Juan Ojeda. Crónica de Boecio

(Chimbote 1944 - Lima 1974)

(Chimbote 1944 – Lima 1974)

 

He oído las voces, he oído los clamores,

absurdamente sostenidos como en una feria.

He comprendido el propósito y la argucia,

y todas las cosas hacia atrás revolviéndose.

El dolo preside en el consejo de los hombres y sólo la futilidad.

 

Oh el tiempo, el tiempo de morir

y sobre la tierra una ausencia de dioses.

Hurtas voces

para el día que no amarás, y cuando lo puro te anuncia

no hallas en tu paso sino un camino mondo.
 

Sobre el reseco musgo de ruinas se arrastra el día,

quebradizo como imposible vuelo de crisálida.

Dioses.

Y sumergir gastados brazos en la irrealidad del camino,

chapotear entre alas rotas, gajos de luz dura,

mano de criptas que se elevan la garra humedecida de sombras.

 

 

“En un puñado de polvo juzgarás el reino, y caminaremos

sin pregunta posible que aplaque nuestro desconcierto”.

 

 

Oh, este es un tiempo de prodigios. Escarbamos

las anchas tierras con manos seguras,

y nada hay allí que nos consuele. Duras astillas

de algún viejo cráneo, sucio por los cuervos,

este horrible viento que baja de las colinas próximas,

arrastrando el hedor de los muertos, y no hay consolación.

 

 

Todo se oscurece presagiando la muerte del día, y ya no habrá

más días sobre la tierra árida, o no habremos nosotros.

 

 

¿Cómo los dioses custodian lo eterno? ¿Quiénes

oprimen con gravedad el sentido del mundo?

Dioses. Dioses.

Los he visto danzar con movimientos horribles:

el viento removía el seco polvo de la Tierra Colorada,

y yo huía enloquecido, soportando las revelaciones.

 

 

Arrastrarse hasta esos maderos hundidos,

el agua del mar dejando una fetidez maldita,

y hundirse entre el agua y la arena.

“Soporta, soporta este Reino”.

 

 

Oh, es el exilio.

¿Pero dónde contemplaré un Origen

que ordene este universo absurdo?

La vida desciende en medio de las cosas,

vacía y sorda, y un ojo atento

rueda a contemplar el osario del mundo

y se anuda como un viejo vicio a cada objeto improbable.

Pero ya sabemos que todo lo real es precario,

y en qué sentido.

 

Así, oh alma mía, abstente de indagar o abandona el camino.

 

¿De quién es esa torpe mano que bate, angustiada, las sombras?

 

Oh, escucho todavía el vano estrépito de las voces que huyen.

 

Así, pues, qué sabias palabras no podrán importunarnos, qué gestos

que no posean avara suficiencia en medio del Caos,

 

y cómo viviremos estos días sin desesperarnos, y cómo hablar

y en qué sentido.

 

Oh alma mía, nada queda ya sobre la tierra

que hayas odiado con cierta humillación, la dorada máscara

que repite el esplendor de aburridos gestos

aprendidos, sin duda, para consolarnos

y no hay consolación.

 

Oh, es el exilio.

Y no obstante,

sobre nobles manuscritos convertí mis ojos al sabio ejercicio,

y allí todo era tan desolador como la misma realidad.

¿Acaso alimenta al espíritu el errante curso de los astros?

Oh, toda verdad hedía como un tiesto de ramas muertas.

 

 

Así, hemos elegido, tal vez, un lenguaje que los dioses,

ahítos ya de días, abominan con innoble desencanto.

Tierra de los dioses que el hombre habita,

y bajo el murmullo del tiempo una muerte segura.

Pero los dioses se cuidan de ser demasiado terrestres,

Y esa es nuestra futilidad.

 

“Entre la realidad y la irrealidad

conocerás el Reino”.

 

Y sabemos ciertamente

Que el tiempo es menos real que los sueños, y chapoteamos

con nuestras pobres voces en un tiempo perdido.

 

Ahora los hombres sólo hablan una lengua falsa, ¿los escuchas?

Nada hay allí que pueda servirte, todo es como una burla

o una insidiosa pesadilla.

 

Ya hemos levantado sobre los días hórridos un tiempo más puro,

y no escuchamos sino las obcecadas voces de los desgarrados.

 

 

 

 

© Herederos de Juan Ojeda

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