James Wright, el paisaje infinto

(Ohio, 1927 – Nueva York, 1980)

(Ohio, 1927 – Nueva York, 1980)

 

En poesía son realmente pocos los espacios y ambientes que irradian una fuerte carga de apacibilidad y serenidad. El regocijo que provoca este tipo de escenarios hacen de James Wright una de las voces más singulares entre los poetas estadounidenses de la pasada centuria. Pese a su breve bibliografía, Wright marca un antes y un después con la publicación de su tercer libro, The Branch Will Not Break (No se quebrará la rama), de 1963, distanciándose del clásico y predecible registro conversacional, muy presente en la producción poética norteamericana de la posguerra.

 

Quizás, el mayor mérito de esta entrega, además de su depurada calidad técnica, radica en su intimismo y en el rico imaginario con que están edificados sus versos. En líneas generales, los poemas no solo dan cuenta del paisaje típico del medio oeste de Estados Unidos, sino más bien de la naturaleza interior del propio poeta. Es la conjunción de ambos, es esa tensión entre realidad e imaginario, entre otras razones, lo que hace que el conjunto se muestre atractivamente inusual para el lector.

 

Horizonte abierto

Escritos a modo de road movie, cada uno de los 43 poemas nos desvelan los encantos de aquellas grandes llanuras y lagos que identifican dicha zona. No se trata de una mera descripción, sino que va mucho más allá, y es gracias a su particular percepción que aquel paisaje y fauna adquieren una nueva personalidad, cargadas de laconismo y de una iluminadora melancolía: “¿Qué está haciendo esa alta mujer / ahí, en los árboles. / Puedo oír a conejos y palomas dolientes / susurrar juntos en la hierba oscura, allí / bajo los árboles”. En el vasto mundo de Wright la anécdota se verá siempre superada por la carga emotiva.

 

Advertimos, entonces, que el elemento esencial de su poética es el peso que ejerce la evocación sobre la contemplación. Gracias a ella podemos adentrarnos en la misma esencia de las cosas y de las situaciones. Solo mediante la intervención subjetiva de la voz, el lector puede degustar de aquella mórbida placidez que emana de sus versos, siempre a modo de epifanías. El gran acierto está en revelarnos la existencia de otros mundos que cohabitan en la propia simpleza de las cosas. En “Una bendición” leemos: “Es blanquinegro, / las crines le caen salvajes sobre la frente / y la leve brisa me incita a acariciar su larga oreja / que es delicada como la piel de la muñeca de una niña. // De pronto me doy cuenta / de que si saliera de mi cuerpo / florecería”.

 

La ruta que nos señala su poesía es nada menos que aquella que nos conduce al embelesamiento y a la sensación de bienestar interior. Ello es corroborable en “Etapas de un viaje al oeste”, “Hoy he sido feliz, así que he hecho este poema” o en “Algodoncillo”, que inicia con este revelador verso: “Mientras me hallaba aquí, al aire libre, ensimismado”. Toda esta conjunción de estados y de sentimientos se ven reforzados por el acogedor hábitat en que se mueve el poeta, quien redescubre la dicha del cuerpo y de la vida que parecía ya olvidada: “de pronto la luna se yergue en la oscuridad, / y veo que es imposible morir. / Cada instante de tiempo es una loma”.

 

(Vaso Roto, 2014)

(Vaso Roto, 2014)

La naturaleza es retratada tanto en su faceta agresiva y agreste, como en aquella otra más esplendorosa y cautivadora. Así escribe Wright: “Cierro un momento los ojos y escucho. / Los viejos saltamontes / están cansados, ahora brincan con pesadez, / están agobiados sus muslos. / Quiero oírlos, han de hacer claros sonidos”. No son gratuitos, por tanto, los adjetivos que cincelan sus versos, plagados de figuras y siluetas, de crepúsculos o de plácidos instantes que transcurren a cuentagotas: “Me quedo inmóvil yo al final de la tarde. / Se aparta el sol de mi rostro. / Un caballo pace en mi alargada sombra”. Observaremos también que a lo largo de las páginas se repiten con regularidad vocablos tales como “soledad”, “silencio”, “placidez”, entre otros.

 

Figuras decisivas

Como es de suponer, todo gran libro no surge de la nada. Por ello, conviene no pasar por alto las fuentes de las que bebe el norteamericano. Profesionalmente, James Wright se desempeñó como profesor en la Universidad de Minnesota, junto con John Berryman, con quien mantuvo una estrecha amistad y una mutua admiración. Asimismo, ha traducido al inglés a muchos de los más relevantes poetas en lengua castellana, como César Vallejo, Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda o Antonio Machado, guiado más por su afán rupturista, buscando nuevos registros que paladear y dotar así de mayor profundidad a su propia poética.

 

Son claros los paralelismos entre el sujeto elaborado por Wright, quien se ve arrastrado por la añoranza y la honda nostalgia hacia el pasado, como ocurre con el Vallejo de Los heraldos negros; o incluso la manera en que esboza los campos o carreteras de Ohio, Minnesota o de Dakota del Sur es casi de la misma profundidad de Machado o de Jiménez. “Aquí, en el Medio Oeste americano, / esas semillas salen volando del prado y atraviesan el cielo extraño de mi calavera. / Esparcen de sus alas una callada despedida, / un saludo a mi país”. Es posible, además, advertir la presencia de Georg Trakl, Edward Thomas y, sobre todo, el grave influjo de Horacio en el grueso de su obra.

 

Mención aparte merece el tino de Vaso Roto Ediciones, sello que muestra su preocupación por verter en castellano lo mejor de la poesía en lengua anglosajona aún inédita entre nosotros. La versión de Antonio Rivero Taravillo es fiel al original, no solo lingüísticamente, sino que ha sabido reproducir las emociones y la sentida esencia de cada uno de los poemas que nos obsequia este maravilloso libro.

 

© Reinhard Huaman Mori, del texto.

Ibiza, 22.X.2014

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