Susanna Rafart. En tu nombre

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(Ripoll, 1962)

 

La mano pide

entre jacintos darse;

tocados por el rayo

los torsos hacen un bosque

donde no hay pájaros ni ángeles.

 

 

 

Días rotos

esparcen en la luz pobres astillas,

días que no han tenido

el fango húmedo de los cántaros,

el hierro que verdea sobre los campos,

el fuego que sigue tras el rocío.

Días vencidos que niegan

terciopelos del aire lento,

tu beso en el mío,

el tiempo que hemos asaltado y el que nos rebasa.

 

 

 

La tarde se hace noche

en la plaza cerrada

con muros de piedra y nieve.

Un árbol grande, la arcada,

y el viento en el balcón, callado.

Pájaros antiguos en el aire

beben de las pozas que son nacimiento.

 

 

 

Los álamos saben

en la sombra de las ramas

amar a los hombres.

Dulces los troncos de vida

se levantan perdurables.

 

 

 

La luz sobre los papeles,

un ramo que medio se seca, cerámicas

que han envejecido hace tiempo.

Retratos nacidos en las casas de otros,

las tazas que habrán quedado.

 

También las sábanas y el espino blanquísimo,

crepúsculos breves, silencios largos,

ciega claridad de un orden nuevo.

 

 

 

Mediodía blanco, silencio,

todas las naves esperan.

Las llaves en la cerradura; en la mesa

maduran los membrillos;

la ropa húmeda

al fondo del armario.

 

Quien quiere partir aprende canciones.

 

 

 

Pequeño libro, sin mí

De tu país no sabes

cómo se rebela la lengua

contra el terror antiguo.

Hablar de amor castiga

y el frío que ahora te rodea

no llevará el barco

a los umbrales que te sueñan.

 

 

 

© Susanna Rafart, de los poemas

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano

de: En el teu nom. Perifèric Edicions. Valencia. 2014.

Coral Bracho. La voluntad del ámbar

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(Ciudad de México, 1951)

 

Y si quiero

 

Dios me ve.

Si digo Dios me ve, Dios me oye

decir “Dios me ve”, y si quiero

borrar lo que dije, Dios me ve

y me oye cuando pienso que quiero

borrar lo que dije, y si quiero borrar

lo que pienso y lo que dije

Dios me oye y me ve.

 

 

 

Esto que ves aquí no es

 

Esto que ves aquí no es.

Alguien te oculta una pieza.

Es el fragmento

que da el sentido. Es la palabra

que altera el orden

del furtivo universo. El eje

oculto

sobre el que gira. Este recuerdo

que articulas

no es. Falta el espacio

que ajusta

el caos.

Alguien jala los hilos. Alguien

te incita a actuar. Cambia los escenarios,

los reacomoda. Sustrae objetos.

Cruzas de nuevo

el laberinto a oscuras. El hilo

que en él te dan

no te ayuda a salir.

 

 

 

El amor es su entornada sustancia

 

Encendido en los boscajes del tiempo, el amor

es su entornada sustancia.       Abre

con hociquillo de marmota,

senderos y senderos

inextricables. Es el camino

de vuelta

de los muertos, el lugar luminoso en donde suelen

resplandecer. Como zafiros bajo la arena

hacen su playa, hacen sus olas íntimas, su floración

de pedernal, blanca y hundiéndose

y volcando su espuma. Así nos dicen al oído: del viento,

de la calma del agua, y del sol

que toca,

con dedos ígneos y delicados

la frescura vital. Así nos dicen

con su candor de caracolas; así van devanándonos

con su luz, que es piedra,

y que es principio con el agua, y es mar

de hondos follajes

inexpugnables, a los que solo así, de noche,

nos es dado ver

y encender.

 

 

© Coral Bracho, de los poemas

de: La voluntad del ámbar. Ediciones Era. México. 1998.

 

Judith Herzberg. Sobre la pintura

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(Amsterdam, 1934)

 

Lo que le gustaría pintar

 

Ella pinta lo que no puede

comer poseer o describir.

Pinta lo que no permanece

quieto no queda igual no

varía. Pinta lo que ella

no puede cultivar ni cazar

ni olvidar. Pinta lo que

no puede adivinar asir

o comprender. Lo que no

puede abrazar mimar

o desaprobar. Descuidar,

dejar asilvestrarse. Talar,

despedazar. Quemar.

Lamentar. Pinta aquello

que no la deja dormir

lo que no recuerda,

no en color. Lo que no puede

cantar no puede exultar.

Lo indefinido ejerce siempre

un indefinible atractivo.

 

 

Mondrian

 

Imagina que todos hubiéramos nacido en una época

en la que tan solo existiera el arte abstracto,

en la que la representación de la supuesta realidad

todavía no se hubiera inventado.

 

En los museos y también

en nuestras paredes habría líneas bellísimas

y superficies cautivadoras. Entonces de repente

un tal Mondrian se vuelve senil y en su menguante

consciencia surge la demente ocurrencia

de que podría intentar capturar en acuarela

una rosa o un crisantemo.

 

Es más, él mismo casi se convierte

en flor, tal es su capacidad de sentir la floración

y el mustiarse en su interior. Con una pistola

fuerza al público a entrar a mirar su obra.

Los críticos no saben qué hacer, auguran

incluso oro y brocado al óleo. ¡En lienzo!

Sobre el cual jugará la luz eterna. Ese crisantemo

sería de un desarrollo de largo alcance apenas

el vacilante primer brote. ¡Alerta!

 

 

“El pintorcillo”

 

No quiere intervenir

le gustaría supeditar

el pintar

a los caprichos

de la pintura.

Eso no le pasa

a cualquier pintor

pero a este sí.

 

Sabe exactamente

lo que no quiere

no quiere ser admirado

y envidiado no quiere

ser más refinado

que tú.

 

A veces no lo consigue.

¿A qué se debe?

Él se calla

comprende que algo,

antes de ser enmarcado,

ya se negó.

 

 

© Judith Herzberg, de los poemas

© Ronald Brouwer, de la versión al castellano

de: Todo lo que es pensable. Editorial Pre-Textos. Valencia. 2019.

 

Oliver Sacks. El discurso del presidente

(Londres, 1933 - Nueva York, 2015)

(Londres, 1933 – Nueva York, 2015)

¿Qué pasaba? Carcajadas estruendosas en el pabellón de afasia, precisamente cuando transmitían el discurso del presidente. Habían mostrado todos tantos deseos de oír hablar al presidente…

Allí estaba, el viejo Encantador, el Actor, con su retórica habitual, el histrionismo, el toque sentimental… y los pacientes riéndose a carcajadas convulsivas. Bueno, todos no: los había que parecían desconcertados y otros como ofendidos, uno o dos parecían recelosos, pero la mayoría parecía estar divirtiéndose muchísimo. El presidente conmovía, al parecer, más que nada a reírse. ¿Qué podían estar pensando los pacientes? ¿No le entenderían? ¿Le entenderían, quizás, demasiado bien?

Solía decirse de estos pacientes que, aunque inteligentes, padecían la afasia global o receptiva más grave —la que incapacita para entender las palabras en cuanto tales—, que a pesar de eso entendían la mayor parte de lo que se les decía. A sus amistades, a sus parientes, a las enfermeras que los conocían bien les resultaba difícil creer a veces que fuesen afásicos.

Esto se debía a que si les hablabas con naturalidad captaban una parte o la mayoría del significado. Y, naturalmente, uno habla “naturalmente”.

En consecuencia, el neurólogo tenía que esforzarse muchísimo para demostrar su afasia, hablar y actuar naturalmente para eliminar todas las claves extraverbales, el tono de voz, la entonación, la inflexión o el énfasis indicadores y además todas las claves visuales (expresiones, gestos, actitud y repertorio personales, predominantemente inconscientes; había que eliminar todo esto (lo que podría entrañar ocultamiento total de la propia persona y despersonalización total de la propia voz, teniendo que llegar incluso a servirse de un sintetizador de voz electrónico) con objeto de reducir el habla a las puras palabras, sin rastro siquiera de lo que Frege llamó “colorido de timbre” (Klangenfarben) o “evocación”. Solo con este género de habla groseramente artificial y mecánica (bastante parecida a la de los ordenadores de la serie de televisión Star Treck) podía uno estar plenamente seguro, con los pacientes más sensibles, de que padecían afasia de verdad.

¿Por qué todo esto? Porque el habla (el habla natural) no consiste solo en palabras ni (como pensaba Hughlings Jackson) solo en “proposiciones”. Consiste en expresión (una manifestación externa de todo el sentido con todo el propio ser), cuya comprensión entraña infinitamente más que la mera identificación de las palabras. Esta era la clave de aquella capacidad de entender de los afásicos, aunque no entendiesen en absoluto el sentido de las palabras en cuanto tales. Porque, aunque las palabras, las construcciones verbales, no pudiesen transmitir nada, per se, el lenguaje hablado suele estar impregnado de “tono”, engastado en una expresividad que excede lo verbal… y es esa expresividad, precisamente, esa expresividad tan profunda, tan diversa, tan compleja, tan sutil, lo que se mantiene intacto en la afasia, aunque desaparezca la capacidad de entender las palabras. Intacto… y a menudo más: inexplicablemente potenciado…

Esto es algo que captan claramente (con frecuencia del modo más chocante o cómico o espectacular) todos los que trabajan o viven con afásicos: familiares, amistades, enfermeras, médicos. Puede que al principio no nos fijemos mucho; pero luego vemos que ha habido un gran cambio, casi una inversión, en su comprensión del habla. Ha desaparecido algo, está destruido, no hay duda… pero hay otra cosa en su lugar, inmensamente potenciada, de modo que (al menos en la expresión cargada de emotividad) el paciente puede captar plenamente el sentido aunque no capte ni una sola palabra. Esto, en nuestra especie Homo loquens, parece casi una inversión del orden habitual de las cosas: una inversión y quizás también una reversión a algo más primitivo y más elemental. Quizás sea por esto por lo que Huglings Jackson comparó a los afásicos con los perros (¡una comparación que podría ofender a ambos!) aunque cuando lo hizo pensaba más que nada en sus deficiencias lingüísticas y no en esa sensibilidad tan notable, casi infalible, para apreciar el “tono” y el sentimiento. Henry Head, más sensible a este respecto, habla de “tono-sentimiento” en su tratado sobre la afasia (1926) y destaca cómo se mantiene, y con frecuencia se potencia, en los afásicos [1].

De ahí la sensación que tengo yo a veces, que tenemos todos los que trabajamos en estrecho contacto con afásicos, de que a un afásico no se le puede mentir. El afásico no es capaz de entender las palabras y, precisamente por eso, no se le puede engañar con ellas. Ahora bien, él lo que capta lo capta con una precisión infalible, y lo que capta es esa expresión que acompaña a las palabras, esa expresividad involuntaria, espontánea, completa, que nunca se puede deformar o falsear con tanta facilidad como las palabras…

Comprobamos esto en los perros y los utilizamos muchas veces con este fin, para desenmascarar la falsedad o la mala intención, o las intenciones equívocas para que nos indiquen de quién se puede uno fiar, quién es íntegro, quién es de confianza cuando, debido a que somos tan susceptibles a las palabras, no podemos fiarnos de nuestros instintos.

Y lo que un perro es capaz de hacer en este campo son capaces de hacerlo también los afásicos, y a un nivel humano e inconmensurablemente superior. “Se puede mentir con la boca”, escribe Nietzsche, “pero la expresión que acompaña a las palabras dice la verdad”. Los afásicos son increíblemente sensibles a esa expresión, a cualquier falsedad o impropiedad en la actidud o la apariencia corporal. Y si no pueden verlo a uno (esto es especialmente notorio en el caso de los afásicos ciegos) tienen un oído infalible para todos los matices vocales, para el tono, el timbre, el ritmo, las cadencias, la música, las entonaciones, inflexiones y modulaciones sutilísimas que pueden dar (o quitar) verosimilitud a la voz de un ser humano.

En eso se fundamenta, pues, su capacidad de entender… Entender, sin palabras, lo que es auténtico y lo que no. Eran, pues, las muecas, los histrionismos, los gestos falsos y, sobre todo, las cadencias y tonos falsos de la voz, lo que sonaba a falsedad para aquellos pacientes sin palabras, pero inmensamente perceptivos. Mis pacientes afásicos reaccionaban ante aquellas incorrecciones e incongruencias tan notorias, tan grotescas incluso, porque no los engañaban ni podían engañarlos las palabras.

Por eso se reían tanto del discurso del presidente.

 

Si uno no puede mentirle a un afásico debido a esa sensibilidad suya tan peculiar para la expresión y el “tono”, ¿cómo es, podríamos preguntarnos, qué pasará con los pacientes (si los hay) que carezcan totalmente del sentido de la expresión y el “tono”, aunque conserven, intacta, la capacidad de entender las palabras, pacientes de un tipo exactamente opuesto? Tenemos también pacientes de este tipo en el pabellón de la afasia, a pesar de que, técnicamente, no tengan afasia, sino, por el contrario, una forma de agnosia, concretamente la llamada agnosia “tonal”. En el caso de estos pacientes lo que desaparece es la capacidad de captar las cualidades expresivas de las voces (el tono, el timbre, el sentimiento, todo su carácter) mientras que se entienden perfectamente las palabras (y las construcciones gramaticales). Estas agnosias tonales o (“aprosodias”) siguen a trastornos del lóbulo temporal derecho del cerebro, y las afasias a los del lóbulo temporal izquierdo.

Entre los pacientes con agnosia tonal de nuestro pabellón de afasia que escuchaban también el discurso del presidente se encontraba Emily D., que tenía un glioma en el lóbulo temporal derecho. Emily D., que había sido profesora de inglés y poetisa de una cierta fama, con una sensibilidad muy especial para el lenguaje y gran capacidad de análisis y expresión, pudo explicar la situación opuesta: lo que le parecía del discurso del presidente a una persona con agnosia tonal. Emily D. no podía captar ya si había cólera, alegría o tristeza en una voz… Y como las voces carecían de expresión tenía que fijarse en las caras, las posturas y los movimientos de las personas cuando hablaban, y lo hacía dedicándoles una atención, una concentración que nunca les había dedicado. Pero daba la casualidad de que también en esto se veía limitada, porque tenía un glaucoma maligno y estaba perdiendo vista muy rápidamente.

Entonces descubrió que lo que tenía que hacer era prestar muchísima atención al sentido preciso de las palabras y de su uso, y procurar que las personas con las que se relacionaba hiciesen exactamente lo mismo. Cada día que pasaba le era más difícil entender el lenguaje desenfadado, el argot (el lenguaje de género alusivo o emotivo) y pedía cada vez más a sus interlocutores que hablasen en prosa, “que dijesen las palabras exactas en el orden exacto”. Con la prosa descubrió que podía compensar, en cierta medida, la pérdida del tono o del sentimiento.

De este modo podía conservar, potenciar incluso, el uso del lenguaje “expresivo” (en el que el sentido lo aportaban únicamente la elección y la relación exactas de las palabras) a pesar de que fuese perdiendo la capacidad para entender el lenguaje “evocativo” (en el que el significado solo viene dado por la clase y el sentido del tono).

Emily D. oyó también, impasible, el discurso del presidente, afrontándolo con una extraña mezcla de percepciones potenciadas y disminuidas… precisamente la contraria de la de nuestros afásicos. El discurso no la conmovió (ningún discurso la conmovía ya) y se le pasó por alto todo lo que pudiese haber en él de evocativo, genuino o falso. Privada de reacción emotiva, ¿la conmovió, pues (como a todos nosotros) o la engañó el discurso?

—No es convincente —dijo—. No habla buena prosa. Utiliza las palabras de forma incorrecta. O tiene una lesión cerebral o nos oculta algo.

Así que el discurso del presidente no tuvo eficacia en el caso de Emily D. debido a su sentido potenciado del uso formal del lenguaje, de su coherencia como prosa, igual que no lo tuvo con nuestros afásicos, sordos a las palabras pero con una mayor sensibilidad para el tono.

Esa era, pues, la paradoja del discurso del presidente. A nosotros, individuos normales… con la ayuda, indudable, de nuestro deseo de que nos engañaran, se nos engañaba genuina y plenamente (“Populus vult decipi, ergo decipiatur“). Y el uso engañoso de las palabras se combinaba con el tono engañoso tan taimadamente que solo los que tenían lesión cerebral permanecían inmunes, desengañados.

 

 

© herederos de Oliver Sacks

© José Manuel Álvarez Flores, de la versión al castellano

de: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Muchnik editores S. A. Barcelona. 1991.

 

 

N O T A

[1] “Tono de sentimiento” es un término favorito de Head que lo utiliza no solo en relación con la afasia, sino con la cualidad afectiva de la sensación, tal como puede alterarse por trastornos periféricos o talámicos. En realidad nosotros tenemos la impresión de que Head tiende, semiinconscientemente, de forma continuada, a la exploración del “tono de sentimiento”… digamos que tiende hacia una neurología del tono de sentimiento, en contraste con una neurología clásica de proceso y proposición o complementariamente a ella. Se trata, por cierto, de un término corriente en los Estados Unidos, al menos entre los negros del sur: un término corriente, mundano e indispensable. “Mira, existe una cosa que es el tono del sentimiento… Y si no lo tienes, muchacho, estás listo” (citado por Studs Terkel como epígrafe de su historia oral de 1967 Division Street: America).

 

Sigmund Freud. Sobre los tipos libidinales

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(Príbor, 1856 – Londres, 1939)

La observación nos demuestra que los distintos individuos humanos realizan la imagen general del ser humano en variedades de casi infinita multiformidad. Si se quiere ceder al legítimo impulso de distinguir tipos particulares en dicha multiplicidad, habrá de comenzarse por seleccionar las características determinadas y los puntos de vista precisos a los cuales deberá ajustarse esa diferenciación. Con tal objeto, es evidente que las cualidades físicas serán tan útiles como psíquicas y las más valiosas serán por fuerza aquellas clasificaciones que se funden sobre la constante y regular combinación de características físicas y psíquicas.

Es curioso que ya hoy se pueda revelar tipos que cumplan dicha condición, aunque seguramente se llegará a descubrirlos en el futuro sobre una base que aún desconocemos. Si limitamos nuestros esfuerzos a definir ciertos tipos puramente psicológicos, las condiciones de la libido son las que mejor derecho tienen para servir de fundamento a tal clasificación. Podríase exigir que esta no se apoye únicamente sobre nuestros conocimientos o nuestras conjeturas acerca de la libido, sino que también sea fácilmente verificable en la práctica y que contribuya a clarificar la suma de nuestras observaciones, permitiéndonos arribar a una concepción global de estas. Admitamos sin vacilar que estos tipos libidinales no necesitan ser los únicos posibles, ni aun en la esfera psíquica y que tomando otras características como base de clasificación podríase establecer toda una serie de distintos tipos psicológicos. Todos ellos deben ajustarse a la regla de no coincidir en modo alguno con cuadros clínicos específicos. Por el contrario, han de abarcar todas las variaciones que, de acuerdo con nuestros criterios prácticos de estimación, caen dentro de la gama de lo normal. En sus expresiones extremas, sin embargo, bien pueden aproximarse a los cuadros clínicos, contribuyendo así a colmar la supuesta brecha entre lo normal y lo patológico.

Ahora bien: es posible distinguir tres tipos libidinales básicos, de acuerdo con la localización predominante de la libido en los distintos sectores del aparato psíquico. No es muy fácil denominarlos, pero, ajustándome a las orientaciones de nuestra psicología profunda, quisiera calificarlos de tipos erótico, obsesivo y narcisista.

El tipo erótico es fácil de caracterizar. Los eróticos son personas cuyo interés principal —la parte relativamente más considerable de su libido— está concentrado en su vida amorosa. Amar, pero particularmente ser amado, es para ellos lo más importante en la vida. Hállanse dominados por el temor de perder el amor y se encuentran por ello en particular dependencia de los demás, que pueden privarlos de ese amor. Aun en su forma pura, este tipo es harto común. Existen variantes que obedecen a las variables combinaciones con otros tipos y el agregado más o menos considerable de elementos agresivos. Desde el punto de vista social y cultural, este tipo representa las demandas instintivas elementales del ello, al que las demás instancias psíquicas se han rendido dócilmente.

El segundo tipo, al que he dado nombre, a primera vista extraño, de tipo obsesivo, se caracteriza por el predominio del super-yo, que se ha segregado del yo bajo elevada tensión. Las personas de este tipo se hayan dominadas por la angustia ante la conciencia, en lugar del miedo a la pérdida del amor; exhiben, por así decirlo, una dependencia interna en vez de la externa; despliegan alto grado de autonomía y socialmente son los verdaderos portadores de la cultura, con orientación predominantemente conservadora.

Las características del tercer tipo, justificadamente calificado de narcisista, son esencialmente de signo negativo. No existe tensión entre el yo y el super-yo, al punto que partiendo de este tipo, difícilmente se habría llegado jamás a establecer la noción de un super-yo; no predominan las necesidades eróticas: el interés cardinal está orientado hacia la autoconservación; las personas de este tipo son independientes y difíciles de intimidar. El yo dispone de una considerable suma de agresividad, que se traduce asimismo por su disponibilidad para la acción; en el terreno de la vida amorosa, prefieren amar a ser amadas. Impresionan a los demás como “personalidades”; son particularmente aptas para servir de apoyo al prójimo, para asumir el papel de conductores y para dar nuevos estímulos al desarrollo cultural o quebrantar las condiciones existentes.

Estos tipos puros difícilmente escaparán a la sospecha de haber sido deducidos de la teoría de la libido. En cambio, nos sentiremos al punto sobre el sólido suelo de la experiencia si encaramos ahora los tipos mixtos, más frecuentemente observados que los puros. Estos nuevos tipos —el erótico-obsesivo, el erótico-narcisista y el narcisista-obsesivo— realmente parecen facilitar una buena clasificación de las estructuras psíquicas individuales, tal como se presentan en el análisis. Si estudiamos estos tipos mixtos, hallaremos en ellos cuadros caractéricos hace mucho conocidos. En el tipo erótico-obsesivo la preponderancia de los instintos está restringida por la influencia del super-yo; la dependencia simultánea de las personas que son objetos actuales y de los residuos de objetos pretéritos, como los padres, educadores y personas ejemplares, alcanza en este tipo su máxima expresión. El erótico-narcisista quizás sea el más común de todos los tipos. Reúne en sí contrastes que en él logran atenuarse mutuamente; estudiando este tipo en comparación con los otros dos tipos eróticos, compruébase que la agresividad y la actividad concuerdan con un predominio del narcisismo. Finalmente, el tipo narcisista-obsesivo representa la variante culturalmente más valiosa, pues combina la independencia de los factores exteriores y la consideración de los requerimientos de la conciencia con la capacidad para la acción enérgica, fortaleciendo al mismo tiempo el yo contra el super-yo.

Parecería una broma si preguntáramos por qué no se ha mencionado todavía otro tipo mixto, teóricamente posible: el erótico-obsesivo-narcisista. Mas la respuesta a esta broma es seria: porque semejante tipo ya no sería tipo alguno, sino la norma absoluta, la armonía ideal. Adviértese así que el propio fenómeno del tipo solo se da en la medida en que, de las tres aplicaciones básicas que la libido puede tener en la economía psíquica, una o dos sean favorecidas a expensas de la o de las restantes.

También cabe preguntarse cuál es la relación de estos tipos libidinales con la patología: si algunos de ellos disponen particularmente el paso hacia la neurosis y, de ser así, cuáles tipos conducen a qué formas de neurosis. La respuesta nos dirá que la postulación de estos tipos libidinales no arroja ninguna nueva luz sobre la génesis de la neurosis. La experiencia nos demuestra, en efecto, que todos estos tipos pueden subsistir sin neurosis. Los tipos puros, con su indisputado predominio de una única instancia psíquica, parecen contar con mejores perspectivas de manifestarse como formaciones caractéricas puras, mientras que de los tipos mixtos cabe esperar que ofrezcan un terreno más fértil para los factores condicionantes de la neurosis. Creo, sin embargo, que no se debe abrir juicio al respecto sin realizar antes detenidas comprobaciones dirigidas especialmente a este fin.

Parece fácil deducir que, en el caso de desencadenarse la enfermedad, los tipos eróticos desarrollarán una histeria, y los obsesivos, una neurosis obsesiva, pero aun esta correspondencia se halla afectada por la incertidumbre mencionada en último término. Las personas de tipo narcisista, que a pesar de su independencia general están expuestas a ser frustradas por el undo exterior, llevan en sí una disposición particular a la psicosis, como también presentan algunos de los factores esenciales que condicionan la criminalidad.

Bien sabemos que las condiciones etiológicas de la neurosis aún no han sido establecidas con certeza. Sus factores desencadenantes son frustraciones y conflictos internos: conflictos entre las tres grandes instancias psíquicas, conflictos producidos en la economía libidinal a causa de nuestra disposición bisexual; conflictos entre los componentes instintuales eróticos y agresivos. La psicología de la neurosis se esfuerza, precisamente, por descubrir qué es lo que confiere caracter patógeno a estos procesos que forman parte del curso normal de la vida psíquica.

 

 

© Ramón Rey Ardid, de la versión al castellano

de: Tres ensayos sobre teoría sexual. Alianza editorial. Madrid. 1973.

 

Djuna Barnes. La posesa

djuna

(Nueva York, 1892 – 1982)

 Cuando Robin llegó a Nueva York con Jenny Petherbridge parecía aturdida. No quiso ni oír hablar de los planes de Jenny de ir a vivir al campo. Dijo que el hotel “bastaba”. Jenny no podía con ella; era como si la fuerza motriz que había accionado la vida de Robin, tanto sus días como sus noches, se hubiera agotado. Estuvo una o dos semanas sin querer salir a la calle, y luego, al creerse sola, empezó a rondar por las estaciones y a subir a trenes a una y otra dirección, a deambular sin rumbo, a entrar a iglesias apartadas, sentándose en el rincón más oscuro o quedándose apoyada en la pared, con un pie vuelto hacia el dedo gordo del otro, con las manos entrelazadas y la cabeza baja. Puesto que había abrazado la fe católica hacía mucho tiempo, ahora entraba a la iglesia como el que abjura de algo; se arrodillaba con la cara entre las manos, mordiéndose la palma, fija en un estupor inmóvil, como el que de pronto oye hablar de muerte; de una muerte que no puede plasmarse hasta que la lengua costernada le da permiso. Con el gesto del ama de casa que viene a poner orden en hogar ajeno, se adelantaba con una vela encendida, la colocaba y daba media vuelta calzándose sus gruesos guantes blancos y, con su zancada lenta, salía de la iglesia. Al cabo de un momento, Jenny, que la había seguido, mirando en derredor para asegurarse de que nadie la observaba, se lanzaba sobre la vela, la sacaba del candelero, la soplaba, volvía a encenderla y la ponía otra vez.

Robin recorría los campos de la misma manera, arrancando flores y hablando a los animales en voz baja. A los que se acercaban a ella los agarraba tirándoles del pelo hacia atrás, hasta que entornaban los ojos y enseñaban los dientes y ella enseñaba los suyos, como si su propia mano de tirara de la piel del cuello.

Puesto que las citas de Robin eran con algo invisible, puesto que en su lenguaje y en sus gestos había un desesperado anonimato, Jenny se ponía histérica. Acusó a Robin de “comunión sensual con espíritus impuros”. Y, al poner su maldad en palabras, se derribó a sí misma. No comprendía nada de lo que Robin sentía o hacía, lo cual era más insoportable que su ausencia. Jenny paseaba por la habitación del hotel, a oscuras, llorando y tropezando.

Robin se acercaba a la zona del país de donde era Nora. Iba estrechando el círculo. A veces, dormía en el bosque; el silencio causado por su llegada volvía a ser roto por los insectos y por los pájaros que regresaban, olvidada la intrusión por efecto de la inmovilidad de Robin, anulada como la gota de agua es anulada al caer en el estanque. A veces, dormía en un banco de la ruinosa capilla (había llevado hasta allí algunos de sus efectos), pero nunca fue más lejos. Una noche, le despertó el ladrido lejano del perro de Nora. Si su aliento llevó al bosque el silencio del temor, ahora el ladrido del perro la hizo incorporarse a ella, rígida e inmóvil.

Medio acre más allá, Nora, sentada junto a un quinqué, levantó la cabeza. El perro corría alrededor de la casa; se le oía a uno y otro lado; corría dando aullidos; ladraba y aullaba cada vez más lejos. Nora se inclinó, escuchando; empezó a tiritar. Al cabo de un momento, se levantó y abrió puertas y ventanas. Luego se sentó con las manos en las rodillas, pero no podía quedarse esperando. Salió. La noche estaba avanzada. No veía nada. Se dirigió hacia la colina. Ya no oía al perro, pero siguió andando. Encima de ella, oyó un roce entre la hierba, tropezó con unas zarzas pero no gritó.

En lo alto de la colina, recortándose débilmente sobre el cielo, se distinguía el blanco borroso de la capilla; había una raya de luz que recorría la puerta. Nora empezó a correr, jurando y llorando, y ciega se precipitó por la puerta de la capilla.

Encima de un altar improvisado, ardían dos velas delante de una Virgen. Su luz se extendía por el suelo y los bancos polvorientos. Delante de la imagen había flores y juguetes. Allí estaba Robin, de cara al altar, con su pantalón de hombre, en actitud sobresaltada y suspensa, con la mano a la altura del hombro. En el momento en que el cuerpo de Nora chocó con la madera, Robin empezó a inclinarse con el pelo ondeando y los brazos extendidos. El perro retrocedía con las patas delanteras en diagonal, el anca trémula, el pelo erizado, la boca abierta, la lengua colgando entre sus dientes brillantes, gimiendo y esperando. Ella siguió agachándose hasta que su cabeza rozó la del animal, gateando, con las venas hinchadas en el cuello, debajo de las orejas y en los brazos y las manos, congestionadas y palpitantes al avanzar.

El perro, con todos sus músculos temblando, dio un salto atrás. La lengua era un arco de terror. El animal retrocedía y retrocedía mientras ella avanzaba, gimiendo a su vez, adelantando el cuerpo con la cabeza ladeada, enseñando los dientes y gimiendo. Acorralado en el rincón, el perro arqueaba el lomo como para huir de algo que le causaba horror y parecía alzarse del suelo; por fin se detuvo, arañando la pared de lado con las patas delanteras que mantenía en alto, vacilantes. Luego, con la cabeza gacha, arrastrando el flequillo por el polvo, ella le golpeó el costado. Él lanzó un aullido de espanto e hizo amago de morderla, corriendo alrededor de ella, saltando a un lado y a otro, manteniéndose siempre de cara a ella, golpeando la pared con los cuartos traseros de un lado y de otro.

Entonces ella también empezó a ladrar, arrastrándose tras él, ladrando con un acceso de risa obscena y conmovedora. El perro, agachado, empezó a correr con ella, cabeza con cabeza, como para pasar junto a ella, golpeando el suelo suavemente con sus patas mullidas. Él corría de un lado al otro gruñendo por lo bajo y ella reía y gruñía con él; gruñían a intervalos más y más cortos, cabeza con cabeza hasta que ella abandonó y se tendió con los brazos a lo largo del cuerpo y la cara vuelta de lado, llorando; y el perro también abandonó y se echó con los ojos inyectados de sangre y la cabeza apoyada en las rodillas de ella.

 

 

© herederos de Djuna Barnes

© Ana María de la Fuentes, de la versión al castellano

de: El bosque de la noche. RBA editores. Barcelona. 1994.

Indro Montanelli. SPQR

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(Fucecchio, 1909 – Milán, 2001)

Desde aquel año de 508 en que fue fundada la República, todos los monumentos que los romanos elevaron un poco en todas partes llevaron la sigla SPQR, que quiere decir: Senatus Populos-Que Romanus, o sea: “el Senado y el pueblo romano”.

Ya hemos dicho lo que era el Senado[1]. En cambio, no hemos dicho todavía qué era el pueblo, que no correspondía en absoluto a lo que nosotros entendemos con esta palabra. En aquellos lejanos días de Roma no incluía toda la ciudadanía, como ocurre hoy, sino tan solo dos “órdenes”, o sea dos clases sociales: la de los “patricios” y la de los équites o “caballeros”.

Los patricios eran los que descendían de los patres, o sea de los fundadores de la ciudad. Según Tito Livio, Rómulo había elegido un centenar de cabezas de familia que le ayudasen a construir Roma. Naturalmente, estos acapararon los mejores predios y se consideraron un poco dueños de la casa con respecto a los que vinieron después. Los primeros reyes no habían tenido, en efecto, ningún problema social que resolver, porque todos los súbditos eran iguales entre sí, y el mismo soberano no era más que uno de ellos encargado por todos los demás del desempeño de funciones determinadas, sobre todo de las religiosas.

Con Tarquinio Prisco había comenzado a llover sobre Roma un montón de otra gente, especialmente de Etruria. Y con estos nuevos vecinos, los descendientes de los patres mantenían las distancias con mucho recelo, defendiéndose dentro de la fortaleza del Senado, accesible solo a los miembros de sus familias. Cada una llevaba el nombre del antepasado que la fundara: Manlio, Julio, Valerio, Emilio, Cornelio, Horacio, Fabio.

Fue a partir del momento en que dentro de los muros de la ciudad comenzaron a convivir estas dos poblaciones, los descendientes de los antiguos pioneros y los llegados luego, cuando las clases principiaron a diferenciarse: de un lado, los patricios y del otro, los plebeyos.

No tardaron los patricios en ser desbordados por el número, como siempre sucede en todos los países nuevos, por ejemplo, América del Norte. En lo que es hoy Estados Unidos los patricios se llaman pilgrim fathers, los padres peregrinos, y estaban representados por los trescientos cincuenta colonizadores que fueron los primeros en establecerse allí a bordo de un buque llamado Mayflower, hace poco más de tres siglos. También sus descendientes siguen considerándose aún hoy un poco como los patricios de América pero no han podido mantener ningún privilegio porque las sucesivas oleadas de inmigrantes pronto los sumergieron. Descender de un padre peregrino del Mayflower es solo un título honorífico.

Los patricios romanos resistieron a esa mezcla mucho más tiempo. Y para defender mejor sus prerrogativas hicieron lo que hacen todas las clases sociales cuando son astutas y se encuentra en minoría numérica: llamaron a los plebeyos a compartir sus privilegios, comprometiéndoles así a defenderles también a ellos.

Bajo el rey Servio Tulio las clases sociales no eran ya tan solo dos. Entre los plebeyos se había diferenciado una alta burguesía o clase media, bastante numerosa y sobre todo muy fuerte desde el punto de vista financiero. Cuando el rey organizó los nuevos comicios centuriados dividiéndolos en cinco clases según los patrimonios y dando a la primera, la de los millonarios, votos suficientes para derrotar a las otras cuatro, los patricios no estuvieron nada contentos porque se vieron sobrepasados, como potencia política, por gente “sin cuna”, como se dice hoy, o sea que no tenían antepasados, pero que en compensación, poseía más dinero que ellos. Sin embargo, cuando Tarquinio el Soberbio fue echado y en su puesto se intauró la República, comprendieron que no podían quedarse solos contra todos los demás y pensaron en tomar por aliados a aquellos ricachones que, en el fondo, como todos los burgueses de todos los tiempos, no pedían nada mejor que entrar a formar parte de la aristocracia, es decir, del Senado. Si los nobles franceses del siglo XVIII hubiesen hecho otro tanto, se habrían ahorrado la guillotina.

Aquellos ricachones, como hemos dicho, se llamaban équites, caballeros. Procedían todos del comercio y de la industria y su gran sueño era convertirse en senadores. Para lograrlo, no solo votaban siempre, en los comicios centuriados, de acuerdo con los patricios que tenían las llaves del Senado, sino que no vacilaban en entrar pagando de su bolsillo cuando se les confiaba una oficina o un cargo. Pues los patricios se hacían pagar muy caro la concesión del alto honor. Y cuando se casaban con una hija de caballero, por ejemplo, exigían una dote de reina. Y tampoco el día en que el caballero lograba convertirse finalmente en senador, no era acogido como pater, es decir, como patricio, sino como conscriptus, en aquella asamblea que de hecho estaba constituida por “padres y conscriptos”, patres et conscripti.

El pueblo lo constituían, pues, solamente estos dos órdenes: patricios y caballeros. Todo el resto era plebe y no contaba. En esta se incluía un poco de todo: artesanos, pequeños comerciantes, empleaduchos y libertos. Y, naturalmente, no estaban contentos de su condición. De hecho, el primer siglo de la nueva historia de Roma estuvo enteramente ocupado en las luchas sociales entre los que querían ampliar el concepto de pueblo y los que querían mantenerlo restringido a las dos aristocracias: la de sangre y la de las carteras repletas.

Esa lucha comenzó en 494 antes de Jesucristo, es decir, catorce años después de la proclamación de la República, cuando Roma, atacada por todas partes, había perdido todo lo conquistado bajo el rey y, reducida casi a cabeza de partido, tuvo que conformarse con ser miembro de la Liga Latina en pie de igualdad con todas las demás ciudades. Al final de aquella ruinosa guerra, la plebe, que había proporcionado la mano de obra para llevarla a cabo, se encontró en condiciones desesperadas. Muchos habían perdido los campos, que quedaron en territorios ocupados por el enemigo. Y todos, para mantener a la familia mientras estaban en filas, se habían cargado de deudas, que en aquellos tiempos no era cosa baladí como lo es ahora. Quien no las pagaba se convertía automáticamente en esclavo del acreedor, el cual podía encarcelarlo en su bodega, matarlo o venderlo.

Si los acreedores eran varios estaban autorizados también a repartirse el cuerpo del desdichado tras haberle degollado. Y aun cuando, al parecer, no se llegó jamás a este extremo, la condición del deudor seguía siendo igualmente incómoda.

¿Qué podían hacer aquellos plebeyos para reclamar un poco de justicia? En los comicios centuriados no tenían voz, porque pertenecían a las últimas clases: las que tenían demasiado pocas centurias y, por ende, pocos votos para imponer su voluntad. Comenzaron a agitarse por calles y plazas, pidiendo por boca de los más desenvueltos, que sabían hablar, la anulación de las deudas, un nuevo reparto de tierras que les permitiese reemplazar el predio perdido y el derecho a elegir magistrados propios.

Los “órdenes” y el Senado prestaron oídos de mercader a estas demandas. Y entonces, la plebe, o por lo menos amplias masas de plebe, se cruzaron de brazos, se retiraron al Monte Sacro, a cinco kilómetros de la ciudad, y dijeron que a partir de aquel momento no darían ni un bracero a la tierra ni un obrero a las industrias ni un soldado al ejército.

Esta última amenaza era la más grave y apremiante, pues, precisamente en aquellos momentos, reestablecida de cualquier manera la paz con los vecinos de casa, latinos y sabinos, una amenaza nueva se perfilaba por la parte de los Apeninos, desde cuyos montes habían comenzado a irrumpir hacia el valle, en busca de tierras más fértiles, las tribus bárbaras de los ecuos y de los volscos, que ya estaban sumergiendo las ciudades de la Liga.

El Senado, con el agua en el cuello, mandó embajada tras embajada a los plebeyos para inducirles a regresar a la ciudad y a colaborar en la defensa común. Y Menecio Agripa, para convencerles, les contó la historia de aquel hombre cuyos miembros, para fastidiar al estómago, se habían negado a procurarle comida; con lo que, habiéndose quedado sin alimento, acabaron por morir ellos también, como el órgano del cual querían vengarse. Pero los plebeyos, duros, respondieron que no había elección: o el Senado cancelaba las deudas liberando a quienes se habían convertido en esclavos porque no las habían pagado y autorizaba a la plebe a elegir sus propios magistrados que la defendiesen, o la plebe se quedaba en el Monte Sacro, aunque viniesen todos los volscos de este mundo a destruir Roma.

Finalmente, en Senado capituló. Canceló las deudas, restituyó la libertad a quienes habían caído en la esclavitud por ellas y puso a la plebe bajo la protección de dos tribunos y de tres ediles elegidos por esta cada año. Fue la primera gran conquista del proletariado romano, la que dio el instrumento legal para alcanzar también las demás por el camino de la justicia social. El año 494 es muy importante en la historia de la Urbe y de la democracia.

Con el retorno de los plebeyos fue posible poner en campaña un ejército para la amenaza de los volscos y de los ecuos. En esta guerra, que duró cerca de sesenta años y que tenía como envite su propia supervivencia, Roma no estuvo sola. El peligro común le mantuvo fieles no solo a los aliados latinos y sabinos, sino también a otro pueblo limítrofe, el de los hérnicos.

En los combates que en seguida se encendieron con éxito incierto, se distinguió, cuéntase, un joven patricio llamado Coriolano, por el nombre de una ciudad que había expugnado. Era un conservador intransigente y se oponía a que el Gobierno hiciese una distribución de trigo al pueblo hambriento. Los tribunos de la plebe, que entretanto habían sido elegidos, pidieron su exilio. Coroliano se pasó entonces al enemigo, hizo entregarse el mando y, como buen estratega, lo condujo de victoria en victoria hasta las puertas de Roma.

También a él los senadores le mandaron embajada tras embajada para hacerle desistir. No hubo manera. Solo cuando vio acercárseles, suplicantes, a su madre y a su esposa, ordenó a los suyos que se replegasen, los cuales, por toda contestación, le dieron muerte; después, habiéndose quedado sin jefe, fueron derrotados y obligados a retirarse.

Sobre su remolino aparecieron los ecuos que ya habían despanzurrado a Frascati. Lograron romper las coaliciones entre los romanos y sus aliados. Y el peligro fue tan grave que el Senado, para hacer frente a él, concedió títulos y poderes de dictador a L. Quincio Cincinato, quien, con un nuevo ejército, liberó a las legiones sitiadas y las condujo, en 431, a una definitiva victoria; luego, depuesto el mando después de haberlo ejercido solamente durante dieciséis días, regresó a arar la finca de la cual había venido.

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Pero aún antes de esta feliz conclusión una nueva guerra se había encendido en el Norte por parte de la etrusca Veyes que no quería perder aquella favorable ocasión para destruir definitivamente a Roma. Le había hecho ya varios feos mientras estaba empeñada en defenderse de ecuos y volscos. Y Roma había aguantado a la inglesa, es decir, preparando el desquite. En cuanto tuvo las manos libres las empleó para ajustar las cuentas. Fue una guerra dura que también requirió en un momento dado, el nombramiento de un dictador. Este fue Marco Furio Camilo, gran soldado y, sobre todo, un hombre de bien, que aportó al Ejército una gran novedad: el estipendio, o sea, la “soldada”. Hasta entonces, los soldados habían tenido que prestar servicio gratis y si tenían mujer, las familias que quedaban en la patria se morían de hambre. Camilo lo encontró injusto y lo remedió. La tropa, satisfecha, redobló su celo, conquistó de un embate Veyes, la destruyó y deportó como esclavos a sus habitantes.

Esta gran victoria y el ejemplar castigo que la rubricó llenaron de orgullo a los romanos: cuadruplicaron sus territorios llevándolos a más de dos mil kilómetros cuadrados, pero abrigaron hondos recelos de quien se los había procurado. Mientras Camilo seguía conquistando ciudad tras otra en Etruria, empezóse a decir en Roma que era un ambicioso y que se embolsaba el botín de los pueblos vencidos en vez de entregarlo al Estado. Camilo quedó tan amargado que renunció al mando y en vez de volver a la patria, para disculparse, se marchó voluntariamente al exilio, en Árdea.

Tal vez hubiera muerto allí dejando un nombre manchado por la calumnia, si los ingratos romanos no hubiesen vuelto a necesitarle para salvarse de los galos, el último y más grave peligro del que tuvieron que defenderse antes de iniciar la gran conquista. Los galos eran una población bárbara, de raza céltica, que, venida de Francia, había inundado ya la llanura del Po. Repartieron aquel fértil territorio entre sus tribus, los insubrios, los bonnos, los cenomanos, los senones: mas una de estas, al mando de Breyo, dirigióse hacia el sur, conquistó Chiusi, desbarató las legiones romanas en el río Alia y marchó sobre Roma.

Los historiadores han contado después, envuelto en muchas leyendas, este capítulo que debió ser muy desagradable para la Urbe. Dicen que cuando los galos intentaron escalar el Capitolio, los gansos consagrados a Juno se pusieron a chillar despertando así a Manlio Capitolino quien, al frente de los defensores, rechazó el ataque. Puede ser. Pero los galos entraron igualmente en el Capitolio como en todo el resto de la ciudad, de donde la población había huído en masa para refugiarse entre los montes circundantes. Dicen también que los senadores, sin embargo, se habían quedado, al completo, solamente sentados en los toscos sillones de madera de su curia y que uno de ellos, Papirio, al sentirse tirar de la barba por broma de un galo, que la creía postiza, le arrojó a la cara el cetro de marfil. Y por fin narran que Brenno, tras haber pegado fuego a toda Roma, pidió, para irse, no sé cuántos kilos de oro e impuso, para pesarlo, una balanza apañada. Los senadores protestaron y entonces Brenno, sobre el platillo de las pesas, arrojó también su espada pronunciando la famosa frase: Vae victis!, “¡ay de los vencidos!”. A lo que Camilo, reapareciendo de milagro respondería: Non auro, sed ferro, recuperanda est patria, “la patria se restaura con el hierro, no con el oro”, se pondría al frente de un ejército que hasta aquel momento no se comprende dónde lo tuvo escondido y pondría en fuga al enemigo.

La verdad es que los galos expugnaron Roma, la saquearon y se marcharon perseguidos por las legiones, pero cargados de dinero. Eran bandoleros robustos y zafios, que no seguían ninguna línea política y estratégica en sus conquistas. Asaltaban, depredaban y se retiraban sin preocuparse en absoluto del mañana. De haber podido imaginar la venganza que Roma habría de sacar de aquella humillación, no hubieran dejado piedra sobre piedra. En cambio, la devastaron, sí, pero sin destruirla. Y volvieron sobre sus pasos, hacia la Emilia y Lombardía, facilitando a Camilo, llamado urgentemente de Árdea, a reparar los daños. Probablemente no tuvo ni una sola escaramuza con los galos. Habían partido ya cuando él llegó. Mas, dejando a un lado los rencores, volvió a tomar el título de dictador, se arremangó la camisa y se puso a reconstruir la ciudad y el ejército.

Los mismos que le habían llamado ambicioso y ladrón le llamaron ahora “el segundo fundador de Roma”.

Pero mientras sucedía todo esto en el frente exterior, la Urbe alcanzaba en el interior una importante meta con la Ley de las Doce Tablas.

Fue un éxito de los plebeyos que, desde que habían vuelto del Monte Sacro, no cesaban de pedir que las  leyes no fuesen dejadas más en manos de la Iglesia, que a su vez era monopolio de los patricios, sino que se publicasen de modo que cada uno supiese cuáles eran sus deberes y cuáles las penas en que incurrirían en caso de inflingirlas. Hasta aquel momento las normas en que se basaba el magistrado que juzgaba habían sido secretas, reunidas en textos que los sacerdotes conservaban celosamente y mezcladas con ritos religiosos con los que se pretendía indagar la voluntad de los dioses. Si el dios estaba de buen humor un asesino podía salir de apuros; si el dios tenía mal día un pobre ladronzuelo de gallinas podía terminar en la horca. Dado que quienes interpretaban su voluntad, magistrados y sacerdotes, eran patricios, los plebeyos se sentían indefensos.

Bajo la presión del peligro exterior, de los volscos, de los ecuos, de los veientos, de los galos y la amenaza de una segunda secesión en el Monte Sacro, el Senado, tras muchas resistencias, capituló y mandó a tres de sus miembros a Grecia para estudiar lo que había hecho Solón en este terreno. Cuando los mensajeros volvieron, fue nombrada una comisión de diez legisladores, llamados por su número decenviros. Bajo la presidencia de Apio Claudio, redactaron el código de las Doce Tablas que constituyó la base, escrita y pública, del derecho romano.

Esta gran conquista lleva la fecha del año 451, que correspondía, aproximadamente, al tricentenario de la fundación de la Urbe.

No anduvo sobre ruedas, pues los plenos poderes que el Senado había conferido a los decenviros para realizarla les gustó tanto a estos que al finalizar el segundo año, cuando vencían, se negaron a restituirlos a quien se los había dado. Cuentan que la culpa fue de Apio Claudio, que quiso continuar ejerciéndolos para reducir la esclavitud y vencer la resistencia de una bella y apetitosa plebeya, Virginia, de la que se había enamorado. El padre, Lucio Virginio, fue a protestar. Y, visto que Apio no le hacía caso, antes que dejar a su hija a merced de aquel tipejo, le apuñaló. Después de lo cual, como ya hiciera Colatino después del caso de Lucrecia, corrió al cuartel, contó lo acaecido a los soldados y les exhortó a sublevarse contra el déspota. Indignada, la plebe se retiró otra vez al Monte Sacro (ya había aprendido) y el ejército amenazó con seguirla. Y el Senado, reunido de urgencia, dijo a los decenviros (con profunda satisfacción, creemos) que no podía mantenerles en el cargo. Fueron, pues, destituidos por decreto, Apio Claudio se convirtió en bandido y el poder ejecutivo fue devuelto a los cónsules.

No era aún el triunfo de la democracia, que solo había de venir un siglo después, con las leyes de Licinio Sextio, pero era ya un gran paso adelante. La P de aquella sigla SPQR comenzaba a ser el Populus, tal y como nosotros lo entendemos hoy.

 

 

© herederos de Indro Montanelli

© Domingo Pruna, de la versión al castellano

de: Historia de Roma. Plaza y Janés editores. Barcelona. 1985

 

 

N O T A

[1] Institución cuyo nombre proviene del Consejo de Ancianos. Nació durante la monarquía romana como un órgano consultivo y que luego adquirió mayor relevancia con los siglos y los cambios de modelos políticos. Al inicio su número era de 30 senadores, con la República llegó a 300 y en época imperial hasta los 900. Se encargaba de ratificar las leyes, dirigir la política exterior, las finanzas y la religión en Roma.