Denise Levertov. Las noticias y la luna verde. Julio de 1994

Denise-Levertov

(Ilford, 1923 – Seattle, 1997)

 

La luna verde, casi llena.

Los telescopios gigantescos escudriñan catástrofes:

fragmentos de cometa chocan contra Júpiter, abren

cráteres que los astrónomos, llenos de júbilo, declaran mayores

que la Tierra (o corrimientos profundos, según otros —túneles, si quieres—

en la gaseosa insubstancialidad de ese planeta).

 

Imagínatelo. Imagina las noticias. La radio

apenas dispone de una hora para darlas. Coopera.

Dos tercios de lo que queda de la masacre de Ruanda

vagan por campos sin comida ni agua,

o ni vagan, porque se están muriendo

 

o ya han muerto. La luna verde, pero quizás

cuando salga mañana en Ruanda o en Zaire parecerá

blanca, amarilla, de serena plata. Aquí, en el gris húmedo

del ocaso canicular, es verde lima. Hace veinticinco años

figuras absurdas, logotipos de Michelín, daban botes en la luna, en blanco.

 

Boletín de radio desde Haití: los vudúes

se frotan frenéticamente bajo una cascada,

con gritos y lamentos —se puede oír el agua detrás—.

Un ritual de purificación. No en respuesta a los sucesos astronómicos,

sino a la miseria. Los nombres cambian, no se habla de los Tonton Macute

 

ya, pero los tentáculos de la miseria no se relajan. Los bebés ahora

(el micrófono cambia de sitio), más lamentos, sin gritos, un hospital,

madres y monjas cantan himnos; no queda mucha comida que repartir.

Cuerpos jóvenes, las manos atadas atrás, vertidos por las calles

de Puerto Príncipe. (En ríos y lagos

 

de África también se han vertido, y no hace mucho en El Salvador

—un tema habitual en las noticias). Salen (otra vez) embarcaciones abarrotadas,

se hunden o rechazan. Podría ocurrir, dice un científico

(el programa vuelve a Júpiter), que un cometa desconocido se dirigiera

en cualquier momento a la Tierra. No podríamos detenerlo. Mientras,

 

un astronauta ya mayor lamenta que no estemos enviando hombres a Marte;

ese es el progreso, dice; un hombre educado que piensa que se

ha gastado demasiado en bienestar, todo su celo puesto en dejar

atrás este despreciado planeta, y no un árbol ni un terreno

ni lo que él entiende por hogar, sea lo que sea, ni el pasado de la humanidad

 

ni mucho menos montañas o pozos sagrados, ni ámbitos no tecnológicos

del conocimiento. Y mientras tanto leo a Leonardo Sciacia,

con sus análisis refinados, irónicos y furibundos; el microcosmos de Sicilia,

un espejo de los andares corruptos de ese mundo. Siento el peso

de la abulia moral; aquellas ganas de cambio de antaño que me empujaban a la acción

 

en las que poder reflejarse (como la luna encuentra espejos en mares o charcos)

mete la cabeza en superficies que no devuelven imagen alguna. Una mota

por metro cuadrado, polvo estelar, continua, como si saliera de un bote inacabable

de polvos de talco, cae lentamente sin ser vista, e incrementa siglo tras siglo

la carga de la Tierra. Cubierta por ese polvo invisible oteo el cielo para ver

 

la bruma de verde resplandor que la luna irradia esta noche, un súbito

suspiro de tiempo. No hay lunamancia que me descifre su significado, si lo tiene.

Es bella, un berilo, un disco de suave jade que se funde

en su propia luz. Tan silenciosa.

Casi se oyen los gritos de dolor de la Tierra.

 

 

© herederos de Denise Levertov

© José Manuel Rodríguez Herrera, de la versión al castellano

de: Arenas del Pozo. La poesía, señor Hidalgo. Barcelona. 2007

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2 comentarios

  1. Me recuerda algo al Cahier d’un retour au pays natal de Aimé Césaire.

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