Lucrecio. DE RERUM NATURA

Lucrecio

(c. 99 a. C. – c. 55 a. C.)

 

No debes creer asimismo eso de que los dioses tengan su santa casa en alguna parte del mundo; porque la naturaleza de los dioses, sutil y muy alejada de nuestros sentidos, a duras penas con la inteligencia del alma se advierte; como ella escapa a toques y palpamientos de manos, nada realmente palpable debe ser que nos toque, pues no puede tocar lo que a su vez no puede tocarse; también por tanto las moradas de ellos deben ser diferentes de las nuestras y de materia sutil; estas cosas más adelante te las demostraré hablando por extenso. [1]

 

Decir además que por causa de los hombres los dioses decidieron disponer la naturaleza preclara del mundo y que por eso conviene alabar su obra como merece, pensar que será eterna e inmortal, y que no es lícito que aquello que según una antigua razón divina a los pueblos de hombres se les ha cimentado en tiempo eterno se lo intente con algún ataque remover de sus asientos o de palabra se ofenda y el conjunto desde su base lo echemos abajo, y otras doctrinas por el estilo que se imaginen y aquí se añadan, Memio[2], es un disparate: pues ¿qué recompensa puede nuestro agradecimiento ofrecerle a los inmortales y felices para que por causa nuestra se pongan a hacer alguna cosa? O ¿qué novedad pudo seducir a quienes antes estaban tranquilos hasta el punto que luego quisieran cambiar su precedente conducta? Pues parece que debe alegrarse con una situación nueva aquel a quien la angustia molesta; pero a quien nada incómodo le pasa en un tiempo anterior en que llevaba una vida estupenda, ¿qué podría despertar en él tal deseo de novedad? ¿Y qué hubiera de malo en que no nos creasen? ¿O es que, digo yo, la vida estaba postrada entre tinieblas y penas hasta que lanzó su brillo el engrandamiento inicial de las cosas? Porque quienquiera que ya nació debe intentar permanecer en la vida, mientras en ella lo retenga placer lisonjero; pero quien nunca saboreó el deseo de vivir ni estuvo en el lote, a ese ¿qué daño le hace que no lo crearan?

 

Además un ejemplo de la producción de seres y la propia noción de hombre ¿de dónde a los dioses se les metió primero, de manera que supieran y en sus adentros vieran qué pretendían hacer?, o ¿cómo se conoció alguna vez el poder de los principios y de qué eran capaces al cambiar unos con otros el orden, si la naturaleza por su cuenta no suministró un modelo de creación? Porque es que muchos primordios de seres[3], de tantos modos empujados ya desde tiempo infinito por golpes y arrastrados por sus propias masas, constantemente se movía, se juntaban de muchos modos y así ensayaban todo aquello, fuera lo que fuera, que al agruparse entre sí pudieran crear, que no es de extrañar que incluso desembocaran en tales posiciones y llegaran a tales trayectorias como las que ahora manejan el conjunto este de los seres, renovándolos.

 

Supongamos que desconociera yo cuáles son los primoridios de la realidad; pese a ello, me atrevería a confirmar, a partir de las propias explicaciones sobre cielo, y a manifestar, a partir de otras muchas cosas, que en modo alguno obra de dioses dispuso en favor de nosotros la naturaleza de las cosas: de tan grandes fallos es ella responsable. Para empezar, de cuantas tierras cubre el empuje enorme del cielo, al menos la parte que dominan montañas y bosques de alimañas, que ocupan pedregales e inmensos pantanos y el mar que mantiene alejadas regiones costeras, casi dos terceras partes de ahí además el calor ardiente o la continua caída de nieve se las roabn a los mortales; lo que de campo queda la propia naturaleza con su vigor lo cubre de abrojos si el esfuerzo humano no lo impide, acostumbrando, en busca del sustento, a resollar con el azadón en la mano y romper el suelo con la presión del arado: <después, en efecto, los muchos primordios de seres que dentro se esconden,> [4] si, volteando con la reja terronales fecundos y montando el suelo de la tierra, no los empujamos a nacer, no podrían por propia iniciativa salir a los aires claros; y a veces pese a ello los cultivos logrados con gran esfuerzo, cuando ya verdean por los sembradíos y todos florecen, o los agosta con sus excesivos calores el sol desde la altura, o los arrasan lluvias repentinas y frías heladas, y rachas de viento en recio torbellino los maltratan. Además, ¿por qué la naturaleza cría y acrecienta la raza espantosa de las fieras? ¿Por qué las estaciones del año traen sus epidemias? ¿Por qué acá y allá suceden muertes prematuras? Y también aquí, el niño, como marinero echado a tierra por olas implacables, se queda tirado en el suelo, desnudo y sin habla, necesitado de toda ayuda para vivir, en cuanto en las orillas de la luz a empellones la naturaleza lo descarga del vientre materno, y llena la estancia de tristes lamentos, lo propio de uno al que en la vida le queda por recorrer un trecho tan largo de males. Crecen de otra parte piaras y manadas y fieras variopintas y no tienen necesidad de sonajas ni a ninguna hay que suministrarle las fierecillas mimosas y entrecortadas de un ama de cría, y tampoco exigen cambiarse de ropa según la estación del año; no tienen, en fin, necesidad de armas ni de altos muros que protejan lo suyo, pues la tierra sola y la naturaleza fabricadora de seres todo para todos en abundancia producen.

(DE RERUM NATURA, libro V, versos: 146-233)

 

 

© Francisco Socas, de la edición y versión al castellano.

de: La Naturaleza. Editorial Gredos. Madrid. 1982.

 

 

N O T A S

[1] Lucrecio no hablará de los dioses y sus cosas extensamente como aquí promete (largo sermone). De ello pueden aducirse varias explicaciones: a) el poema, como algunos pretenden, está inacabado; b) el autor mientras componía su obra tuvo la imagen del resultado pretendido diversa de la que logró en la ejecución; c) en realidad toda la fundamentación racional del mundo (lib. V) y de los fenómenos celestes (lib. VI) es una suerte de molde negativo que plasma en la mente del lector lo que no son los dioses. U. Pizzani, Il problema del testo e della composizione del De rerum natura di Lucrezio, Roma, 1959, págs. 174-180, sostiene, conforme al supuesto ‘c)’, que el poeta promete tratar de las recién mencionadas sedes de los dioses (el cielo) y no de su naturaleza.

[2] Es muy probable que se trate del noble Gayo Memio (Caius Memmius). Su biografía es más rica en datos que la del poeta y no es imposible que fuera su mecenas; véase B. K. Gold, Literary Patronage in Greece and Rome, Chapel Hill, Londres, 1987, págs. 50-54.

[3] Átomos.

[4] El texto entre paréntesis angulares es traducción de un añadido o suplencia de A. García Calvo.

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