El final de la fiesta. Félix Terrones

(Lima, 1980)

(Lima, 1980)

 

Para Alfredo Pita

 

No siempre nos decidimos a tiempo, tampoco damos media vuelta para salvar lo inevitable; antes bien, seguimos con nuestros pasos, de espaldas a las promesas, también a quienes nos esperan. Tenía algunos días en Cajamarca; había llegado buscando aquel sosiego que una ciudad provinciana puede ofrecer a quien se encuentra crispado por la vida en la capital. O acaso se trataba de una proyección mía que nada tenía que hacer con la ciudad. No sabía, con todo, que el ambiente del carnaval me haría cambiar de planes. Cuando me di cuenta, contrariamente a mis deseos y también a mi forma habitual de ser, asistía al bando de carnaval, seguía de cerca el corso —aquel larguísimo desfile de barrios disfrazados (el tema del año era incas contra conquistadores)—, y brindaba con la chicha de jora. Nunca antes había visto una ciudad invadida por una euforia semejante, por ese fervor voluptuoso que poseía incluso al más indiferente. Tanto que, de pronto, sentía en mí un deseo, cada vez más inapelable, por disolverme en esa vitalidad, deshacerme de forma definitiva en ella.

 

Sin querer, mis pasos por la ciudad me seguían llevando hacia quien dejaría sin excusa o promesa alguna. Era Jueves de Compadres, la gente se reunía en el centro de la plazuela del barrio “San Pedro” para atrapar, a eso de la medianoche, el cabo de una cinta colorida. La persona que tuviera el otro extremo de la cinta sería el “compadre” o la “comadre” con quien se compartiría, bajo pretexto de la fiesta, el resto del carnaval. “Ya sabía que era fea”, me dije apenas la vi, con esa sonrisa que aprendí a interrogar, sin descifrar, esa misma noche. Conforme pasaron las horas a su lado, cuajó una forma de cercanía, parecida a la amistad pero más deseosa de ya ser otra cosa. No era que me haya atraído por su humor, tampoco era su elocuencia, antes bien ella era más discreta que cualquier otra chica que había conocido; simplemente, era esa sensación de iniciar juntos algo que parecía excitarnos, empujarnos por las calles cajamarquinas. Cuando llegó la mañana, nos abrazamos al doblar cualquier calle, al tiempo que la ciudad apagaba, una a una, sus farolas.

 

El resto de noches fue un descubrimiento mutuo. Sentía como si de repente mi rostro perdiera consistencia, se chorreara hasta dejar ver lo que había por debajo de él, mis verdaderos rasgos. De pronto, Fátima (ése era su nombre) ocupaba un lugar en mi vida, entregaba un sentido a mis vagabundeos, me esperaba a una hora y en un lugar hacia los cuales me precipitaba detrás de la lluvia. En medio del carnaval, mientras la ciudad se emborrachaba, nos encontrábamos debajo de una farola, en una esquina. Nos bastaba advertirnos a lo lejos para precipitarnos uno contra otra, buscar nuestros abrazos y nuestros labios. Ya de madrugada, la llevaba a mi pensión, donde nos apurábamos en revelarnos quiénes éramos, desvestir nuestros cuerpos ansiosos por encontrarse. Sin embargo, pronto se hizo evidente la falta de ciertas palabras, como si hubiésemos perdido la ruta, sin poder encontrar nuestra posición en el mapa de la ciudad.

 

Por eso, no recuerdo quién fue el primero que empezó a hablar de comenzar algo juntos, algo de verdad. Mientras la espero en esta esquina y veo aparecer el cortejo fúnebre del Ño Carnavalón, pienso de nuevo en aquella última vez. Me quedaban algunos días más en Cajamarca, pese al poco tiempo que había pasado en la ciudad, mi vida limeña ya me parecía distante. De repente recordaba la morosidad del trabajo, las repetidas discusiones con Andrea. Todo eso empequeñecía frente a las palabras que Fátima y yo intercambiábamos, nuestros proyectos y promesas que, gracias a su entusiasmo ciego, empezaban a vestirnos, acaso a disfrazarnos. Sentía como si, por primera vez, fuera fiel a todo lo que desde siempre había querido para mí. Cuando me desperté, a la mañana siguiente, Fátima ya no estaba a mi lado. Recordaba vagamente, a la hora en que el cielo comienza a aclararse, antes de que el sueño me atrapara, el haberme acercado más a ella, escuchado con atención lo que necesitaba decirme. Pero sobre todo recordaba su mirada, mientras quería hablarme de otra persona, entendí que un hombre. No quise saber nada más. Me llevé un dedo a los labios y le dije que todo eso ya era pasado.

 

El desfile fúnebre sigue su camino. Como de costumbre, enterrarán al señor del Carnaval en el barrio donde se encuentran las termas del Inca. Las comparsas lloran al rey de la fiesta; los españoles se abrazan con los incas en un llanto que tiene de grotesco y también de teatral. No sé por qué, me dije que mañana, a la misma hora, debería regresar al trabajo, llamar a Andrea, cenar con ella por la noche, tal y como habíamos convenido. Sentí que una multitud de promesas se me amontonaban en la garganta. Mañana, a la misma hora también, los empleados municipales habrían limpiado del todo la ciudad, todos esos hombres y mujeres disfrazados como pobladores de una época perdida regresarían a la rutina con la cual estaban hechos sus días. La lluvia empieza a caer a chorros sobre la Cajamarca; la gente corre a guarecerse en cualquier parte. De pronto, la sensación de estar haciendo algo sin sentado me posee. ¿Qué demonios esperaba de esa mujer que apenas conocía? A mi lado un par de hombres, montados en una camioneta último modelo, sacan la cabeza para insultar a unos peatones: “indios de mierda”, gritaron. Los insultados responden como pueden, lárguense de aquí, limeños. Enciendo un cigarro y me dirijo al hotel, me precipito a no perder nada. Todavía puedo llegar a tiempo al aeropuerto. Cuando llego a la esquina, se me ocurre voltear. Veo a Fátima, entusiasta, incrédula, resignada, antes de orientar sus pasos por Cajamarca, la misma ciudad a la que le doy la espalda, entre la lluvia y las farolas que se encienden una a una.

 

 

Tours, enero del 2014

© Félix Terrones, del relato.

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