Sigmund Freud. Sobre los tipos libidinales

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(Príbor, 1856 – Londres, 1939)

La observación nos demuestra que los distintos individuos humanos realizan la imagen general del ser humano en variedades de casi infinita multiformidad. Si se quiere ceder al legítimo impulso de distinguir tipos particulares en dicha multiplicidad, habrá de comenzarse por seleccionar las características determinadas y los puntos de vista precisos a los cuales deberá ajustarse esa diferenciación. Con tal objeto, es evidente que las cualidades físicas serán tan útiles como psíquicas y las más valiosas serán por fuerza aquellas clasificaciones que se funden sobre la constante y regular combinación de características físicas y psíquicas.

Es curioso que ya hoy se pueda revelar tipos que cumplan dicha condición, aunque seguramente se llegará a descubrirlos en el futuro sobre una base que aún desconocemos. Si limitamos nuestros esfuerzos a definir ciertos tipos puramente psicológicos, las condiciones de la libido son las que mejor derecho tienen para servir de fundamento a tal clasificación. Podríase exigir que esta no se apoye únicamente sobre nuestros conocimientos o nuestras conjeturas acerca de la libido, sino que también sea fácilmente verificable en la práctica y que contribuya a clarificar la suma de nuestras observaciones, permitiéndonos arribar a una concepción global de estas. Admitamos sin vacilar que estos tipos libidinales no necesitan ser los únicos posibles, ni aun en la esfera psíquica y que tomando otras características como base de clasificación podríase establecer toda una serie de distintos tipos psicológicos. Todos ellos deben ajustarse a la regla de no coincidir en modo alguno con cuadros clínicos específicos. Por el contrario, han de abarcar todas las variaciones que, de acuerdo con nuestros criterios prácticos de estimación, caen dentro de la gama de lo normal. En sus expresiones extremas, sin embargo, bien pueden aproximarse a los cuadros clínicos, contribuyendo así a colmar la supuesta brecha entre lo normal y lo patológico.

Ahora bien: es posible distinguir tres tipos libidinales básicos, de acuerdo con la localización predominante de la libido en los distintos sectores del aparato psíquico. No es muy fácil denominarlos, pero, ajustándome a las orientaciones de nuestra psicología profunda, quisiera calificarlos de tipos erótico, obsesivo y narcisista.

El tipo erótico es fácil de caracterizar. Los eróticos son personas cuyo interés principal —la parte relativamente más considerable de su libido— está concentrado en su vida amorosa. Amar, pero particularmente ser amado, es para ellos lo más importante en la vida. Hállanse dominados por el temor de perder el amor y se encuentran por ello en particular dependencia de los demás, que pueden privarlos de ese amor. Aun en su forma pura, este tipo es harto común. Existen variantes que obedecen a las variables combinaciones con otros tipos y el agregado más o menos considerable de elementos agresivos. Desde el punto de vista social y cultural, este tipo representa las demandas instintivas elementales del ello, al que las demás instancias psíquicas se han rendido dócilmente.

El segundo tipo, al que he dado nombre, a primera vista extraño, de tipo obsesivo, se caracteriza por el predominio del super-yo, que se ha segregado del yo bajo elevada tensión. Las personas de este tipo se hayan dominadas por la angustia ante la conciencia, en lugar del miedo a la pérdida del amor; exhiben, por así decirlo, una dependencia interna en vez de la externa; despliegan alto grado de autonomía y socialmente son los verdaderos portadores de la cultura, con orientación predominantemente conservadora.

Las características del tercer tipo, justificadamente calificado de narcisista, son esencialmente de signo negativo. No existe tensión entre el yo y el super-yo, al punto que partiendo de este tipo, difícilmente se habría llegado jamás a establecer la noción de un super-yo; no predominan las necesidades eróticas: el interés cardinal está orientado hacia la autoconservación; las personas de este tipo son independientes y difíciles de intimidar. El yo dispone de una considerable suma de agresividad, que se traduce asimismo por su disponibilidad para la acción; en el terreno de la vida amorosa, prefieren amar a ser amadas. Impresionan a los demás como “personalidades”; son particularmente aptas para servir de apoyo al prójimo, para asumir el papel de conductores y para dar nuevos estímulos al desarrollo cultural o quebrantar las condiciones existentes.

Estos tipos puros difícilmente escaparán a la sospecha de haber sido deducidos de la teoría de la libido. En cambio, nos sentiremos al punto sobre el sólido suelo de la experiencia si encaramos ahora los tipos mixtos, más frecuentemente observados que los puros. Estos nuevos tipos —el erótico-obsesivo, el erótico-narcisista y el narcisista-obsesivo— realmente parecen facilitar una buena clasificación de las estructuras psíquicas individuales, tal como se presentan en el análisis. Si estudiamos estos tipos mixtos, hallaremos en ellos cuadros caractéricos hace mucho conocidos. En el tipo erótico-obsesivo la preponderancia de los instintos está restringida por la influencia del super-yo; la dependencia simultánea de las personas que son objetos actuales y de los residuos de objetos pretéritos, como los padres, educadores y personas ejemplares, alcanza en este tipo su máxima expresión. El erótico-narcisista quizás sea el más común de todos los tipos. Reúne en sí contrastes que en él logran atenuarse mutuamente; estudiando este tipo en comparación con los otros dos tipos eróticos, compruébase que la agresividad y la actividad concuerdan con un predominio del narcisismo. Finalmente, el tipo narcisista-obsesivo representa la variante culturalmente más valiosa, pues combina la independencia de los factores exteriores y la consideración de los requerimientos de la conciencia con la capacidad para la acción enérgica, fortaleciendo al mismo tiempo el yo contra el super-yo.

Parecería una broma si preguntáramos por qué no se ha mencionado todavía otro tipo mixto, teóricamente posible: el erótico-obsesivo-narcisista. Mas la respuesta a esta broma es seria: porque semejante tipo ya no sería tipo alguno, sino la norma absoluta, la armonía ideal. Adviértese así que el propio fenómeno del tipo solo se da en la medida en que, de las tres aplicaciones básicas que la libido puede tener en la economía psíquica, una o dos sean favorecidas a expensas de la o de las restantes.

También cabe preguntarse cuál es la relación de estos tipos libidinales con la patología: si algunos de ellos disponen particularmente el paso hacia la neurosis y, de ser así, cuáles tipos conducen a qué formas de neurosis. La respuesta nos dirá que la postulación de estos tipos libidinales no arroja ninguna nueva luz sobre la génesis de la neurosis. La experiencia nos demuestra, en efecto, que todos estos tipos pueden subsistir sin neurosis. Los tipos puros, con su indisputado predominio de una única instancia psíquica, parecen contar con mejores perspectivas de manifestarse como formaciones caractéricas puras, mientras que de los tipos mixtos cabe esperar que ofrezcan un terreno más fértil para los factores condicionantes de la neurosis. Creo, sin embargo, que no se debe abrir juicio al respecto sin realizar antes detenidas comprobaciones dirigidas especialmente a este fin.

Parece fácil deducir que, en el caso de desencadenarse la enfermedad, los tipos eróticos desarrollarán una histeria, y los obsesivos, una neurosis obsesiva, pero aun esta correspondencia se halla afectada por la incertidumbre mencionada en último término. Las personas de tipo narcisista, que a pesar de su independencia general están expuestas a ser frustradas por el undo exterior, llevan en sí una disposición particular a la psicosis, como también presentan algunos de los factores esenciales que condicionan la criminalidad.

Bien sabemos que las condiciones etiológicas de la neurosis aún no han sido establecidas con certeza. Sus factores desencadenantes son frustraciones y conflictos internos: conflictos entre las tres grandes instancias psíquicas, conflictos producidos en la economía libidinal a causa de nuestra disposición bisexual; conflictos entre los componentes instintuales eróticos y agresivos. La psicología de la neurosis se esfuerza, precisamente, por descubrir qué es lo que confiere caracter patógeno a estos procesos que forman parte del curso normal de la vida psíquica.

 

 

© Ramón Rey Ardid, de la versión al castellano

de: Tres ensayos sobre teoría sexual. Alianza editorial. Madrid. 1973.

 

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