido seco y no muy lejano. Quedó de pie, apoyado en un árbol delgado y blanco. Escuchó ¿Qué había sido eso? Pero el tremendo ruido de la selva al anochecer fue todo lo que llegó hasta él. Un tiro. Qué raro. Trató de seguir andando, pero no pudo. Estaba pegado contra el árbol, como si este fuera el suelo y él hubiera caído definitivamente. No podía moverse. No le dolía nada. Hizo un esfuerzo desesperado pero fue inútil. No podía mover un músculo. El estampido había sido un tiro de fusil. ¿Por qué no podía moverse? Si le hubieran disparado hubiera sentido dolor, algo… entonces recordó el golpe en la espalda. Le había caído un tiro. Pero… ¿por qué no le dolía? Intentó llevar una mano a su espalda, y no pudo. Estaba tieso, pegado contra el árbol, con los brazos caídos y la mejilla derecha oprimida contra la corteza blanca. ¿Quién habría disparado? Seguramente un cazador, un tiro perdido. Eso… eso era. ¿Podría gritar? El intento tuvo éxito, podía gritar. Reunió todas sus fuerzas, a pesar de la extraña postura, y gritó hasta quedarse sin aliento; el esfuerzo le cubrió la frente de gotitas de sudor. ¿Por qué? No era para tanto. Se sentía cansado. Escuchó. Nada más que el chirrido continuo de los grillos. Gritó de nuevo, esta vez más débilmente, y de nuevo le contestó el chirrido. Era un ruido enorme; nunca le había prestado atención; parecía brotar de todas partes y extenderse hasta el fin del mundo. Iba a gritar de nuevo cuando comprendió que sería inútil. ¿Por qué? Indudablemente alguien le había herido sin querer, alguien que estaba muy cerca. Pero era inútil gritar, nadie vendría. ¿Por qué?

Miró por el rabillo del ojo derecho y vio la corteza del árbol a un centímetro de distancia. Era blanca y estaba llena de puntos negros y grises, unos grandes, otros pequeños. Comenzó desde arriba y contó cinco puntos negros y siete grises. Había muchos más, por supuesto, pero esos eran todos los que podía ver. ¿Quién habría disparado? Tenía por fuerza que ser un accidente, pues él no tenía enemigos, ni siquiera conocidos. ¿Quién andaría por ahí, cazando con una carabina? Había reconocido perfectamente la detonación, una treintidós. Y lo malo era que ahora se le iba a hacer de noche por más que se apurara. Todavía había luz suficiente, pero no le alcanzaría para llegar hasta el campamento. Si pudiera ver el camino con la claridad con que veía la corteza blanca del árbol. Bueno. Ya había descansado bastante. Era el momento de ponerse en marcha.

Cuando murió se le cerraron los ojos, y algo, algo imperceptible, sucedió. Si hubiera podido ver habría podido contar muchos más puntitos negros y grises, pues la cabeza resbaló un poco por el tronco. El árbol delgado tembló ligeramente, y el hombre cayó al suelo.

Entonces, rápidamente, se hizo de noche.

 

 

© Herederos de Armando Robles Godoy.

© De la imagen, Juan Carlos Chihuán Trevejo.

Tomado del diario Expreso, 1956.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: