Longino. De lo sublime

de lo sublime

 

 

XXXIII

Bien, tomemos un escritor verdaderamente puro e irreprochable. ¿No merece la pena preguntarse en general qué es preferible, en poesía como en prosa, si la grandeza con errores, o la mediocridad en la ejecución, pero pulcra en su conjunto y sin fallos? Y si, Zeus me ayude, hay que dar la palma en literatura a la cantidad o a la grandeza de las excelencias. Porque son preguntas adecuadas para el examen de lo sublime y exigen imperativamente una respuesta.

Confieso, por mi parte, que los genios inmensamente grandes están lejos de ser puros. La exactitud en todo corre el riesgo de ser poquedad, y en lo sublime, como en las riquezas, siempre hay algo que debe ser pasado por alto. Quizás sea natural que las naturalezas bajas y mediocres estén normalmente libres de fallos y caídas, porque nunca corren riesgos ni aspiran a lo más excelso, mientras que las grandes dotes tropiezan a causa de su propia grandeza.

Pero, en segundo lugar, no ignoro que siempre se atiende al lado peor de las cosas humanas, y que el recuerdo de los fallos permanece, mientras que el de las excelencias se diluye. Yo mismo he observado no pocos errores en Homero y otros autores de la mayor celebridad, sin encontrar en eso la menor satisfacción, y de hecho no los llamo errores voluntarios, sino más bien descuidos casuales deslizados sin querer por la negligencia del genio, pues pienso que las más grandes excelencias, aun no siendo constantes, merecen el mayor reconocimiento, aunque solo sea por su grandeza de alma.

Después de todo, Apolonio es un poeta sin fallos en su Argonáutica, y Teócrito está verdaderamente afortunado en sus pastorales, exceptuando unas minucias. Ahora bien, ¿no preferirías ser Homero que Apolonio? ¿Es que Eratóstenes, en su Erígona, un pequeño poema irreprochable, es más excelso poeta que Arquíloco, con su caudalosa y desordenada corriente, y su descarga de inspiración divina, tan difícil de someter a las normas de una preceptiva? En lírica, ¿preferirías ser Baquílides que Píndaro? Y, en tragedia, ¿ser Ión de Quíos antes que Sófocles? Verdad es que los primeros no cometen errores y presentan un estilo pulido, mientras que Píndaro y Sófocles lo incendian todo con su ardor, aunque se apaguen inesperadamente y cometan fallos lamentables. Ahora, nadie en sus cabales diría que todas las obras juntas de Ión equivalen al solo Edipo sofócleo.

 

 

XXXIV

Puestos a juzgar por el número de méritos, y no por su debida proporción, Hipérides tendría que ser del todo superior a Demóstenes. Porque tiene más variedad de acentos y mayor número de virtudes, y vendría a ser como el pentatleta que, en conjunto, más se aproxima a la perfección, si bien en cada especialidad cede ante los demás contendientes, y desde luego supera los que no se entrenan. Eso sí, Hipérides no solo imita, excepto la composición, todos los puntos fuertes demosténicos, sino que también incluye el mayor número de las virtudes y gracias lísicas. También habla con sencillez cuando hace falta, y no dice, como Demóstenes, todas las cosas en el mismo tono. Posee el don de la caracterización de un modo dulce y agradable con cierta picardía. Encontramos en él innumerables rasgos de ingenio, bromas finas, tono cortés, agilidad en la ironía, humor decoroso, y no la grosera y burda manera ática, la burla inteligente, la fuerte vena satírica y el certero aguijón, en fin, un encanto inimitable en todas las cosas. Excelentemente dotado para suscitar piedad y narrar fábulas con amplitud accesible, su ingenio sutil tiende a la digresión pormenorizada, como en su presentación más bien poética de Leto, y ha interpretado el sermón fúnebre al modo demostrativo como quizá ningún otro.

Demóstenes, en cambio, no describe en detalle los caracteres, no es fluido, flexible ni demostrativo, y en comparación está desprovisto de todas las dotes mencionadas. Cuando se esfuerza por ser jovial y ocurrente, lejos de dar risa, se pone en ridículo, y cuanto más se empeña en ser gracioso, más lejos está de lograrlo. De haber emprendido la breve disertación sobre Friné o Atenógenes, habría conseguido prestigiar todavía más a Hipérides.

Sin embargo, considero que las numerosas elegancias de este último carecen de grandeza, son ociosidades de un corazón sobrio que dejan frío al oyente, nadie se estremece leyendo a Hipérides. Demóstenes, en cambio, reúne excelencias aliadas a la más excelsa sublimidad, elevación del lenguaje, pasión vivaz, ingenio profundo y afilado,  velocidad cuando hace falta, e imponente fuerza oratoria inalcanzable para todos los demás. Habiendo reunido en sí todas esas dotes divinas, pues no las podemos llamar humanas, se impone incluso en las que carece, y atruena y deslumbra a los oradores de todos los tiempos. Es más fácil mantener los ojos abiertos ante un relámpago que encarar la rápida sucesión de sus pasiones.

 

 

XXXVI

Hablando de los grandes genios literarios en quienes lo necesario y lo útil no está separado de lo grande, es preciso advertir de entrada que, aunque tales autores están lejos de ser impecables, no dejan de encontrarse muy por encima de los mortales, pues todas sus demás cualidades prueban que son hombres, mientras lo sublime los acerca a la magnanimidad divina, y que si la ausencia de errores preserva de ser censurado, la grandeza suscita admiración.

¿Es preciso añadir que cualquiera de ellos compensa toda la suma de sus faltas con un solo pasaje sublime y perfecto? Y, más importante aún, si se quisieran rebuscar y reunir todas las faltas de Homero, Demóstenes, Platón y todos los grandes restantes, sumarían una parte ínfima, casi inapreciable, frente a lo que esos héroes han conseguido en perfección. Por eso, toda la posteridad inmune a la locura de la envidia les concede la victoria que se preserva intacta hasta hoy y así parece que seguirá, “mientras fluya el agua y retoñen los altos árboles”. Pero, en réplica al escritor que mantiene que el Coloso fallido no es superior al Doríforo de Polícleto, es evidente, entre otras cosas, que en el arte se admira la ejecución detallada y, en las obras de la naturaleza, la gran magnitud, y que el hombre es un ser dotado por la naturaleza con el lenguaje, de modo que en las estatuas se requiere semejanza con lo humano, pero en el discurso, como digo, se pretende aquello que trasciende lo humano. En todo caso, y con esta exhortación volvemos al principio de nuestro apunte, puesto que la ausencia de errores es fundamentalmente atribuible al arte, y la excelencia, aunque sea inestable, es resultado de lo sublime, la práctica de arte es un apoyo de la naturaleza, pues con la conjunción de ambas se podría obtener la perfección.

Así son las conclusiones a que hemos llegado a partir de las cuestiones propuestas, pero que cada cual retenga lo que más le agrade.

 

 

© Eduardo Gil Bera, de la traducción al castellano.

Tomado de De lo sublime. Acantilado. 2014

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