Una mujer llamada Sonja Åkesson

VIVO EN SUECIA

(Vaso Roto, 2015)

La literatura es una larga e inagotable sucesión de parricidios y derrocamientos, uno tras otro, siglo tras siglo, como las capas geológicas. Es una cuestión de evolución y de superación de un modelo, una reacción tan natural como humana. Su necesaria consecuencia. Cuando un período o movimiento está por llegar a su fin suele desgastarse entrando en una espiral de repeticiones a la espera de su próximo verdugo: al barroco le devino el clasicismo, a este el romanticismo, a este el realismo, luego el parnasianismo… Y así continuará siendo hasta que el sol se apague o hasta la total devastación del planeta. Lo que ocurra primero.

Este es también el caso de la poesía sueca surgida en la segunda mitad de la centuria pasada, incapaz de liberarse del influjo modernista que la roía sin conceder tregua. En contraposición al lenguaje intrincado y al simbolismo recargado de los últimos modernistas, nace a inicios de la década de los 60 el movimiento “nyenkelhet” (la nueva sencillez), que impone una versificación más directa y asequible y que abarca los sucesos diarios y cotidianos, buscando la implicación y el diálogo cercano con el lector.

 

En este específico contexto la voz de Sonja Åkesson fue una de las más destacables e influyentes para los posteriores poetas en Suecia; además su pensamiento y obra colaboraron con el desarrollo del feminismo del país. Su poética se distingue por la contundente carga irónica y realista de sus versos. Sin caer en dramatismos, Åkesson concibe la existencia humana como una gran y penosa obligación, reglada y marcada por convencionalismos sociales e imposiciones de género. De corte testimonial, los poemas dan fe de sus propias desdichas, pero sobre todo, de la lucha contra sí misma: la pérdida de un hijo, sus diversos matrimonios y fracasos sentimentales, su inestabilidad emocional, así como el alcoholismo y sus problemas psiquiátricos. Todo ello la llevó a refugiarse en Halmstad, donde moriría en 1977, con apenas 51 años y una salud muy deteriorada.

Una de las temáticas claves y esenciales de la autora es la angustia y la frustración provocadas por la desventajosa situación a la que estaba sometida la mujer en la época. Incluso ella misma fue víctima de esta opresión y lo expresó en más de un poema, como en “Ella y él”, un durísimo diálogo en el que grafica la violencia a la que se ve sometida la voz poética femenina: “ÉL: Te pego un tiro y te entierro y nadie va a preguntar por ti, ni siquiera tus capataces porque ellos no tienen derecho a enviar sabuesos que crucen la frontera. ¿Cómo puede ser la gente tan estúpida?”. Más adelante y con humor negro escribe: “ELLA: Yo te quiero y soy feliz simplemente con ser tu esposa”.

 

Siguiendo esta misma línea, el poema “(cuento)” deja constancia de una pasividad y resignación desoladoras: “—Sí, la mayoría de esposas se queda en casa con sus labores. […]—Sencillamente la sumisión es como parte de uno”. Empero, fiel a su espíritu inconforme y combativo no se deja arrastrar por el lastre del pesimismo y la derrota, por más difícil que sea la situación en la que se encuentre, aunque ciertamente, cada palabra suya está impregnada de escepticismo. En “Todos los días igual de fresca” dice: “Ella empezó fea y pobre pero se abrió paso luchando hasta llegar a su meta (EL HOMBRE) utilizando los trucos adecuados. No se le dio nada gratis”.

Por fortuna, parte importante de su vasto y valioso legado (su producción poética está repartida en diez libros) se reúne por vez primera en nuestra lengua en la antología Vivo en Suecia, compilada y traducida por Francisco J. Uriz, gran conocedor y difusor de su obra. En este sentido, es digno de mención que esta edición de Vaso Roto se ha gestado con la paciencia y la profunda admiración que la poesía de Åkesson ha suscitado en el traductor zaragozano desde la primera lectura, pues le ha llevado cuatro décadas finalizar este proyecto. Y aunque siempre engorrosa, la espera mereció la pena.

 

 

© Reinhard Huaman Mori, del texto.

Publicado en Quimera, nº 386, enero de 2016

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