Yannis Ritsos. ORESTES

yannis ritsos

(Monemvasia, 1909 – Atenas, 1990)

 

[fragmento]

 

¿Y si abandonáramos de nuevo las lindes de Micenas? —¡cómo huele aquí la tierra

a cobre oxidado y a sangre ennegrecida! El Ática es más ligera. ¿O no?

Siento que ahora, ahora mismo, ha llegado la hora de mi renuncia definitiva. No quiero

ser ni su asunto, ni su empleado, ni su instrumento, ni tampoco su caudillo.

 

Yo también tengo una vida propia y debo vivirla. Venganza no;

—¿qué podría sustraer a la muerte una muerte más

y, además, violenta?— a la vida, ¿qué añadiría? Pasaron los años.

Ya no siento odio; —¿habré olvidado? ¿me habré cansado? No sé.

Percibo incluso en mí cierta compasión por la asesina; —enfrentó grandes abismos,

un conocimiento grande agrandó sus ojos en la oscuridad

y ve, —ve lo inagotable, lo inalcanzable y lo inalterable. Me ve.

 

Yo también quiero mirar el asesinato de padre en ese alivio que es la muerte general,

olvidarlo en la totalidad de la muerte

que también a nosotros nos espera. Esta noche me ha enseñado

la inocencia de los usurpadores. Y todos somos

de algo usurpadores, —unos de los pueblos, otros de los tronos,

aquellos del amor o aun de la muerte; mi hermana

usurpadora de mi única vida; y yo de la tuya.

 

Querido, con cuánta paciencia compartes tú

conjeturas ajenas, tontas. No obstante, mi mano

es tuya; tómala; usúrpala tú también; —tuya,

y por lo tanto, mía; tómala; apriétala; la esperas

libre de condenas, represalias, recuerdos,

libre; —lo mismo quiero yo,

para que me pertenezca del todo, y solo así

poder dártela del todo. Perdóname

esta velada soledad y esta friabilidad —la conoces—

que me divide en dos. ¡Qué bella noche!—

 

Un olor húmedo a orégano, tomillo, alcaparra,

—¿o tal vez es geranio?— confundo los aromas; a veces

la sangre huele a salitre marino, y el esperma a bosque;

—un desplazamiento voluntario quizá, —lo busco esta noche,

como aquel soldado que en un anocher nos contaba en Atenas;

la playa retumbaba de estrépito y gemidos

y él, oculto entre los arbustos calcinados, allende la playa,

a la luz de la luna miraba la sombra bamboleante de su pubis encima de su muslo

en una erección insegura, luchando por existir, tanteando

su deseo en su propio cuerpo, para un desplazamiento

del campo de la muerte a la esperanza de una libertad dudosa.

 

Vayamos más abajo; no puedo oírla; sus lloros

golpean mis nervios y mis sueños, como golpeaban

aquellos remos a los muertos flotantes

que de tanto en tanto iluminaban los faros de los barcos, las estrellas fugaces de agosto

haciéndolos resplandecer, jóvenes y eróticos, increíblemente inmortales,

en una muerte acuosa que refrescaba sus espaldas, sus tobillos, sus piernas.

 

Qué silenciosamente cambian las estaciones. Anochece al infinito.

Una silla de paja se queda sola, olvidada bajo los árboles,

en medio de la fina humedad y los vapores que despide la tierra.

No es tristeza, ni siquiera es espera; nada.

Un movimiento inmóvil se extiende sobre el ayer y el mañana.

La tortuga es un pedrusco en la hierba; al poco se mueve

—imprevisto apacible, complicidad secreta, felicidad.

 

 

© Herederos de Yannis Ritsos.

© Selma Ancira, de la versión al castellano.

Tomado de Orestes. Acantilado. Barcelona. 2015.

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