Andrea Zanzotto. Con Virgilio

(Pieve di Soligo [Venecia], 1921 – Conegliano [Venecia], 2011)

(Pieve di Soligo [Venecia], 1921 – Conegliano [Venecia], 2011)

En Virgilio se encuentra, quizás por primera vez en la historia, la plenitud de la sensación que la poesía tiene de sí misma como evento ya “maduro”, y esto sucede en especial en la Eneida, en la cual domina una luz densa de dudas, cargada de penumbra, nunca triunfante. En la Eneida nos encontramos ya en el polo opuesto del poema-libro que es el fundamento de una cultura, un libro escrito por dioses que lo dictaban personalmente a los profetas, o un libro como un caracol marino en el cual se recibe el eco inmenso de la vitalidad naciente de un pueblo. Epifanías literarias de este género podrán ser verificadas también en épocas posteriores a Virgilio; pero esto sucederá como en “mundos paralelos” o en el olvido temporal de aquel relámpago de autoconciencia en el cual aparece verdaderamente “nuestro” mundo, aquel Occidente al cual Haecker ya le atribuía la paternidad a Virgilio. Existe, por lo tanto, en él la conciencia del epos imposible (que recae en sí mismo y es “obviamente” destinado a las hogueras); él ha arribado a través de la tortuosidad y las descomposiciones del yo lírico, a través de los sentidos de culpa de frente a la idea misma del poder, que siempre es “incontestable” (inflamación y hemorragia estomacal en la cantina del tremendo, inteligente y “buen” Augusto), a través de la confrontación con un espacio que debería ser de verdad cósmico, es decir, de la recomposición universal, a la vez que es aquello del insoportable y siempre creciente desorden.

 

La búsqueda poética de Virgilio, a pesar de contener dones únicos, parece más de una continua y disimulada interrogación hacia la nada, al sinsentido, porque se convierte en sentido, respuesta, y es en esta raída tenacidad donde se diferencia de las posiciones también altísimas de Lucrecio en cuanto nunca llega a un verdadero compromiso con la muerte, a aquella actitud que lleva al colapso en la angustia. Sin embargo, la poesía virgiliana siempre tiene también un tono vago de plegaria torcida, que reza a sí misma y se rastrea (se vuelve a trazar) en su propia inseguridad, inestabilidad, inflamabilidad, excluida de cualquier eficiencia posible dentro de lo real donde dominen las armas o los pactos entre fuerzas o entidades que no tengan en cuenta al hombre, incluso si el destello como de luces lejanas, desquiciadamente proyectadas en cualquier aspecto de nuestro mundo, da sostén a una línea de vaga dulzura e incluso esperanza, en cualquier momento.

 

En cualquier caso, al leer a Virgilio se tiene la sensación continua de que el labor de donde surge el opus (siempre en ascenso dudoso desde un Averno cualquiera) tiene poco que hacer con el apacible labor limae, con sus afortunadas sorpresas de descubrimiento: este aparece más bien como una escalada obstinadísima al interior de las posibilidades del lenguaje (como observa Dante), incluso cuando parecería que se desplaza “horizontalmente” en la embriaguez de una circunnavegación de lo visible; se tiene la sensación de una corroboración compulsiva pero siempre centelleante de una impotencia que sin embargo no cesa nunca de renunciar a sí misma.

 

Y en este hecho, la poesía, escasa e incierta, recompensa al silencio de los dioses, al estruendo de las cosas (si bien lacrimógenas, a veces, junto al hombre), a los chirridos de las armas, parece no cesar de combatir una guerrilla particular, quizás tiene sus victorias particulares en otros lugares.

 

Virgilio aparece por lo tanto, hoy más que nunca, como “de los poetas el honor y ciencia” por haber hecho vislumbrar el accidentado camino de la búsqueda poética, puesta por él a nivel de la imitación al menos en los títulos, en las licencias de toda su obra, como la reconquista de una autonomía: que después cambia de dirección, retorno simbólico a una Heimat, a una primigenia patria histórica, psíquica y cultural, sede de cada afecto establecido de la vida.

 

Permanece en Virgilio siempre en el horizonte el poder y casi el huerto, distinto de los edenes relacionados claramente a la fase religiosa del acto poético; este huerto está obligado incluso a ataviar la forma de una Urbe-Orbe acuclillada y posiblemente apaciguada entre las murallas y sus espacios destinados a desgastarse coincidiendo con la fisicidad maravillosa y terrible de un territorio ignoto y sin límites, preocupante porque es omniocupante. Y el retorno a la Heimat en Virgilio no es otra cosa que el trayecto del esbozo poético, de este decir que toma por fin él mismo el valor del “lugar”, se revela como el lugar por excelencia. Las Geórgicas, en su estupenda violencia alucinatoria que relaciona los datos mínimos de la cotidianidad y las abstracciones de la técnica con el halo infinito de la globalidad dentro de la cual, si se pudiera definir una “espiral pedagógica”, deberían justo presentarse como la más alta declaración de poética de todos los tiempos expresada necesariamente en la poesía y culminante en la elaboración de un mito definitorio de la poesía. Este mito fluye desde el agellus y del quehacer humano (quehacer agrícola y técnico inmerso en los ritmos del retorno y sin embargo siempre abierto a la experiencia) hasta la parábola en la cual Aristeo, Proteo, Orfeo, Eurídice se encuentran para “narrarnos” los porqués absolutos de la poesía, los cómos absolutos de su nacimiento, los dóndes que dan consistencia a la textualidad, así como también en sus aspectos que la relacionan a los esqueletos, a la putrefacción, a la nada.

 

Estas y otras llaves extraídas de Virgilio de una vez para siempre no han sido olvidadas a lo largo de los siglos. Es inútil preguntarse cualquier cosa sobre su fortuna actual, o sobre la así llamada actualidad de Virgilio. Esa es tal que, por ejemplo, Virgilio parece ayudarnos a entender al admirable cronista de su posible muerte, Hermann Broch, quizás más de lo que Broch nos ayude a entender a Virgilio. Y a fin de cuentas veinte siglos no son un gran período de tiempo dentro del aura virgiliana en el cual se abren por completo los “grandes años” venideros, años formados de siglos y no de días, según la sugestión estoica y misteriosófica.

 

Finalmente, es bello pensar acerca del hecho que el gran poeta haya comenzado como autor de églogas. El canto amebeo, este concierto en el cual convergen dos o más voces, chocando y reforzándose en sus vicisitudes, hacia un único “entusiasmo”, da confianza en una forma originaria de comunión, en una especie de tejido social distinto a aquel supuesto del modelo griego y que se establece en la realidad histórica del agellus.

 

A partir del sitio amenazado, casi una piel cruda, de la égloga virgiliana, se ha podido desarrollar a lo largo del tiempo el espacio casi templario de una Arcadia entendida en su más alto sentido, como una comunidad utópica. En ella cada uno que intente la poesía se siente invitado a entrar (tal vez para destruir), con la consciencia de todos los conocidos riesgos de degeneración que comporta aquella modalidad de búsqueda, pero con la certeza de que vale la pena entender las razones, gracias a aquellos honores y ciencias que Virgilio les ha atribuido: razones que simplemente se reconstruyen a aquellas perpetuas de la poesía.

 

 

© Herederos de Andrea Zanzotto

Versión al castellano de Juan Carlos Cano

Tomado de (para que) (crezca). Mangos de Hacha [www.mangosdehacha.org]. 2012

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