Octavio Paz. Lenguaje-espacio-tiempo

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(México, 1914-1998)

La fijeza es siempre momentánea. ¿Cómo puede serlo siempre? Si lo fuese, no sería momentánea —o no sería fijeza. ¿Qué quise decir con esta frase? Probablemente tenía en mientes la oposición entre movimiento e inmovilidad, una oposición que el adverbio siempre designa como incesante y universal: se extiende a todas las épocas y comprende a todas las circunstancias. Mi frase tiende a disolver esa oposición y así se presenta como una taimada transgresión del principio de identidad. Taimada porque escogí la palabra momentánea como el complemento de fijeza para atenuar la violencia del contraste entre movimiento e inmovilidad. Una pequeña superchería retórica destinada a darle apariencia de plausibilidad a la infracción de la lógica. Las relaciones entre la lógica y la moral son inquietantes: es turbadora la facilidad con que el lenguaje se tuerce y no lo es menos que nuestro espíritu acepte tan dócilmente esos juegos perversos. Deberíamos someter el lenguaje a un régimen de pan y agua, si queremos que no se corrompa y nos corrompa. (Lo malo es que régimen-de-pan-y-agua es una expresión figurada como lo es la corrupción-del-lenguaje-y-sus-contagios). Hay que destejer (otra metáfora) inclusive las frases más simples para averiguar qué es lo que encierran (más expresiones figuradas) y de qué y cómo están hechas (¿de qué está hecho el lenguaje? y, sobre todo, ¿está hecho o es algo que perpetuamente se está haciendo?). Destejer el tejido verbal: la realidad aparecerá. (Dos metáforas). ¿La realidad será el reverso del tejido, el reverso de la metáfora —aquello que está del otro lado del lenguaje? (El lenguaje no tiene reverso ni cara ni lados). Quizás la realidad también es una metáforta (¿de qué y/o de quién?). Quizás las cosas no son sino palabras: metáforas, palabras de otras cosas. ¿Con quién y de qué hablan las cosas-palabras? (Esta página es un saco de palabras-cosas). Tal vez, a la manera de las cosas que hablan con ellas mismas en su lenguaje de cosas, el lenguaje no habla de cosas ni del mundo: habla de sí mismo y consigo mismo. (Thoughts of a dry brain in a dry season). Ciertas realidades no se pueden enunciar, pero cito de memoria, “son aquello que se muestra en el lenguaje sin que el lenguaje lo enuncie”. Son aquello que el lenguaje no dice y así dice. (Aquello que se muestra en el lenguaje no es el silencio, que por definición no dice, ni aquello que diría el silencio si hablase, si dejase de ser silencio, sino…) Aquello que se dice en el lenguaje sin que el lenguaje lo diga, es decir (¿es decir?): aquello que realmente se dice (aquello que entre una frase y otra, en esa grieta que no es ni silencio ni voz, aparece) es aquello que el lenguaje calla (la fijeza es siempre momentánea).

 

Vuelvo a mi observación inicial: por medio de una sucesión de análisis pacientes y en dirección contraria a la actividad normal del hablante, cuya función consiste en producir y contruir frases, mientras que aquí se trata de desmontarlas y desacoplarlas —desconstruirlas, por decirlo así—, deberíamos remontar la corriente, desandar el camino y de expresión figurada en expresión figurada llegar hasta la raíz, la palabra original, primordial, de la cual todas las otras son metáforas. Momentánea es metáfora —¿de qué otra palabra? Al escogerla como complemento de fijeza incurrí en esa frecuente confusión que consiste en atribuir propiedades espaciales al tiempo y propiedades temporales al espacio, como cuando decimos “a lo largo del año”, la “carrera de las horas”, el “avance del minutero” y otras expresiones de ese jaez. Si se sustituye la expresión figurada por la directa, aparecerá el contrasentido: la fijeza es (siempre) movimiento. A su vez, fijeza es una metáfora. ¿Qué quise decir con esa palabra? Tal vez: aquello que no cambia. Así, la frase podría haber sido: lo que no cambia es (siempre) movimiento. El resultado no es satisfactorio: la oposición entre no-cambio y movimiento no es neta, la ambigüedad reaparece. Puesto que movimiento es una metáfora de cambio, lo mejor será decir: no-cambio es (siempre) cambio. Al fin parece que he llegado al desequilibrio deseado. Sin embargo, cambio no es la palabra original que busco: es una figura de devenir. Al sustituir cambio por devenir, la relación entre los dos términos se altera, de modo que debo reemplazar no-cambio por permanencia, que es una metáfora de fijeza como devenir lo es de llegar-a-ser que, por su parte, es una metáfora del tiempo en sus transformaciones incesantes… No hay principio, no hay palabra original, cada una es una metáfora de otra palabra que es una metáfora de otra y así sucesivamente. Todas son traduccines de traducciones. Transparencia en la que el haz es el envés: la fijeza siempre es momentánea.

 

Empiezo de nuevo: si es un contrasentido decir que la fijeza siempre es momentánea, no lo será decir que nunca lo es. La luz del sol de esta mañana ha caído sin interrupción sobre la inmóvil superficie de la mesita negra que está en un rincón del patio de vecinos (al fin tiene una función en estas páginas: me sirve de ejemplo en una demostración incierta) durante el poco tiempo en que se despejó el cielo anubarrado: unos quince minutos, lo suficientes para mostrar la falsedad de la frase: la fijeza nunca es momentánea. El tordo plateado y oliváceo, posado en un filo de sombra, él mismo sombra afilada vuelto luz erguida entre y contra los diversos resplandores de los vidrios rotos de botella encajados en los bordes de un muro a la hora en que las reverberaciones deshabitan el espacio, reflejo entre reflejos, instantánea claridad aguzada hecha de un pico, una plumas y el brillo de un par de ojos; la lagartija gris y triangular, espolvoreada por una finísima materia apenas verdosa, quieta en una hendedura de otra barda de otra tarde en otro lugar: no una piedra veteada sino un trozo de mercurio animal; la mata de hojas frescas sobre las que de un día para otro, sin previo aviso, aparece un orín color de fuego que no es sino la marca de las armas rojas del otoño y que inmediatamente pasa por diversos estados, como la brasa que se aviva antes de extinguirse, del cobre al tinto y del leonado al requemado: en cada momento y en cada estado siempre la misma planta; la mariposa aquella que vi un mediodía en Kasauli, clavada sobre un girasol negro y amarillo como ella, las alas abiertas, ya una muy tenue lámina de oro peruano en la que se hubiese concentrado todo el sol de los Himalayas —están fijos, no allá: aquí, en mi mente, fijos por un instante. La fijeza siempre es momentánea.

 

Mi frase es un momento, el momento de fijeza, en el monólogo de Zenón de Elea y Hui Shih (“Hoy salgo hacia Yüeh y llego ayer”). En ese monólogo uno de los términos acaba por devorar al otro: o la inmovilidad solo es un estado del movimiento (como en mi frase) o el movimiento solo es una ilusión de la inmovilidad (como entre los hindúes). Por tanto, no hay que decir ni siempre ni nunca, sino casi siempre o casi nunca, solo de vez en cuando o más de lo que generalmente se piensa y menos de lo que esta expresión podría indicar, en muchas ocasiones o en rarísimas, con cierta constancia o no disponemos de elementos suficientes para afirmar con certeza si es periódica o irregular: la fijeza (siempre, nunca, casi siempre, casi nunca, etc.) es momentánea (siempre, nunca, casi siempre, casi nunca, etc.) la fijeza (siempre, nunca, casi siempre, casi nunca, etc.) es momentánea (siempre, nunca, casi siempre, casi nunca, etc.) la fijeza… Todo esto quiere decir que la fijeza nunca es enteramente fijeza y que siempre es un momento del cambio. La fijeza es siempre momentánea.

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© Herederos de Octavio Paz

de: El Mono Gramático. Seix Barral. Barcelona. 2014

 

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