Joseph Sheridan Le Fanu. Carmilla [fragmento]

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“Conocerá usted, sin duda, esa aterradora superstición extendida por Estiria Superior e Inferior, Moravia, Silesia, la Serbia turca, Polonia e incluso Rusia: la superstición, así debemos llamarla, del vampiro”.

Una extrañísima angustia

.

Cuando entramos en el salón y nos sentamos a tomar nuestro café y chocolate, aunque Carmilla no tomó nada, parecía estar totalmente recobrada, y Madame y Madmoiselle de Lafontaine se unieron a nosotras y jugamos una partidita de naipes en el curso de la cual papá vino a por lo que él llamaba su “taza de té”.

Cuando hubo terminado el juego, se sentó junto a Carmilla en el sofá, y le preguntó con cierta inquietud si desde su llegada había tenido alguna noticia de su madre. Ella dijo:

—No.

Le preguntó, entonces, si sabía adónde podría mandarle una carta.

—No sabría decirlo —respondió ella, ambiguamente—, pero he estado pensando en dejarles; han sido ya demasiado hospitalarios y amables conmigo. Les he causado innumerables molestias, así que quisiera tomar un coche mañana y enlazar con la diligencia para ir en su busca; sé dónde la puedo encontrar en última instancia, aunque no me atrevo a decírselo.

—Ni sueñe siquiera cosa semejante —exclamó mi padre, con gran alivio por mi parte—. No podemos permitirnos el perderla de este modo y no consentiré que nos abandone, a menos que sea bajo el cuidado de su madre, que tuvo la bondad de consentir en que usted se quedara con nosotros hasta que ella volviera. Me sentiría realmente feliz si supiera que usted tiene noticias suyas; pero, esta noche, lo que se dice de los progresos de la misteriosa enfermedad que ha invadido los alrederores es aún más alarmante; y, mi hermosa huésped, la responsabilidad, sin contar con la opinión de su madre, me pesa mucho. Pero haré lo que pueda; y una cosa es segura: no debe pasársele por la imaginación dejarnos sin una precisa indicación de su madre a tal efecto. Sufriríamos demasiado separándonos de usted para que consintamos en ello tan fácilmente.

—Mil gracias, caballero, por su hospitalidad —respondió ella, sonriendo con rubor—. Han sido todos demasiado amables conmigo; pocas veces en mi vida he sido tan feliz como en su hermoso château, bajo su cuidado y con el trato de su querida hija.

A esto él, galantemente, con sus anticuadas maneras, le besó la mano sonriendo, complacido con aquellas palabras.

Acompañé a Carmilla a su habitación, como de costumbre y me senté a charlar con ella mientras se preparaba para acostarse.

—¿Piensas —le dije finalmente— que siempre confiarás plenamente en mí?

Se volvió en redondo, sonriendo, pero no respondió. Tan solo siguió sonriéndome.

—¿No me vas a responder? —dije—. Eso es porque no puedes darme una respuesta agradable; no debería habértelo preguntado.

—Haces muy bien en preguntarme eso, o cualquier otra cosa. No sabes hasta que punto te quiero, ni puedes imaginar una confianza mayor. Pero estoy atada por unos votos; ninguna monja los ha hecho la mitad de terribles. Y todavía no me atrevo a contar mi historia, ni siquiera a ti. Se acerca ya el momento en que habrás de saberlo todo. Me creerás cruel y muy egoísta, pero el amor es siempre egoísta; cuanto más apasionado, más egoísta. No sabes lo celosa que estoy. Debes venir conmigo, y amarme, hasta la muerte u odiarme, pero seguir conmigo, y odiarme a través de la muerte y después de ella. No existe la palabra indiferencia en mi apática naturaleza.

—Otra vez vas a empezar a hablar de ese modo absurdo, Carmilla —me apresuré a interrumpirla.

—No voy a hacerlo, aun siendo tan tonta como soy y estando llena de caprichos y fantasías; por amor a ti hablaré como una sabia. ¿Has estado en algún baile?

—No. Cuéntamelo. ¿Cómo son? Debe de ser realmente maravilloso.

—Casi lo he olvidado; hace tantos años…

Me reí.

—No eres tan vieja. No puedes haber olvidado tu primer baile.

—Lo recuerdo todo… si hago un esfuerzo. Puedo verlo todo igual que los buzos ven lo que tienen arriba, a través de un medio denso, ondulante, pero transparente. Esa noche ocurrió una cosa que emborronó la imagen y difuminó sus colores. Casi me asesinan en mi cama; me hirieron aquí —se llevó la mano al pecho— y ya no he vuelto a ser la misma.

—¿Estuviste a punto de morir?

—Sí, muy cerca de morir… De un amor cruel… Un amor extraño que estuvo a punto de arrebatarme la vida. El amor ha de tener sus sacrificios. No hay sacrificio sin sangre. Ahora vayámonos a dormir. Me siento tan fatigada… No puedo levantarme ni para cerrar la puerta con llave.

Estaba tendida, con sus pequeñas manos hundidas en su abundante y ondulada cabellera que enmarcaba sus mejillas, y su cabecita sobre la almohada. Sus ojos brillantes seguían todos mis movimientos, acompañados de una especie de sonrisa tímida que yo no alcanzaba a descifrar.

Le di las buenas noches y me deslicé fuera de la habitación con una sensación incómoda.

A menudo me pregunté si nuestra bonita huésped rezaba sus oraciones. Desde luego, yo no la había visto nunca de rodillas. Por la mañana, nunca bajaba hasta mucho después de que hubieran terminado nuestras plegarias familiares, y por la noche jamás abandonaba el salón para asistir a nuestros breves rezos vespertinos en la sala.

De no haber salido casualmente en una de nuestras charlas despreocupadas el que la habían bautizado, habría tenido mis dudas de que fuera cristiana. La religión era un tema sobre el que nunca le había oído decir una sola palabra. Si yo entonces hubiera conocido mejor el mundo, esa particular dejadez o antipatía no me habría sorprendido tanto.

Las preocupaciones de la gente nerviosa son contagiosas y las personas de temperamento similar acabarán sin duda, al cabo de un tiempo, por imitarlas. Yo había adoptado la costumbre de Carmilla de cerrar con llave el dormitorio, tras meterme en la cabeza todas sus caprichosas inquietudes sobre atacantes nocturnos y asesinos al acecho. Había adoptado también sus precauciones consistentes en efectuar un breve registro por toda la habitación para quedarme tranquila y asegurarme de que en ella no se había “apostado” ningún asesino o ladrón al acecho.

Una vez tomadas tan sabias medidas me metía en la cama y me dormía. En mi habitación había siempre una luz encendida. Era esta una vieja costmbre que databa de mis primeros años y de la que nada  me habría inducido a apartarme.

Fortificada de este modo podía descansar con tranquilidad. Pero los sueños atraviesan los muros de piedra, iluminan las habitaciones oscuras u oscurecen las iluminadas y sus personajes realizan sus entradas y salidas a su placer y se ríen de los cerrajeros.

Aquella noche tuve un sueño que fue el comienzo de una extrañísima angustia.

carmillaNo puedo calificarlo de pesadilla, porque tenía plena conciencia de estar dormida. Pero tenía igualmente conciencia de encontrarme en mi habitación, tendida en mi cama, precisamente tal como realmente estaba. Vi, o imaginé ver, la habitación y su mobiliario exactamente tal como los acababa de ver; solo que había mucha oscuridad, y advertí que algo se movía por el pie de la cama, algo que, en un primer momento, no pude distinguir con precisión. Pero no tardé en percibir que se trataba de un animal negro como el hollín parecido a un gato monstruoso. Me pareció que tendría como cuatro cinco pies de largo, ya que medía tanto como la alfombra junto al hogar cuando pasó sobre ella; y continuamente iba y venía con la elástica y siniestra inquietud de un animal enjaulado. Yo no podía gritar, aunque, como podrá suponer, estaba aterrada. Su paso iba haciéndose cada vez más rápido y la habitación cada vez más oscura; finalmente, se volvió tan oscura que ya no pude ver nada en ella, salvo sus ojos. Lo sentí saltar ágilmente sobre la cama. Los dos grandes ojos se acercaron a mi rostro y súbitamente sentí un dolor punzante, como si dos grandes agujas separadas por una pulgada se me clavaran profundamente en el pecho. Me desperté dando un grito. La habitación estaba iluminada por la vela que ardía en ella durante toda la noche y vi una figura femenina erguida al pie de la cama, un poco hacia el lado derecho. Llevaba un vestido oscuro y suelto, y el cabello le caía sobre los hombros, cubriéndolos. Un bloque de piedra no hubiera podido estar más inmóvil. No había en ella el menor signo de respiración. Mientras yo la miraba, la figura pareció cambiar de sitio, encontrándose entonces más cerca de la puerta; luego, cuando estuvo ya junto a ella, la puerta se abrió y aquello salió de la habitación.

Entonces me sentí aliviada y capaz de respirar y de moverme. Mi primera idea fue que Carmilla me había gastado una broma y que yo me había olvidado de cerrar la puerta con llave. Corrí hacia la puerta y me la encontré, como de costumbre, cerrada por dentro. Tenía miedo de abrirla: estaba horrorizada. Me metí en la cama de un salto y me tapé la cabeza con las sábanas, permaneciendo así, más muerta que viva, hasta el amanecer.

 

 

 

© Herederos de Joseph Sheridan Le Fanu

© Emilio Olcina, de la versión al castellano.

Tomado de Carmilla. Madrid. Alianza Editorial. 2016.

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