El cliente y el azafrán de primavera. Virginia Woolf

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(Londres, 1882 – Lewes, 1941)

A los hombres y mujeres jóvenes que se inician en la escritura se les suele dar el verosímil, aunque del todo imposible de llevar a cabo, consejo de escribir tan brevemente como sea posible, tan llanamente como sea posible y sin otro pensamiento en sus mentes que no sea el de decir con exactitud qué hay en ellas. Nadie añade nunca en estas ocasiones lo único que resulta útil: “Y asegúrate de que sabes escoger al cliente”, aunque esto es lo esencial en este asunto. En efecto, un libro siempre se escribe pensando en alguien, y puesto que el cliente no es simplemente la persona que paga, sino también, de una forma muy sutil e insidiosa, el instigador y la fuente de inspiración de lo que está escrito, es de suma importancia que sea un hombre deseable.

Ahora bien, ¿quién es, entonces, el hombre deseable, el cliente que se apropiará de lo mejor del cerebro del escritor y dará a luz la más variada y vigorosa progenie de que es capaz? Diferentes épocas han respondido a la pregunta de distintas formas. Los isabelinos, por así decirlo, elegirían a la aristocracia a quien iban dirigidas las obras y al público asistente del teatro. El cliente del siglo XVIII era una combinación de persona ingeniosa de cafetería y librero de Grub Street. En el siglo XIX los grandes escritores escribían para las revistas de media corona y las clases acomodadas. Y si miramos atrás y aprobamos los magnñificos resultados de estas alianzas distintas, todo parece envidiablemente sencillo, y más claro que el agua por comparación con nuestro propio apuro: ¿para quién deberíamos escribir? Porque el repertorio actual de clientes es de una variedad sin  precedente y desconcertante. Tenemos la prensa diaria, la prensa semanal, la prensa mensual; el público inglés y el público americano; el público de los superventas y el público de los menos vendidos; el público intelectual y el público fervoroso; todas las entidades con conciencia de la propia identidad ahora organizadas que son capaces, a través de sus diversos portavoces, de hacer saber sus nececidades y de hacer saber sentir su aprobación o desagrado. De este modo, el escritor que se ha emocionado al ver los primeros azafranes de primavera en Kensignton Gardens debe, antes de ponerse a escribir, escoger de entre una multitud de participantes al cliente concreto que más le conviene. Es inútil decir: “Descártalos a todos. Piensa tan solo en tu azafrán de primavera”, porque escribir es un método de comunicación, y el azafrán de primavera es un azafrán de primavera imperfecto hasta que ha sido compartido. El primer hombre o el último puede que escriba solo para él mismo, pero él es una excepción y nada envidiable en este sentido, y los necios son bienvenidos a sus obras si los necios son capaces de leerlas.

Suponiendo, entonces, que todo escritor tiene a un públicou a otro en el extremo de su pluma, los altruistas dirán que debería ser un público dócil, que acepte con obediencia todo lo que desee darle. Aunque la teoría es verosímil, no está exenta de grandes riesgos. En efecto, en este caso el escritor permanece consciente de su público, pero es superior a él —una combinación violenta y desafortunada, como las obras de Samuel Butler, George Meredith y Henry James podrían demostrar. Cada uno de ellos despreicó profundamente al público; cada uno deseó a un público; ninguno de ellos logró conquistar a un público, y cada uno descargó su fracaso en el público mediante una sucesión, que poco a poco aumenta en intensidad, de angulosidades, oscuridades y afectaciones que ningún escritor cuyo cliente fuera su igual y amigo habría considerado necesario inflingir. Sus azafranes de primavera, en consecuencia, son plantas atormentadas, preciosas y llenas de vida, pero con algo que recuerda a la tortícolis en ellas, deforme, marchitado por un lado y demasiado abierto por el otro. Un poco de sol els habría ido de maravilla. ¿Nos precipitamos, pues, hacia el lado opuesto y aceptamos (aunque sea tan solo una fantasía) las propuestas halagüeñas que los directores del Times y del Daily News cabe suponer que nos harán: “Veinte libras en efectivo por tu azafrán de primavera en exactamente mil quinientas palabras, que florecerá encima de todas las mesas del desayuno desde John o’Groats hasta Land’s End mañana antes de las nueve de la mañana acompañado del nombre del escritor”?

No obstante, ¿será suficiente un solo azafrán de primavera, y no debe ser de un amarillo muy reluciente para que brille hasta tan lejos, para que valga tanto y para que vaya acompañado del nombre de uno? La prensa es, sin duda, un gran multiplicador de azafranes de primavera. Pero si miramos algunas de estas plantas, comprobaremos que no son más que parientes lejanos de las originales florecitas amarillas o violetas que cada año a principios de marzo brotan en el césped de Kensington Gardens. El azafrán de primavera  del periódico es una planta asombrosa, aunque muy distinta. Llena con precisión el espacio que se le asigna. Irradia un brillo dorado. Es jovial, afable, afectuoso. Está precisamente acabada, también, para que nadie piense que el arte de “nuestros críticos sensacionales” del Times o del señor Lynde del Daily News es sencillo. No es una proeza desdeñable el hecho de que un millón de cerebros se pongan en marcha a las nueve en punto de la mañana para dar a dos millones de ojos algo que resulte brillante, fresco y divertido para la vista. A pesar de todo, llega la noche y estas flores se apagan. Del mismo modo que los pequeños trozos de cristal pierden su lustre si los llevamos al mar, célebres divas aúllan como hienas si las encerramos en cabinas telefónicas, y el más brillante de los artículos, al ser apartado de su elemento, es polvo y arena y briznas de paja. El periodismo embalsamado en un libro es ilegible.

El cliente que queremos, pues, es uno que nos ayude a impedir que nuestras flores se descompongan. Ahora bien, dado que sus cualidades cambian de una época a otra, y se precisa una integridad y convicción considerables para no quedar deslumbrado por las pretensiones o caer en la trampa de las opiniones de la multitud rival, este asunto de encontrar al cliente es una forma de poner a prueba y medir la autoría. Saber para quién se escribe es saber cómo se debe escribir. Algunas de las características del cliente moderno están, de todos modos, bastante claras. El escritor exigirá en este momento, es obvio, a un cliente que tenga por costumbre leer y no a uno que sea aficionado al teatro. Hoy en día, asimismo, debe estar instruido en la literatura de otros tiempos y géneros. Sin embargo, existen otras características que le exigen nustras debilidades e inclinaciones particulares. Está la cuestión de la indecencia, por ejemplo, que nos asedia y nos desconcierta mucho más que los isabelinos. El cliente del siglo XX no debe ser impresionable. Debe distinguir de forma infalible entrte el pequeño terrón de estiércol que permanece pegado al azafrán de primavera por necesidad y a ese que está enyesado a él para alardear. Debe ser un juez, también, de aquellas influencias sociales que de modo inevitable juegan un papel muy destacado en la literatura moderna, y ser capaz de decir cuál madura y fortalece, y cuál inhibe y hace estéril. Además, existen sentimientos sobre los que debe pronunciarse, y si hay algo en lo que puede ser de máxima utilidad es en ayudar a un escritor a combatir el sentimentalismo, por un lado, y el temor cobarde de expresar sus sentimientos, por el otro. Es peor, argumentará, y quizás más habitual, tener miedo de sentir que sentir demasiado. Añadirá, quizá, algo sobre la lengua, y señalará cuántas palabras Shakespeare utilizó y cuánta gramática Shakespeare violó, en tanto que nosotros, aunque mantenemos los dedos con mucho recato sobre las notas negras del piano, no hemos mejorado de forma perceptible Antonio y Cleopatra. Y si puedes olvidarte de tu sexo por completo, dirá él, tanto mejor; un escritor no tiene. Pero todo esto es, por cierto, básico y discutible. La principal característica del cliente es algo distinta, que tan solo se puede expresar quizás mediante el uso de esa oportuna palabra que encubre tanto, ambiente. Es necesario que el cliente proteja y envuelva el azafrán de primavera en un ambiente que lo presente como una planta de suma importancia, a fin de simular que es la única atrocidad que no se perdonaría en vida. Debe hacernos sentir que un solo azafrán de primavera, si fuera un azafrán de primavera  de verdad, le basta; que no desea que le den clase, lo asciendan o lo instruyan, y tampoco mejorar; que se arrepiente de haber instigado a Carlyle a vociferar, a Tennyson a ser idílico, y a Ruskin a caer en la demencia; que ahora está dispuesto a pasar inadvertido o a hacerse valer como exigen sus escritores; que lo une a ellos más que un vínculo maternal; que son gemelos: de hecho, uno muere si el otro muere, uno florece si el otro florece; que el destino de la literatura depende de su feliz alianza, todo lo cual demuestra, como dijimos al principio, que la elección de un cliente reviste la mayor importancia. Pero ¿cómo saber elegir? ¿Cómo escribir bien? Estas son las cuestiones.

 

 

 

© Herederos de Virginia Woolf

© Llüisa Moreno Llort, de la traducción

Tomado de La muerte de la polilla. Madrid. Capitán Swing Libros. 2010.

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