De la verdad del ser. Martin Heidegger*

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(Messkirch, 1889 – Friburgo de Brisgovia, 1976)

 

El hombre moderno tiene una “vivencia” del mundo y lo piensa vivenciándolo, es decir, por sí mismo como el ente que, en cuanto fundamento, sirve de base a toda explicación y ordenamiento del ente como un todo. En el lenguaje de la metafísica, lo que sirve de base al fundamento es “subjectum“. El hombre moderno es por esencia “sujeto”. Solo porque él es “sujeto” puede su Yo o su Yoidad llegar a ser esencial. El hecho de que el Tú sea contrapuesto al Yo y que el Yo sea de este modo colocado en sus límites e imponga así la relación Yo-Tú, y el hecho de que el lugar del individuo sea tomado por la comunidad, la nación, el pueblo, el continente y el planeta, de ninguna manera significa que, comprendida metafísicamente, sea superada la subjetividad del hombre moderno, sino que es conducida por primera vez a su estado incondicionado. La “antropología”, cuya forma anglo-americana es la sociología, ha superado el pensar esencial. Solamente cuando el hombre se hace sujeto, el ente no-humano se hace objeto. Solo en el dominio de la subjetividad puede surgir una disputa sobre la objetividad, sobre su validez, sus beneficios y sus pérdidas, y sobre sus ventajas y desventajas en un caso particular.

Pero, que la esencia del hombre, para los griegos, no es determinada como sujeto, un conocimiento del inicio histórico de Occidente es difícil y extraño para el “pensar moderno”, si se asume que la “vivencia” moderna no es interpretada simplemente hacia atrás en el mundo griego, como si el hombre moderno poseyera una relación de intimidad personal con los griegos, solo porque organiza periódicamente los “Juegos Olímpicos” en las principales ciudades del planeta. Aquí, la fachada del título derivado es lo único griego. Con ello no es dicho nada en contra de los Juegos Olímpicos mismos, pero sí en contra de la opinión errada de que ellos tienen alguna relación con la esencia griega. Y debemos saber esto si queremos conocer la esencia completamente diferente de la historia moderna, es decir, si queremos experimentar al mismo tiempo nuestro propio destino en su determinabilidad esencial. Sin embargo, esta tarea es demasiado inquietante y demasiado seria para que la opinión sin pensamiento y el parloteo puedan ser tomados en la más leve consideración. Quien toma lo dicho en esta lección por lo que simplemente es dicho, a saber, como una palabra de atención y de incipiente cuidado en el pensar, también aprenderá con el tiempo a dejar de lado todos los “afectos” sentimentales que se abren paso tan rápidamente en una “toma de posición” sin pensamiento y locuaz. Quien solo está sentado aquí con el fin de coger al vuelo algún material para sus afectos políticos o antipolíticos, religiosos o antirreligiosos, científicos o anticientíficos, está errado y sustituye lo que justamente llega a su mente en una tarde en particular por lo que ha sido la tarea del pensar en Occidente por los últimos dos milenios y medio, desde su inicio histórico. Por cierto, la estupidez en circulación no puede ser, para los pensantes, una razón para renunciar a la tarea de orientarse por lo esencial. El parloteo vacío no puede ser interrumpido. Pero, del mismo modo, la consideración del nivel de quienes son demasiado perezosos para pensar pone en peligro el pensamiento esencial.

Nuestras discusiones sobre “lo romano” son interpretadas como resultado de una hostilidad anti-cristiana. Dejemos de lado la teología para decidir si la meditación sobre la esencia de la verdad, tomada en su contexto, no podría ser más fructífera para la preservación de la cristiandad que el deseo aberrante de construir nuevas pruebas fundadas “científicamente” para la existencia de Dios y para la libertad de la voluntad, sobre la “base” de la física atómica moderna.

Inicialmente, la esencia emergente del ser dispone y determina el modo del albergamiento de lo desoculto como la palabra. La esencia de la palabra dispone y determina primero la esencia de la humanidad, correspondiente a ella, y de este modo remite esta a la historia, es decir, al inicio esencial y a la transformación de la esencia de la verdad del ente. Pero en ninguna parte hay una humanidad que forme por sí misma una mirada del ser y se establezca luego a sí misma con esta mirada, como si el ser y la mirada de este fueran como las astas que se forman en un buey, y con el cual luego vegeta. Solo porque el ser y la verdad del ser son esencialmente más allá de todos los hombres y humanidades, el “ser” o el “no-ser” de la esencia del hombre pueden y tienen, por consiguiente, que estar en juego allí donde el hombre es determinado como histórico, para la preservación de la verdad del ser. Una decadencia nunca es superada simplemente porque sea detenida o de cierto modo frenada y conducida en un progreso hacia “mejores tiempos”. Todo progreso podría ser solo un paso “fuera del” dominio esencial del inicio. Solamente en vista del inicio puede ser pensada y experimentada una decadencia. La decadencia solo puede ser superada cuando el inicio es salvado, pero luego es ya superado. Y el inicio solo puede ser salvado cuando puede ser el inicio que es. El inicio solo es inicial cuando el pensar mismo es inicial y cuando el hombre en su esencia piensa inicialmente. Esto no significa la tarea imposible de repetir el primer inicio, en el sentido de una renovación del mundo griego y de su transformación en el aquí y el ahora. Al contrario, significa ingresar, por medio del pensamiento inicial, en una confrontación y en un diálogo con el inicio, con el fin de percibir la voz de la disposición y determinación del futuro. Esta voz solo puede ser escuchada allí donde es experiencia. Pero la experiencia es en su esencia el dolor, en el cual el ser otro esencial del ente se revela en oposición a lo usual. La más alta forma de dolor es el morir de la muerte como un sacrificio para la preservación de la verdad del ser. Este sacrificio es la experiencia más pura de la voz del ser. ¡Pero los sacrificios no tienen que ser entonces tantos como las causas que los ocasionan inmediatamente, puesto que el sacrificio tiene en sí mismo su propia esencia y  no requiere de metas y de usos! ¿Entonces, y si la voz del inicio se anunciara a sí misma en nuestro destino histórico?

¿Pero, y si el inicio ha caído en el olvido? ¿No tendríamos, entonces, que experimentar primero que este olvido no es una mera negligencia o una omisión del hombre, si no que es un acaecer-propicio que pertenece a la esencia del ser mismo, es decir, al desocultamiento?

¿Y si no solo el hombre ha olvidado la esencia del ser, sino que además el ser mismo ha olvidado al hombre y lo ha olvidado en el auto-olvido? ¿Hablamos aquí de λήθη solo para aparentar erudición?

Los griegos guardan silencio por largo tiempo sobre λήθη. Pero a veces dicen una palabra. Hesiodo menciona λήθη a una con λιμός, la ausencia de alimento, como una de las hijas de la noche encubridora. Píndaro habla de ella e indica la dirección que nuestra mirada debe seguir en su esencia oculta.

 

 

© Herederos de Martin Heidegger

© Carlos Másmela, de la versión al castellano.

de: Parménides. Ediciones Akal. Madrid. 2005.

 

N O T A S

[*] El siguiente texto es un primer proyecto de la repetición de las páginas 72-74 [del manuscrito], las cuales no fueron incluidas por Heidegger en su lección.

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Olga Orozco. Poemas

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(Toay, 1920 – Buenos Aires, 1999)

 

Las muertes

 

He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,

lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel del lagarto,

inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna lágrima;

arena sin pisadas en todas las memorias.

Son los muertos sin flores.

No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.

Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.

Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,

mas su destino fue fulmíneo como un tajo;

porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos vendidos por la dicha,

porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota de salmuera.

Esa y no cualquier otra.

Esa y ninguna otra.

Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.

 

 

 

Sol en Piscis

 

Solamente los muertos conocen el reverso de las piedras.

Solamente las piedras conocen el reverso de los muertos.

Lo sé.

A veces las estatuas vuelven a abrir en mí ciertas heridas

o toman el color de las acusaciones que me impiden dormir.

Pero hay pruebas que nadie quiere ver.

Se atribuyen al tiempo, a las tormentas,

a la sombra de pájaro con que los días se alzan o se dejan caer sobre la tierra.

Nadie quiere pensar que hay muchas muertes por cada corazón.

Tantas como muertos nos lloren.

Tantas como piedras los sigan lamentando.

 

Existe una canción que entre todos levantan desde los fríos labios de la hierba.

Es un grito de náufragos que las aguas propagan borrando los umbrales para poder pasar,

una ráfaga de alas amarillas,

un gran cristal de nieve sobre el rostro,

la consigna del sueño para la eternidad del centinela.

 

¿Dónde están las palabras?

¿Dónde está la señal que la locura borda en sus tapices a la luz del relámpago?

Escarba, escarba donde más duela en tu corazón.

Es necesario estar como si no estuvieras.

 

He aquí el pequeño guijarro recogido para la gran memoria.

De este lado no es más que un pedazo de lápida sin inscripción alguna.

Y sin embargo desde allá es como un talismán que abre las puertas de mi vida.

Por sus meandros azules llego a veces más allá de mis venas:

cerraduras que giran contra la misteriosa rotación de los años,

vértigos de continuas despedidas que ahora me despiden a través de mis lágrimas de entonces,

hasta ser nada más que una cinta brillante,

un fulgor que ilumina ese fondo de abismo donde caigo hacia el fondo del cielo,

tan ávido como el tambor que invoca las tormentas.

 

Heroína de miserias, balanceándote ahora casi al borde de tu alma,

no mires hacia atrás, no te detengas,

mientras arde a lo lejos la galería de las apariencias,

las máscaras del sueño que labraste sobre ciegas cortezas para poder vivir.

 

A solas con tu nombre, contra el portal resplandeciente,

a solas con la herida del exilio desde tu nacimiento,

a solas con tu canción y tu bujía de sonámbula para alumbrar los rostros de los desenterrados;

porque ésa es la ley.

A solas con la luna que arrastra en las mareas del más alto jardín de la memoria

un rumor de leyendas desgarradas por la crueldad de la distancia:

“Cuando llegues del otro lado de ti misma

podrás reconocer el puñal que enterraste para que ti vinieras despojada de todo poderío.

Si avanzas más allá

encontrarás la fórmula que yace bajo los centelleos de todos los delirios.

Si consigues pasar

alcanzarás la Rueda que avanza hacia el poniente.”

 

Pero no hay arma alguna que arrebate a mi vida su inocencia,

ni retablo enterrado en cuyo espejo de oro se abran las flores de otros mundos,

ni carruaje que avance con el rayo.

 

Sin embargo, esta palabra sin formular,

cerrada como un aro alrededor de mi garganta,

ese ruido de tempestad guardada entre dos muros,

esas huellas grabadas al rojo vivo en las fosforescencias de la arena,

conducen a este círculo de cavernas salvajes

a las que voy llegando después de consumir cada vida y su muerte.

Celdas tornasoladas del adiós para siempre, para nunca,

y cada una se abre hacia las otras con la fisura de una gran nostalgia

por donde pasa el soplo de los siglos,

la mariposa gris que envuelve con sus nieblas al huésped solitario,

a ese que ya fui o al que no he sido en este y otros mundos.

El que entreteje sus coronas con la ceniza de la tierra,

el que reluce con cabeza de león como un sol heráldico entre las tinieblas,

el que sueña conmigo como con una cárcel de muros transparentes,

esta que soy queriendo guardar la eternidad en el polvo de cada sonrisa,

el que se cubre con ropajes de águila para volar más lejos que la mirada de los hombres,

los que habitan aquí o en otro lado lejos de las investiduras de la sangre

y no puedo nombrar,

y el que rescatará las corazas de luz

—su día levantado palmo a palmo con la noche de los otros—

para cruzar la última puerta el arcano.

 

Oh, sombra de claridad sobre mi rostro,

relámpago entrevisto desde el fondo del agua:

tu signo está grabado sobre todas las frentes para la ceremonia de la duración,

para la travesía de todos los recintos en cuyo fondo te alzas como una llamarada de la gran añoranza,

como los espejismos de un perdido país anunciado por el sueño y la sed,

el miedo y la nostalgia,

y el insaciable tiempo que llevamos de migración en migración

como una brasa que quema demasiado.

 

Todos los grandes vértigos del alma nacen del otro lado de las piedras.

 

 

 

La cartomancia

 

Oye ladrar los perros que indagan el linaje de las sombras,

óyelos desgarrar la tela del presagio.

Escucha. Alguien avanza

y las maderas crujen debajo de tus pies como si huyeras sin cesar y sin cesar llegaras.

Tú sellaste las puertas con tu nombre inscripto en las cenizas de ayer y de mañana.

Pero alguien ha llegado.

Y otros rostros te soplan el rostro en los espejos

donde ya no eres más que una bujía desgarrada,

una luna invadida debajo de las aguas por triunfos y combates,

por helechos.

 

Aquí está lo que es, lo que fue, lo que vendrá, lo que puede venir.

Siete respuestas tienes para siete preguntas.

Lo atestigua tu carta que es el signo del Mundo:

a tu derecha el Ángel,

a tu izquierda el Demonio.

 

¿Quién llama?, ¿pero quién llama desde tu nacimiento hasta tu muerte

con una llave rota, con un anillo que hace años fue enterrado?

¿Quiénes planean sobre sus propios pasos como una bandada de aves?

Las Estrellas alumbran el cielo del enigma.

Mas lo que quieres ver no puede ser mirado cara a cara

porque su luz es de otro reino.

Y aún no es hora. Y habrá tiempo.

 

Vale más descifrar el nombre de quien entra.

Su carta es la del Loco, con su paciente red de cazar mariposas.

Es el huésped de siempre.

Es el alucinado Emperador del mundo que te habita.

No preguntes quién es. Tú lo conoces

porque tú lo has buscado bajo todas las piedras y en todos los abismos

y habéis velado juntos el puro advenimiento del milagro:

un poema en que todo fuera ese todo y tú

—algo más que ese todo—.

Pero nada ha llegado.

Nada que fuera más que estos mismos estériles vocablos.

Y acaso sea tarde.

 

Veamos quién se sienta.

La que está envuelta en lienzos y grazna mientras hila deshilando tu sábana

tiene por corazón la mariposa negra.

Pero tu vida es larga y su acorde se quebrará muy lejos.

Lo leo en las arenas de la Luna donde está escrito el viaje,

donde está dibujada la casa en que te hundes como una estría pálida

en la noche tejida con grandes telarañas por tu Muerte hilandera.

Mas cuídate del agua, del amor y del fuego.

 

Cuídate del amor que es quien se queda.

Para hoy, para mañana, para después de mañana.

Cuídate porque brilla con un brillo de lágrimas y espadas.

Su gloria es la del Sol, tanto como sus furias y su orgullo.

Pero jamás conocerás la paz,

porque tu Fuerza es fuerza de tormentas y la Templanza llora de cara contra el muro.

No dormirás del lado de la dicha,

porque en todos tus pasos hay un borde de luto que presagia el crimen o el adiós,

y el Ahorcado me anuncia la pavorosa noche que te fue destinada.

 

¿Quieres saber quién te ama?

El que sale a mi encuentro viene desde tu propio corazón.

Brillan sobre su rostro las máscaras de arcilla y corre bajo su piel la palidez de todo solitario.

Vino para vivir en una sola vida un cortejo de vidas y de muertes.

Vino para aprender los caballos, los árboles, las piedras,

y se quedó llorando sobre cada vergüenza.

Tú levantaste el muro que lo ampara, pero fue sin querer la Torre que lo encierra:

una prisión de seda donde el amor hace sonar sus llaves de insobornable carcelero.

En tanto el Carro aguarda la señal de partir:

la aparición del día vestido de Ermitaño.

Pero no es tiempo aún de convertir la sangre en piedra de memoria.

Aún estáis tendidos en la constelación de los Amantes,

ese río de fuego que pasa devorando la cintura del tiempo que os devora,

y me atrevo a decir que ambos pertenecéis a una raza de náufragos que se hunden sin salvación y sin consuelo.

 

Cúbrete ahora con la coraza del poder o del perdón, como si no temieras,

porque voy a mostrarte quién te odia.

¿No escuchas ya batir su corazón como un ala sombría?

¿No la miras conmigo llegar con un puñal de escarcha a tu costado?

Ella, la Emperatriz de tus moradas rotas,

la que funde tu imagen en la cera para los sacrificios,

la que sepulta la torcaza en tinieblas para entenebrecer el aire de tu casa,

la que traba tus pasos con ramas de árbol muerto, con uñas en menguante, con palabras.

No fue siempre la misma, pero quienquiera que sea es ella misma, pues su poder no es otro que el ser otra que tú.

Tal es su sortilegio.

Y aunque el Cubiletero haga rodar los dados sobre la mesa del destino,

y tu enemiga anude por tres veces tu nombre en el cáñamo adverso,

hay por lo menos cinco que sabemos que la partida es vana,

que su triunfo no es triunfo

sino tan sólo un cetro de infortunio que le confiere el Rey deshabitado,

un osario de sueños donde vaga el fantasma del amor que no muere.

 

Vas a quedarte a oscuras, vas a quedarte a solas.

Vas a quedarte en la intemperie de tu pecho para que hiera quien te mata.

No invoques la Justicia. En su trono desierto se asiló la serpiente.

No trates de encontrar tu talismán de huesos de pescado,

porque es mucha la noche y muchos tus verdugos.

Su púrpura ha enturbiado tus umbrales desde el amanecer

y han marcado en tu puerta los tres signos aciagos

con espadas, con oros y con bastos.

Dentro de un círculo de espadas te encerró la crueldad.

Con dos discos de oro te aniquiló el engaño de párpados de escamas.

La violencia trazó con su vara de bastos un relámpago azul en tu garganta.

Y entre todos tendieron para ti la estera de las ascuas.

 

He aquí que los Reyes han llegado.

Vienen para cumplir la profecía.

Vienen para habitar las tres sombras de muerte que escoltarán tu muerte

hasta que cese de girar la Rueda del Destino.

 

 

 

© herederos de Olga Orozco

 

Casia de Constantinopla. Versos

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(ca. 810 – ca. 867)

 

Ama a todos. Mas en todos no confíes.

 

En un estúpido el conocimiento

es otra estupidez.

 

Mejor en verdad la uva                caída de lo justo

que la recolección               de la injusticia impía.

 

Mejor para el necio no nacer nunca

y, si aparece

sobre la tierra, no ser bautizado,

sino al instante ser               al Hades enviado.

 

Mejor ser derrotado               que vencer sin razón.

 

Mejor lo poco y bueno por ley justa

que lo máximo por               la ilegalidad.

 

Entenderse un sensato con estúpidos

no puede sostenerse,

pues se agotará por su oposición,

¿cómo habría de vencer su atrevimiento?

Es preferible compartir pobreza

con personas sensatas

que ser rico con tontos e ignorantes.

Ojalá que Cristo me concediera

sobrellevar lo malo

junto a hombres bien prudentes y muy sabios

antes que disfrutar

al lado de necios irracionales.

 

Es mejor que un furtivo amor la guerra,

pues cualquiera está de ella prevenido,

pero a él, en cambio, se ve uno arrastrado.

 

Todo lo forzado se altera rápido,

mientras lo natural resiste eterno.

 

Preferible es una gota de fortuna

en buena lógica

al obsequio de una belleza excesiva.

 

Se sobrepone el sexo               de la mujer a todo:

con la verdad testigo de ello es Esdras.

 

¿Deseas alabanzas?               ¡Haz cosas encomiables!

 

 

 

© Óscar Prieto Domínguez, de la versión al castellano.

de: Poemas. Ediciones Cátedra. Madrid. 2019.

 

El mito de Sísifo. Albert Camus

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(Mondovi, 1913 – Villeblevin, 1960)

Los dioses condenaron a Sísifo a empujar eternamente una roca hasta lo alto de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Pensaron, con cierta razón, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si damos crédito a Homero, Sísifo era el más sabio y más prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, propendía al oficio de bandido. No veo contradicción en ello. Difieren las opiniones sobre los motivos que lo llevaron a ser el trabajador inútil de los infiernos. Se le reprocha ante todo cierta ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le extrañó su desaparición y se quejó a Sísifo. Este, que estaba enterado del rapto, ofreció a Asopo informarlo de todo, a condición de que le diera agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestiales. Y en castigo acabó en los infiernos. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, que liberó a la Muerte de manos de su vencedor.

Cuentan también que Sísifo, en trance de muerte, quiso poner imprudentemente a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojase su cuerpo insepulto a la plaza pública. Sísifo fue a parar a los infiernos y allí, irritado por obediencia tan contraria al amor humano, consiguió permiso de Plutón para regresar a la tierra y castigar a su mujer. Pero cuando volvió a ver el rostro de este mundo, a disfrutar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, no quiso regresar a las sombras infernales. Nada consiguieron llamadas, cóleras y advertencias. Durante muchos años siguió viviendo delante de la curva del golfo, el mar resplandeciente y las sonrisas de la tierra. Fue preciso un decreto de los dioses. Mercurio vino a agarrar al audaz por el pescuezo y, arrebatándolo a sus goces, lo devolvió a la fuerza a los infiernos, donde su roca estaba ya preparada.

Se habrá comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su pasión por la vida le valieron ese suplicio indecible en el cual todo el ser se dedica a no rematar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. Nada nos dicen sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. En el caso de este, vemos solamente todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, empujarla y ayudarla a subir por una pendiente cien veces recomenzada; vemos el rostro crispado, la mejilla pegada contra la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de greda, un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de este prolongado esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, llega a la meta. Sísifo contempla entonces cómo la piedra rueda unos instantes hacia ese mundo inferior del que habrá de volver a subirla a las cumbres. Y regresa al llano.

Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. ¡Un rostro que pena tan cerca de las piedras es ya de piedra! Veo a ese hombre bajar con pasos pesados aunque regulares hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esa hora que es como un respiro y que se repite con tanta seguridad como su desgracia, esa hora es la de la conciencia. En cada uno de esos instantes, cuando abandona las cimas y se hunde poco a poco hacia las guaridas de los dioses, Sísifo es superior a su destino. Es más fuerte que su roca.

Lo trágico de este mito estriba en que su héroe es consciente. ¿En qué quedaría su pena, en efecto, si a cada paso lo sostuviera la esperanza de lograrlo? El obrero actual trabaja, todos los días de su vida, en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero solo es trágico en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la amplitud de su miserable condición: en ella piensa durante el descenso. La clarividencia que debería ser su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se supere mediante el desprecio.

Si el descenso se hace ciertos días con dolor, puede hacerse también con gozo. La palabra no es exagerada. Me imagino otra vez a Sísifo regresando hacia su roca, y el dolor existía al principio. Cuando las imágenes de la tierra se aferran con demasiada fuerza al recuerdo, cuando la llamada de la felicidad se hace demasiado apremiante, entonces la tristeza se alza en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, es la propia roca. Una angustia inmensa es demasiado pesada de llevar. Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes desaparecen al ser reconocidas. Edipo, por ejemplo, obedece primero al destino sin saberlo. A partir del momento en que sabe, su tragedia comienza. Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único lazo que lo ata al mundo es la fresca mano de una jovencita. Una frase desmesurada resuena entonces: “Pese a tantas pruebas, mi avanzada edad y la grandeza de mi alma me llevan a juzgar que todo está bien”. El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoyevski, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno.

No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado de escribir algún manual de felicidad. “¿Y cómo así? ¿por caminos tan angostos…?” Pero no hay más que un mundo. La felicidad y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. El error consistiría en decir que la felicidad nace forzosamente del descubrimiento absurdo. A veces ocurre que el sentimiento de lo absurdo nace de la felicidad. “Juzgo que todo está bien”, dice Edipo, y esa frase es sagrada. Resuena en el universo feroz y limitado del hombre. Enseña que no todo está agotado, no ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y el gusto de los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que deberá arreglarse entre los hombres.

Todo el gozo silencioso de Sísifo está en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su casa. De la misma manera el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, manda callar a todos los ídolos. En el universo que de pronto ha recobrado su silencio se alzan las mil vocecitas maravilladas de la tierra. Llamadas inconscientes y secretas, invitaciones de todos los rostros, son el reverso necesario y el precio de la victoria. No hay sol sin sombra, y es menester conocer la noche. El hombre absurdo dice sí y su esfuerzo no cesará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior o al menos no hay sino uno, que juzga fatal y despreciable. En lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en el que el hombre se vuelve sobre su vida, Sísifo, regresando hacia su roca, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado con su muerte. Así, persuadido del origen plenamente humano de cuanto es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando.

¡Dejo a Sísifo al pie de la montaña! Uno siempre recupera su fardo. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. También él juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin dueño no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esa piedra, cada fragmento mineral de esa montaña llena de noche, forma por sí solo un mundo. La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz.

 

 

© herederos de Albert Camus.

de: El mito de Sísifo. Alianza Editorial. Madrid. 2018.

© Esther Benítez, de la versión al castellano.

Las fatrasies de Beaumanoir*

bestiario bosco

El jardín de las delicias (detalle) – El Bosco

 

I

El canto de una rana

Sana una ballena

En el fondo del mar,

Y una sirena

Llevaba el Sena

Por encima de San Omer;

Un mudo vino a cantar

Sin pronunciar palabra, en alta voz.

Si no hubiese sido por Warnaviler [1]

Se habrían ahogado en la vena

De una cabeza de jabalí.

 

 

II

El pie de una cresa

Golpeó a un león

Tanto que le hirió.

La medula de un junco

Cogió un limo

Que se enfureció;

Desgraciado ladrón le gritó

He aquí el pico de un chorlito

Que tan bien los separó

Que la pluma de un ganso

Todo París transportó.

 

 

III

Vi todo el mar

Reunirse en la tierra

Para hacer un torneo,

Y guisantes para triturar [2]

Sobre un gato hicieron montar

A nuestro rey.

Entonces vino no sé qué

Que Calais y San Omer

Cogió y colocó sobre un broche,

Obligándoles a retroceder

Sobre el monte San Eloy.

 

 

IV

Un gran arenque ahumado

Había sitiado Gisors

Por una y otra parte,

Y dos hombres muertos

Vinieron de refuerzo

Trayendo una puerta;

Si no hubiese sido por una vieja jorobada [3]

Que iba gritando “¡Afuera!”

El grito de una codorniz muerta

Los hubiera atrapado con gran esfuerzo

Debajo de una capa de fieltro.

 

 

V

La grasa de un pollo

Engullía un caldo claro

Pont y Verberie.

El pico de un gallito

Traía sin pleito

Toda Normandía.

Y una manzana podrida

Tanto golpeó a mazazos

París, Roma y Siria,

Que las hizo despojos;

Nadie comió que no riese.

 

 

VI

Un dado aturdido [4]

Llevaba San Denis

Sobre Montdidier,

Y una perdiz

Arrastraba París

Por encima de San Richier.

He aquí el pie de un chorlito

Sobre el campanario de Senlis,

Que tan fuerte ha empezado a gritar

Que ha aturdido a todos

Los burgueses de Montpellier.

 

 

VII

Una gran carpa

Arrastraba Oise

Por encima de un alto monte,

Y una vieja tabla

Sobre una toesa

Transportó Hautmont.

Un palmo de circunferencia

Pesa cuarenta moyos de trigo

Sobre el castillo de Clermont,

De modo que una ciruela marchita

Todo el monte hartó.

 

 

VIII

Catorce viejos mendigos

Trajeron ramas

Para hacer un combate

Contra dos enanos,

Que tenían en las manos

La boca de un horno,

Y así tuvieron al mejor,

Por lo que carbones apagados

Le arrojaron alrededor,

De manera que se quemaron las manos

Sobre la cúpula de una torre.

 

 

IX

La cabeza de un pescado

Por la noche se despierta

Para amasar pasta,

Y una corneja

Tomó una canasta;

Pero fue una locura,

Pues diecinueve colmenas de abejas

Acudieron a la maravilla;

Se dieron golpes por todos lados

Cuando un chorlito

De un bastonazo los ha separado.

 

 

X

Una vieja camisa

Tiene su voluntad puesta

En saber pleitear,

Pero una cereza

Se ha puesto delante

Para injuriarla;

Si no hubiese sido por una vieja cuchara

Que había recuperado su aliento,

Y traía un vivero,

Todo el agua del Támesis

Habría entrado en un cesto.

 

 

XI

Gornais y Ressons [5]

Vinieron a Soisson

A coger Boulogne,

Y tres avispas muertas

Sobre tres pasteles

Se comieron a los franceses;

Entonces vino Auxerre

Corriendo sobre dos estacas,

De manera que Chalons [6] y Blois

Huyeron hasta Mons

Hacia Hainaut [7] por Orleáns [8].

 

 

© Antonia Martínez Pérez, de la edición y de la versión al castellano

de: Fatrasies, Fatras y Resveries. Barcelona. PPU. 1988

 

 

N O T A S

* Les Fatrasies de Beaumanoir se han conservado en los folios 112v.º y 114r.º del manuscrito de la Biblioteca Nacional de París (fond. français, anc. 7609).

[1] Granja perteneciente al autor.

[2] “Les pois pilés”, señala Dufournet. Sur le Jeu de la Feuillée. París. Seder. 1977. p. 35, era una especie de puré de guisantes que servía para curar la locura que se encontraba en la poesía satírica y en el teatro cómico.

[3] “Vielle torte”. Puede haber calambur, así podemos entenderlo como “vieja jorobada” o “vieja torta”.

[4] “Des”. Según el índice de Porter, op. cit., “des” no es un sustantivo, sino un artículo indeterminado.

[5] Sornais. Por Gornais, Gounay-Sur-Aronde, según el indicado índice de Porter. Igual con Ressons, pero en este duda de que se trate de Ressons-Sur-Matz.

[6] Chaälons. Chalons-Sur-Marne, siempre según Porter.

[7] Henau. Le Hainaut, Porter, op. cit.

[8] Orelois. Porter, en el citado índice, considera que podría tratarse de los habitantes de Orleáns. Por su parte, Zumthor, en “Essai d’analyse des procédés fatrasiques”. Romania. LXXXIV. 1963., coloca este término entre los nombres geográficos considerándollo como la comarca de Orleáns.

 

Condesa (¿Beatriz?) de Día. Poemas corteses

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Ab joi et ab joven m’apais

 

De alegría y juventud me sacio

y alegría y juventud me sacian

porque mi amigo es el más alegre,

por lo que yo soy graciosa y alegre;

y ya que con él soy sincera,

bien pretendo que conmigo sea sincero,

que nunca de amarlo me abstengo,

ni tengo corazón para hacerlo.

 

Mucho me place, desde que sé que es el más valiente

aquel que más deseo que me posea,

y ruego a Dios que le dé felicidad

a aquel que primero lo trajo hacia mí;

y no crea a ninguno de los que le censuran,

salvo a quien le advierte

que se recibe a medida

de lo que se ha hecho.

 

Una dama que mire el buen valor,

bien debe poner su intención

en un caballero valiente y cortés

desde que conoce su valor;

y que ose amarle abiertamente:

porque de una dama que ama sin esconderse

los valerosos y los valientes

no dirán más que bien.

 

Yo he escogido un hombre valioso y cortés,

cuyo valor mejora y aumenta,

generoso, recto y prudente,

que tiene juicio y sensatez.

Le ruego que me crea,

y que nadie pueda hacerle creer

que yo he cometido jamás falta hacia él;

y no encuentro en él ningún defecto.

 

Amigo, vuestro valor

los valientes y los valerosos conocen,

por eso yo os suplico darme,

si os agrada, vuestra protección.

 

 

 

A chantar m’er de so quieu non volria

 

Ahora deberé cantar de lo que no querría,

tanto me lamento del que soy amiga,

pues le amo más que a cualquier cosa en el mundo;

pero no valen ante él ni piedad ni cortesía

ni mi belleza ni mi valor ni mi juicio,

porque soy engañada y traicionada

como si sucedería si fuera poco agraciada.

 

Me conformo pensando que jamás y de ningún modo

cometiera equívoco hacia vos, amigo,

sino que os amo más de lo que Seguis amó a Valensa,

y me agrada venceros en amor,

amigo mío, porque sois el mejor;

sois orgulloso conmigo en las palabras y en los modos,

mientras que os mostráis amable con todos.

 

Me sorprende cómo hacia mí vuestro corazón se muestra duro,

amigo, por lo que tengo razón para dolerme;

no es justo en absoluto que otro amor os aparte de mí,

sea lo que sea lo que os diga o conceda;

¡y recordad cuál fue el inicio de nuestro amor!

El señor Dios no quiera

que sea mía la culpa de la separación.

 

La noble virtud que habita en vuestro corazón

y el alto valor que poseéis me intimidan,

pues no conozco dama, cercana o lejana,

que, dispuesta a amar, no sea atraída por vos.

Pero vos, amigo, tenéis tanto juicio

que bien debeis reconocer la más perfecta;

y acordaros de nuestro pacto.

 

Deben ayudarme mérito y nobleza

y la belleza y aún más la sinceridad de ánimo,

por ello os mando allá donde moráis

esta canción, que sea mi mensajera;

y quiero saber, mi gentil y bello amigo,

por qué sois tan altanero y cruel conmigo:

no sé si por orgullo o mal talante.

 

Más aún quiero que os diga el mensajero:

por demasiado orgullo mucha gente ha sufrido gran daño.

 

 

 

Fin ioi me don’ alegranssa

 

La alegría cortés me da felicidad,

por ella canto más gozosamente

y no me produce pesar

ni me causa ninguna preocupación

saber que quieren mi mal

los falsos y viles envidiosos,

y sus palabras malévolas no me atemorizan:

al contrario, soy dos veces más dichosa.

 

No tienen de mí atención alguna

los envidiosos maledicentes,

porque ninguno que esté de acuerdo con ellos

puede ser honrado;

ellos se parecen

a la nube que se expande,

por la que el sol pierde sus rayos;

yo no amo a la gente villana.

 

Y vosotros, celosos maledicentes,

no creáis que yo estoy dudosa,

o que alegría y juventud me desagradan,

por el hecho de que el mal os debilite.

 

 

 

© Mª Milagros Rivera Garretas & Ana Mañeru Mendez, de la versión al castellano.

de: Las trovadoras. Poetisas del amor cortés. horas y Horas editorial. Madrid. 1997.

 

Bret Harte. El socio de Tennessee

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(Albany, 1836 – Camberley, 1902)

Creo que nunca llegamos a saber su verdadero nombre, aunque es cierto que ignorarlo nunca fue un inconveniente social para nosotros porque, en 1845, en Sandy Bar era frecuente rebautizar a los hombres. A veces, el nuevo apelativo se inspiraba en algún detalle distintivo del vestir, como en el caso de Jack Vaqueros; o en alguna costumbre peculiar, como en el de Bill Bicarbonato, porque el pan que comía llevaba una cantidad desproporcionada de bicarbonato de soda; o en algún desliz desafortunado, como en el del Pirata de Hierro, un hombre tranquilo e inofensivo que se ganó ese título por pronunciar mal “pirita de hierro”. Tal vez esto fuera el germen de una heráldica rudimentaria, aunque me inclino a pensar que, en aquella época, el verdadero nombre de un hombre dependía únicamente de lo que dijera él.

—¿Y dice que usted se llama Clifford? —preguntó Boston con mucha guasa a un tipo apocado que acababa de llegar—. ¡El infierno está lleno de Cliffords!

Después presentó al infortunado, que en realidad se llamaba Clifford, con el sobrenombre de Charly Arrendajo, insultante inspiración del momento que le quedó para siempre.

Pero volvamos al socio de Tennessee, a quien no conocimos por ningún otro nombre más que este título dependiente; hasta mucho más tarde no llegamos a saber que tenía una existencia propia, diferente y separada. Al parecer, en 1853 salió de Poker Flat con destino a San Francisco en busca de una mujer para casarse. No pasó de Stockton. En ese lugar lo atrajo una joven que atendía la mesa del hotel en el que comía. Una mañana le dijo algo que a la joven le hizo sonreír con cierta chispa, romperle coquetamente en la cara, cuando la miraba con seriedad y sencillez, después volvió a salir victorioso, con más tostadas encima. Aquella misma semana los casó un juez de paz y volvieron a Poker Flat. Comprendo que podría dar más detalles de este episodio, pero prefiero referirlo tal como lo contaban en Sandy Bar, en los barrancos y las cantinas, con un gran sentido del humor por lo que hace a los sentimientos.

Poco se sabe de su felicidad conyugal, tal vez se deba a que un buen día Tennessee, que a la sazón vivía con su socio, aprovechó la oportunidad de decirle algo a la novia por su cuenta y riesgo, castamente… hasta Marysville en esta ocasión, adonde la siguió Tennessee y donde se pusieron a jugar a las casitas sin la mediación de un juez de paz. El socio de Tennessee se tomó la pérdida de su mujer con seriedad y sencillez, a su estilo. Pero, para asombro de todos, cuando Tennessee volvió a Marysville sin la mujer de su socio, pues ella había sonreído a otro y se había retirado una vez más, su socio fue el primero en darle la mano y recibirlo con afecto. Los muchachos que se habían congregado en el cañón para presenciar el tiroteo se indignaron muchísimo, como es natural. Habrían expresado la indignación con sarcasmo si no lo hubiera impedido cierta mirada que les echó el socio de Tennessee, una mirada totalmente carente de sentido del humor. Lo cierto es que era un hombre serio que se aplicaba al detalle práctico en los momentos difíciles con una diligencia bastante fastidiosa.

Entretanto, en el pueblo se enconaban los sentimientos en contra de Tennessee: se sabía que era jugador y se sospechaba que robaba. Su socio también se vio comprometido, pues la única explicación posible de que siguieran siendo amigos después del episodio con su mujer era que estuvieran conchabados en el delito. Finalmente, los pecados de Tennessee salieron a la luz. Un día, camino de Red Dog, alcanzó a un desconocido. Después, el desconocido contó que Tennessee le había hecho pasar un buen rato contándole anécdotas y recuerdos, pero que, ilógicamente, concluyó diciéndole:

—Y ahora, jovencito, me vas a dar el puñal, las pistolas y el dinero, porque, verás, estos instrumentos pueden traerte complicaciones en Red Dog, y el dinero es una tentación para los maleantes. Creo que has dicho que vives en San Francisco. Procuraré hacerte una visita.

Hay que reconocer que Tennessee tenía una fluida vena humorística que no se secaba ni en plena negociación mercantil.

Fue su última hazaña. Red Dog y Sandy Bar hicieron causa común contra este salteador de caminos. Le dieron caza con su misma medicina. Cuando lo tenían rodeado, echó una carrera desesperada por todo Bar descargando el revólver contra la multitud que se encontraba a la puerta del saloon Arcade, y siguió corriendo hacia el cañón del Oso; pero al final del desfiladero lo detuvo un hombre de baja estatura que iba en un caballo gris. Se miraron un momento en silencio. Ninguno tenía miedo, estaban seguros de sí, eran independientes; eran dos ejemplares de una civilización que en el siglo XVII se habría calificado de heroica, pero que en el siglo XIX no pasaba de temeraria.

—Qué llevas, pregunto —dijo Tennessee en voz baja.

—Dos sotas y un as —dijo el otro, también en voz baja, al tiempo que enseñaba dos revólveres y una faca.

—Paso —contestó Tennessee.

Y, con este epigrama de jugador, tiró su inútil pistola y regresó con el que lo había atrapado.

Hacía calor aquel atardecer. La brisa fresca que solía levantarse a última hora tras la montaña del chaparral no llegaba es noche a Sandy Bar. El pequeño cañón estaba cargado de olores resinosos recalentados y los maderos podridos de Bar exhalaban efluvios hediondos. En el campamento, la actividad febril y las fieras pasiones del día no se habían apagado todavía. A lo largo de la orilla del río unas luces se movían sin cesar, sin reflejarse en la turbulenta corriente. Las ventanas del viejo desván de la oficina de Correos destacaban como ojos brillantes sobre la mesa negra de los pinos; decidiendo la suerte que correría Tennessee. Y, por encima de todo esto, recortada contra el oscuro firmamento, se alzaba la Sierra, lejana, indiferente, coronada de estrellas aún más lejanas e indiferentes.

El juicio de Tennessee fue tan justo como era de esperar de un juez y un jurado que se sentían obligados hasta cierto punto a aquel veredicto que justificara las irregularidades cometidas en la detención y la formulación de cargos. La ley de Sandy Bar era implacable, pero no vengativa. La emoción y los sentimientos personales de la persecusión ya habían pasado; con Tennessee sano y salvo en sus manos, se dispusieron a escuchar pacientemente cualquier argumento en su defensa, aunque estaban convencidos de antemano que sería inútil. No tenían la menor sombra de duda, pero preferían conceder al acusado el beneficio de alguna que pudiera surgir. Persuadidos de que merecía la horca por principios generales, le concedieron más oportunidades de defenderse de las que el temerario y audaz preso parecía desear. El juez estaba más angustiado que el acusado, el cual, completamente despreocupado por lo demás, se divertía a costa de la responsabilidad que les había echado encima.

—No voy a seguirles el juego —era la respuesta que daba invariablemente, de buen humor, a todas las preguntas.

El juez, quien también era quien lo había detenido, lamentó un momento no haberlo matado de un tiro esa mañana “allí mismo”, pero enseguida dejó de pensarlo por tratarse de una debilidad humana indigna de un juez. Sin embargo, cuando llamaron a la puerta y dijeron que el socio de Tennessee quería hablar a favor del reo, no vaciló en admitirlo sin dilación. Es posible que para los miembros más jóvenes del jurado, que ya estaban aburridos de tanto pensar, fuera un alivio.

Pues, en realidad, no era un tipo imponente, sino de baja estatura, aunque fornido, de cara cuadrada, extraordinariamente colorado por efecto del sol; llevaba un mandilón y pantalones a rayas, salpicados de barro rojo, tenía, en fin, una pinta que hubiera resultado curiosa en cualquier circunstancia y que ahora era incluso ridícula. Cuando se detuvo para depositar en el suelo el pesado morral que llevaba, parece ser, por lo que se constata parcialmente en las leyendas e inscripciones, que la tela de los remiendos de los pantalones no estaba pensada en principio para menester tan ambicioso. Sin embargo, el socio se adelantó con toda solemnidad y, después de dar un apretón de manos a cada uno de los presentes con pomposa cordialidad, perplejo y serio como estaba, se limpió la cara con un pañuelo de un color ligeramente más claro que su piel, apoyó una manaza en la mesa en busca de apoyo y se dirigió al juez con las siguientes palabras:

—Pasaba por aquí —dijo, a modo de disculpa— y se me ocurrió entrar un momento a ver qué tal le iban las cosas a Tennessee, aquí, mi socio. Hace calor esta noche. No recuerdo una noche tan calurosa en Bar.

Hizo una breve pausa pero, como nadie se ofreció a seguir hablando del tiempo, recurrió de nuevo al pañuelo y se enjugó el rostro diligentemente.

—¿Tiene algo que decir a favor del preso? —preguntó el juez por fin.

—Eso es —dijo el socio de Tennessee, aliviado—. Vengo como socio de Tennessee… Hace cuatro años que lo conozco llueva o truene, en lo bueno y en lo malo, en la prosperidad y en la adversidad. No siempre hacemos las cosas de la misma forma, pero no hay nada en él, no hay picardía que haya cometido que no sepa yo. Y usted me dice, dice usted, confidencialmente, de hombre a hombre, dice que si tengo algo que decir a favor  de este hombre. Y yo le digo, digo yo, confidencialmente, de hombre a hombre, ¿qué tiene uno que decir a favor de su socio?

—¿No tiene nada más que alegar? —preguntó el juez, impaciente, al percibir tal vez que una peligrosa corriente de comprensión empezaba a ablandar al jurado.

—Lo dicho —prosiguió el socio de Tennessee—. No soy yo quién para decir nada en contra de mi socio. Pero a ver, ¿de qué se le acusa? Resulta que Tennessee necesita dinero, lo necesita mucho, y no quiere pedírselo a su viejo socio. Entonces, ¿qué hace Tennessee? Va por un desconocido y lo pilla. Y usted va por él y lo pilla; el empate está servido. Y yo le pregunto a usted, qué es un hombre justo, y a todos ustedes, caballeros, que también son justos, si no es verdad lo que digo.

—Preso —dijo el juez interrumpiéndolo—, ¿tiene algo que preguntar a este hombre?

—¡No! ¡No! —se apresuró a decir el socio de Tennessee—. En esta mano voy solo. Vayamos al fondo de la cuestión. La cosa es que Tennessee, aquí presente, se la ha jugado gorda a un forastero en este campamento nuestro. Entonces, ¿qué hay que hacer? Unos dirían que si tal, otros que si cual. Traigo aquí mil setecientos dólares en pepitas de oro y un reloj, es toda mi fortuna y ¡no se hable más!

Y, antes de que alguien pudiera levantar la mano para evitarlo, el socio vació el morral encima de la mesa.

Puso la vida en peligro un momento. Un par de hombres se levantaron, unos cuantos echaron mano al arma que llevaban oculta y solo un gesto del juez impidió que aplicaran en la práctica la idea de “a la ventana con él”. Tennessee se echó a reír. Y, aparentemente ajeno a la conmoción, el socio aprovechó la oportunidad para limpiarse la cara otra vez con el pañuelo.

Cuando las aguas volvieron a su cauce y con mucha prosopopeya retórica se dio a entender al hombre que el delito de Tennessee no podía perdonarse con dinero, se le puso la cara de un rojo sangre y los que más cerca estaban de él vieron que la ruda mano con la que se apoyaba en la mesa le temblaba ligeramente. Vaciló un momento y lentamente volvió a guardar el oro en el morral como si no terminara de comprender el elevado sentido de la justicia del que hacía gala el tribunal, y estaba perplejo, pues creía que no había ofrecido bastante dinero. Entonces, volviéndose al juez, le dijo:

—Esta mano la jugaba yo solo, sin mi socio.

Saludó al jurado con una inclinación de cabeza y se disponía a irse, pero el juez lo llamó otra vez.

—Si tiene algo que decirle a Tennessee, hable ahora.

Por primera vez en la noche, Tennessee y su curioso defensor cruzaron una mirada. Tennessee sonrió enseñando unos dientes blancos y dijo:

—¿Eucherd, amigo mío! —Y le tendió la mano.

El socio le dio un apretón y dijo:

—Pasaba por aquí y se me ocurrió entrar para ver qué tal iban las cosas. —Soltó la mano sin fuerza y añadió—: Hacía calor esta noche.

Se limpió la cara una vez más y, sin añadir otra palabra, se retiró.

Nunca volvieron a verse en esta vida, pues el incomparable insulto de pretender sobornar al juez Lynch, que por muy parcial, débil o estrecho de miras que fuera, al menos era incorruptible, despejó cualquier sombre de duda que pudiera quedarle al mítico personaje a propósito del sino de Tennessee; y, al rayar el alba, lo condujeron convenientemente escoltado al encuentro con su final en la cima del monte de Marley.

cubierta albaDe cómo lo afrontó y se negó a decir una palabra, de su indiferencia, así como de la perfección con la que la junta lo preparó todo, dio cuenta puntualmente el Red Dog Clarion (rematando el artículo con una advertencia moral y ejemplar para futuros malhechores) el propio director, que estuvo presente y a cuya pluma vigorosa con mucho gusto remito al lector. Sin embargo, de lo que no se dio cuenta, pues no era materia de lección social, fue de la hermosa mañana de mediados de verano, de la bendita amistad entre la tierra, el aire y el cielo, de la vida que despertaba en los bosques libres y en los montes, de la jubilosa renovación de la promesa de la naturaleza y, sobre todo, de la serenidad infinita que emocionaba a todos y cada uno. Con todo, cumplimentada la débil y ridícula hazaña por la que la vida, con todas sus posibilidades y responsabilidades, abandonó a la cosa que colgaba entre la tierra y el cielo, los pájaros cantaron, las flores florecieron y el sol brilló con la misma alegría que antes, y seguramente el Red Dog Clarion tenía razón.

El socio de Tennessee no formaba parte de la comitiva que rodeaba el funesto árbol. Pero, cuando dieron media vuelta para dispersarse, les llemó la atención una aparición insólita: una carreta tirada por un burro parada al lado del camino. Al acercarse, enseguida reconocieron a la venerable Jenny y la carreta de dos ruedas que eran propiedad del socio de Tennessee, con las que se llevaba los escombros de su yacimientos; y, a pocos pasos de la carreta, al dueño en persona sentado al pie de un castaño, secándose el sudor de la cara. En respuesta a una pregunta, dijo que había ido a buscar el cuerpo del “defunto”, “con el permiso de la junta”. No quería “meter prisa a nadie”, podía esperar. No trabajaba ese día y, cuando los caballeros hubieran terminado con el “defunto”, se lo llevaría.

—Si alguno de los presentes —añadió, a su manera sencilla y seria— quiere asistir a la función, puede quedarse.

No sé si por el sentido del humor que, como ya he dicho, caracterizaba a Sandy Bar, o por algo de orden más elevado, pero el caso es que tres cuartas partes de la comitiva aceptó la invitación sin pensarlo.

Era mediodía cuando el cadáver de Tennessee fue depositado en brazos de su socio. Cuando la carreta se acercó al árbol fatídico, vimos que acarreaba una caja tosca, alargada (hecha, al parecer, con una artesa de filtrar oro), llena hasta la mitad de  corteza y conos de pino. Además, estaba adornada con ramas tiernas de sauce y perfumada con ramilletes de agujas de pino. Colocaron el cadáver en el ataúd, el socio de Tennessee lo cubrió con una lona alquitranada, montó solemnemente y, con los pies en las varas de la carreta, arreó a la burra. Inició la marcha despacio, al paso decoroso característico de Jenny incluso en circunstancias menos solemnes. Los hombres, entre bromas y veras, pero siempre con guasa, echaron a andar al lado de la carreta, unos delante y otros detrás del acogedor catafalco. No sé si porque el camino se estrechaba o por respeto y compostura, los que iban delante dejaron pasar la carreta y formaron detrás en parejas, avanzando todos al mismo paso, con la actitud circunspecta de un séquito formal. Jack Folinsbee, que empezó a tocar burlonamente una marcha fúnebre con un trombón imaginario, desistió ante la falta de éxito, quizá por carecer de la capacidad del verdadero humorista para conformarse con la gracia de sus propias ocurrencias.

El camino pasaba por el cañón del Oso, que a esa hora ya estaba cubierto de luto y de sombras. Las secuoyas lo flanqueaban en fila india, con los pies calzados en la tierra roja, derramando una bendición rudimentaria sobre el féretro. Una liebre, sorprendida en total holganza, atisbaba entre los helechos de la orilla del camino el paso del cortège. Las ardillas trepaban rápidamente en busca de una altaya segura en las ramas más altas, y los arrendajos azules abrían las alas y echaban a volar delante de ellos como una avanzadilla, hasta que llegaron a las afueras de Sandy Bar y a la cabaña solitaria del socio de Tennessee.

Ni en circunstancias más halagüeñas habría parecido un sitio alegre. No faltaba nada de lo que distingue la construcción de nidos de los mineros californianos: el emplazamiento nada pintoresco, las formas toscas y carentes de atractivo, los detalles de mal gusto, todo sumando al deterioro y la decadencia. A pocos pasos de la cabaña había un cercado rústico que, en los pocos días que duró la felicidad conyugal del socio de Tennessee, hacía las veces de jardín, pero ahora estaba invadido por los helechos. Al acercarnos, nos sorprendió descubrir que lo que habíamos tomado por un intento reciente de cultivar la tierra era en realidad tierra suelta alrededor de una fosa poco profunda.

La carreta se detuvo antes de llegar al cercado y el socio de Tennessee, rechazando la ayuda que le ofrecían con la misma sencillez y confianza en sí mismo que había mostrado desde el principio, se cargó el rudo ataúd a la espalda y lo depositó él solo en el interior de la fosa. Después clavó un tablón a modo de tapa, se subió al montoncillo de tierra, se descubrió la cabeza y lentamente se limpió la cara con el pañuelo. A los presentes les pareció el preludio de un discurso, así que se distribuyeron entre los tocones y las piedras y se sentaron a esperar.

—Cuando uno —empezó a decir el socio de Tennessee hablando despacio— se ha pasado el día corriendo en libertad, ¿qué es lo más normal que puede hacer? Pues volver a casa. Y, si no está en condiciones de volver, ¿qué puede hacer su mejor amigo? Pues ¡traerlo! Y aquí está Tennessee, que se ha pasado todo el día corriendo en libertad y ahora lo hemos traído a casa. —Hizo una pausa, cogió una piedra de cuarzo, la frotó escrupulosamente contra la manga y prosiguió—: No es la primera vez que me hago cargo a la espalda como me habéis visto hacer ahora. No es la primera vez que lo traigo a esta casa cuando no podía hacerlo él solo; no es la primera vez que Jinny y yo lo esperamos en aquella cuesta, lo recogemos y lo traemos a casa cuando no podía ni hablar y ni siquiera me reconocía. Y ahora que es la última vez, ¿por qué…? —Hizo otra pausa triste para su socio. Y ahora, caballeros —añadió bruscamente, al tiempo que cogía una pala de mango largo—, se acabó la función; les estoy agradecido, y Tennessee también, por las molestias que se han tomado.

Rechazó de nuevo las propuestas de ayuda y se puso a llenar la tumba dando la espalda a la gente, que, después, de unos momentos de vacilación, empezó a retirarse. Cuando cruzaron el promontorio que ocultaba la cabaña de la vista de Sandy Bar algunos se volvieron a mirar y creyeron ver al socio de Tennessee sentado sobre la tumba, con el trabajo hecho y la pala entre las rodillas, tapándose la cara con el pañuelo rojo. Otros, en cambio, decían que, a esa distancia, no se distinguía el pañuelo, y este punto quedó sin aclaración.

 

En la relación que siguió a la agitación febril de aquel día, el socio de Tennessee no cayó en el olvido. Se hizo una investigación en secreto quer lo exoneró de toda sospecha de complicidad con los delitos de Tennessee y arrojó algunas dudas sobre su cordura. Sandy Bar se propuso ir a hacerle una visita para darle el pésame, con torpeza pero con buena intención. De todos modos, a partir de entonces el hombre empezó a perder la salud y la fuerza visiblemente y, cuando llegó la estación de las lluvias a su debido tiempo y en la tumba de Tennessee empezaron a despuntar las primeras hojas de hierba, el socio cayó en cama.

Una noche, cuando la tormenta agitaba los pinos de cerca de la cabaña, que barrían el tejado con sus finos dedos, y abajo se oía el rugido de las crecidas aguas del río, el socio de Tennessee levantó la cabeza de la almohada y dijo:

—Hay que ir a buscar a Tennessee, tengo que enganchar a Jinny a la carreta.

Y se habría levantado de la cama si no se lo hubiera impedido la persona que lo cuidaba. Siguió forcejeando, intentando hacer lo que le dictaba la imaginación.

—Hala, Jinny, tranquila, muchacha, tranquila, amiga mía. ¡Qué noche tan oscura! Ten cuidado con los surcos. Y búscalo, búscalo bien, chiquilla. Porque ya sabes que a veces, cuando lo ciega el alcohol, se cae como una piedra en medio del camino. Sigue todo recto hasta el pino de la cima del monte. ¡Ahí! ¡Te lo dije! ¡Ahí está! Viene hacia aquí, claro, solo, sobrio, con la cara brillante. ¡Tennessee! ¡Socio!

Y así se encontraron de nuevo.

 

 

© Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, de la versión al castellano.

de: Cuentos del Lejano Oeste. Alba editorial. Barcelona. 2017.