Dolors Lluy. Efectos secundarios

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Elefantes, ballenas y árboles

 

Conozco una orilla donde los árboles van a morir.

Sus troncos se clavan en la arena

y desde lejos se confunden con

esqueletos de mástiles.

Quizás pertenezcan a antiguas embarcaciones

soterradas que descubren caprichosos los vientos,

aunque es una incógnita el cómo llegaron ahí.

 

Es habitual que las ballenas mueran en grupo,

dicen que por un extraño trastorno,

y utilizan para nombrarlo nombres complejos

y causas aún más complejas.

Pero tú y yo sabemos que eso no es cierto,

que se entregan dichosas a su destino

en un particular cortejo nupcial.

 

El mar es una necrópolis donde yacen los pecios

y se afincan continentes perdidos,

a cuyas entrañas acuden voluntarios

los que desean morir con dignidad.

 

Los elefantes no llegan al mar, pero desean hacerlo

y por ello levantan sus cementerios junto a inmensos

depósitos de agua a los que se dirigen

cuando la muerte está cerca.

Los guía su instinto, la memoria colectiva

que les recuerda dónde está el sustituto de su paraíso.

 

Los animales y los árboles no se suicidan,

acuden sin temor a su cita con la muerte.

Un sexto sentido les avisa de cuando llega su hora,

sin rebeldía ni oposición, sin cuestionarse por qué.

Y mueren sabiendo que sus restos serán útiles a otros.

 

Los hombres no perciben la señal de que ha llegado

su momento de morir.

Los hombres se sucidan —en contra de su propia naturaleza—,

generalmente por miedo. Miedo a asumir sus propios errores.

Miedo al rechazo, al dolor, miedo a sí mismos.

O bien, se resisten a morir con tratamientos y oraciones,

en un necio propósito de retrasar lo que es inevitable.

 

Del mismo modo, tan solo el hombre yace bajo tierra.

 

 

 

Diez negritos

 

Temo desaparecer si continúo

en la casa familiar,

que nos vayamos desvaneciendo todos

poco a poco.

Es posible que de algunos

aparezcan los cuerpos,

pero de otros no.

Que nos busquen por

los rincones y los cuartos,

el garaje y la cocina y no den con nosotros.

 

Desaparecer.

 

De uno a uno.

Como un barco de niebla

al disiparse,

o como los personajes de

una novela de Agatha Christie.

 

Aunque es peor nuestro caso:

todos somos inocentes.

Aquí no es necesario tender

trampas, ni acusarse los unos

a los otros.

Tampoco hay que descubrir

al culpable.

Todos conocemos

—perfectamente—,

el nombre de nuestro asesino.

 

 

 

Agua

 

En alguna otra existencia

estoy segura

de haber sido Agua.

 

Agua de (a)mar

de lluvia

o de escarcha.

 

Y es posible que aún hoy

continúe siendo Agua.

 

Gota de sudor,

de saliva

o de lágrima.

 

Pero, de cualquer modo:

Agua.

 

Tu recuerdo también es

Agua.

Porque ya no hueles.

Ya no sabes.

Ya no manchas.

 

 

© Dolors Lluy, de los poemas.

de: Efectos secundarios. Ediciones Vitrubio. Madrid. 2017.

 

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3 comentarios

  1. Gracias

  2. Extraordinaris els tres poemes de Dolores Lluy! Gràcies, Reinhard, salut i una abraçada!

  3. Gràcies a vosaltres!! Petons i abraçades!!

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