La verdadera historia de un vampiro. Conde de Stenbock

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(Cheltenham, 1860 – Brighton, 1895)

 

Las historias de vampiros se localizan por lo general en Estiria; la mía también. Estiria de ninguna manera es la clase de lugar romántico descrito por aquellos que obviamente nunca han estado allí. Es una región chata, nada interesante, célebre únicamente por sus pavos, sus pollos castrados y la estupidez de sus habitantes. Los vampiros suelen llegar de noche, en carruajes tirados por dos caballos negros.

Nuestro vampiro llegó en el común y corriente ferrocarril y a la tarde temprano. Han de creer que quiero impresionarlos, o que quizás con la palabra “vampiro” me refiero a un vampiro financiero. No, soy totalmente seria. El vampiro del que hablo, que arrasó nuestro corazón y nuestro hogar era un vampiro real.

Sí, devastó nuestro hogar, asesinó a mi hermano —mi único objeto de admiración— y también a mi querido padre. Sin embargo, a la vez debo decir que ya no le guardo rencor.

Sin duda han leído en los diarios passim acerca de “la baronesa y sus bestias”. Justamente escribo esto para contar cómo llegué a gastar la mayor parte de mi inútil salud en un asilo para animales abandonados.

Ahora soy vieja; cuando ocurrió aquello yo era una niña de aproximadamente trece años. Empezaré por describir a nuestra familia. Éramos polacos; nuestro apellido era Wronsky: vivíamos en Estiria, donde teníamos un castillo. Nuestra familia era muy limitada. Estaba formada, con exclusión de los domésticos, por mi padre solo, nuestra gobernanta —una belga entrañable llamada Mademoiselle Vonnaert—, mi hermano y yo. Permítanme comenzar con mi padre: era anciano y tanto mi hermano como yo éramos hijos de su vejez. De mi madre no recuerdo nada: murió al dar nacimiento a mi hermano, que era solo un año, o no tanto, más joven que yo. Nuestro padre era estudioso, estaba continuamente ocupado leyendo libros, en su mayoría sobre temas abstrusos y en toda clase de idiomas desconocidos. Tenía una larga barba blanca y lucía habitualmente un gorro de terciopelo negro.

¡Qué bondadoso era con nosotros! Lo era más todavía de lo que podría decirles. Sin embargo, yo no era su favorita. Todo su corazón era para Gabriel: Gabryel, como pronunciamos en polaco. Él siempre lo llamaba por el apodo ruso Gavril. Hablo, claro, de mi hermano, que se asemejaba al único retrato de mi madre, un ligero esbozo en carbón que colgaba en el estudio de mi padre. Pero de ninguna manera estaba celosa: mi hermano era y había sido el único amor de mi vida. Por su causa ahora mantengo en Westbourne Park un hogar para gatos y perros abandonados.

Yo era en aquel tiempo, como dije antes, una niña; mi nombre era Carmela. Mi largo cabello enmarañado estaba siempre en desorden y nunca conseguí peinarlo correctamente. No era linda; al menos, mirando una fotografía mía de esa época, no creo que pueda describirme de tal modo. Aunque, al mismo tiempo, cuando miro la fotografía, pienso que mi expresión pudo haber sido agradable para alguna gente: rasgos irregulares, boca grande y enormes ojos salvajes.

Iba camino a ser desobediente; no tan desobediente como Gabriel, en opinión de Mlle. Vonnaert. Mlle. Vonnaert, permítanme intercalar, era toda una excelente persona, de mediana edad, que hablaba realmente buen francés, a pesar de ser belga, y podía  también hacerse entender en alemán, que, como es posible que sepan, es el idioma común de Estiria.

Encuentro difícil describir a mi hermano Gabriel; había algo de extraño y de sobrehumano en él, o quizás debería decir de protohumano, algo entre lo animal y lo divino. La idea griega del fauno tal vez pueda ilustrar lo que quiero decir, pero tampoco alcanzará. Tenía ojos grandes y salvajes como los de una gacela; su pelo, como el mío, estaba siempre enmarañado: este rasgo en común conmigo, asociado al hecho —como oí decir tiempo después— de que nuestra madre había sido de raza gitana, explica el innato temperamento salvaje de nuestra naturaleza. Nada podía inducirlo a ponerse zapatos y medias, excepto los domingos, cuando también se dejaba peinar el cabello, aunque solo por mí. ¿Cómo haré para describir la gracia de aquella boca adorable, moldeada verdaderamente en arc d’amour? Siempre pienso en el texto del Salmo: “La gracia está derramada sobre tus labios, pues Dios te bendijo eternamente”. Sus labios parecían exhalar el aire mismo de la vida. ¡Tenía una figura hermosa, flexible, llena de vida y de elasticidad!

Corría más velozmente que cualquier ciervo, saltaba como una ardilla a la rama más alta de un árbol; se lo podría haber tomado por el signo y el símbolo de la vitalidad misma. Pero raras veces lograba ser persuadido por Mlle. Vonnaert de estudiar sus lecciones; aunque cuando lo hacía aprendía con extraordinaria rapidez. Era capaz de tocar todos los instrumentos imaginables, empuñando un violín por aquí, por allá y por cualquier parte, excepto por el lugar correcto, fabricando él mismo instrumentos con cañas, incluso palillos. Mlle. Vonnaert hacía esfuerzos fútiles para convencerlo de que aprendiera a tocar el piano. Supongo que era lo que se dice un consentido, aunque solo en el aspecto superficial del término. Nuestro padre estaba dispuesto a perdonarle todos los caprichos.

Una de sus peculiaridades, cuando muy pequeño, era que la simple vista de la carne le provocaba horror. Nada en el mundo podía convencerlo de que la probara. Otra cosa particularmente notable en él era su extraordinario poder sobre los animales. Todos parecían volverse dóciles en sus manos. Los pájaros se posaban sobre sus hombros. Mlle. Vonnaert y yo a veces lo perdíamos en medio del bosque, ya que de repente salía corriendo disparado. Luego lo encontrábamos cantando dulcemente o silbando para sí, rodeado de todo tipo de criaturas del bosque: puercoespines, zorrinos, liebres, marmotas, ardillas y otros animales por el estilo. Con frecuencia los traía consigo a casa e insistía en quedárselos. Esta extraña ménagerie paralizaba el corazón de la pobre Mlle. Vonnaert. Gabriel resolvió vivir en el pequeño cuarto de una torrecilla; pero en vez de subir por las escaleras, prefería trepar por un castaño muy alto y entrar por la ventana. En contradicción con todo esto se encontraba su costumbre de servir durante la misa de los domingos en la iglesia parroquial, con el pelo bien peinado, sobrepelliz blanco y casaca roja. Lucía lo más recatado y dócil posible. Entonces parecía tocado por un elemento divino. ¡Qué expresión de éxtasis había en aquellos ojos llenos de gloria!

Hasta aquí no les he hablado del vampiro. Permítanme, sin embargo, empezar con mi relato de una vez. Un día mi padre tenía que marcharse a un pueblo vecino, como hacía a menudo. Pero esta vez volvió acompañado de un huésped. El caballero, dijo, había perdido el tren y hasta el arribo de otro a nuestra estación, que era un empalme, tendría en consecuencia que aguardar toda la noche, ya que los trenes no pasaban con frecuencia por aquellos parajes. Había trabado conversación con mi padre en el tren que llegó con retraso de la ciudad, y había aceptado consecuentemente la invitación a pasar la noche en nuestra casa. Pero claro, como ustedes saben, en estas regiones apartadas somos casi patriarcales en nuestra hospitalidad.

Fue anunciado como el conde Vardalek, un nombre húngaro. Pero hablaba alemán bastante bien: no con la acentuación monótona de los húngaros, sino más bien, si se quiere, con una ligera entonación eslava. Su voz era particularmente suave e insinuante. Enseguida descubrimos que sabía hablar polaco y Mlle. Vonnaert dio pruebas de su buen francés. Parecía, en efecto, conocer todas las lenguas. Pero permítanme que les dé mi primera impresión. Era más bien alto, con un hermoso cabello ondulado, algo largo, que acentuaba una cierta femeneidad en su rostro lampiño. Su figura tenía algo de serpiente, no puedo decir qué. Los rasgos eran refinados y tenía manos largas, delgadas, sutiles, que irradiaban magnetismo; una nariz algo larga y sinuosa, una boca agraciada y una sonrisa atractiva, que desmentía la intensa tristeza de la expresión de su mirada. Al llegar sus ojos estaban entrecerrados —a decir verdad, estaban habitualmente así—, de modo que no pude distinguir su color. Daba la impresión de estar rendido de cansancio. Me fue imposible adivinar su edad.

De pronto, Gabriel irrumpió en la habitación: tenía una mariposa amarilla adherida a su pelo. Cargaba en sus brazos una ardillita. Por supuesto estaba con las piernas descubiertas, como de costumbre. El extranjero levantó la mirada al verlo aproximarse; entonces pude observar sus ojos. Eran verdes; parecieron dilatarse y aumentar de tamaño. Gabriel se quedó inmóvil, con una mirada de susto, como la de un pájaro fascinado por una serpiente. Y sin embargo, tendió su mano al recién venido. Vardalek, tomando su mano —no sé por qué retuve un detalle tan trivial—, le presionó el pulso con el dedo índice. Súbitamente, Gabriel salió corriendo y se precipitó en su cuarto de la torre, esta vez por la escalera y no por el árbol. Me aterrorizaba lo que el conde pudiera pensar de él. Grande fue mi sorpresa cuando bajó con su traje aterciopelado de domingo, zapatos y medias. Le peiné el cabello y lo arreglé bien.

Cuando el extraño bajó para cenar, algo se había alterado en su aspecto y daba la sensación de ser mucho más joven. La elasticidad de su piel, combinada con una complexión delicada, era rara de ver en un hombre. Cara a cara, me chocó que fuera muy pálido.

vampirosBueno, durante la cena estuvimos todos encantados con él, especialmente mi padre. El conde parecía estar cabalmente al tanto de todos sus hobbies particulares. En un momento, mientras comentaba sus experiencias militares, mi padre dijo algo sobre un chico que tocaba el tambor y que fue herido en combate. Los ojos del conde volvieron a abrirse por completo y se dilataron: ahora con una expresión particularmente desagradable, apagada y muerta, aunque a la vez animada por alguna horrible exitación. Pero esto fue solo momentáneo.

El tema central de su conversación con mi padre giró en torno de ciertos curiosos libros de mística. Mi padre los había adquirido recientemente y no podía descifrarlos, pero Vardalek daba por completo la impresión de comprender. A la hora de los postres, mi padre le preguntó si tenía prisa por alcanzar su destino; si no, podía permanecer con nosotros un poco: aunque nuestra casa estaba en una región apartada, podía encontrar otras muchas cosas de su interés en la biblioteca.

El conde respondió:

—No tengo prisa. Nada en particular me obliga en absoluto a ir a ese lugar, y si puedo serle útil descifrando esos libros, me quedaré muy contento. —Luego agregó con una sonrisa amarga, muy amarga—: Ya ve que soy un cosmopolita, un errabundo sobre la faz de la tierra.

Después de cenar mi padre le preguntó si sabía tocar el piano.

—Sí, un poco —dijo y se sentó al piano. Comenzó, entonces, a tocar una csarda húngara: salvaje, rapsódica, maravillosa.

Es la música que vuelve locos a los hombres. Él prosiguió con el mismo ímpetu.

Gabriel estaba apostado junto al piano, los ojos dilatados y fijos; su cuerpo temblaba.

Por fin, ante un particular motivo —ya que no tengo una palabra mejor para referirme a la relâche de una csarda, el punto donde el movimiento cuasi lento del principio comienza de nuevo— dijo muy lentamente:

—Sí, creo que yo también puedo tocar eso.

Fue de inmediato a buscar su violín y el xilófono que había fabricado con sus propias manos, y en efecto, alternando los instrumentos, reprodujo verdaderamente muy bien la misma melodía.

Vardalek lo miró y dijo con una voz muy triste:

—¡Pobre niño! Tienes el alma de la música dentro de ti.

Yo no pude comprender por qué le parecía que debía consolar a Gabriel en vez de felicitarlo por haber demostrado realmente un talento extraordinario.

Gabriel se mostró tan temeroso como los animales silvestres que se comportaban mansamente con él. Nunca antes le había caído simpático un extraño. Por regla general, si un extraño venía a casa por alguna casualidad, se escondía de él y yo tenía que subirle la comida al cuarto de la torre. Pueden imaginarse cuál fue mi sorpresa cuando a la mañana siguiente lo vi paseando con él y mostrándole la colección de mascotas que había recogido del bosque y por la cual habíamos tenido que improvisar un zoológico a medida. Daba la impresión de estar enteramente bajo el dominio de Vardalek. Lo que nos sorprendió (pues a no ser por ello nos agradaba el extranjero, especialmente por ser agradable con Gabriel) fue que parecía, aunque no de manera notoria al principio —excepto quizás para mí, que me di cuenta de todo con solo mirarlo—, ir perdiendo gradualmente su salud y vitalidad. Aún no se había puesto pálido; pero había cierta lasitud en sus movimientos que de ninguna manera existía antes.

Mi padre se hallaba cada vez más agradecido con el conde Vardalek. Lo ayudaba en sus estudios y no estaba dispuesto a dejarlo irse, lo que de todos modos hacía algunas veces —a Trieste, según decía— y regresaba siempre, trayendo de regalo extrañas joyas orientales y telas.

Conocí a toda clase de personas provenientes de Trieste, incluso orientales. No obstante, había tal extrañeza y magnificencia en aquellas cosas que ya entonces estaba segura de que no era posible que viniesen de un sitio como Trieste, memorable para mí especialmente por sus tiendas de corbatas.

Cuando Vardalek estaba afuera, Gabriel constantemente preguntaba por él y hablaba de su persona. Pero, al mismo tiempo, parecía recobrar su antigua vitalidad y espíritu. Vardalek siempre regresaba mucho más viejo de aspecto, descolorido y fatigado. Gabriel corría a su encuentro y lo besaba en la boca. Entonces le daba un ligero escalofrío y, al cabo de un rato, empezaba a parecer joven de nuevo.

Las cosas continuaron así durante un tiempo. Mi padre no quería hablar de los permanentes viajes de Vardalek. Llegó a ser un residente de nuestra casa. Yo ciertamente, al igual que Mlle. Vonnaert, no podía menos que observar las diferencias que se habían operado en Gabriel. Pero mi padre parecía totalmente ciego a ello.

Una noche bajé las escaleras para buscar algo que había dejado en el cuarto de dibujo. Al subir de nuevo pasé frente a la habitación de Vardalek. Estaba tocando en el piano, que había sido puesto allí especialmente para él, uno de los nocturnos de Chopin, muy hermoso. Me detuve, apoyándome sobre la balaustrada para escuchar.

Algo blanco apareció en la oscura escalinata. En nuestra región creíamos en fantasmas. Traspasada de terror, me aferré a la balaustrada. ¡Cuál no fue mi asombro al ver a Gabriel descendiendo la escalinata, con los ojos fijos como si estuviera en un trance! Me aterró aún más de lo que pudiera haberlo hecho un fantasma. ¿Podía creer en mis sentidos? ¿Podría tratarse de Gabriel?

Simplemente no era capaz de moverme. Gabriel, envuelto en su largo camisón blanco, bajó las escaleras y empujó la puerta. La dejó abierta. Vardalek seguía tocando, pero hablaba mientras lo hacía.

Nie umiem wyrazic jak ciehie kocham[1] —dijo ahora en polaco—. Mi amor, me alegraría complacerte, pero tu vida es mi vida, y yo debo vivir, yo que más bien muero. ¿Dios no tendrá piedad alguna de mí? ¡Oh! ¡Oh, vida! ¡Oh, tortura de la vida!

Aquí hizo tronar un acorde agónico y extraño, luego continuó tocando suavemente.

—¡Oh, Gabriel, mi amado! —susurró casi para sí—. Mi vida, sí, vida. ¡Oh! ¿Por qué vida? Estoy seguro de que no es mucho lo que pido de ti. Seguramente, tu sobreabundancia de vida puede complacer un poco a quien ya está muerto. No, detente, lo que debe ser, ¡debe ser!

Gabriel permaneció en silencio, con la misma expresión fija y vacía, de pie en el centro de la habitación. Era evidente que caminaba dormido. Vardalek siguió tocando; luego dijo:

—Ahora ve, Gabriel, ya es suficiente.

Y Gabriel salió de la habitación, subió la escalinata con el mismo paso lento, con la misma mirada inconsciente. Vardalek embistió de nuevo contra el piano y aunque no tocaba muy fuerte, daba la impresión de que las cuerdas iban a romperse. Nunca se oyó una música tan extraña y desconsoladora.

Solo sé que me encontró Mlle. Vonnaert por la mañana, en estado inconsciente, al pie de las escaleras. ¿Había sido un sueño después de todo? Ahora estoy segura de que no lo fue. En aquel momento pensé que quizás lo fuera y no le dije nada a nadie. Ciertamente, ¿qué podía decir?

Bueno, permítanme abreviar esta larga historia. Gabriel, que jamás había conocido un momento de debilidad en su vida, cayó enfermo y debimos mandar a buscar a un médico en Gratz, que no pudo darnos ninguna explicación sobre su extraño malestar. Debilitamiento gradual, dijo, ningún mal orgánico en absoluto. ¿Qué debía entenderse por eso?

Mi padre por fin tomó consciencia del hecho de que Gabriel estaba enfermo. Su ansiedad era espantosa. Las últimas hebras grises de su cabello desaparecieron y se volvió totalmente blanco. Fuimos a Viena en busca de médicos. Pero todo con el mismo resultado.

Gabriel por lo general estaba inconsciente y cuando recobraba la conciencia solo parecía reconocer a Vardalek, que se sentaba continuamente junto a su cama y lo cuidaba con mayor ternura.

Un día me hallaba sola en la habitación. Vardalek gritó súbitamente, casi con ferocidad:

—Traigan a un sacerdote ahora mismo, ahora mismo —repitió—. ¡Ya es demasiado tarde!

Gabriel estiró sus brazos espasmódicamente y los puso alrededor del cuello de Vardalek.

Era el único movimiento que había hecho en mucho tiempo. Vardalek se inclinó y lo besó en los labios. Yo corrí escaleras abajo y enseguida ordenaron buscar un sacerdote. Cuando regresé, Vardalek no estaba allí. El sacerdote administró la extremaunción. Me pareció que Gabriel ya estaba muerto, aunque no lo creíamos así en el momento.

Vardalek había desaparecido por completo y cuando me puse a buscarlo no lo encontré en ningún lado; no he vuelto a verlo ni he oído hablar de él desde entonces.

Mi padre murió poco después, repentinamente viejo y doblegado por el dolor. Y así todo lo de los Wronsky quedó en mis solas manos. Y aquí me tienen, una mujer vieja, habitualmente objeto de burlas, porque mantengo, en memoria de Gabriel, un asilo para animales abandonados, ¡y la gente, por regla general, no cree en los vampiros!

 

 

 

© Ricardo Ibarlucía, de la versión al castellano.

de: Vampiria. De Polidori a Lovecraft. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires. 2007.

 

N O T A S

[1] “No puedo expresar cuánto te amo”, en castellano.

 

 

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