Unica Zürn. Qué hermosa era la vida

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(Berlín, 1916 – París, 1970)

 

El señor Musenius llevaba muriéndose todo el invierno.

—Hijo mío —solía decir—, no te rías de mí, pero sé muy bien que moriré pronto y, después de todo, no tiene nada de particular, ¿verdad? —paseábamos por los estrechos senderos que rodeaban la rosaleda, la nieve cubría la desnudez del jardín y Musenius me hablaba de su muerte. Tosía ligeramente y se sonreía de mi preocupación.

—Yo nunca me atrevería a reírme de usted, señor Musenius. Es solo que no puedo imaginar que vaya a morirse. Estaríamos perdidos sin usted. Y piense qué sería del jardín, de la casa sin usted. Es inconcebible. Los manzanos, sin usted; las rosas, si usted faltara.

—Las rosas, sí, desde luego… —asintió Musenius—, aunque sería lo único. Pero entremos, quiero regalarle una cosa muy bonita.

Se adelantó hacia la casa, silenciosa bajo su carga de nieve. De la chimenea salía humo que ascendía al aire quieto del anochecer. Dentro el ambiente era cálido y acogedor y Musenius dejó de toser. Mi amigo era alto, robusto, ancho de hombros, con cabeza de león, expresión firme y melena blanca.

—Esto es un regalo para usted —dijo, entregándome una tabaquera de barro—. Dentro tiene un pequeño depósito que se llena de agua y, debajo, se pone el tabaco, que así se mantiene fresco, suave y aromático. No hay mejor tabaco. Y todo lo hace esta vieja tabaquera —entonces Musenius se dio media vuelta y se alejó, y por el gesto de la espalda noté que estaba cansado y que ahora deseaba quedarse solo.

Musenius siguió saliendo al jardín todos los días. Llegó marzo. Mi amigo andaba siempre de un lado a otro, con un cestino en el que llevaba hilos, cordeles y podadoras. Una tarde lo encontré subido a una escalera. Estaba recortando las puntas secas de las ramas del manzano.

—Señor Musenius —le dije—, no debería usted subirse a la escalera.

—¿Por qué no? —me preguntó secamente.

—Porque puede caerse —yo sostuve la escalera que se estremecía y crujía bajo su peso.

—Puedo caerme —dijo Musenius y, con la cabeza entre las ramas, levantó la mirada al cielo—. No le entiendo —exclamó entonces—. ¿Puede imaginar muerte más hermosa? ¿Dónde mejor que aquí, entre los árboles?

Aquella noche me acosté temprano. Aún se recortaba sobre las nubes la negra silueta de los viejos árboles y trinaban pájaros cuando empezó a oírse un murmullo grave y un poco trémulo que fue creciendo hasta quebrarse en una monótona melodía. El canto llenó por completo mi habitación. Fuera, junto a la ventana, estaba Musenius, cantando una de sus tristes baladas de Bohemia. Cuando terminó, le di las gracias y le pregunté qué canción era aquella.

—Una canción de amor de mi tierra, que canté por primera vez hace sesenta años; pero ella no me quiso —rió—. Dios mío, qué hermosa era la vida, cuántas tonterías, qué candor, qué gozo… —murmuró algo más que no entendí. Se había sentado en el banco que estaba delante de la ventana.

—Ahora debería acostarse —dije. Había tanto silencio frente a la ventana que creí que se había dormido.

—Ah, vamos, quiere decir que puedo pillar un resfriado y morirme; pero imagine, un juglar que muere cantando, ¿no le conmueve? —entró en casa tosiendo y riendo. Abril lo pasó Musenius escribiendo cartas. Tenía siete hermanas ancianas y cada una recibió una jovial carta de despedida.

Una mañana de principios de mayo, Musenius se quedó en la cama. Nosotros, preocupados, entrábamos a preguntarle cómo se encontraba, y nos respondía que hacía años que no se encontraba tan bien.

—Haced muchos pasteles y café bien cargado, y traedme un par de manzanas invernizas y vino de grosella, y venid todos, porque vamos a celebrar una fiestecilla, ¿qué os parece?

Musenius, con su mejor camisón, estaba sentado en la cama, rodeado por todos los de la casa, familiares y huéspedes, y contaba anécdotas de juventud derrochando buen humor. Solo una vez se puso serio aquel último día, y fue al pensar en las rosas. Entonces meneó la cabeza con gesto de duda.

—Aunque me parece que aún es temprano, me gustaría que fuerais a ver cómo están. Ven, hijita, toma esto —dijo a la nieta, dándole la podadora—. Córtame una rosa, pero date prisa.

Se quedó esperando, apoyado en los codos, y todos callamos al verlo tan anhelante. La pequeña, quizás por atolondramiento, no trajo solo una rosa sino que toda la mata del rosal. Nosotros lo miramos con temor.

—Bien hecho. Así tendré algo a lo que asirme —hundió la cabeza en la almohada y, después de mirarnos uno a uno, risueño y ya soñoliento, se puso el rosal en la cara, como escondiéndose de nuestras miradas. Aspiró una vez, profundamente, como si las rosas ya hubieran florecido, y el aliento huyó entre sus labios, en silencio.

 

 

© herederos de Unica Zürn.

© Ana María de la Fuente, de la versión al castellano.

de: El trapecio del destino y otros cuentos. Ediciones Siruela. Madrid. 2003.

 

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