Indro Montanelli. SPQR

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(Fucecchio, 1909 – Milán, 2001)

Desde aquel año de 508 en que fue fundada la República, todos los monumentos que los romanos elevaron un poco en todas partes llevaron la sigla SPQR, que quiere decir: Senatus Populos-Que Romanus, o sea: “el Senado y el pueblo romano”.

Ya hemos dicho lo que era el Senado[1]. En cambio, no hemos dicho todavía qué era el pueblo, que no correspondía en absoluto a lo que nosotros entendemos con esta palabra. En aquellos lejanos días de Roma no incluía toda la ciudadanía, como ocurre hoy, sino tan solo dos “órdenes”, o sea dos clases sociales: la de los “patricios” y la de los équites o “caballeros”.

Los patricios eran los que descendían de los patres, o sea de los fundadores de la ciudad. Según Tito Livio, Rómulo había elegido un centenar de cabezas de familia que le ayudasen a construir Roma. Naturalmente, estos acapararon los mejores predios y se consideraron un poco dueños de la casa con respecto a los que vinieron después. Los primeros reyes no habían tenido, en efecto, ningún problema social que resolver, porque todos los súbditos eran iguales entre sí, y el mismo soberano no era más que uno de ellos encargado por todos los demás del desempeño de funciones determinadas, sobre todo de las religiosas.

Con Tarquinio Prisco había comenzado a llover sobre Roma un montón de otra gente, especialmente de Etruria. Y con estos nuevos vecinos, los descendientes de los patres mantenían las distancias con mucho recelo, defendiéndose dentro de la fortaleza del Senado, accesible solo a los miembros de sus familias. Cada una llevaba el nombre del antepasado que la fundara: Manlio, Julio, Valerio, Emilio, Cornelio, Horacio, Fabio.

Fue a partir del momento en que dentro de los muros de la ciudad comenzaron a convivir estas dos poblaciones, los descendientes de los antiguos pioneros y los llegados luego, cuando las clases principiaron a diferenciarse: de un lado, los patricios y del otro, los plebeyos.

No tardaron los patricios en ser desbordados por el número, como siempre sucede en todos los países nuevos, por ejemplo, América del Norte. En lo que es hoy Estados Unidos los patricios se llaman pilgrim fathers, los padres peregrinos, y estaban representados por los trescientos cincuenta colonizadores que fueron los primeros en establecerse allí a bordo de un buque llamado Mayflower, hace poco más de tres siglos. También sus descendientes siguen considerándose aún hoy un poco como los patricios de América pero no han podido mantener ningún privilegio porque las sucesivas oleadas de inmigrantes pronto los sumergieron. Descender de un padre peregrino del Mayflower es solo un título honorífico.

Los patricios romanos resistieron a esa mezcla mucho más tiempo. Y para defender mejor sus prerrogativas hicieron lo que hacen todas las clases sociales cuando son astutas y se encuentra en minoría numérica: llamaron a los plebeyos a compartir sus privilegios, comprometiéndoles así a defenderles también a ellos.

Bajo el rey Servio Tulio las clases sociales no eran ya tan solo dos. Entre los plebeyos se había diferenciado una alta burguesía o clase media, bastante numerosa y sobre todo muy fuerte desde el punto de vista financiero. Cuando el rey organizó los nuevos comicios centuriados dividiéndolos en cinco clases según los patrimonios y dando a la primera, la de los millonarios, votos suficientes para derrotar a las otras cuatro, los patricios no estuvieron nada contentos porque se vieron sobrepasados, como potencia política, por gente “sin cuna”, como se dice hoy, o sea que no tenían antepasados, pero que en compensación, poseía más dinero que ellos. Sin embargo, cuando Tarquinio el Soberbio fue echado y en su puesto se intauró la República, comprendieron que no podían quedarse solos contra todos los demás y pensaron en tomar por aliados a aquellos ricachones que, en el fondo, como todos los burgueses de todos los tiempos, no pedían nada mejor que entrar a formar parte de la aristocracia, es decir, del Senado. Si los nobles franceses del siglo XVIII hubiesen hecho otro tanto, se habrían ahorrado la guillotina.

Aquellos ricachones, como hemos dicho, se llamaban équites, caballeros. Procedían todos del comercio y de la industria y su gran sueño era convertirse en senadores. Para lograrlo, no solo votaban siempre, en los comicios centuriados, de acuerdo con los patricios que tenían las llaves del Senado, sino que no vacilaban en entrar pagando de su bolsillo cuando se les confiaba una oficina o un cargo. Pues los patricios se hacían pagar muy caro la concesión del alto honor. Y cuando se casaban con una hija de caballero, por ejemplo, exigían una dote de reina. Y tampoco el día en que el caballero lograba convertirse finalmente en senador, no era acogido como pater, es decir, como patricio, sino como conscriptus, en aquella asamblea que de hecho estaba constituida por “padres y conscriptos”, patres et conscripti.

El pueblo lo constituían, pues, solamente estos dos órdenes: patricios y caballeros. Todo el resto era plebe y no contaba. En esta se incluía un poco de todo: artesanos, pequeños comerciantes, empleaduchos y libertos. Y, naturalmente, no estaban contentos de su condición. De hecho, el primer siglo de la nueva historia de Roma estuvo enteramente ocupado en las luchas sociales entre los que querían ampliar el concepto de pueblo y los que querían mantenerlo restringido a las dos aristocracias: la de sangre y la de las carteras repletas.

Esa lucha comenzó en 494 antes de Jesucristo, es decir, catorce años después de la proclamación de la República, cuando Roma, atacada por todas partes, había perdido todo lo conquistado bajo el rey y, reducida casi a cabeza de partido, tuvo que conformarse con ser miembro de la Liga Latina en pie de igualdad con todas las demás ciudades. Al final de aquella ruinosa guerra, la plebe, que había proporcionado la mano de obra para llevarla a cabo, se encontró en condiciones desesperadas. Muchos habían perdido los campos, que quedaron en territorios ocupados por el enemigo. Y todos, para mantener a la familia mientras estaban en filas, se habían cargado de deudas, que en aquellos tiempos no era cosa baladí como lo es ahora. Quien no las pagaba se convertía automáticamente en esclavo del acreedor, el cual podía encarcelarlo en su bodega, matarlo o venderlo.

Si los acreedores eran varios estaban autorizados también a repartirse el cuerpo del desdichado tras haberle degollado. Y aun cuando, al parecer, no se llegó jamás a este extremo, la condición del deudor seguía siendo igualmente incómoda.

¿Qué podían hacer aquellos plebeyos para reclamar un poco de justicia? En los comicios centuriados no tenían voz, porque pertenecían a las últimas clases: las que tenían demasiado pocas centurias y, por ende, pocos votos para imponer su voluntad. Comenzaron a agitarse por calles y plazas, pidiendo por boca de los más desenvueltos, que sabían hablar, la anulación de las deudas, un nuevo reparto de tierras que les permitiese reemplazar el predio perdido y el derecho a elegir magistrados propios.

Los “órdenes” y el Senado prestaron oídos de mercader a estas demandas. Y entonces, la plebe, o por lo menos amplias masas de plebe, se cruzaron de brazos, se retiraron al Monte Sacro, a cinco kilómetros de la ciudad, y dijeron que a partir de aquel momento no darían ni un bracero a la tierra ni un obrero a las industrias ni un soldado al ejército.

Esta última amenaza era la más grave y apremiante, pues, precisamente en aquellos momentos, reestablecida de cualquier manera la paz con los vecinos de casa, latinos y sabinos, una amenaza nueva se perfilaba por la parte de los Apeninos, desde cuyos montes habían comenzado a irrumpir hacia el valle, en busca de tierras más fértiles, las tribus bárbaras de los ecuos y de los volscos, que ya estaban sumergiendo las ciudades de la Liga.

El Senado, con el agua en el cuello, mandó embajada tras embajada a los plebeyos para inducirles a regresar a la ciudad y a colaborar en la defensa común. Y Menecio Agripa, para convencerles, les contó la historia de aquel hombre cuyos miembros, para fastidiar al estómago, se habían negado a procurarle comida; con lo que, habiéndose quedado sin alimento, acabaron por morir ellos también, como el órgano del cual querían vengarse. Pero los plebeyos, duros, respondieron que no había elección: o el Senado cancelaba las deudas liberando a quienes se habían convertido en esclavos porque no las habían pagado y autorizaba a la plebe a elegir sus propios magistrados que la defendiesen, o la plebe se quedaba en el Monte Sacro, aunque viniesen todos los volscos de este mundo a destruir Roma.

Finalmente, en Senado capituló. Canceló las deudas, restituyó la libertad a quienes habían caído en la esclavitud por ellas y puso a la plebe bajo la protección de dos tribunos y de tres ediles elegidos por esta cada año. Fue la primera gran conquista del proletariado romano, la que dio el instrumento legal para alcanzar también las demás por el camino de la justicia social. El año 494 es muy importante en la historia de la Urbe y de la democracia.

Con el retorno de los plebeyos fue posible poner en campaña un ejército para la amenaza de los volscos y de los ecuos. En esta guerra, que duró cerca de sesenta años y que tenía como envite su propia supervivencia, Roma no estuvo sola. El peligro común le mantuvo fieles no solo a los aliados latinos y sabinos, sino también a otro pueblo limítrofe, el de los hérnicos.

En los combates que en seguida se encendieron con éxito incierto, se distinguió, cuéntase, un joven patricio llamado Coriolano, por el nombre de una ciudad que había expugnado. Era un conservador intransigente y se oponía a que el Gobierno hiciese una distribución de trigo al pueblo hambriento. Los tribunos de la plebe, que entretanto habían sido elegidos, pidieron su exilio. Coroliano se pasó entonces al enemigo, hizo entregarse el mando y, como buen estratega, lo condujo de victoria en victoria hasta las puertas de Roma.

También a él los senadores le mandaron embajada tras embajada para hacerle desistir. No hubo manera. Solo cuando vio acercárseles, suplicantes, a su madre y a su esposa, ordenó a los suyos que se replegasen, los cuales, por toda contestación, le dieron muerte; después, habiéndose quedado sin jefe, fueron derrotados y obligados a retirarse.

Sobre su remolino aparecieron los ecuos que ya habían despanzurrado a Frascati. Lograron romper las coaliciones entre los romanos y sus aliados. Y el peligro fue tan grave que el Senado, para hacer frente a él, concedió títulos y poderes de dictador a L. Quincio Cincinato, quien, con un nuevo ejército, liberó a las legiones sitiadas y las condujo, en 431, a una definitiva victoria; luego, depuesto el mando después de haberlo ejercido solamente durante dieciséis días, regresó a arar la finca de la cual había venido.

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Pero aún antes de esta feliz conclusión una nueva guerra se había encendido en el Norte por parte de la etrusca Veyes que no quería perder aquella favorable ocasión para destruir definitivamente a Roma. Le había hecho ya varios feos mientras estaba empeñada en defenderse de ecuos y volscos. Y Roma había aguantado a la inglesa, es decir, preparando el desquite. En cuanto tuvo las manos libres las empleó para ajustar las cuentas. Fue una guerra dura que también requirió en un momento dado, el nombramiento de un dictador. Este fue Marco Furio Camilo, gran soldado y, sobre todo, un hombre de bien, que aportó al Ejército una gran novedad: el estipendio, o sea, la “soldada”. Hasta entonces, los soldados habían tenido que prestar servicio gratis y si tenían mujer, las familias que quedaban en la patria se morían de hambre. Camilo lo encontró injusto y lo remedió. La tropa, satisfecha, redobló su celo, conquistó de un embate Veyes, la destruyó y deportó como esclavos a sus habitantes.

Esta gran victoria y el ejemplar castigo que la rubricó llenaron de orgullo a los romanos: cuadruplicaron sus territorios llevándolos a más de dos mil kilómetros cuadrados, pero abrigaron hondos recelos de quien se los había procurado. Mientras Camilo seguía conquistando ciudad tras otra en Etruria, empezóse a decir en Roma que era un ambicioso y que se embolsaba el botín de los pueblos vencidos en vez de entregarlo al Estado. Camilo quedó tan amargado que renunció al mando y en vez de volver a la patria, para disculparse, se marchó voluntariamente al exilio, en Árdea.

Tal vez hubiera muerto allí dejando un nombre manchado por la calumnia, si los ingratos romanos no hubiesen vuelto a necesitarle para salvarse de los galos, el último y más grave peligro del que tuvieron que defenderse antes de iniciar la gran conquista. Los galos eran una población bárbara, de raza céltica, que, venida de Francia, había inundado ya la llanura del Po. Repartieron aquel fértil territorio entre sus tribus, los insubrios, los bonnos, los cenomanos, los senones: mas una de estas, al mando de Breyo, dirigióse hacia el sur, conquistó Chiusi, desbarató las legiones romanas en el río Alia y marchó sobre Roma.

Los historiadores han contado después, envuelto en muchas leyendas, este capítulo que debió ser muy desagradable para la Urbe. Dicen que cuando los galos intentaron escalar el Capitolio, los gansos consagrados a Juno se pusieron a chillar despertando así a Manlio Capitolino quien, al frente de los defensores, rechazó el ataque. Puede ser. Pero los galos entraron igualmente en el Capitolio como en todo el resto de la ciudad, de donde la población había huído en masa para refugiarse entre los montes circundantes. Dicen también que los senadores, sin embargo, se habían quedado, al completo, solamente sentados en los toscos sillones de madera de su curia y que uno de ellos, Papirio, al sentirse tirar de la barba por broma de un galo, que la creía postiza, le arrojó a la cara el cetro de marfil. Y por fin narran que Brenno, tras haber pegado fuego a toda Roma, pidió, para irse, no sé cuántos kilos de oro e impuso, para pesarlo, una balanza apañada. Los senadores protestaron y entonces Brenno, sobre el platillo de las pesas, arrojó también su espada pronunciando la famosa frase: Vae victis!, “¡ay de los vencidos!”. A lo que Camilo, reapareciendo de milagro respondería: Non auro, sed ferro, recuperanda est patria, “la patria se restaura con el hierro, no con el oro”, se pondría al frente de un ejército que hasta aquel momento no se comprende dónde lo tuvo escondido y pondría en fuga al enemigo.

La verdad es que los galos expugnaron Roma, la saquearon y se marcharon perseguidos por las legiones, pero cargados de dinero. Eran bandoleros robustos y zafios, que no seguían ninguna línea política y estratégica en sus conquistas. Asaltaban, depredaban y se retiraban sin preocuparse en absoluto del mañana. De haber podido imaginar la venganza que Roma habría de sacar de aquella humillación, no hubieran dejado piedra sobre piedra. En cambio, la devastaron, sí, pero sin destruirla. Y volvieron sobre sus pasos, hacia la Emilia y Lombardía, facilitando a Camilo, llamado urgentemente de Árdea, a reparar los daños. Probablemente no tuvo ni una sola escaramuza con los galos. Habían partido ya cuando él llegó. Mas, dejando a un lado los rencores, volvió a tomar el título de dictador, se arremangó la camisa y se puso a reconstruir la ciudad y el ejército.

Los mismos que le habían llamado ambicioso y ladrón le llamaron ahora “el segundo fundador de Roma”.

Pero mientras sucedía todo esto en el frente exterior, la Urbe alcanzaba en el interior una importante meta con la Ley de las Doce Tablas.

Fue un éxito de los plebeyos que, desde que habían vuelto del Monte Sacro, no cesaban de pedir que las  leyes no fuesen dejadas más en manos de la Iglesia, que a su vez era monopolio de los patricios, sino que se publicasen de modo que cada uno supiese cuáles eran sus deberes y cuáles las penas en que incurrirían en caso de inflingirlas. Hasta aquel momento las normas en que se basaba el magistrado que juzgaba habían sido secretas, reunidas en textos que los sacerdotes conservaban celosamente y mezcladas con ritos religiosos con los que se pretendía indagar la voluntad de los dioses. Si el dios estaba de buen humor un asesino podía salir de apuros; si el dios tenía mal día un pobre ladronzuelo de gallinas podía terminar en la horca. Dado que quienes interpretaban su voluntad, magistrados y sacerdotes, eran patricios, los plebeyos se sentían indefensos.

Bajo la presión del peligro exterior, de los volscos, de los ecuos, de los veientos, de los galos y la amenaza de una segunda secesión en el Monte Sacro, el Senado, tras muchas resistencias, capituló y mandó a tres de sus miembros a Grecia para estudiar lo que había hecho Solón en este terreno. Cuando los mensajeros volvieron, fue nombrada una comisión de diez legisladores, llamados por su número decenviros. Bajo la presidencia de Apio Claudio, redactaron el código de las Doce Tablas que constituyó la base, escrita y pública, del derecho romano.

Esta gran conquista lleva la fecha del año 451, que correspondía, aproximadamente, al tricentenario de la fundación de la Urbe.

No anduvo sobre ruedas, pues los plenos poderes que el Senado había conferido a los decenviros para realizarla les gustó tanto a estos que al finalizar el segundo año, cuando vencían, se negaron a restituirlos a quien se los había dado. Cuentan que la culpa fue de Apio Claudio, que quiso continuar ejerciéndolos para reducir la esclavitud y vencer la resistencia de una bella y apetitosa plebeya, Virginia, de la que se había enamorado. El padre, Lucio Virginio, fue a protestar. Y, visto que Apio no le hacía caso, antes que dejar a su hija a merced de aquel tipejo, le apuñaló. Después de lo cual, como ya hiciera Colatino después del caso de Lucrecia, corrió al cuartel, contó lo acaecido a los soldados y les exhortó a sublevarse contra el déspota. Indignada, la plebe se retiró otra vez al Monte Sacro (ya había aprendido) y el ejército amenazó con seguirla. Y el Senado, reunido de urgencia, dijo a los decenviros (con profunda satisfacción, creemos) que no podía mantenerles en el cargo. Fueron, pues, destituidos por decreto, Apio Claudio se convirtió en bandido y el poder ejecutivo fue devuelto a los cónsules.

No era aún el triunfo de la democracia, que solo había de venir un siglo después, con las leyes de Licinio Sextio, pero era ya un gran paso adelante. La P de aquella sigla SPQR comenzaba a ser el Populus, tal y como nosotros lo entendemos hoy.

 

 

© herederos de Indro Montanelli

© Domingo Pruna, de la versión al castellano

de: Historia de Roma. Plaza y Janés editores. Barcelona. 1985

 

 

N O T A

[1] Institución cuyo nombre proviene del Consejo de Ancianos. Nació durante la monarquía romana como un órgano consultivo y que luego adquirió mayor relevancia con los siglos y los cambios de modelos políticos. Al inicio su número era de 30 senadores, con la República llegó a 300 y en época imperial hasta los 900. Se encargaba de ratificar las leyes, dirigir la política exterior, las finanzas y la religión en Roma.

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