Tom & Virginia. Irene Chikiar Bauer

Thomas Stearns Eliot / Virginia Woolf

Thomas Stearns Eliot / Virginia Woolf

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Pero no todos sus contemporáneos y amigos tenían el mismo éxito, y a mediados de julio, cuando visitó Garsington, Virginia escuchó las quejas de lady Ottoline, que se sentía afectada por la sátira que Aldous Huxley había hecho de ella en su novela, Crome Yellow. De todas maneras, pese a los retratos de Huxley y de D. H. Lawrence, Ottoline seguía mostrándose generosa con los escritores y, junto con Richard Aldington y Ezra Pound, iniciaba una cruzada para liberar a Thomas Eliot de su trabajo bancario. Aunque no lo conocía y “odiaba [las] obras” de Pound, Virginia se sumó al grupo. La idea era juntar una suma de dinero que le permitiera a Eliot dejar su trabajo bancario y dedicarse de lleno a la poesía, para lo cual abrieron una cuenta en el Lloyd Bank y fundaron el Eliot Fellowship Fund. Ese año (1922), en junio, mientras Miss Green tipeaba El cuarto de Jacob, la Hogarth Press preparaba la publicación de La tierra baldía, obra que Eliot les había leído y a la que Virginia se refería en su diario: “Tiene gran belleza y fuerza de frase: simetría y tensión. Qué las conecta, no estoy segura”. Entre 1920 y 1923, Eliot visitó en varias oportunidades a los Woolf en Rodmell o comió con ellos en Richmond, y la relación, que había comenzado muy formal, crecía en intimidad. Pero había una suerte de “dicotomía” difícil de superar: “Lo extraño acerca de Eliot es que sus ojos son vivarachos y juveniles cuando la proyección de su cara y la forma de sus frases es formal e incluso más pesada. Bastante como una cara esculpida, sin labio superior: formidable, poderosa; pálida. Luego, esos ojos de avellana que parecen escapar del resto de él” [1].

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A pesar de considerarlo “sardónico, cauteloso, preciso, inhibido y ligeramente malévolo” o sugerir que usaba maquillaje, Virginia respetaba su opinión, pero había algo “siniestro y pedagógico”, que impedía que se sintiera “completamente libre de sospechas” acerca de la sinceridad de sus relaciones. En cuanto a su juicio literario, apreciaba que él le hubiera pedido una historia suya para publicar en The Criterion [2], pero insistía: “Deberás ser sincero y severo. Nunca puedo darme cuenta si soy buena o mala; y prometo que habré de respetarte más por hacerme trizas y por tirarme al tacho de basura” [3]. Pero no debía tener mala crítica, ya que a fines de año cuando El cuarto de Jacob fue publicado, Eliot le escribió: “Te has liberado de cualquier compromiso entre la novela tradicional y tu don original. Me parece que has vinculado una cierta brecha que existía entre otras novelas y la prosa experimental de Lunes o martes y que has logrado un notable éxito”. Como consta en el diario de Virgina del 26 de julio de 1922, también Leonard había elogiado El cuarto de Jacob:

Él la considera mi mejor obra. Pero su primera observación fue que estaba asombrosamente bien escrita. Discutimos al respecto. Él la llama la obra de un genio; la considera diferente de cualquier otra novela; dice que las personas son fantasmas; dice que eso es muy extraño: no tengo filosofía de la vida, dice; mis personas son marionetas, llevadas de aquí para allá por el destino. No concuerda de que el destino obre de esta manera. Dice que debería usar mi “método”, en uno o dos personajes la próxima vez; y la encontró muy interesante, y hermosa, sin fallas (salvo quizás por la fiesta) y bastante inteligible. […] Ninguno de nosotros sabe qué irá a pensar el público. No hay duda de que he descubierto cómo comenzar (a los 40) a decir algo con mi propia voz;  y eso me interesa tanto que siento que puedo seguir adelante sin elogios”.

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Sus cuarenta años inauguraban una etapa de creatividad intensa, donde al fin comenzaba a “aprender los mecanismos de [su] propia mente”. Por entonces, “leyendo con un propósito”, escribía los ensayos que finalmente recopilaría en El lector común, e interrumpiéndolos —de acuerdo con su teoría del “cambio rápido”—, intuía las posibilidades que podía desarrollar en La señora Dalloway. Pero no solo se trataba de mecanismos y advertía: “Siempre vemos el alma a través de las palabras”. Así, pensando en Murry, estaba dispuesta a creer que no se podía escribir crítica sin ser un buen hombre.

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Si bien en todo ese tiempo Virgnia no dejó de ocuparse de que Eliot pudiese dejar su trabajo bancario para dedicarse a escribir, su esfuerzo fue vano, ya que, tal como anticipaba Leonard, la oferta no era ni práctica ni atractiva, por lo que Eliot afirmó que no dejaría el banco al menos que contara, por lo menos, con quinientas libras seguras y no con meras promesas. Cuando al día siguiente de esta noticia llegó una carta de Ottoline proponiendo menos de lo esperado, Virginia tuvo que enviarle un telegrama indicándole a su amiga que se detuviera. El asunto significó un gran desgaste de energía y de tinta, con cartas que iban y venían, y Virginia terminó sintiéndose enojada con Eliot [4] por permitir que durante seis meses, todos ellos se esforzaran en un asunto que podía haber detenido antes.

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© Irene Chikiar Bauer

Tomado de Virginia Woolf. La vida por escrito. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2015.

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Notas

[1] Refiriéndose a la extrema formalidad de Eliot, Leonard recordó: “Caminaba con Virginia y conmigo a través del campo hacia el río. De pronto sentí ganas de orinar y me retrasé para poder hacerlo. Ninguno de mis acompañantes vio lo que yo estaba haciendo, pero supongo que fue muy obvio. De todos modos, cuando los alcancé, sentí que Tom estaba incómodo, incluso escandalizado. Le pregunté si lo estaba y me dijo que sí, y luego tuvimos lo que poco a poco se tornó en una conversación franca y abierta acerca de las convenciones y la formalidad. Tom dijo que no solo él no podría haber hecho lo que hice, sino que ni siquiera soñaría en afeitarse delante de su esposa”. En diciembre de 1923, Eliot se sintió profundamente abochornado cuando se emborrachó en una reunión a la que había invitado a los Woolf y telefoneó a Virginia al día siguiente para disculparse.

[2] Envió “En el huerto”, una narración corta que Eliot editó en The Criterion en 1923. “Miranda dormía en el huerto, pero ¿estaba o no dormida? Su vestido púrpura estaba tendido entre los manzanos…”.

[3] Virginia debió intuir lo que pensaba Eliot de la escritura de las mujeres. En una carta a su padre, en 1917, el poeta aseguraba: “Lucho por que la escritura [en The Egoist] quede en manos masculinas, porque desconfío de las femeninas cuando tocan la literatura”.

[4] Por entonces, escribía: “La psicología de Tom fascina y desconcierta […] ¿por qué retorcerse y angustiarse y casi sofocarse con humillación ante la mera mención del Dinero? Va parejo con eso de no orinar delante de tu mujer”.

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