Sara Castelar Lorca. Poemas

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No habitan los cuerpos en esta dimensión del aire,
los muros contienen la respiración de las semillas
y su destiempo abierto a la nostalgia.
Se ofrecen las cumbres horneadas por el sol,
se ofrecen las cumbres en su dimensión oblicua
de tierra y sementera,
pero todo el poder descansa en lo pequeño,
en lo imaginable de lo pequeño
en su interminable brote.

 

 

 

El condenado a vida,
el solitario hereje que roza su silueta con la luz del acero,
con el interminable aroma de la estación perdida
y hallada en la memoria, en su gesto de árbol,
en su arbórea tristeza de líneas imposibles y escozor de agujas.

La revelación es recia, rotunda:
toda orfandad es un lugar de paso.

 

 

 

Tiempo derramado,
mordedura de un río lejanísimo bordado con cuchillos,
corteza del silencio.
Este invierno de nadie te contiene,
sueña en cada curva la luminosidad del agua
y esculpe en la blancura su vagina borrosa.

Antes de ti no existe la memoria,
ni el tiempo
ni el agua.

 

 

 

El sur y su silencio,
la mirada esculpida en el paisaje antiguo,
luz de un solo ojo en el mapa de la desolación.
Todos duermen detrás de la melancolía
mientras la luz se dobla, mientras la voz, mientras nosotros,

mientras la piedra.

De: Ved el silencio (inédito)

 

 

 

La memoria imperfecta IV

..
Se apagaron los puentes
y todo se inundó de exilio, entonces
las iglesias fundaron sus corredores mudos
y la oscuridad entera sopló sus golondrinas.

Tú escuchabas la voz de los cordeles y el silencio más puro,
la levedad que suena con la tarde falseando las fechas.

Pero ahora es invierno adentro de los ojos
y la paz corrosiva del silencio aguarda la memoria,
la ama, la transforma.

Aún lloras la palabra ilesa, su piedra o su cordura;
porque ni el rubor punzante del acero
ni el tibio despertar de las semillas
valieron el vientre de la madre.

Vuelves a caer desnudo a través de la noche
y abrazas cada límite.

Nada retorna
sólo el poema espera.

 

 

 

La memoria imperfecta VIII

 

Pesa el gesto que inicia la desolada noche,
hay ríos que vuelven de los años
que aún no te sostienen
ni saben de tu cuerpo,
es el nombre lo que escuchas caer
en las palabras muertas que no se reconocen.

Volvamos a nacer del corazón que tiembla
y dejemos que el fruto se adelante.

 

 

 

Paisaje con río

 

Los hombres han dejado de temblar sobre la noche,
de extraviar el fuego de los muertos
que dulcemente llaman bajo el peso del mundo.

No estoy dormida, sólo juego a caer sobre los sueños
como una tierna aguja.
No quiero deshacer el nudo que me afirma
a la sangre de los iluminados,
yo quiero que mi voz descuelgue del cilantro
y que el índice marque el cuello del embudo
donde resbala el día como un veloz jinete:
esa aventada huella,
su derrota.

Voy a nombrar la esquela de los locos,
de los que guardan el cordón del grito
en la eterna preñez del desamparo:
Ofelia con su luz ahogada,
la mano de Celan abriéndose al paisaje
como un ala difunta sobre el Sena.

Hay en la pureza alguna lengua rota
donde la oscuridad reniega de sus hijos
y los arroja al vaso silencioso
para beber la culpa,
esa infinita culpa.

Todo lo que el dolor alcanza se hace libre
o necesario
o verso.

 

 

 

Suenan las barcas en la noche
y yo, no conozco el idioma en que sollozan,
no conozco la sangre de sus pasajeros tristes,

yo soy el animal que escucha
donde el silencio acude.

Sobre tus manos lentas
duele mi cuerpo,
el alambre sostiene nuestros nombres escasos,
desde aquí
la voz no recuerda el uso de sus signos
y el amor es terrible,
como el miedo:

el destino perpetuo del funambulista,
la gravedad de dios sin sus plurales.

De: La hora sumergida

 

 

 

Viaje a la piedra

De mi lengua despiertan las aves de la noche
y el idioma del hambre,
estoy pensando en ti como se piensa en la avaricia,
penetrada de aliento.

Tú cruzas la respiración y los escombros
y juegas a mi nombre,
yo, viajo hacia la piedra.

Sucedo en el desorden
mientras las piernas gritan el lenguaje del vértigo
y la palabra cae,
extensa
como tu cuerpo en la memoria:
el yugular gemido,
la sangre con sus perros.

Viajo hacia la piedra, sí,
donde la voz gotea las manzanas obscenas
y bebo un corazón
y escupo pájaros:
putas golondrinas que regresan siempre.

 

De: Verso a tierra

© Sara Castelar Lorca, de los poemas.

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3 comentarios

  1. Viajaría a la piedra, y recogería este poema, para llevármelo a mi blog…

    Un abrazo

  2. Viajaría hasta la piedra, y si pudiera, me llevaría este poema a mi blog…

    Un abrazo

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