Robert Bringhurst. El río de Ptahhotep

 (Los Ángeles, 1946)

(Los Ángeles, 1946)

 

 

El corazón es aceite

 

            Si un hombre se ve en un sueño viendo su rostro
            En un espejo, cuidado: significa otra mujer.
            —Papyrus Chester Beatty III, Museo Británico (Tebas, dinastía XIX)

 

Si un hombre sueña y se ve a sí mismo soñando

un sueño en el que se ve a sí mismo en un espejo

viendo que el corazón es aceite que cabalga

la sangre, como una cubierta hacia la cual se aproxima,

sus huesos como un barco y su estómago tensado

en una vela en la corriente de su aliento,

 

si éste es su ojo en el espejo viendo

su ojo en el sueño viéndose

en el espejo en el que ve su ojo viéndose

en un sueño en un espejo, su rostro

reflejado en aceite y que se arruga de vez

en cuando en la corriente de su aliento,

 

el espejo fluirá y el corazón se dispondrá

como vidrio en el marco de sus huesos en las paredes

de su aliento, su sangre tan fina como el papel y la plata,

en un sueño en el que se ve viéndose

en un espejo viendo

 

que los huesos flotarán y el corazón se conmoverá,

sus huesos en su garganta y su estómago tensado

como una vela en la corriente de su aliento, su sangre

llena de vidrios rotos y su rostro como un papel rasgado

viéndose en el espejo de su corazón

que se desperdiga como aceite en el espejo de su aliento.

 

 

 

 

Hechizo para sandalias blancas

 

El recibidor es tan ancho que ambas manos caben en él.

¿Hay un suelo?, preguntarás, o ¿dónde estamos?

¿estamos en algún lugar que no

sea éste o dónde estamos tan anchos?

Ambas manos cabrán aquí.

Señor, tus dos ojos, tus dos hijas,

y una ¿cuál era? con ella me casé.

 

Señor, sé que existe más que una sola justicia.

Pero también sé que existe una sola habitación

en estas numerosas mansiones.

 

Señor, he volteado mi mano hacia fuera

sin conocer mi propósito.

Señor, he volteado mi mano hacia dentro

sin conocer mi propósito, con menor frecuencia.

Señor, he volteado mi mano sin conocer

mi propósito contra otras criaturas, con menor frecuencia todavía.

 

Señor, desconozco mi nombre.

 

No he menguado el acre, la onza, o la hora.

No he detenido a ningún dios en marcha.

No he quebrado el dorso del río.

No he erigido nada en el camino del sol.

 

Soy el filo del aire, la boca del pozo

de agua y mineral, hecho de luz de sol y de aire.

Quizás no recuerde

ninguno de los nombres sino algunas pocas de las letras:

 

la que devora sombras

la que devora aire

la que existe en polvo

la que regresa a casa sin jamás llegar

la que llega sin detenerse

la que tiene el rostro detrás del suyo

la que devora luz

la que tiene los dientes más blancos que el agua

la que no tiene grano en la mano ni tampoco doblez

la que tiene incontables voces

 

Señor, le he dado la vuelta a mi mano por arriba y por

abajo y por arriba. Soy la boca del pozo, el filo del aire,

la forma arrojada hacia la luz

por mi propia sombra el filo de la luz, nada más que eso.

 

Vengo a por los nombres de mis pies ahora.

Vengo a por los nombres de mis pies al levantarse

y caer hacia el frente. Vengo a por los nombres

de mis pies al caerse.

 

 

 

 

El río de Ptahhotep

 

La palabra justa escasea más que el jade. Escasea

más que la piedra verde, sin embargo puede encontrarse

entre las muchachas en las piedras de afilar, entre los pastores

solitarios en las colinas.

Sé cómo un hombre puede hablarle a su nieto;

no le puedo enseñar a hablar con las jóvenes.

 

Sin embargo, he visto en el pozo cómo las palabras

afinan el corazón, cómo se hacen de aquel que las oye

un maestro del oído. Si lo oído penetra en el que oye,

el que oye se convierte en el que escucha. Oír es mejor

que cualquier otra cosa. Purifica la voluntad.

 

He visto en las colinas cómo el corazón escoge.

Los puños del corazón sostienen las puertas de los oídos.

Si un nieto puede oír las palabras de su abuelo,

quizás las palabras, décadas más tarde,

se eleven desde su corazón como el humo

mientras espera en la montaña y piensa en la vejez.

 

En la cueva del oído, los huesos, como estrellas

de solsticio, se sientan derechos e inmóviles,

escuchan con atención el aire mientras el músculo y la sangre

escuchan con atención al esqueleto.

Lenguas y senos de las no vistas

criaturas del aire

se deslizan sobre los huesos en las desdentadas

bocas de los oídos.

Oír es honrar al caracol que duerme

en la caja de leña tras la forja.

 

Verás cómo los oídos del nuevo gobernador

se llenan como bolsillos, cómo sus ojos

se hinchan con lo que se ve fácilmente,

y sin embargo su rostro es una jarra desatendida. Sus huesos

se arrugan como flautas dobladas, su corazón

se prepara y se activa como la mano de un mendigo.

Las palabras del nuevo gobernador son ordenadas, limpias,

inagotables, y no se distinguen

unas de otras, como los funerales, como la arena.

 

He hecho lo que he podido durante mi mandato.

El río crece, el río decrece.

He visto la luz del sol anidar en el agua.

He visto la oscuridad

formar charcos como aceite en la palma de mi mano.

 

Háblale a tu nieto diciéndole,

la palabra justa escasea más que el jade, escasea

más que la piedra verde, sin embargo puede encontrarse

entre las muchachas en las piedras de afilar, entre los pastores

solitarios en las colinas.

El corazón es un animal. Aprende el lugar al que te lleva.

Aprende su marcha al romperse. Aprende su gama,

cómo se aparea y alimenta.

Si esquilan tu corazón como a una cabra, la badana

crecerá de nuevo, aunque tu corazón tiemble de frío.

Si despellejan tu corazón,

se secará en tu garganta como un pez en el viento.

 

Háblale a tu nieto diciéndole,

mi nieto, las cuevas del aire

resplandecen con las huellas de las pezuñas

de las criaturas

a las que has convocado.

 

Mi nieto, mi nieto,

la palabra justa escasea más que el jade, escasea

más que la piedra verde, sin embargo puede encontrarse

entre las muchachas en las piedras de afilar, entre los pastores

solitarios en las colinas. El corazón es un barco.

Si no flota, si no tiene quilla,

si no tiene lastre, si no tiene

asta ni remo, ni timón ni mástil,

no hay modo en que puedas cruzar.

 

Háblale a tu nieto diciéndole,

mi nieto, la estela del corazón

es tan ancha como el río;

la corriente del corazón es tan vasta como el viento

y tan fuerte como la caña del timón que se desliza en tu mano.

 

Háblale a tu nieto diciéndole,

la palabra justa escasea más que el jade, escasea

más que la piedra verde, sin embargo puede encontrarse

entre las muchachas en las piedras de afilar, entre los pastores

solitarios en las colinas.

Al abrirse y cerrarse en la cuerda de la sangre

en el pozo del aire, los puños del corazón

huelen a río.

El corazón tiene dos pies y el corazón tiene dos manos.

Los oídos de la sangre lo escuchan aplaudir y caminar;

los ojos de los huesos observan las pisadas sangrientas

que deja en su camino.

 

Háblale a tu nieto diciéndole,

hijo mío, pon tu oído

en el camino del corazón,

arrodíllate allí en honor

del caracol que duerme.

 

 

 

© Robert Bringhurst, de los poemas.

© Louise Mercer, de la fotografía.

Tomado de La belleza de las armas. Kriller 71 ediciones. 2013.

Versión al castellano de Marta del Pozo y Aníbal Cristobo.

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