Historia de Antonio. Georges Bataille

bataille

(Billom, 1897 – París, 1962)

 

1

Pocas semanas más tarde, había llegado incluso a olvidar mi enfermedad. Me encontré con Michel en Barcelona. Súbitamente me hallé delante de él. Sentado en una mesa de La Criolla. Lazare le había dicho que me iba a morir. La frase de Michel me recordaba un pasado penoso.

Pedí una botella de coñac. Empecé a beber, llenando el vaso de Michel. No tardé demasiado en estar borracho. Hacía tiempo que conocía la atracción de La Criolla. Para mí no tenía ningún encanto. Un muchacho vestido de mujer hacía un número de baile en la pista: llevaba un traje de noche cuyo escote le llegaba hasta las nalgas. Los taconazos del baile español retumbaban sobre el suelo…

Experimenté un profundo malestar. Miraba a Michel. Él no estaba acostumbrado al vicio. Michel era tanto más torpe cuanto más borracho iba estando: se agitaba en su silla.

Yo estaba muy molesto. Le dije:

—Me gustaría que te viera Lazare… ¡en un tugurio!

 

Me interrumpió, sorprendido:

—Pero si Lazare venía con mucha frecuencia a La Criolla.

Me volví inocentemente hacia Michel, como desconcertado.

—Te digo que sí, el año pasado Lazare estuvo en Barcelona y a menudo solía pasar la noche en La Criolla. ¿Qué tiene eso de extraordinario?

Efectivamente, La Criolla es una de las curiosidades más conocidas de Barcelona.

Sin embargo, yo pensaba que Michel estaba bromeando. Se lo dije: aquella broma era absurda, la sola idea de Lazare me ponía enfermo. Sentí subir en mí la cólera insensata que contenía.

Grité, estaba loco, había cogido la botella en la mano:

—Michel, si Lazare estuviese delante mío, la mataría.

Otra bailarina —otro bailarín— hizo su aparición en la pista entre carcajadas y chillidos. Llevaba una peluca rubia. Era bello, repugnante, ridículo.

—Quiero pegarle, golpearla…

Era tan absurdo que Michel se levantó. Me cogió por el brazo. Tenía miedo: yo perdía toda compostura. Él también estaba borracho. Adoptó un aire extraviado al volver a derrumbarse sobre su silla.

 

Me tranquilicé mirando al bailarín de la cabellera solar.

—¡Lazare! No es ella la que se ha portado mal, gritó Michel. Por el contrario, ella me dijo que la habías maltratado violentamente; de palabra…

—Ella te lo ha dicho.

—Pero no te guarda rencor.

—No me vuelvas a decir que ha venido a La Criolla. ¡Lazare a La Criolla!…

—Ha venido aquí varias veces, conmigo: se interesó mucho por esto. No quería irse. Debía estar sofocada. Nunca me habló de las tonterías que le dijiste.

Yo casi me había calmado:

—Ya te lo contaré en otra ocasión. ¡Vino a verme en un momento en que yo estaba a punto de morir! ¿No me guarda rencor?… Pues yo no se lo perdonaré jamás. ¡Jamás! ¿Me oyes? Bueno, ¿vas a decirme ya lo que venía a hacer a La Criolla?… ¿Lazare?…

 

No me podía imaginar a Lazare sentada allí mismo donde yo estaba, ante un espectáculo escandaloso. Estaba embrutecido. Tenía la sensación de haber olvidado algo —que sin duda sabía en el instante anterior, que absolutamente hubiera debido recuperar. Habría deseado hablar, con mayor entereza, hablar más fuerte; tenía consciencia de una perfecta impotencia. Estaba acabando de emborracharme.

Michel, con la preocupación, se volvía aún más torpe. Sudaba copiosamente, era desgraciado. Cuanto más reflexionaba, más extraviado se sentía.

—Quise torcerle una muñeca —me dijo.

—…

—Un día… aquí mismo…

Yo sentía una gran opresión, habría estallado.

En medio de la barahunda. Michel prorrumpió en carcajadas:

—¡Tú no la conoces! ¡Me pedía que le clavase alfileres en la piel! ¡Tú no la conoces! Es intolerable…

—¿Por qué alfileres?

—Quería entrenarse…

Yo grité:

—¿Entrenarse a qué?

Michel se rió aún con más ganas.

—A soportar las torturas…

 

De pronto, recuperó la gravedad, torpemente, como podía. Quiso adoptar un aire apresurado, cobrando un aire estúpido. Al punto se puso a hablar. Se enrabiaba:

—Hay otra cosa que es absolutamnte necesario que sepas. Ya lo sabes, Lazare fascina a quienes la oyen. Les parece no ser de este mundo. Hay quienes aquí, obreros, a los que conseguía incomodar. Ellos la miraban. Luego, se la encontraban en La Criolla. Aquí, en La Criolla, parecía una aparición. Sus amigos, sentados a la misma mesa, estaban horrorizados. No podían comprender que se encontrase allí. Un día, uno de ellos, harto, se puso a beber… Estaba fuera de sí; hizo como tú, pidió una botella. Bebía vaso tras vaso. Yo pensé que se acostaría con ella. Ciertamente habría podido matarla, habría preferido que la matasen por ella, pero nunca le habría pedido que se acostase con él. Ella le seducía y nunca hubiese comprendido si yo hubiera hablado de su fealdad. Pero, a sus ojos, Lazare era una santa. Y, además, debía seguir siéndolo. Era un mecánico muy joven que se llamaba Antonio.

 

Yo le hice lo que había hecho el joven obrero; vacié mi vaso y Michel, que raramente bebía, se puso a mi altura. Entró en un estado de extrema agitación. Yo estaba ante el vacío, bajo una luz que me cegaba, ante una extravagancia que nos superaba.

Michel enjugó el sudor de sus sienes. Prosiguió:

—Lazare estaba irritada al ver cómo bebía. Le miró a los ojos y le dijo: «Esta mañana le he dado un papel para que lo firmase y usted lo ha firmado sin leerlo». Hablaba sin la menor ironía. Antonio repuso: «¿Qué más da?». Lazare replicó: «¿Pero, y si le hubiera dado una profesión de fe fascista?». Antonio, a su vez, miró fijamente a Lazare. Estaba fascinado, pero fuera de sí. Respondió lentamente: «La mataría». Lazare le dijo: «¿Lleva un revólver en el bolsillo?». Él contestó: «Sí». Lazare dijo: «Salgamos». Salimos. Quería un testigo.

Acabé por respirar mal. Le pedí a Michel, que perdía su ímpetu, que continuase de inmediato. De nuevo se secó el sudor en la frente:

 

—Fuimos a la orilla del mar, a ese lugar donde hay escalones para bajar. Despuntaba el alba. Andábamos sin decir ni una palabra. Yo estaba desconcertado, Antonio excitado hasta el límite, pero atontado por todo lo que había bebido, Lazare ausente, serena como una muerta…

—Pero, ¿se trataba de una broma?

—No era una broma. Yo los dejaba actuar. No sé por qué estaba angustiado. Al borde del mar, Lazare y Antonio descendieron hasta los escalones más bajos. Lazare le pidió a Antonio que tomase en la mano su revólver y que le pusiese el cañón en el pecho.

—¿Y Antonio lo hizo?

—Él también tenía un aire ausente, sacó un «browning» de su bolsillo, lo montó y colocó el cañón contra el pecho de Lazare.

—¿Y entonces?

—Lazare le preguntó: «¿No me dispara?». Él no contestó nada y se quedó dos minutos sin moverse. Por último dijo «no» y retiró el revólver…

—¿Eso fue todo?

—Antonio parecía agotado: estaba pálido y, como hacía fresco, se puso a temblar. Lazare cogió el revólver, sacó la primera bala. Aquella bala estaba en el cañón cuando ella lo tenía apoyado en el pecho, luego habló con Antonio. Le dijo: «Démela». Quería quedársela de recuerdo.

—¿Y Antonio se la dio?

—Antonio le dijo: «Como guste». Ella la metió en su bolso.

 

Michel se calló: parecía estar más a disgusto que nunca. Yo pensaba en la mosca en la leche. Ya no sabía si había que reírse o estallar. Verdaderamente se parecía a la mosca en la leche, o, también, al mal nadador que traga agua… No soportaba la bebida. Al final estaba a punto de llorar. Gesticulaba extrañamente a través de la música, como si tuviese que espantar a algún insecto:

—¿Podrías imaginarte una historia más absurda? —me dijo también.

El sudor, al correr por su frente, había sido el responsable de su gesticulación.

 

 

2

La historia me había dejado estupefacto.

Aún pude preguntarle a Michel —nos manteníamos lúcidos a pesar de todo— como si no estuviésemos borrachos, sino obligados a prestar una desesperada atención:

—¿Puedes decirme qué hombre era ese Antonio?

Michel me señaló a un muchacho en una mesa vecina, diciéndome que se le parecía.

—¿Antonio? Tenía un aspecto fogoso… Hace quince días, le detuvieron: es un agitador.

 

Pregunté de nuevo con la mayor gravedad que me era posible:

—¿Puedes decirme cuál es la situación política en Barcelona? No sé nada.

—Va a saltar todo…

—¿Por qué no viene entonces Lazare?

—La estamos esperando de un día para otro.

Lazare se disponía, pues, a venir a Barcelona, con objeto de participar en la agitación.

Mi estado de impotencia se volvió entonces tan penoso que, de no haber estado Michel, aquella noche podía haber acabado mal.

El propio Michel tenía la cabeza del revés, pero consiguió que me sentase de nuevo. Intentaba, no sin dificultad, recordar el tono de voz de Lazare, que, un año antes, había ocupado una de aquellas sillas.

Lazare hablaba siempre con sangre fría, pausadamente, con un tono de voz íntimo. Yo me reía al pensar en cualquiera de las frases lentas que pudiese haber oído. Hubiese deseado ser Antonio. La habría matado… La idea de que tal vez yo amaba a Lazare me arrancó un grito que se perdió en el tumulto. Habría podido morderme a mí mismo. Estaba obsesionado con el revólver —la necesidad de tirar, de vaciar el tambor… en su vientre… en su… Como si cayese en el vacío con una serie de gestos absurdos, como, en sueños, solemos hacer impotentes disparos.

Ya no podía más: para recuperarme, tuve que hacer un gran esfuerzo. Le dije a Michel:

—Odio a Lazare hasta un punto que a mí mismo me aterra.

 

Ante mí, Michel tenía el aspecto de un enfermo. Él también hacía esfuerzos sobrehumanos por sostenerse. Se echó las manos a la frente, sin poder evitar una risa a medias:

—Efectivamente, según ella, le habías manifestado un odio tan violento… Hasta ella pasó miedo. Yo también la detesto.

—¡La detestas! Hace dos meses vino a verme a mi cama cuando creyó que yo iba a morir. La hicieron pasar; se acercó hasta mi cama de puntillas. Cuando la vi en medio de la habitación, se quedó de puntillas, inmóvil: tenía la pinta de un espantapájaros inmóvil en medio de un sembrado…

—Estaba a tres pasos, tan pálida como si hubiera mirado a un muerto. Había sol en la habitación, pero ella, Lazare, era negra, era negra como lo son las cárceles. Era la muerte lo que le atraía, ¿me comprendes? Cuando de pronto lo vi, tuve tanto miedo que grité.

—¿Pero, y ella?

—Ella no dijo una palabra, no se movió. La insulté. La llamé sucia gilipollas. La llamé cura. Llegué incluso a decirle que estaba sereno, que tenía perfecta sangre fría, pero temblaba con todos mis miembros. Tartamudeaba, perdía la saliva. Le dije que morir era lamentable, pero que tener que morir viendo a un ser abyecto, era demasiado. Hubiera deseado que mi orinal estuviese lleno, le habría tirado la mierda a la cara.

—¿Y ella qué dijo?

—Le dijo a mi suegra que más valía que se fuese, sin alzar la voz.

 

Yo reía. Me reía. Veía doble y perdía la cabeza.

Michel, a su vez, rompió a reír:

—¿Y se fue?

—Se fue. Empapé las sábanas de sudor. Creí morir en aquel preciso momento. Pero, al final del día, sentí que estaba mejor, sentí que me había salvado… Entiéndeme bien, tuve que darle miedo. Si no, ¿no crees tú? ¡Estaría muerto!

Michel estaba postrado, se irguió de nuevo: sufría, pero, al propio tiempo, tenía el aspecto que habría tenido si acabase de saciar su venganza; deliraba:

—A Lazare le gustan los pajaritos: lo dice, pero miente. Miente, ¿me oyes? Huele a tumba. Lo sé: un día la cogí en mis brazos…

Michel se levantó. Estaba lívido. Dijo, con una expresión de profunda estupidez:

—Será mejor que me vaya a los servicios.

Yo también me levanté. Michel se alejó para ir a vomitar. Con todos los alaridos de La Criolla en la cabeza, yo estaba de pie, perdido en el tumulto. Ya no comprendía: de haber gritado, nadie me habría oído, incluso de haber gritado a voz sin cuello. No tenía nada que decir. Aún no había acabado de perderme. Me reía. Me hubiera gustado escupirles a los demás a la cara.

 

 

© Herederos de Georges Bataille.

© Ramón García Fernández, de la versión al castellano.

de: El azul del cielo. Tusquets editores. Barcelona. 2008.

 

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