Yves Bonnefoy. Teatro

NOBEL-LITTERATURE-BONNEFOY

(Tours, 1923 – París, 2016)

 

 

I

Te contemplaba al correr en las terrazas

Te contemplaba luchando contra el viento

El frío sangraba en tus labios

 

Y te vi romperte y gozar al estar muerta, ¡oh!, más bella

Que el relámpago, cuando ensucia los límpidos cristales de tu sangre

 

II

El verano envejeciendo te resquebrajaba con un monótono placer, despreciábamos la embriaguez imperfecta del vivir,

 

Más bien la yedra, decías, las ataduras de la yedra a las piedras de su noche: presencia sin término, rostro sin raíz.

El último cristal alegre que el manto solar destroza, antes en la montaña ese pueblo donde morir.

Más bien el viento…

 

III

Era un viento más fuerte que nuestros recuerdos,

Estupor de ropajes y gritos pétreos – y tú pasabas delante de esas flamas

La cabeza cuadrada las manos partidas y todo

En búsqueda de la muerte sobre los tambores jubilosos de tus gestos

 

Era el día de tus senos

Y reinabas así fuera de mi cabeza.

 

 

IV

Me despierto, llueve. El viento te atraviesa, Douve, tierra resinosa dormida cerca de mí. Estoy en una terrasa, en un agujero de la muerte.

Grandes perros de follaje se estremecen.

El brazo que sostienes, a veces, en una puerta, me ilumina a través de los tiempos. Pueblo de brasa, a cada instante te veo nacer, Douve.

 

A cada instante morir.

 

 

V

El brazo que levantamos, el brazo que giramos

No son más que un instante en nuestras cabezas duras,

Mas desechados los rastros de fango y vegetación

 

No queda más que el fuego del reino de la muerte.

La pierna desmantelada adonde entra el gran viento

Llevando con él las regaderas

Que sólo alumbrarán la entrada de este reino,

Gestos de Douve, gestos todavía más lentos, gestos oscuros.

 

 

¿Qué palidez te aflige, río subterráneo, qué arteria se rompió en ti, en donde el eco retumba con tu caída?

 

Ese brazo que levantas muchas veces se abre, se inflama. Tu rostro retrocede. ¿Qué niebla me arrebata tu mirada?

Lento acantilado de sombras, frontera de la muerte.

 

Los brazos mudos te acogen,

Árboles de otra ribera.

 

 

VII

Herida confundida entre las hojas,

Pero sobrecogido por la sangre de pistas que se pierden,

Cómplice todavía del vivir.

 

Te vi atorada al término de la batalla

Titubear en los confines del silencio y el agua,

Y la boca manchada con los últimos astros

Romper de un grito el horror de velar en la noche.

 

O levantar en el duro aire a veces como una piedra

Un lindo gesto de hulla.

 

 

VII

La música absurda comienza en las manos, en las rodillas,

Luego es la cabeza que revienta, la música se afianza en los labios, su seguridad entra por la vertiente oculta del rostro.

 

Ahora se dislocan las maderas faciales. Ahora procedemos a desgarrarnos la vista.

 

 

IX

Blanca sobre un plafón de insectos mal iluminado, de perfil

Y tu vestido manchado por el veneno de las lámparas.

Te descubro extendida,

Tu boca más alta que un lago que a lo lejos se disuelve en la tierra.

 

Estar derrotado que el ser invencible fusiona,

Presencia recuperada en la antorcha del frío,

Oh vigilante siempre te descubro muerta,

Douve diciendo Fénix, yo velo en este frío.

 

 

X

Yo veo Douve extendida. En lo más alto del espacio carnal yo lo siento crujir. Los oscuros príncipes apuran sus mandíbulas por este espacio donde las manos de Douve se desenvuelven, con los defectos de sus sillas cambiados a un lienzo gris que la enorme araña descubre.

 

XI

Cubierta del manto silencioso del mundo,

Recorrida por rayos de una araña vivaz,

Ya sumiso al devenir del arena

Y toda dividida escupe conocimiento

 

Ataviada para una fiesta en el vacío

Y los dientes descubiertos como para el amor

 

Manantial de mi muerte presente insostenible

 

 

XII

Yo veo a Douve extendida. En la ciudad escarlata del aire, donde combaten las ramas sobre su rostro, donde las raíces encuentran el camino en su cuerpo —irradia un gozo estridente de insectos, una música          espantosa.

Por los pasos oscuros de la tierra, Douve devastada, desbordante, se alegra de la luminaria nudosa de las mesetas.

 

 

XIII

Tu rostro esta noche iluminado por la tierra,

Mas veo tus ojos que se corrompen

Y la palabra rostro ya no tiene sentido.

 

El mar interior iluminado por las águilas circundantes,

Esta es una imagen.

Te conservo fría en una profundidad donde las imágenes no se sostienen más.

 

 

XIV

Yo Veo a Douve extendida. En una habitación blanca, los ojos envueltos de yeso, boca vertiginosa y las manos condenadas a la yerba prolija

Que la inundan por todas partes.

Se abre la puerta. Una orquesta se acerca. Y los ojos          a un lado, del tórax aterciopelado, con cabezas frías con pico, con mandíbulas, la inundan.

 

 

XV

Oh, dotada de un perfil que azuza la tierra,

Te veo desaparecer.

 

La yerba desnuda sobre tus labios y el resplandor del sílex

Inventan tu última sonrisa,

 

Ciencia profunda donde se calcina el viejo bestiario cerebral.

 

 

XVI

¡Morada de un fuego sombrío donde convergen nuestros pasos! Sobre esas bóvedas

Te veo resplandecer, Douve inmóvil, cogida en la red vertical de la muerte.

 

Douve genial, revirad: cuando al paso de los astros del espacio

Fúnebre, ella accede lentamente a los niveles inferiores.

 

 

XVII

El barranco ya traspasa tu boca,

Los cinco dedos ya se dispersan en riesgos del bosque,

La primigenia cabeza ya entra hundida entre las hierbas,

La garganta ya se disfraza de nieve y de fiera,

Los ojos ya ventean sobre aquellos pasajeros de la muerte y somos nosotros en ese viento y en esas aguas en el frío.

 

 

 

XVIII

Presencia exacta que ninguna flama hasta ahora había sabido domar ;

Emisario del secreto frío; vívido, de esa sangre que renace y se intensifica a donde se desgarra el poema,

 

Era necesario que tú así parecieras en los sordos límites, y de un sitio fúnebre donde tu luz atenúa, que sufras la prueba.

 

Oh, más bella y la muerte infunde en tu sonrisa, ¡Me atrevo ahora a encontrarte,

Sostengo el brillo de tus gestos.

 

 

XIX

El primer día de frío nuestra cabeza se escapa

Como un prisionero huye en el ozono mayor,

Pero Douve en un instante esta flecha retumba

Y destruye en la tierra las palmas de su cabeza.

 

Así habíamos creído reencarnar nuestros gestos,

Pero negada la cabeza bebemos de aguas heladas,

Y los lazos mortecinos se pavoneen de tu sonrisa,

Hendidura intentada en la profundidad del mundo.

 

 

© Herederos de Yves Bonnefoy.

© Omar Rubio, de la versión al castellano.

 

Théatre

I

Je te voyais courir sur des terrasses, / Je te voyais lutter contre le vent, / Le froid saignait sur tes lèvres. // Et je t’ai vue te rompre et jouir d’être morte ô plus belle / Que la foudre, quand elle tache les vitres blanches de ton sang.

II

L’été vieillissant te gerçait d’un plaisir monotone, nous méprisions l’ivresse imparfaite de vivre, // « Plutôt le lierre, disais-tu, l’attachement du lierre aux pierresde sa nuit : présence sans issue, visage sans racine. / « Dernière vitre heureuse que l’ongle solaire déchire, plutôt dans la montagne ce village où mourir. // « Plutôt ce vent… »

III

Il s’agissait d’un vent plus fort que nos mémoires, / Stupeur des robes et cris des rocs – et tu passais devant ces flammes / La tête quadrillée les mains fendues et toute / En quête de la mort sur les tambours exultants de tes gestes. // C’était le jour de tes seins / Et tu régnais enfin absente de ma tête.

IV

Je me réveille, il pleut. Le vent te pénètre, Douve, lande résineuse / endormie près de moi. Je suis sur une terrasse, dans un trou de la mort. / De grands chiens de feuillage tremblent. // Le bras que tu soulèves, soudain, sur une porte, m’illumine à travers / les âges. Village de braise, à chaque instant je te vois naître, Douve. // A chaque instant mourir.

V

Le bras que l’on  soulève et le bras que l’on tourne / Ne sont d’un même instant que pour nos lourdes têtes, / Mais rejetés ces draps de verdure et de boue / Il ne reste qu’un feu du royaume de mort. // La jambe démeublée où le grand vent pénètre / Poussant devant lui des têtes de pluie / Ne vous éclairera qu’au seuil de ce royaume, / Gestes de Douve, gestes déjà plus lents, gestes noirs. / Quelle pâleur te frappe, rivière souterraine, quelle artère / en toi se rompt, où l’écho retentit de ta chute ? // Ce bras que tu soulèves soudain s’ouvre, s’enflamme. Ton / visage recule. Quelle brume croissante m’arrache ton renard ? / Lente falaise d’ombre, frontière de la mort. // Des bras muets t’accueillent, arbres d’une autre rive.

VII

Blessée confuse dans les feuilles, / Mais prise par le sang de pistes qui se perdent, / Complice encor du vivre. // Je t’ai vu ensablée au terme de ta lutte / Hésiter aux confins du silence et de l’eau, / Et la bouche souillée des dernières étoiles / Rompre d’un cri l’horreur de veiller dans la nuit. // O dressant dans l’air dur soudain comme une roche / Un beau geste de houille.

VIII

La musique saugrenue commence dans les mains, dans les / genoux, puis c’est la tête qui craque, la musique s’affirme sous / les lèvres, sa certitude pénètre le versant souterrain du visage. // A présent se disloquent les menuiseries faciales. A présent / l’on procède à l’arrachement de la vue.

IX

Blanche sous un plafond d’insectes, mal éclairée, de profil / Et ta robe tâchée du venin des lampes, / Je te découvre étendue, / Ta bouche plus haute qu’un fleuve se brisant au loin sur la terre. // Être défait que l’être invincible rassemble, / Présence ressaisie dans la torche du froid, / O guetteuse toujours je te découvre morte, / Douve disant Phénix je veille dans ce froid.

X

Je vois Douve étendue. Au plus haut de l’espace charnel je l’entends / bruire. / Les princes-noirs hâtent leurs mandibules à travers cet espace / où les mains de / Douve se développent, os défaits de leur chair se muant / en toile grise que l’araignée massive éclaire.

XI

Couverte de l’humus silencieux du monde, / Parcourue des rayons d’une araignée vivante, / Déjà soumise au devenir du sable / Et tout écartelée secrète connaissance. // Parée pour une fête dans le vide / Et les dents découvertes comme pour l’amour, // Fontaine de ma mort présente insoutenable.

XII

Je vois Douve étendue. Dans la ville écarlate de l’air, où combattent les branches sur son visage, où des racines trouvent leur chemin dans son corps – elle rayonne une joie stridente d’insectes, une musique / affreuse. // Au pas noir de la terre, Douve ravagée, exultante , rejoint la lampe / Noueuse des plateaux.

XIII

Ton visage ce soir éclairé par la terre, / Mais je vois tes yeux se corrompre / Et le mot visage n’a plus de sens. // La mer intérieure éclairée d’aigles tournants, // Ceci est une image. / Je te détiens froide à une profondeur où les images ne prennent plus.

XIV

Je vois Douve étendue. Dans une pièce blanche, les yeux cernées de plâtre, bouche vertigineuse et les mains condamnées à l’herbe luxuriante / qui l’envahir de toutes parts. // La porte s’ouvre. Un orchestre s’avance. Et des yeux à facette, dês thorax pelucheux, des têtes froides à becs, à mandibules, l’inondent.

XV

O douée d’un profil où s’acharne la terre, / Je te vois disparaître. // L’herbe nue sur tes lèvres et l’éclat du silex / Inventent ton dernier sourire, // Science profonde où se calcine / Le vieux bestiaire cérébral.

XVI

Demeure d’un feu sombre où convergent nos pentes ! Sous ces voûtes / je te vois luire, Douve immobile, prise dans le filet vertical de la mort. / Douve géniale, renversée : quand au pas des soleils dans l’espace / Funèbre, elle accède lentement aux étages inférieurs.

XVII

Le ravin pénètre dans la bouche maintenant, / Les cinq doigts se dispersent en hasards de forêt maintenant, / La tête première coule entre les herbes maintenant, / La gorge se farde de neige et de loups maintenant, / Les yeux ventent sur quels passagers de la mort et c’est nous / dans ce vent dans cette eau dans ce froid maintenant.

XVIII

Présence exacte qu’aucune flamme désormais ne saurait restreindre ; / convoyeuse du froid secret ; vivante, de ce sang qui renaît et s’accroit / où se déchire le poème, // Il fallait qu’ainsi tu parusses aux limites sourdes, et d’un site funèbre / où ta lumière empire, que tu subisses l’épreuve. // O plus belle et la mort infuse dans ton rire ! J’ose à présent te rencontrer, je soutiens l’éclat de tes gestes.

XIX

Au premier jour du froid notre tête s’évade / Comme un prisonnier fuit dans l’ozone majeur, / Mais Douve d’un instant cette flèche retombe / At brise sur le sol les palmes de sa tête. // Ainsi avions-nous cru réincarner nos gestes, / Mais la tête niée nous buvons une eau froide, / Et des liasses de mort pavoisent ton sourire, / Ouverture tentée dans l’épaisseur du monde.

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2 comentarios

  1. Muchas gracias. Inolvidable experiencia la lectura de esta hermosa composición.

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