Archibald MacLeish. CONQUISTADOR [fragmento]

archibald-macleish

(Glencoe, 1892 – Boston, 1982)

 

Prefacio de Bernal Díaz a su libro

 

“Aquello que yo mismo he visto y los combates”…

Soy un hombre ignorante: y este sacerdote este

Gómara con su escrito, basura aprendida en la academia

 

Los latines pomposos los festines apropiados

Los grandes nombres la decoración imperial

Las hermosas batallas y los valientes muertos

 

Las marchas triunfales los salvajes pueblos indios

Las conquistas sitios incursiones guerras campañas

(y un ojo siempre en los relatos actuales)

 

Él con su famosa historia de Nueva España—

Este sacerdote es un entendido: no un ignorante:

Y yo pobre: sin oro: sin valor:

 

Mis tierras desiertas en Guatemala, mi higuera

Los filosos arbustos: las espinas de mis uvas: mis hijos

ya crecidos: barbudos: el mayor

 

Rompiéndose la cintura en los prostíbulos

Y una joven por casar y todos ellos gruñendo en casa

Con la mirada india en sus ojos como si asesinaran un gato:

 

Y este profesor Francisco López de Gómara

Sin hijos; sin pobreza: y yo un viejo: más de ochenta:

Agotado por las noches sin dormir: bisoño en el arte

 

De combinar bellas palabras para construir una historia:

Y él es un hombre joven: de prestigio: iluminado

Por el buen dormir: hábil en los trazos del lápiz—

 

Soy un ignorante un viejo enfermo: ciego

Con la sombra de la muerte sobre mi cara y sólo mis manos me guían:

y él no es ignorante: no está enfermo—

 

¡Pero

Yo peleé esas batallas! ¡Aquellas fueron mis hazañas!

Esos nombres que escribe citándolos como lo haría un estudioso

Nombres en Heródoto —muertos y sus guerras para leer—

 

Esos fueron mis amigos: aquellos muertos mis compañeros:

Yo: Bernal Diaz: llamado Del Castillo:

Bautizado en mis primeros combates El Galán:

 

Estoy aquí al final del día con la sensación

De la oscuridad que se avecina: trasladando mi silla:

Pensando demasiado cómo las palomas girarían

 

Al atardecer durante mi juventud y en el aire extraño:

Pensando demasiado en mi viejo pueblo de Medina

Y en el polvo de España y el olor de una verdadera lluvia:

 

Yo: pobre: ciego por el sol: contemplé

Con estos ojos esos combates: vi a Moctezuma:

Vislumbré a los ejércitos de México en marcha:

 

El viento recargado en sus ropajes: los rostros pintados: las plumas

Flotando en el aire iluminado: vi la ciudad:

Caminé de noche sobre esas piedras: en los sombríos cuartos

 

Escuché el tintineo de mis talones y a los murciélagos chillar:

Yo: pobre como soy: fui joven en ese país:

Esas palabras fueron mi vida: esas letras transcritas

 

Fríamente sobre el papel con la tinta dividida y el impulso

De tercos pulgares: esas huellas en mis dedos:

Esas letras dan forma a mi vida…

 

¡Y cacé

En el oeste pájaros desconocidos de hermosas alas!

 

Los ancianos deberían morir con el paso del tiempo:

Pues lo triste no es la muerte: lo triste

 

Es la derrota para la vida cuando los vivientes mueren:

Todo aquello que fue delicioso al paladar: desvaneciéndose:

El canto y las marchas bajo el sol: las tierras lluviosas:

 

Los fugaces amores: el sueño: los despertares: el soplido

De los vientos: todo aquello que conocimos:

Todo ello finalmente arrastrado tal como

 

El agua se lleva las hojas río abajo: y los pocos—

Tres o cuatro de nosotros que lo recuerdan—

Muertos: y ese tiempo se detuvo como una vieja melodía:

 

¡Y los jóvenes y brillantes maestros con el amargo tiple

Lo entienden todo como si fuera un juego antiguo!

Y el mohín del arte en sus labios como la pepa de un limón—

 

“Ese aburrido veterano celoso de su fama”

¿Qué es de mi fama o de la fama de aquellos mis compañeros?

Sus tumbas son los estómagos de los indios: suyos son los vergonzosos

 

sepulcros en la tierra salvaje: en el polvo impío:

Nadie sabe donde descansan sus huesos: y muy pronto

Extranjeros cavarán para mí una tumba en el suelo rocoso:

 

Aún mis hijos tienen una oscura extrañeza en ellos:

Perros indios ladrarán en mi tumba al atardecer:

¿Qué es de mi fama? Pero en aquellos días: el resplandor

 

Del sol: el viento: el paso

De la luna sobre noches vertiginosas: el aguanieve

En el pasto seco, el olor del polvo en que dormíamos—

 

Esas cosas eran reales: esos soles nos entibiaron:

Era salmuera en la boca: la más amarga espuma:

Tierra: agua para beber: pan para ser comido—

 

No el sonido de una palabra como en el escrito de Gómara:

No el pasado: un año: el nombre

De una batalla perdida –“el Emperador Carlos volvió a casa

 

Ese año: y ese fue el año, el mismo

Que pelearon en Flandes y que el Duque fue colgado”—

Las fechas del imperio: ¡el cráneo seco de la fama!

 

Nada sino nuestras vidas: los días de nuestras vidas: éramos jóvenes entonces:

El poderoso sol se alzaba entre árboles densos:

Bebíamos en las fuentes: las correas de nuestras espadas descolgadas:

 

Vimos la ciudad levantada sobre el azul de un mar interior,

Con torres entremedio: y Moctezuma coronado de verde

Caminaba entre jardines de sombra: y zigzagueantes abejas:

 

Y las jóvenes portaban sobre sus negros cabellos las cestas tejidas

De flores: sus senos libres: y los cazadores

Cargaban en sus hombros garzas con sus plumas erizadas:

 

Fuimos los primeros en hallar esa hermosa ciudad:

Marchamos tras el nombre de un rey: cruzamos las Sierras:

Enfrentamos adversidades desconocidas: hambre:

 

La muerte por cuchillo de piedra: sed: anduvimos

en las corrientes amargas: hasta que llegamos a esas aguas:

Empinadas eran las torres en el aire revuelto:

 

Fuimos señores de todo aquello…

Pero el tiempo nos ha dado un escarmiento:

La muerte ha subyugado a la mayoría: penas y dolores,

Enfermedades y días terribles llenan nuestras vidas:

 

Ahora incluso nuestra juventud nos ha sido arrebatada:

Ahora nuestras hazañas son palabras: nuestras vidas crónicas:

Después nadie se acordará de la noche lluviosa:

 

¡Cómo puede un hombre enfrentar la voluntad de Dios

Y los días y el silencio!

En el mundo anterior a nosotros,

Ni en Cuba ni en las islas de más allá—

 

Ni Fonseca mismo, esa puta perezosa—

Ni el Consejo la Audiencia ni aún los indios—

Sabían de la tierra en el oeste: ellos rodearon la Florida,

 

Recorrieron las islas con el soplo de los desnudos vientos del polo:

Alcanzaron la Vieja Tierra y las costas interiores:

Vieron el sol hundirse en la entrada del golfo:

 

Nadie había navegado hacia el oeste y retornado hasta Córdova:

Yo iba en ese navío: Alvarez lo pilotaba:

Confiando en la suerte: guiándose por el ocaso delante suyo:

 

Buscando después de 3 semanas tierra

Pero no hubo avistamiento en ese océano:

Los indios limpios: usando delicadas fajas:

 

Cabo Catoche lo llamamos, “cones catoche”—

Entonces los sentimos gritarnos sobre la crecida del océano:

Muchos ídolos tenían en devoción,

 

Algunos de mujeres, otros acoplados en sodomía:

Seguimos navegando: llegamos a Campeche:

Ahí junto al dulce pozo ellos encendían el fuego con madera:

 

Palabras como Castilán se escucharon en su discurso:

Nos advirtieron mediante señas irnos antes que los leños se quemaran:

Así que retrocedimos hacia las suaves playas:

 

Sus botes nos seguían de cerca: partimos:

Después sopló un norte con fina neblina:

Avanzamos hacia Potonchán a través del hervidero de los estrechos:

 

Ahí nos atacaron cruzando el verde de los campos de maíz:

Tres veces me flecharon y cincuenta de los nuestros murieron

Y todos fuimos heridos y dos capturados enloquecidos

 

por el dolor, y corrió viento y el polvo se alzó,

Y la sed agrietó nuestras lenguas y delante nuestro

El océano corrompió los pozos donde el río corre:

 

Y dimos la vuelta y el viento nos condujo a Florida:

Ahí en la tierra descubierta en las marchitas literas—

Al lado del océano nos encontramos con indios que amenazaban con guerra:

 

Así que regresamos medio muertos a las islas:

Y Córdova murió: y le escribimos a Velásquez—

Diego el Gobernador— redactamos una carta: y dijimos—

 

“Excelencia: hay tierras en el oeste: el paso

Es limpio para la navegación: están cubiertas las vergüenzas de los hombres:

Las casas son de albañilería: tienen oro: las cestas

 

Son pintadas con hierbas: las mujeres son castas en el amor”—

Y mucho de ese tipo que no recuerdo:

Y Velásquez tomó el crédito por ese descubrimiento:

 

Y a nosotros nos quedaron sólo nuestras heridas: y teníamos suficiente de ellas:

Y Fonseca Obispo de Burgos (porque así era llamado)

Presidente del Consejo: escribió al Emperador

 

Contándole las maravillosas noticias de un solo golpe:

Y ni una palabra de nuestras hazañas o nuestros dolores o nuestros combates:

Y Carlos se fue: y la pobre reina Juana encerrada

 

En Tordesillas haciendo sonar la matraca:

Y Barbarroja lamiéndose el mentón en Argel:

Suficientes problemas había en España con todo eso

 

El Cardenal agonizando y Sicilia en todos los oídos—

Suficientes problemas sin ahora tener estas nuevas tierras por conquistar

estos desnudos indios prisioneros ovejas salvajes esquiladas:

 

Y los que regresamos de los países del oeste—

No podíamos yacer en nuestros pueblos recordando el sonido del mar:

No teníamos descanso en nuestros pensamientos: éramos jóvenes entonces:

 

Mirábamos hacia el oeste: recordábamos los árboles extraños

Elevados en las riberas de ríos desconocidos

Y las nubes como colinas en al aire que nuestros ojos habían visto:

 

Y Grijalva fue el próximo en navegar y nosotros que estábamos vivos—

Nosotros que teníamos equipo para nuestra carne y oro por encontrar

Y una vieja lanza en el establo con el mango astillado—

 

Nos embarcamos y navegamos con la primera ola:

Y peleamos en Potonchán durante ese viaje: recuerdo

Las langostas cubriendo la tierra como un falso brillo en ella:

 

Huían haciendo un sonido estridente como el de las flechas:

A veces confundíamos el zumbido de los dardos con el de las langostas:

A veces cubríamos nuestras bocas con los escudos al oírlas venir:

 

Recuerdo que nuestros combates fueron perjudicados por las langostas:

Y ese viaje que hicimos al río Tabasco:

Vimos las trampas y aún así entramos y el humo

 

Del océano sobre la barra: y llenamos los barriles ahí:

Fue la primera vez que escuchamos de esa tierra lejana—

“Colúa” decían “México” –nosotros que habíamos pedido

 

Oro en aquella costa ese atardecer sobre las arenas:

“Colúa” decían: apuntando hacia el ocaso:

Hicieron un signo con manos solemnes:

 

Después: norte: en el océano: y los barcos navegando

Vimos la empinada montaña de nieve en el cielo:

La contemplamos como si fuéramos hombres despertando de un sueño asombroso:

 

Y ese viaje fue que regresamos a la Isla:

Bien recuerdo la costa y el sonido de ese lugar

Y el olor a humo sobre las dunas y el viento agonizando:

 

Bien recuerdo los muros y el espeso olor

De la sangre recién derramada en el aire: muchos

Vieron a los sacerdotes con sus pequeños y arrogantes rostros:

 

Vieron los pechos de los niños muertos y a los ídolos adornados

Con los secos despojos de corazones como cáscaras de cigarras

Y sus ojos humanos y sus lenguas pintadas

 

Y suplicaron a la Sagrada Madre de Dios:

Y algunos de los que estuvieron ahí fueron perforados en la piedra:

Y los cuerpos de algunos devorados por bestias salvajes:

 

Ninguno de nosotros en sus corazones sospechaba

El mal por venir pues habría abandonado la tierra entonces:

Pero los destinos de los hombres están velados y no se muestran:

 

Sólo más tarde en la vejez cuando el tiempo se acaba

La tierra retrocede y el camino aparece:

Y al día siguiente navegamos y el océano se volvió contra nosotros

 

Y nuestro pan estaba sucio de gorgojo y era escaso,

Y comenzaron las lluvias y las judías apestaban en las cacerolas,

Y nosotros soldados estábamos hartos de las cosas del mar:

 

Así que regresamos de ese viaje por la gracia de Dios:

Y no se hablo de nada más en Cuba:

Y gentilhombres vendieron sus granjas para ir a los descubrimientos:

 

Y nosotros que habíamos peleado en los pantanos sin comida—

Nos sentamos en la plaza bajo las palmeras en el verde crepúsculo

Con delicadas muchachas sobre nuestras rodillas y la noche para perder:

 

Nosotros que habíamos peleado en esas tierras…

 

Y el elocuente Gómara:

Los profesores con sus plumas: las educadas lenguas de la fama:

Qué escribieron sobre nosotros: pobres soldados:

 

Aquellos que fuimos heridos casi siempre sin paga:

Aquellos que morimos y fuimos arrojados fríos dentro de sacos de pan:

El estómago descubierto: las aves sobre nosotros: flotando por días:

 

Y nadie recuerda quién era el que murió allí

Ya fuera de Burgos o Yuste o Villalár:

¿Dónde escribieron nuestros nombres? ¿Qué dijeron de nosotros?

 

Ellos bautizan a las ciudades en honor a reyes que no tienen cicatrices:

Ellas fijan los nombres de los grandes en el tiempo—

Los obispos los ricos generales gallos en armas:

 

Esos con el vidrio frío en sus ojos y los finos modales:

Los nacidos líderes de hombres: las voces resonantes:

Les dan las tierras por tumbas: la llaman América

 

(¿Y quién ha escuchado de Vespucio en esta tierra

o abajo por el lado de sotavento o hacia la Habana?)

Y nosotros que peleamos aquí: que con gran dificultad

 

Cubrimos las poderosas ciudades de esta tierra—

¿Qué somos? ¿Cuando vendrá nuestra fama?

Un viejo de pueblo en la colina

un puñado

 

De polvo bajo la hierba seca de Otumba

 

Nombres desconocidos

 

manos que se desvanecieron

rostros

 

Muchos perdidos del día

 

incontables

 

Vidas olvidadas

 

hazañas honradas en extraños

 

“Aquello que yo mismo he visto y los combates”…

 

 

 

© Manuel Illanés, de la versión al castellano

© Herederos de Archibald MacLeish

 

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2 comentarios

  1. Extraordinario, deslumbrante texto. Siempre repasaré sus palabras…

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