Del Ser a la nada: Decreación, de Anne Carson.

(Vaso Roto, 2014)

(Vaso Roto, 2014)

 

Fue Simone Weil, importante filósofa francesa, quien acuñó el término “decreación”, complejo y gnóstico proceso que consiste, grosso modo, en desplazar el Ser de uno mismo para dar cabida a Dios. Cual Arquímedes, la poeta canadiense Anne Carson utiliza este término como punto de base y palanca para la composición de su Decreation. Poetry, Essays, Opera, un ambicioso y poliédrico volumen de poesía, cuya meritoria versión al castellano fue publicada por Vaso Roto Editorial, en traducción de Jeannette L. Clariond.

Aparecido originalmente en 2005, este libro es una lúcida amalgama de géneros literarios, teorías filosóficas, tradiciones culturales, influencias y metáforas, cuyo propósito principal es la aniquilación del ser a través de la escritura, para dar cabida a lo Sublime. En pocas palabras, para decrearlo. Bajo esta premisa, Carson se sirve de un sinnúmero de herramientas y métodos con los que consigue eliminar la presencia del Yo, un desvanecimiento que se produce de modo gradual y eficaz.

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La poesía y su doble

La primera sección del libro, “Paradas”, tiene como líneas temáticas el amor filial y el sueño. Si por un lado, el referente y compañía de la voz poética es la madre; por el otro, nos vamos adentrando paulatinamente en los “Húmedos misterios de la noche”. El sueño en la tradición griega clásica, de la cual Carson es una gran especialista, es tenido como un largo e inagotable viaje, cargado de imágenes y visiones que nos dibujan otra realidad, desconocida e intacta para nosotros. El final de “Cadena de sueños”, poema con el que abre el libro, es bastante claro al respecto: “Navegamos madre en un océano sin barcos / Piedad por nosotros, piedad por el océano, navegamos”.

Así, mientras más profundo es el sueño, mayor es el desplazamiento que experimenta el ser. Este es el comienzo del camino hacia lo sublime. Los poemas de esta sección aluden constantemente a ríos y lagos, a remos y embarcaciones necesarios para atravesar aquella densa niebla que es el Yo. Los poemas son más bien ensamblajes de recuerdos, sensaciones, razonamientos y percepciones que desestabilizan toda certeza; el ambiente, entonces, se torna nebuloso e inestable. “Todo cuanto hemos deseado, se deshila”, leemos en “Ciertas tardes ella no atiende el teléfono”.

La siguiente sección es “Toda salida es una entrada”, elogio dedicado al sueño, el cual es concebido “como una vislumbre de lo incognito”. De este modo, y en paralelo, la autora empieza un doble e irreversible proceso de decreación: el del Yo y el de la propia poesía. Es así que el concepto de libro como una colección de versos o de prosas no es suficiente, tiene que ser reformulado, sus rígidos cimientos han de ser sacudidos. Los géneros y las taxonomías son llevados al límite, deben ser mezclados y revueltos. Removidos. Aquí conviven e interactúan los discursos cinematográficos, filosóficos, dramáticos y poéticos. El resultado es una criatura híbrida y sublime a partes iguales, es la Obra que Carson persigue y consigue. No por nada es una de las mentes más brillantes de la actual poesía anglosajona. Es cerebral en la concepción, pero pasional y romántica en la ejecución.

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Eclipse del Ser

Como ha sido señalado, la destrucción del Yo se inicia por el sueño, pasando por el gnosticismo y la idea de divinidad. Para alcanzar lo sublime hay que superar muchas etapas, muchas fases en pos de la depuración final. En “Y la razón permanece impertérrita” leemos: “En la búsqueda de cosas sublimes escalé las fangosas colinas detrás del pueblo donde los árboles se amotinan de acuerdo a sus propias leyes y // uno puede // observar tantas formas de verde móvil…” El viaje es largo, las direcciones varias. Por ello, el estudio y el análisis de Longino y de Antonioni son de vital importancia. La imagen con la que empieza “Sublimes” —cuarta sección del volumen— da cuenta de un largo sueño y de un individuo al que le sangran los ojos, siendo destruidos desde dentro. De esta manera los nexos con la realidad se van debilitando. Las estrofas finales de “Oda a lo sublime por Monica Vitti” así nos lo resumen: “especialmente desde que salí de la clínica, una clínica para gente que lo quiere todo, / todo lo que veo todo lo que pruebo todo lo que toco / todos los días incluso los ceniceros y en // la clínica solo hacía una pregunta, ¿Qué haré con mis ojos?”. La confianza en la percepción sensorial, crucial para el ser humano, se va perdiendo.

El desgaste es aún más grande en los poemas de “Gnósticos”, donde se aprecia que todo es ya insuficiente: “Hay un olor adolescente en estas criaturas para quienes esta es / una noche cualquiera. El asombro / dentro de mí como otra persona, / empapada de sudor. Cómo asir. / Para algunos el pájaro canta, el plumaje brilla. Yo solo obtengo este esto”. Todas las certezas quedan convertidas en posibilidades y lo corroboramos en el extenso y estupendo poema “Figura sentada con ángulo rojo”, compuesto solo con condicionales para dejar claro que el Yo es un conglomerado de probabilidades. Nada es lo que parece.

De a pocos aquel paisaje nebuloso se torna absurdo e ilógico, como ocurre en las secciones “Muchas armas”, “El guion de E y A” y en “Quad”, esta última basada en dos composiciones de Samuel Beckett, Quadrat I y su variación Quadrat II. Posteriormente, el paisaje se torna aún más oscuro y es en este contexto en el que surge un concepto crucial para la decreación: el eclipse total. El abandono de la luz solar se asemeja al vacío que experimenta el ser cuando se ve desplazado. Esta penumbra es la antesala de la llegada de lo sublime. Esto será posible únicamente a través de la escritura y Carson lo desarrolla de modo magistral en la sección nuclear del libro: “Decreación: de cómo dicen Dios mujeres como Safo, Marguerite Porete y Simone Weil”.

Cada una de estas escritoras cuenta con un ensayo en el que la canadiense traza siempre un triángulo amoroso. En el caso de Safo analiza su clásico poema 31, donde la voz poética observa, invadida por los celos, a su amante, quien a su vez es observada por un tercer personaje masculino: “Me parece que se asemeja a los dioses / ese hombre sentado frente a ti / que atento escucha / la dulzura de tu voz”. La voz se va llenando de ira y de impotencia y son esos celos los que mueven el poema. La enajenación provocada por estos sentimientos dará paso al éxtasis divino.

En el siguiente ensayo, reflexiona sobre el Espejo de las almas simples, tratado que le valió a su autora, Margarite Porete, la muerte en la hoguera. Tal vez el triángulo que aquí traza Carson resulte un poco forzado, pues en su afán de asemejar la situación de Porete con la de Safo se ve obligada a esbozar un desdoblamiento que resulta poco efectivo. Lo justifica diciendo que: “la amante celosa debe equilibrar dos realidades contradictorias dentro de su corazón: por una parte, esa de ella misma en el centro del universo y al mando de su propia voluntad, ofreciendo amor a su amado; por otra, la de ella fuera del centro del universo y a pesar de su propia voluntad, observando cómo el amado ama a alguien más”. El trío en este caso es poco natural (Porete, Dios y Porete), no como en el caso de Safo, en el que sí participan tres actuantes.

Ahora bien, será en el ensayo dedicado a Simone Weil, pero sobre todo en el siguiente donde Anne Carson concentra plenamente su atención en el concepto de “decreación”. El escritor, entonces, es el gran centro luminoso y ruidoso que debe ser desplazado, “desde el cual se le da la voz a lo escrito, y cualquier exigencia que obligue a aniquilar este yo, mientras sigue escribiendo y dando voz a lo escrito, involucra al escritor en una serie de importantes actos de subterfugio o contradicción”. Este intrincado proceso es un viaje circular que empieza y culmina en el escritor: “para deshacer el yo uno debe moverse a través del yo hasta el interior mismo de su definición. No tenemos otro lugar donde comenzar”. No obstante, y aunque resulte difícil de asimilar, quien ocupa dicho lugar será aquella inexpugnable sublimidad que se persigue a lo largo del la obra. Aquí es donde Carson no naufraga, pues sigue a continuación una intensa ópera en tres actos con coros, arias, diálogos y canciones, para luego cerrar el libro con la breve sección “Anhelo, un documental”, un intrínseco listado de tomas en el que una mujer está trabajando de noche con un estroboscopio y que a su regreso por una autopista vacía se ve invadida por el miedo. Es la sutil sugerencia de la imagen de la escritora, siempre a solas, quien en la oscuridad y profundidad de su ser, contempla su propio trabajo, inmóvil aunque en constante movimiento, como sucede con la realidad vista a través de un estroboscopio.

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© Reinhard Huaman Mori, del texto.

Publicado en 7de7.net, 8 de diciembre de 2014.

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