Lía Rebaza. Hanaq Pacha

(Lima, 1980)

 

Burbujas blancas surcan el celeste cielo mientras el niño duerme profundamente en mis brazos, le susurro algún verso que invento y pienso que él sueña con mis palabras porque su rostro hace pequeños gestos que identifico con la entonación de mi voz, el cielo y la tranquilidad del niño me recuerdan un sueño, un halcón sobrevuela un cerro en Huancavelica, el vuelo del halcón y no de un cóndor me parece tan natural como el canto de unas señoras mientras chacchan hojas de coca para resguardarse del frío, ellas le cantan a ese cerro, le piden por sus esposos, por sus hijos, en ese sueño el vuelo del ave me provoca una ternura, una emoción de la que soy incapaz de expresar más que con estas palabras al viento que invento para este niño, este niño está volando en este sueño, está semidesnudo y su cuerpo pequeño calza perfectamente en mi regazo, por un momento siento que ese niño no es más que parte de mi cuerpo, una prolongación de mí, respira junto a mí y su corazón late aceleradamente como si escalara en ese gran cerro, de pronto dejo de percibir su corazón y la idea de que tal vez soy yo la prolongación de ese niño invade mi mente, una pequeña porción de masa dirigiendo mis brazos, mis piernas, mis acciones, eso me provoca un poco de angustia y empiezo a meditar que probablemente lo que sospecho es cierto, si no fuera así, ¿cómo es que no puedo dejar de estar junto a él?, ¿qué me obliga a mirarlo todo el día, a pensar en él? Su imagen me invade cuando estoy en la calle o leyendo, cuando estoy lejos de ese niño que es parte de mí o que soy parte de él, actúo como si lo tuviera entre mis brazos como si lo cargara todavía, pienso que esto es lo que les sucede a los soldados que sienten partes de su cuerpo que han perdido en batalla porque la mente, el mismo cuerpo se resiste a pensar que ya no vive con ellos.

 

El niño despierta, yo también despierto de meditaciones sin sentido, lo beso, su rostro está tibio y no es capaz de hablar, solo pequeños sonidos guturales que asumo son muestra de cariño, estira sus brazos y sus manitas cogen torpemente mi cara, abro los labios y simulo que muerdo una de sus manos, entro en pánico, una tristeza me inunda, no hay bulla solo esos gorjeos que salen del niño, ¿por qué ha de ser tan pequeño?, ¿por qué ha de necesitarme de la manera como me necesita?, y ¿si en el mundo ese niño dejara de existir, si esa gran necesidad de mí se perdiera para siempre? Empiezo a llorar, el niño es bello, la belleza de un ser humano en estado de naturaleza, es la belleza de la no conciencia del mundo, es decir, de un estado de inocencia absoluta, pero su belleza va más allá de alguna aprehensión intelectual, eso que dicen que es la belleza no es más que esa necesidad de mí, no quiero llorar, pero mis lágrimas se presentan como mareas de un río caudaloso, él también llora, su llanto empieza a manifestarse a través de sus labios simulando el pico de ese halcón y luego empieza a volar hasta hacerse grito, pero su sollozo es un huayno en una celebración de colores, me siento mareada, lo abrazo con más fuerza, si ese niño cayera y su llanto se difuminara con la caída sabría que mi vida no es más que el retazo de algún animal muerto.

 

Lo mezo con suavidad y deseo ser más que una simple prolongación, ser algo importante, tener una linda voz o al menos un poco de creatividad para saber qué hacer con este niño, todas las ideas que se me ocurren parecen escenas sacadas de alguna película inconclusa, de esas que nunca terminé de ver, como Ocho y medio de Fellini, donde los actores representan a actores esperando actuar en una gran obra, pero la realidad es aquella que el espectador mira y está fuera de ellos, pero ellos tienen esa realidad que es ajena a nosotros, interpretan el drama de la película que interpretarán, yo no sé a ciencia cierta en qué nivel me encuentro, si ésta es la realidad o interpreto la realidad de una gran película que otro observa, tal vez soy el actor y el director, o simplemente un extra de la gran obra que dirige este niño, aquí solo somos dos, es decir, somos uno, y no sé ser de otra manera.

 

El llanto del niño vuelve a adentrarse en mí, no quiero soltarlo pero tengo que hacerlo, hace un ligero frío, la luz del sol sigue siendo tan diáfana como en la mañana, el tiempo ha transcurrido sin que me dé cuenta de ello, a esta hora en Lima los chicos regresan del colegio, se sacan los zapatos y se cambian de ropa, sus madres los alimentan, a esta hora en Lima otros niños regresan para volver a salir, mantienen a sus padres con el dinero que obtienen de vender dulces en las calles o perfeccionando la técnica de pedir limosna, yo sentía pena por esos chicos, a veces ellos me seguían y en vez de manos podía observar vasos de plástico donde debía echarles una moneda, me jalaban de los pantalones en los puentes y el solo roce de esos cuerpos extraños me hacía temblar de escalofríos, pienso que esos chicos a esta hora ya no deben ser tan chicos, habrán visto y oído cosas que desearía que mi niño jamás perciba, digo que sentía pena por ellos porque en sus ojos habitaba una tristeza lejana como cuando uno olvida el hogar, esa tristeza en su mirada se mezclaba con un desgano por la vida, un desprecio de todo y fui capaz de sentirlo un día cuando regresaba de la universidad, estaba en un bus sentada junto a la ventana y apoyada en ella, así podía estar lejos de la gente, mirando hacia afuera porque afuera estaban las calles y la gente siempre distante, eran extras de esa gran película de la que yo era una observadora, el bus se detuvo y una mirada penetró por la ventana, intenté buscar al autor de esa mirada y era un pequeño de unos diez años, vestía un pantalón naranja por encima de los tobillos, zapatillas, un polo sucio y una gorra que usaba al revés, yo también lo miré y por unos segundos ambos nos miramos a los ojos hasta que los de él, se convirtieron en fuego, pude percibir odio en ellos, un odio hacia mí, ese pequeño me odiaba por alguna razón que yo desconocía en ese instante, la ventana se manchó con el escupitajo que ese pequeño lanzó contra mí, esa escena se quedó grabada en mi memoria, ese odio se quedó grabado en mi corazón aunque yo no se lo conté jamás a nadie, sabía que alguien me odiaba y ese odio no era infantil, ese odio era el resultado de la lucha familiar, ese odio era el resumen de la historia de mi patria, ese odio es una imagen que me hace distante a ellos porque desde ese momento yo dejé de sentir pena por esos chicos en la calle, también los odié de alguna manera, secretamente.

 

Me doy cuenta que mi niño ha aprendido a escupir de una manera casual, totalmente opuesta a la del chico de mi memoria, empiezo a hablarle en una lengua extraña donde las ges sobran y mis manos bailan, una deformación de mi actuar cotidiano, una exageración que suelen tener los padres con sus bebés y me pregunto si ese chico de la calle aprendió a escupir de la misma manera. Nuevamente el temor como una nube negra en la noche se asienta en mí y me pregunto si este niño también me odiará, tengo miedo y lo beso, pero sé que yo alguna vez con mi racionalidad universitaria daba de gritos mientras mi vientre se hacía grande como el silencio de su padre en mitad de la calle, yo moría de frío y en esos instantes no lo quería como lo quiero ahora y mi niño sin moverse, sin decir absolutamente nada.

 

Pongo al niño en la cama, antes de abrigarlo reviso si está limpio, empieza a sonreír, él es tierno, es pequeño y no quiero que salga a la calle, por ahora eso depende de mí, no tiene ni un año, cuando crezca le contaré de su abuelo y de sus historias locas de la selva, de las historias que inventaba para asustarnos en los apagones que Lima ofrecía diariamente, probablemente no comprenda qué es un apagón y yo le señalaré el cielo de Huancavelica a las 7 de la noche y le diré que se imagine ese cielo sin estrellas, que se fije cuando acaba una película y todo es negro, apagaré la tele y le diré que eso es un apagón en Lima, una ciudad sin actores, sin créditos, sin nombres, pero también le contaré de su abuela y de sus sueños por viajar a Europa, de su amor infinito por sus hijos y de su locura por la limpieza, le contaré de mis viajes a Chimbote, ese lugar donde todo olía a mar, a pescado, donde la casa de mis primos eran un hermoso lugar para jugar a las escondidas y a los encantados, tengo tanto que contarle a este niño, pero siento que no es suficiente.

[ INÉDITO ]

 

© Lía Rebaza López, del relato.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: