El viaje interior de Vicente Valero

(Vaso Roto, 2015)

(Vaso Roto, 2015)

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Una de las temáticas por las que transita la poesía de Vicente Valero es, sin duda, el de la búsqueda, esa intensa y constante indagación que la voz poética realiza con el fin de dar sentido a todo aquello que configura y representa su peculiar mundo íntimo. Así lo advertimos en mayor y menor medida en cada uno de sus poemarios; empero, es en Canción del distraído, su séptima entrega, donde profundiza esta exploración, mostrándose mucho más reveladora tanto para el lector como para el propio poeta.

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La gran particularidad de este libro es su estructura: está compuesto por poemas ya publicados, provenientes de títulos anteriores que para esta ocasión Valero ha revisado y organizado sin seguir una pauta cronológica específica. Fuera de su contexto original los poemas conviven entre sí creando una nueva y coherente atmósfera, muy distinta de la que provenían previamente. Ello, sumado a un puñado de inéditos (entre los que se encuentra la serie “Junio en casa del doctor Char”), conforman un autónomo, inteligente y sólido volumen de poesía que se desmarca del formato clásico de la antología al uso.

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Canción del distraído inicia con un verso más que revelador: “Hasta mirar significa aquí partirse en dos, desmoronarse”, que da cuenta del medio por el que la voz aprehende la realidad y la representa: la contemplación. En estos poemas la observación no está exenta de distracción, de deleitación y de asombro. Cuando ello ocurre hay dos realidades: la realidad física, corroborable y la realidad interior, guiada por nuestras percepciones y emociones. Si la primera es objetiva, la segunda es subjetiva y, por ende, está regida por nuestro subconsciente. He ahí que la distracción genera más de un plano sensorial, enriquecido por un lenguaje preciso y límpido, otro de los puntos fuertes del ibicenco. En uno de los poemas de “Taller de paisajistas” leemos uno de los versos que fortalecen su credo: “Somos lo que miramos”, y en ello hay mucha verdad.

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La búsqueda, entonces, se gesta principalmente en un estado de distracción, de embelesamiento. El poema “El encuentro” tiene un sugestivo comienzo: “Después de todo, y sin quererlo, yo habré visto”. A lo largo del libro encontraremos referencias similares a modo de confesiones, anécdotas o meditaciones en “voz alta”. La imagen de fondo siempre será la naturaleza, ella es la principal fuente donde saciar la sed. De hecho, el paisaje predominante es siempre el mediterráneo, con sus bosques penetrados por la diáfana luz que todo lo invade. Al fin y al cabo, esa gran intensidad de color tiene un peso especial en su retina, como le sucede también a la vasta tradición literaria que ha poetizado esta geografía: “Hay arena y sal en la sangre. Hay olas que fueron ya cantadas por Homero y que no voy ahora a pretender cantar. Hay un barco otomano y una sirena siciliana. Hay columnas dóricas, ánforas fenicias.”

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Para Vicente Valero la naturaleza es una invitación hacia el misterio. Lo comprobamos en sus mejores poemas como “Una iniciación”, “El río” o “La subida”, en donde también apreciamos otro de sus motivos recurrentes: el deambular sin rumbo fijo por una escenografía sugerente y apacible. El yo está en constante movimiento, desplazándose de un lugar a otro bajo el escrutinio de todo aquello que puebla su campo visual: animales silvestres, árboles, incluso el clima incide en sus inmanentes reflexiones. “Caminar / es solo una manera de buscarnos”, apunta en uno de sus versos. Asimismo, resulta difícil hallarle un acompañante, ya que el viaje se efectúa en solitario, siempre de afuera hacia adentro, porque es en nosotros mismos donde naufragamos y reflotamos cíclicamente.

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Hay mucha sabiduría y conocimiento en este libro y eso es lo que lo diferencia de la mayoría, no solo porque reúne lo mejor de Valero, sino porque estos poemas han cobrado una nueva vida al verse reactualizados y vigorizados con este nuevo giro. Ya desde Teoría solar, publicado en 1992, se aprecia la evolución de su poesía, que encuentra grandes momentos en Vigilia en Cabo Sur y Días del bosque, y sobre todo en El libro de los trazados, de 2005.

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No soy propenso a las exageraciones ni a la alabanza gratuita, pero en un país como la actual España, cuya vertiginosa sobreproducción editorial no va de la mano con su realidad sociocultural ni económica, no resulta un error afirmar que Canción del distraído, por su intensidad y madurez, es uno de los puntos álgidos de la poesía española de las últimas dos décadas. Y ello, en esta sociedad banal y exorbitantemente superficial —a decir de Lipovetsky— es un gran triunfo que todos debemos celebrar.

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© Reinhard Huamán Mori, del texto

Publicado en Quimera, nº 378. Mayo de 2015

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