Luis Miguel Hermoza. PUEBLO JOVEN

foto-lmh

(Trujillo, Perú – 1977)

 

V

Peces de dos cabezas sueltan burbujas

que en la superficie revientan

Niños de una cabeza les lanzan piedras

Es la única forma de cazarlos

a los niños

 

El puente cayó anoche

y ha dejado mi ciudad sumida

en una isla

 

Muchas horas dormimos pero también jugamos

a que podemos caminar sobre el agua

pierde el que se ahoga primero

en otras palabras el que se atreve

 

No hay tormentas

ni lluvia de granizo

 

No hay huracanes

que nos quiten el sueño

 

Recorremos la autopista

hasta la Cueva de Murciélagos

no tienen mucho que contarse pero hablan entre sí

y cuando se asustan apestan

 

Ellos salen de noche pero cada vez

quedan menos horas

 

 

VI

Perros callejeros van

por lo que queda de la calle

 

Sus familias desaparecieron cuando el cielo les cayó encima

otros perros se hicieron cargo de los restos

aves de rapiña de distintos colores

poblaron el cielo como una nube

gatos salvajes

hienas venidas del desierto

niños que buscaban comida

hasta que llegó la noche y con ella el olvido

 

Todos nos hacemos a un lado cuando llegan

si es que no nos escondemos

las veces que a lo lejos vemos el polvo que levantan

 

Entonces oramos a nuestra suerte que nos abandona

para que esta vez

no

lo haga

 

No son guerreros de ejércitos enemigos

Pero como si lo fueran

 

 

*

Podemos doblar barrotes con las manos

romper vidrios con los dientes

 

hacer polvo las rocas con los dedos

mover montañas

 

perforar paredes con el láser rojo de nuestros ojos

mandar de vuelta a casa las olas

 

las lluvias con sus tormentas bajo el brazo

la arena enloquecida con su vorágine en la espalda

 

las cumbres con sus barbas blancas en la maleta

derrumbar acantilados con la energía acumulada de nuestras palmas

 

derribar aves de hierro de un escupitajo

apagar volcanes con la orina

 

desviar tormentas con un soplo

incendiar bosques con un tronar de dedos

 

convertirlos en desiertos y los desiertos llenarlos de agua

secar los ríos

 

secar los lagos

bebernos hasta la última gota de las fuentes

 

eructar el pasado que comienza ahora

hacer vibrar las cuevas

 

hacer huir los animales

hacer caer los frutos verdes de un solo grito

 

hacer el amor cien veces antes de que la noche

caiga

 

ahogar en placenta cada una de nuestras consciencias

apagar los remordimientos como una vela

 

mirar el horizonte saber que es nuestro

porque sí es nuestro n u e s t r o

 

que es lo mismo a MÍO pero

cuando se abre la tierra y nos traga

 

pero cuando se abre la tierra y nos traga

pero cuando se abre la tierra

 

y nos

traga

 

de: Pueblo Joven
(Londres, Trafalgar Square, 2011;
México D.F., Cátedra Miguel Escobar G., 2012)

 

 

IV. en la pantalla de mi ordenador, tres adolescentes se disponen a desnudarse, tienen entre once y trece años y van a una escuela de New Auckland, todo esto lo sé porque he seguido la conversación que entablan con el mundo desde que la casualidad me hizo toparme con ellas, el mundo somos veintisiete individuos, la mayoría, como yo, anónimos y silenciosos, otros sin embargo seres de carne y hueso, adolescentes semidesnudos que además muestran sus caras y que esperan, con su inglés lleno de jerga, alentarlas hasta que nada las cubra, ellas responden al nick xxlovefallingyouxx y yo les creo, morado, el presidente, su mano impecable en alto está jurando por Dios, los seres vivos, los muertos que tuvimos y tendremos, su mentón como una melodía afilada frente a una ventana que da al río, las aguas corren lentas por el río, al final de la tarde el sol se refleja como un ojo de fuego que las entibia, pero es mentira, afuera hace un frío de inicios de primavera y el agua que baja recoge toda la severidad de las cumbres, Morgane toma café o té frente a otra ventana, tiene veintidós años y cuando no está de vacaciones va a la universidad de Aix-en-Provence, todos los jóvenes de la región dejan sus ciudades y pueblos para estudiar en Aix-en-Provence, se aburren, follan, y se vuelven a aburrir, se emborrachan, y ni bien pueden huyen, las chicas a países tropicales donde reposar los senos, los chicos a la gran ciudad que los espera con sus piernas abiertas que huelen a cloaca, todos nos internamos en las ciudades y como niños ahí crecemos y volvemos a crecer, hoy desenfundé un disco de Cocteau Twins y me acordé de mis amigos de la infancia, las naves que montábamos eran caballos que iluminaban la avenida polvorienta, había planetas sin nombre, habitantes sin alguna cosa, personajes que nunca antes habíamos visto y nunca más volveríamos a ver, algunos, de nosotros, se perdieron, es decir no regresaron, entre las selvas que saltaban de las esquinas como olas del pantano, troncos, moho y un carbunclo es lo que pudimos recuperar de ellos y lo que mostramos a sus familias como prueba, al acabar la tarde, nuestras madres o niñeras gritaban nuestros nombres desde la boca del pozo, sonrientes y pintadas parecían todas un eclipse, he escuchado cientos de veces Pandora, antes de dormir y al levantarme, cuando mi madre asomaba la cabeza para comprobar si aún dormía Arturo o no, cuando venía Grieg, Liszt y sus amigos compositores de nombres monosilábicos a beber y danzar, los he visto sacar la cabeza por las escotillas y vomitar, los he visto pegar gritos que rasgaban tímpanos, los he visto hablar con demonios que solo existían en sus cabezas, retozar en el lodo, destrozar cintas de los grupos que odiaban, los he visto reducir perros, robar libros, hacer rugir guitarras eléctricas, mear en los árboles de las casas que alojaban la fiesta, asesinar, desatar su odio, jugar a la pelota con una cabeza Maya, los he visto integrar sectas, copular, chatear, cantar boleros, partir por las vías del tren con una mochila en los hombros, crear una gran mentira que de decirla tanto terminaban creyendo, me siento orgulloso de ellos y de todo lo que hicimos y dejamos de hacer, también me siento orgulloso de estas tres chicas que muestran la vorágine de sus sexos y convierten la penumbra de nuestras habitaciones en un pequeño caos fluvial, la gente se lanza de las embarcaciones abandonando sus objetos personales que tragará el río, ellas siguen las indicaciones de un individuo, el más simpático de todos, que porta una máscara anti-gas, de alguna manera, me hacen pensar en los pequeños monstruos con los que me crucé cuando niño, con los que fui creciendo, un día me dejaron, un día decidieron no quedarse, pero cuando vuelven a rendirme una visita no queda cabeza que se parezca a algo, mi psicólogo me cuenta historias de terror, mi psiquiatra me receta pastillas de colores, mi psicoanalista me quiere cobrar 90 euros la hora, mi jefe dice que debo producir más, los caballos pastan en la jungla seca, las culebras buscan pareja entre los matorrales que prenden fuego, el agua se fue huyendo del ganado y el ganado no sabe qué hacer

.

.

V. una mañana descubrí algo nuevo en mi cara, en la punta de mi nariz había un punto dorado, resplandecía como un pequeño sol sobre una gran montaña, que derrite la nieve y la convierte en río donde solo los peces escamas de bronce sobreviven, osos, zorros y marmotas acometían con sus acciones cotidianas que les demandaban sus respectivas supervivencias, era un sol de inicios de primavera, no me preocupé, salí a la calle, saludé a mi amigo el cojo que vende suerte, al jorobado que vende fruta, al tuerto que vende almas, juntos parecían una banda de rock en busca de bajista, pero esta vez los saludé por separado, de camino a la estación cayó una tormenta en la que desde luego no traía paraguas, así que me empapé bajo el toldo de un comercio abandonado, que tampoco resistió la violencia del agua ni de su amigo el viento que lo arrancaron de cuajo y volando se lo llevaron hasta otra península, por un momento la gente corrió despavorida a refugiarse bajo lo que fuera, un sombrero sin copa, un poste sin electricidad, la entrepierna peluda de una madre que además es callejera sin calle ni paseantes, sin esquina ni Pedro, la barriga llena sin corazón contento que asomaba de la fiesta de la niña-medio-adulta, chambelán y un río rosado se deslizaban por debajo de la puerta, todos desaparecieron y no vi ni un alma, los imaginé bien protegidos y cobijados, durmiendo otro sueño, de noche desperté, el pequeño día continuaba ahí como zanahoria que cuelga, resplandeciendo en mi nariz sin vergüenza, yo continué mi camino entre las calles inundadas, abandonadas y malolientes de las ciudades, Lima, Barcelona, París, Budapest, que en su momento dieron a más de uno en el pecho como un flechazo que desangra hasta la última gota pero que ahora no son más que nombres en el mapa confuso de cualquier memoria, yo juraría, LO JURO, juraría que las vi incendiarse bajo una batalla que no era otra cosa que lluvia de fuego que caía una tarde en plena hora de la cena de un día tan festivo como familiar, el pavo, el cerdo, la lechuga, el cuy, el puré de manzana, lo que fuese que conformase el bolo alimenticio del momento se atragantó ante nuestra sorpresa, la ceniza y el desierto se los llevó el viento, la palabra y el grito los arrastró el agua, escuché a una señora decir qué bello es el olor a tierra mojada por la lluvia, a un señor pedir vino y, entre gritos, reclamarle al camarero que no le había traído el pan, su acento era de otro mundo, y así fue, se fue tras su último cigarrillo como un parpadeo sin dejar propina, en el parque, niñas y niños de colores discutían por tocar mi bola, yo les dejaba hacer frente a las sonrisas complacidas de sus padres infieles y despreocupados, así se me pasó la tarde, entre el pasto y las caricias de los niños, babeé, a la mañana siguiente, el pequeño sol ya no lo era tanto pero en mi nariz continuaba, bajo él corrían búfalos y caballos salvajes de cuyas bocas salía fuego, corrían para aplacarlo en las aguas tibias del río donde todas las especies confluyen, había ciervos y zebras, zorros y avestruces, bisontes, jirafas y leones, cocodrilos y todo lo que pudiese perder la cabeza de un mordisco y que viviese a cincuenta kilómetros a la redonda, con mi sábana caliente pegada a mi nariz salí a buscar comida al pueblo, esa noche dormí, con las puertas y ventanas abiertas, el viento me leyó libros antiguos, me acarició con sus yemas antes de introducírmelas, el médico me dijo que se trataba de un cáncer que había hecho metástasis, me dio cuatro semanas de vida, una por cada sinfonía de Bhrams

 

de: II
(Lima, Nos Es Nada ed., 2013)

 

 

*

ayer después de comer salí a buscar los poemas completos de

Trakl el incestuoso el perro que se mató a los 27

amaba a su hermana y su

 

hermana le correspondía hacían el amor como culebras y

como culebras vivían lamían el suelo

de las habitaciones más

 

silenciosas de su tibio hogar y oscuras y húmedas cuanto más

pestilentes mejor: les aseguraba que nadie

fuera con las narices

 

a meterlas en sus agujeros no obstante siempre hay un/unahijo

/hijadeputa introduce la cabeza con los ojos

por delante afirma son focos

 

que puede ver en la oscuridad que puede que lo sabe Hölderlin

me lo dijo es decir me lo susurró yo lo leía tirado

en la cama sin haberme

 

duchado por tres días sosteniendo su edición bilingüe 500

páginas con bacterias rojas que lamían mi

cuerpo mientras el cielo

 

que amenazaba con caer no caía yo dejaba que recorriesen

cada poro cada milímetro cuadrado entre poro

y poro su banquete era

 

yo Hölderlin me recordó que alguna vez tuve a Trakl entre

mis manos sucumbí a su edición también

bilingüe que leí entre

 

temblores [hace años]: —¡qué fácil olvida la gente! —y tenía

razón: fácilfácil me levanté furioso y entré

en la ducha ¿cómo era

 

posible que lo hubiese olvidado? por respeto a los que no

me conocen me bañé por respeto a mis

antepasados me bañé

 

muertos están apestan de cualquier forma sin embargo lo hice

por ellos bajo las aguas realicé cálculos:

amigos enemigos conocidos

 

desconocidos todos y cada uno de aquellos con los que me

crucé hacía 10 años pasó por mi mente eran

sospechosos eran culpables

 

recordaba el libro tirado como un holgazán al lado de mi cama

en el pequeño cuarto de Barcelona como una

biblia al lado de La Biblia

 

era tan real podía tocarlo entonces apareció un agujero en mi

pecho que el agua pronto comenzó a recorrer

unos dirán lavándome yo

 

diré vaciándome frente a mi hamburguesa con queso a través

de la ventana vi el cielo furioso casi negras las

nubes corrían llevaban

 

todo lo que puede llevar una nube a dónde sea que vaya

el aire electrificado hacía ver los seres vivos

luminosos los pájaros eran

 

estrellas titilantes los árboles cabelleras resplandecientes las

cebollas puntos de luz por un momento fue

gracioso dudé pero salí ni

 

bien puse el pie en la vereda la amenaza se hizo agua

 

sobre MÍ

sobre MI MÍ

 

 

*

hace un par de días en la ciudad de los 9000000 alguien

cometió un atentado murieron 200 embutidos

enteros jamón chorizo

 

butifarra todo tan cancerígeno que mata sabotea cuelga

gotea grasa un poco de queso patatas fuego:

tienes ya una raclette

 

por algún lugar acontece una batalla al norte de la ciudad

los disparos se suceden nadie los ha escuchado

pero lo sabemos las

 

granadas se lanzan intuimos los gritos las maldiciones

hablaban lenguas ancestrales en toda su

descomunal potencia: —no

 

es mi novio —dijo gritó ¿quién va a creerle ahora? ¿qué dirá

su familia? ¿quién tomará su declaración?

hay un video unas

 

animaciones una infografía y un relator en la tele no la veo

pero no hay forma de escapar no creo en lo que

se cuenta ni de lo que se

 

muestra y esto desde luego no le importa un carajo a

nadie: —Hölderlin si hay algo cierto es que

estamos en peligro sea

 

quien sea el malo sea quien esté en el frente el viajero

que se ha sentado a mi costado huele a pólvora

sus axilas huelen a pólvora

 

de su entrepierna sube humo amarillo sus zapatos están

a punto de estallar es guerrero y va vestido

de civil me miro en el

 

reflejo de la ventana soy una piña con detonador que se

arregla la peluca el vagón del tren está vacío y

este criminal ha decidido

 

sentarse a mi costado recorremos juntos los 15 minutos entre

La Défense y Châtelet-Les Halles la estación

más segura de Francia

 

ahora hoy día en este instante el asesino en serie me sigue

cuando me levanto el asesino en serie se

detiene junto a mí frente

 

a la puerta este asesino en serie baja conmigo toma la misma

escalera eléctrica que yo se dirige a mi misma

salida camina tras de mí

 

el sabueso y en la puerta principal me abandona siento que lo

extraño siento que lo quiero: —desconocido ven

sigue mi camino

 

desconocido acompáñame ayúdame a soportar la lluvia

que lava mi ciudad-lago que arrastra

perros marmotas cae

 

como si nos odiara

AGUA en el charco

cántaro al AGUA

 

 

de: Tan igual pero distinto
[ I N É D I T O ]

 

 

 

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A los pobres, ¡matémoslos a palos! Charles Baudelaire

Charles Baudelaire

(París, 1821 – 1867)

 

Me había recluido durante quince días en mi habitación, rodeándome de los libros entonces de moda (hará dieciséis o diecisiete años); es decir, de los libros en los que se trata del arte de hacer a los pueblos felices, buenos y ricos, en veinticuatro horas. Había, por lo tanto, digerido —esto es, engullido—, todas las lucubraciones de todos aquellos empresarios de felicidad pública —de aquellos que aconsejan a todos los pobres que se hagan esclavos y de aquellos que los persuanden de que son todos reyes destronados. No resultará sorprendente que estuviese entonces en un estado de espíritu próximo al vértigo o a la estupidez.

Tan solo me había parecido que, recluido en el fondo de mi intelecto, sentía el oscuro germen de una idea superior a todas las fórmulas caseras, cuyo diccionario había recorrido no hacía mucho. Pero tan solo era la idea de una idea. Algo infinitamente vago.

Y salí con una enorme sed, pues el gusto apasionado por las malas lecturas engendra una necesidad proporcional de aire libre y de refrescos.

Conforme entraba a una taberna, un mendigo me tendió su sombrero, con una de esas miradas inolvidables que derribarían los tronos si el espíritu removiese la materia y si el ojo de un magnetizador hiciese madurar las uvas.

Al mismo tiempo oí una voz que me cuchicheaba al oído, una voz que reconocí con toda claridad; era la de un Ángel bueno o la de un Demonio que me acompaña por doquier. Puesto que Sócrates tenía un Demonio bueno, ¿por qué no tendría yo un buen Ángel y por qué no habría de tener, como Sócrates, el honor de obtener mi certificado de locura, firmado por el sutil Lélut y por el avispado Baillarger [1]?

Entre el Demonio de Sócrates y el mío existe la diferencia de que el de aquél solo se le manifiesta para prohibir, advertir e impedir; mientras que el mío se digna aconsejar, sugerir y persuadir. El pobre Sócrates solo tenía un Demonio censor; el mío es un gran afirmador, un Demonio de acción o un Demonio de combate.

Pues bien, su voz me susurraba esto: “Solo es el igual de otro quien lo demuestra, y solo es digno de la libertad el que sabe conquistarla”.

Inmediatamente salté sobre mi mendigo. De un solo puñetazo le hinché un ojo, que, en un segundo, se infló como una pelota. Me partí una uña al romperle dos dientes, y como no me sentía con fuerza suficiente, al haber nacido delicado y al haberme ejercitado poco en el boxeo, para apalear rápidamente a aquel anciano, le cogí con una mano por la solapa del traje, y con la otra le agarré del pescuezo, golpeándole fuerte la cabeza contra una pared. Debo confesar que, previamente, había inspeccionado de una ojeada los alrededores y comprobado que, en aquel desierto suburbio, me encontraba por tiempo suficiente fuera del alcance de la policía.

Finalmente, como hubiese derribado a aquel débil sexagenario de una patada lo suficientemente fuerte para romperle los omóplatos, cogí una gruesa rama de árbol que andaba por tierra y le golpeé con la obstinada energía de los cocineros que quieren ablandar un bistec.

De súbito —¡oh milagro, oh placer del filósofo que verifica la excelencia de su teoría!— vi como aquella vieja carcasa se volvía, poníase en pie con una energía que nunca hubiera podido sospechar en una máquina tan singularmente desvencijada, y con una mirada de odio que me pareció augurar algo bueno, el decrépito vagabundo se arrojó sobre mí, me hinchó los dos ojos, me rompió cuatro dientes y, con la misma rama, me sacudió leña en abundancia. Así pues, con mi enérgica medicina habíale devuelto el orgullo y la vida.

Le hice entonces enérgicos signos para que comprendiese que consideraba terminada la discusión y, levantándome con la satisfacción de un sofista del Pórtico [2], le dije: “Señor, ¡es usted mi igual! ¿Quiere hacerme el honor de compartir mi bolsa?; y si es usted realmente filántropo, recuerde que es preciso aplicar a todos sus cofrades, cuando le pidan limosna, la teoría que he tenido el dolor de ensayar sobre su espalda”.

Me juró claramente que había comprendido mi teoría y que obedecería mis consejos.[3]

 

 

de: Pequeños poemas en prosa / Los paraísos artificiales. Ediciones Cátedra. Madrid. 2005.

© José Antonio Millán Alba, de la versión al castellano.

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Notas

[1] Lélut y Baillarger: reputados psiquiatras que dieron a entender que Sócrates estaba loco. En 1863 Lélut publica la obra Du Démon de Socrate, spécimen d’une application de la science psychologique à celle de l’historie.

[2] Baudelaire parece confundir aquí al Zenón fundador del Estoicismo con Zenón de Elea.

[3] Edición póstuma; poema rechazado por la Revue Nationale en 1865. En el manuscrito, el final de este poema terminaba con la siguiente pregunta: “¿Qué dice a esto, Ciudadano Proudhon?”.

 

 

Emil Cioran. San Pablo

cioran

(Răşinari, 1911 – París, 1995)

……….Nunca le reprocharemos bastante haber hecho del cristianismo una religión poco elegante, haber introducido en él las tradiciones más detestables del Antiguo Testamento: la intolerancia, la brutalidad, el provincianismo. ¡Con cuánta indiscreción se mezclaba en cosas que no le concernían, de las que no entendía ni poco ni mucho! Sus consideraciones sobre la virginidad, la abstinencia y el matrimonio son sencillamente asquerosas. Responsable de nuestros prejuicios en religión y en moral, ha fijado las normas de la estupidez y ha multiplicado las restricciones que paralizan aún nuestros instintos.

……….De los antiguos profetas no ha guardado el lirismo ni el acento elegiaco y cósmico, pero sí el espíritu sectario y todo lo que en ellos era mal gusto, charlatanería, divagación para uso de los ciudadanos. Las costumbres le interesan en el mayor grado. En cuanto habla de ellas se le ve vibrar de malignidad. Obsesionado por la ciudad, por la que quiere destruir tanto como por la que quiere edificar, concede menos atención a las relaciones entre el hombre y Dios que a las de los hombres entre sí. Examinad de cerca las famosas Epístolas: no descubriréis en ellas ningún momento de cansancio y de delicadeza, de recogimiento y de distinción; todo en ellas es furor, histeria, jadeos de baja estofa, incomprensión por el conocimiento, por la soledad del conocimiento. Intermediarios por todas partes, lazos de parentesco, un espíritu familiar: Padre, Madre, Hijo, ángeles, santos; ni rastro de intelectualidad, ningún concepto definido, nadie que quiera comprender. Pecados, recompensas, contabilidad de los vicios y de las virtudes. Una religión sin interrogantes: una orgía de antropomorfismo. El Dios que nos propone me hace enrojecer; descalificarlo constituye un deber; al punto en que ha llegado, está perdido de todas formas.

……….Ni Lao-Tsé ni Buda invocan un Ser identificable; despreciando las maniobras de la fe, nos invitan a meditar y, para que esta meditación no gire en el vacío, fijan un término: el Tao o el Nirvana. Tenían otra idea del hombre.

……….¿Cómo meditar si hay que referirlo todo a un individuo… supremo? Con salmos, con oraciones, no se busca nada, no se descubre nada. Solo por pereza se personifica la divinidad o se la implora. Los griegos se despertaron a la filosofía en el momento en que los dioses les parecieron insuficientes; el concepto comienza donde acaba el Olimpo. Pensar es dejar de venerar, es rebelarse contra el misterio y proclamar su quiebra.

……….Adoptando una doctrina que le era extraña, el converso se figura haber dado un paso hacia sí mismo, mientras que lo único que hace es escamotear sus dificultades. Para escapar a la inseguridad —su sentimiento predominante— se entrega a la primera causa que el azar le ofrece. Una vez en posesión de la “verdad”, se vengará en los otros de sus antiguas incertidumbres, de sus antiguos miedos. Tal fue el caso del prototipo de converso, san Pablo. Sus aires grandilocuentes disimulaban mal una ansiedad sobre la que se esforzaba en triunfar sin lograrlo.

……….Como todos los neófitos, creía que por su nueva fe iba a cambiar de naturaleza y vencer sus fluctuaciones, de las que se guardaba mucho de hablarles a sus corresponsales y auditores. Su juego ya no nos engaña. Numerosos espíritus se dejaron atrapar por él. Era, cierto es, una época en la que se buscaba la “verdad”, en la que no se interesaban en los “casos”. Si en Atenas nuestro apóstol fue mal acogido, si encontró un medio refractario a sus elucubraciones, es porque allí todavía se discutía, y el escepticismo, lejos de abdicar, seguía defendiendo sus posiciones. Las charlatanerías cristianas no podían allí hacer carrera, debían, como contrapartida, seducir a Corinto, ciudad barriobajera, rebelde a la dialéctica.

……….La plebe quiere ser machacada a fuerza de invectivas, amenazas y revelaciones, de afirmaciones estentóreas: le gustan los bocazas. San Pablo fue uno de ellos, el más inspirado, el más dotado, el más astuto de la Antigüedad. Del ruido que hizo, todavía percibimos los ecos. Sabía subirse a los tabladillos y clamar sus furores. ¿Acaso no introdujo en el mundo grecorromano un tono de feria? Los sabios de su época recomendaban el silencio, la resignación, el abandono, cosas impracticables; más hábil, él vino con recetas engolosinadoras: las que salvan a la canalla y desmoralizan a los delicados. Su revancha sobre Atenas fue completa. Si hubiera triunfado allí, quizás sus odios se hubieran suavizado. Nunca un fracaso tuvo consecuencias más graves. Y si somos paganos mutilados, fulminados, crucificados, paganos pasados por una vulgaridad profunda, inolvidable, una vulgaridad de dos mil años de duración, a este fracaso se lo debemos.

 

……….Un Judío no judío, un Judío pervertido, un traidor. De ahí la impresión de insinceridad que se desprende de sus llamadas, de sus exhortaciones, de sus violencias. Es sospechoso: parece demasiado convencido. No se sabe por dónde tomarlo, ni cómo definirlo; situado en una encrucijada de la historia, debió sufrir múltiples influencias. Tras haber vacilado entre varios caminos, eligió uno, el bueno. Los de su especie juegan sobre seguro: obsesionados por la posteridad, por el eco que suscitarían sus gestos, si se sacrifican por una causa, lo hacen como víctimas eficaces.

……….Cuando ya no sé a quién detestar, abro las Epístolas y enseguida me tranquilizo. Tengo a mi hombre. Me pone en trance, me hace temblar. Para odiarle de cerca, como un contemporáneo, doy un salto de veinte siglos y le sigo en sus giras; sus éxitos me descorazonan, los suplicios que se inflingen me llenan de gozo. El frenesí que me comunica, lo vuelvo contra él: no fue así, ¡ay!, como procedió el Imperio.

……….Una civilizacvión podrida pacta con su mal, ama el virus que la roe, no se respeta a sí misma, deja a un san Pablo ir y venir… Por esto mismo, se confiesa vencida, carcomida, acabada. El olor de la carroña atrae y excita a los apóstoles, sepultureros ávidos y locuaces.

……….Un mundo de magnificencia y de luz cedió ante la agresividad de esos “enemigos de las Musas”, de esos energúmenos que, todavía hoy, nos inspiran un pánico mezclado de aversión. El paganismo les trató con ironía, arma inofensiva, demasiado noble para doblegar a una horda insensible a los matices. El delicado que razona no puede medirse con el beocio que reza. Fijo en las alturas del desprecio y la sonrisa, sucumbirá al primer asalto, pues el dinamismo, privilegio de la hez, viene siempre de abajo.

……….Los horrores antiguos eran mil veces preferibles a los horrores cristianos. Esos cerebros enfebrecidos, esas almas con remordimientos absurdos y ridículos, esos demoledores alzados contra el sueño de amenidad de una sociedad tardía, empeñados en maltratar las conciencias para transformarlas en “corazones”. El más competente de todos ellos se empeñó en esta tarea con una perversidad que, en primer término, repelió a los espíritus, pero que, después, debía marcarlos sacudirlos y asociarlos a su incalificable empresa.

……….El crepúsculo greco-romano era empero digno de otro enemigo, de otra empresa, de otra religión. ¡Cómo admitir ni la sombra de un progreso cuando se piensa que las fábulas cristianas lograron sin esfuerzo ahogar el estoicismo! Si este hubiera conseguido propagarse, apoderarse del mundo, el hombre se habría logrado, o casi. La resignación, habiendo llegado a ser obligatoria, nos habría enseñado a soportar nuestras desdichas con dignidad, a hacer callar nuestras voces, a afrontar fríamente nuestra nada. ¿Que la poesía habría desaparecido de nuestras costumbres? ¡Al diablo la poesía! A cambio habríamos adquirido la facultad de soportar nuestros sinsabores sin un murmullo. No acusar a nadie, no condescender ni a la tristeza, ni a la alegría, ni al pensar, reducir nuestras relaciones con el universo a un juego armonioso de derrotas, vivir como condenados serenos, no implorar a la divinidad, sino, más bien, darle un aviso… Esto no podía ser. Desbordado por todas partes, el estoicismo, fiel a sus principios, tuvo la elegancia de morir sin debatirse. Una religión se instaura sobre las ruinas de una sabiduría: los manejos que emplea aquella no convienen a esta. Siempre prefirieron los hombres desesperarse de rodillas que de pie. A la salvación aspiran su cobardía y su fatiga, su incapacidad de alzarse al desconsuelo y de extraer de él razones de orgullo. Se deshonra a quien muere escoltado por las esperanzas que le han hecho vivir. ¡Que las multitudes y los que las arengan repten hacia el “ideal” y se chapucen en él! Más que algo dado, la soledad es una misión: elevarse hasta ella y asumirla es renunciar al apoyo de esa bajeza que garantiza el éxito de toda empresa, sea la que sea, religiosa o de otra clase. Recapitulad la historia de las ideas, de los gestos, de las actitudes: comprobaréis que el futuro fue siempre cómplice de las turbas. Nadie predica en nombre de Marco Aurelio: como no se dirigía más que a sí mismo, no tuvo ni discípulos ni sectarios; sin embargo, no se deja de edificar templos donde se cita hasta la saciedad ciertas Epístolas. Mientras sigan así las cosas, perseguiré con mi rencor a quien supo tan astutamente interesarnos en sus tormentos.

 

 

 

© Herededos de Emil Cioran.

© Fernando Savater, de la versión al castellano.

de: Adiós a la filosofía y otros textos. Alianza editorial. Madrid. 2016.

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