Bret Harte. El socio de Tennessee

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(Albany, 1836 – Camberley, 1902)

Creo que nunca llegamos a saber su verdadero nombre, aunque es cierto que ignorarlo nunca fue un inconveniente social para nosotros porque, en 1845, en Sandy Bar era frecuente rebautizar a los hombres. A veces, el nuevo apelativo se inspiraba en algún detalle distintivo del vestir, como en el caso de Jack Vaqueros; o en alguna costumbre peculiar, como en el de Bill Bicarbonato, porque el pan que comía llevaba una cantidad desproporcionada de bicarbonato de soda; o en algún desliz desafortunado, como en el del Pirata de Hierro, un hombre tranquilo e inofensivo que se ganó ese título por pronunciar mal “pirita de hierro”. Tal vez esto fuera el germen de una heráldica rudimentaria, aunque me inclino a pensar que, en aquella época, el verdadero nombre de un hombre dependía únicamente de lo que dijera él.

—¿Y dice que usted se llama Clifford? —preguntó Boston con mucha guasa a un tipo apocado que acababa de llegar—. ¡El infierno está lleno de Cliffords!

Después presentó al infortunado, que en realidad se llamaba Clifford, con el sobrenombre de Charly Arrendajo, insultante inspiración del momento que le quedó para siempre.

Pero volvamos al socio de Tennessee, a quien no conocimos por ningún otro nombre más que este título dependiente; hasta mucho más tarde no llegamos a saber que tenía una existencia propia, diferente y separada. Al parecer, en 1853 salió de Poker Flat con destino a San Francisco en busca de una mujer para casarse. No pasó de Stockton. En ese lugar lo atrajo una joven que atendía la mesa del hotel en el que comía. Una mañana le dijo algo que a la joven le hizo sonreír con cierta chispa, romperle coquetamente en la cara, cuando la miraba con seriedad y sencillez, después volvió a salir victorioso, con más tostadas encima. Aquella misma semana los casó un juez de paz y volvieron a Poker Flat. Comprendo que podría dar más detalles de este episodio, pero prefiero referirlo tal como lo contaban en Sandy Bar, en los barrancos y las cantinas, con un gran sentido del humor por lo que hace a los sentimientos.

Poco se sabe de su felicidad conyugal, tal vez se deba a que un buen día Tennessee, que a la sazón vivía con su socio, aprovechó la oportunidad de decirle algo a la novia por su cuenta y riesgo, castamente… hasta Marysville en esta ocasión, adonde la siguió Tennessee y donde se pusieron a jugar a las casitas sin la mediación de un juez de paz. El socio de Tennessee se tomó la pérdida de su mujer con seriedad y sencillez, a su estilo. Pero, para asombro de todos, cuando Tennessee volvió a Marysville sin la mujer de su socio, pues ella había sonreído a otro y se había retirado una vez más, su socio fue el primero en darle la mano y recibirlo con afecto. Los muchachos que se habían congregado en el cañón para presenciar el tiroteo se indignaron muchísimo, como es natural. Habrían expresado la indignación con sarcasmo si no lo hubiera impedido cierta mirada que les echó el socio de Tennessee, una mirada totalmente carente de sentido del humor. Lo cierto es que era un hombre serio que se aplicaba al detalle práctico en los momentos difíciles con una diligencia bastante fastidiosa.

Entretanto, en el pueblo se enconaban los sentimientos en contra de Tennessee: se sabía que era jugador y se sospechaba que robaba. Su socio también se vio comprometido, pues la única explicación posible de que siguieran siendo amigos después del episodio con su mujer era que estuvieran conchabados en el delito. Finalmente, los pecados de Tennessee salieron a la luz. Un día, camino de Red Dog, alcanzó a un desconocido. Después, el desconocido contó que Tennessee le había hecho pasar un buen rato contándole anécdotas y recuerdos, pero que, ilógicamente, concluyó diciéndole:

—Y ahora, jovencito, me vas a dar el puñal, las pistolas y el dinero, porque, verás, estos instrumentos pueden traerte complicaciones en Red Dog, y el dinero es una tentación para los maleantes. Creo que has dicho que vives en San Francisco. Procuraré hacerte una visita.

Hay que reconocer que Tennessee tenía una fluida vena humorística que no se secaba ni en plena negociación mercantil.

Fue su última hazaña. Red Dog y Sandy Bar hicieron causa común contra este salteador de caminos. Le dieron caza con su misma medicina. Cuando lo tenían rodeado, echó una carrera desesperada por todo Bar descargando el revólver contra la multitud que se encontraba a la puerta del saloon Arcade, y siguió corriendo hacia el cañón del Oso; pero al final del desfiladero lo detuvo un hombre de baja estatura que iba en un caballo gris. Se miraron un momento en silencio. Ninguno tenía miedo, estaban seguros de sí, eran independientes; eran dos ejemplares de una civilización que en el siglo XVII se habría calificado de heroica, pero que en el siglo XIX no pasaba de temeraria.

—Qué llevas, pregunto —dijo Tennessee en voz baja.

—Dos sotas y un as —dijo el otro, también en voz baja, al tiempo que enseñaba dos revólveres y una faca.

—Paso —contestó Tennessee.

Y, con este epigrama de jugador, tiró su inútil pistola y regresó con el que lo había atrapado.

Hacía calor aquel atardecer. La brisa fresca que solía levantarse a última hora tras la montaña del chaparral no llegaba es noche a Sandy Bar. El pequeño cañón estaba cargado de olores resinosos recalentados y los maderos podridos de Bar exhalaban efluvios hediondos. En el campamento, la actividad febril y las fieras pasiones del día no se habían apagado todavía. A lo largo de la orilla del río unas luces se movían sin cesar, sin reflejarse en la turbulenta corriente. Las ventanas del viejo desván de la oficina de Correos destacaban como ojos brillantes sobre la mesa negra de los pinos; decidiendo la suerte que correría Tennessee. Y, por encima de todo esto, recortada contra el oscuro firmamento, se alzaba la Sierra, lejana, indiferente, coronada de estrellas aún más lejanas e indiferentes.

El juicio de Tennessee fue tan justo como era de esperar de un juez y un jurado que se sentían obligados hasta cierto punto a aquel veredicto que justificara las irregularidades cometidas en la detención y la formulación de cargos. La ley de Sandy Bar era implacable, pero no vengativa. La emoción y los sentimientos personales de la persecusión ya habían pasado; con Tennessee sano y salvo en sus manos, se dispusieron a escuchar pacientemente cualquier argumento en su defensa, aunque estaban convencidos de antemano que sería inútil. No tenían la menor sombra de duda, pero preferían conceder al acusado el beneficio de alguna que pudiera surgir. Persuadidos de que merecía la horca por principios generales, le concedieron más oportunidades de defenderse de las que el temerario y audaz preso parecía desear. El juez estaba más angustiado que el acusado, el cual, completamente despreocupado por lo demás, se divertía a costa de la responsabilidad que les había echado encima.

—No voy a seguirles el juego —era la respuesta que daba invariablemente, de buen humor, a todas las preguntas.

El juez, quien también era quien lo había detenido, lamentó un momento no haberlo matado de un tiro esa mañana “allí mismo”, pero enseguida dejó de pensarlo por tratarse de una debilidad humana indigna de un juez. Sin embargo, cuando llamaron a la puerta y dijeron que el socio de Tennessee quería hablar a favor del reo, no vaciló en admitirlo sin dilación. Es posible que para los miembros más jóvenes del jurado, que ya estaban aburridos de tanto pensar, fuera un alivio.

Pues, en realidad, no era un tipo imponente, sino de baja estatura, aunque fornido, de cara cuadrada, extraordinariamente colorado por efecto del sol; llevaba un mandilón y pantalones a rayas, salpicados de barro rojo, tenía, en fin, una pinta que hubiera resultado curiosa en cualquier circunstancia y que ahora era incluso ridícula. Cuando se detuvo para depositar en el suelo el pesado morral que llevaba, parece ser, por lo que se constata parcialmente en las leyendas e inscripciones, que la tela de los remiendos de los pantalones no estaba pensada en principio para menester tan ambicioso. Sin embargo, el socio se adelantó con toda solemnidad y, después de dar un apretón de manos a cada uno de los presentes con pomposa cordialidad, perplejo y serio como estaba, se limpió la cara con un pañuelo de un color ligeramente más claro que su piel, apoyó una manaza en la mesa en busca de apoyo y se dirigió al juez con las siguientes palabras:

—Pasaba por aquí —dijo, a modo de disculpa— y se me ocurrió entrar un momento a ver qué tal le iban las cosas a Tennessee, aquí, mi socio. Hace calor esta noche. No recuerdo una noche tan calurosa en Bar.

Hizo una breve pausa pero, como nadie se ofreció a seguir hablando del tiempo, recurrió de nuevo al pañuelo y se enjugó el rostro diligentemente.

—¿Tiene algo que decir a favor del preso? —preguntó el juez por fin.

—Eso es —dijo el socio de Tennessee, aliviado—. Vengo como socio de Tennessee… Hace cuatro años que lo conozco llueva o truene, en lo bueno y en lo malo, en la prosperidad y en la adversidad. No siempre hacemos las cosas de la misma forma, pero no hay nada en él, no hay picardía que haya cometido que no sepa yo. Y usted me dice, dice usted, confidencialmente, de hombre a hombre, dice que si tengo algo que decir a favor  de este hombre. Y yo le digo, digo yo, confidencialmente, de hombre a hombre, ¿qué tiene uno que decir a favor de su socio?

—¿No tiene nada más que alegar? —preguntó el juez, impaciente, al percibir tal vez que una peligrosa corriente de comprensión empezaba a ablandar al jurado.

—Lo dicho —prosiguió el socio de Tennessee—. No soy yo quién para decir nada en contra de mi socio. Pero a ver, ¿de qué se le acusa? Resulta que Tennessee necesita dinero, lo necesita mucho, y no quiere pedírselo a su viejo socio. Entonces, ¿qué hace Tennessee? Va por un desconocido y lo pilla. Y usted va por él y lo pilla; el empate está servido. Y yo le pregunto a usted, qué es un hombre justo, y a todos ustedes, caballeros, que también son justos, si no es verdad lo que digo.

—Preso —dijo el juez interrumpiéndolo—, ¿tiene algo que preguntar a este hombre?

—¡No! ¡No! —se apresuró a decir el socio de Tennessee—. En esta mano voy solo. Vayamos al fondo de la cuestión. La cosa es que Tennessee, aquí presente, se la ha jugado gorda a un forastero en este campamento nuestro. Entonces, ¿qué hay que hacer? Unos dirían que si tal, otros que si cual. Traigo aquí mil setecientos dólares en pepitas de oro y un reloj, es toda mi fortuna y ¡no se hable más!

Y, antes de que alguien pudiera levantar la mano para evitarlo, el socio vació el morral encima de la mesa.

Puso la vida en peligro un momento. Un par de hombres se levantaron, unos cuantos echaron mano al arma que llevaban oculta y solo un gesto del juez impidió que aplicaran en la práctica la idea de “a la ventana con él”. Tennessee se echó a reír. Y, aparentemente ajeno a la conmoción, el socio aprovechó la oportunidad para limpiarse la cara otra vez con el pañuelo.

Cuando las aguas volvieron a su cauce y con mucha prosopopeya retórica se dio a entender al hombre que el delito de Tennessee no podía perdonarse con dinero, se le puso la cara de un rojo sangre y los que más cerca estaban de él vieron que la ruda mano con la que se apoyaba en la mesa le temblaba ligeramente. Vaciló un momento y lentamente volvió a guardar el oro en el morral como si no terminara de comprender el elevado sentido de la justicia del que hacía gala el tribunal, y estaba perplejo, pues creía que no había ofrecido bastante dinero. Entonces, volviéndose al juez, le dijo:

—Esta mano la jugaba yo solo, sin mi socio.

Saludó al jurado con una inclinación de cabeza y se disponía a irse, pero el juez lo llamó otra vez.

—Si tiene algo que decirle a Tennessee, hable ahora.

Por primera vez en la noche, Tennessee y su curioso defensor cruzaron una mirada. Tennessee sonrió enseñando unos dientes blancos y dijo:

—¿Eucherd, amigo mío! —Y le tendió la mano.

El socio le dio un apretón y dijo:

—Pasaba por aquí y se me ocurrió entrar para ver qué tal iban las cosas. —Soltó la mano sin fuerza y añadió—: Hacía calor esta noche.

Se limpió la cara una vez más y, sin añadir otra palabra, se retiró.

Nunca volvieron a verse en esta vida, pues el incomparable insulto de pretender sobornar al juez Lynch, que por muy parcial, débil o estrecho de miras que fuera, al menos era incorruptible, despejó cualquier sombre de duda que pudiera quedarle al mítico personaje a propósito del sino de Tennessee; y, al rayar el alba, lo condujeron convenientemente escoltado al encuentro con su final en la cima del monte de Marley.

cubierta albaDe cómo lo afrontó y se negó a decir una palabra, de su indiferencia, así como de la perfección con la que la junta lo preparó todo, dio cuenta puntualmente el Red Dog Clarion (rematando el artículo con una advertencia moral y ejemplar para futuros malhechores) el propio director, que estuvo presente y a cuya pluma vigorosa con mucho gusto remito al lector. Sin embargo, de lo que no se dio cuenta, pues no era materia de lección social, fue de la hermosa mañana de mediados de verano, de la bendita amistad entre la tierra, el aire y el cielo, de la vida que despertaba en los bosques libres y en los montes, de la jubilosa renovación de la promesa de la naturaleza y, sobre todo, de la serenidad infinita que emocionaba a todos y cada uno. Con todo, cumplimentada la débil y ridícula hazaña por la que la vida, con todas sus posibilidades y responsabilidades, abandonó a la cosa que colgaba entre la tierra y el cielo, los pájaros cantaron, las flores florecieron y el sol brilló con la misma alegría que antes, y seguramente el Red Dog Clarion tenía razón.

El socio de Tennessee no formaba parte de la comitiva que rodeaba el funesto árbol. Pero, cuando dieron media vuelta para dispersarse, les llemó la atención una aparición insólita: una carreta tirada por un burro parada al lado del camino. Al acercarse, enseguida reconocieron a la venerable Jenny y la carreta de dos ruedas que eran propiedad del socio de Tennessee, con las que se llevaba los escombros de su yacimientos; y, a pocos pasos de la carreta, al dueño en persona sentado al pie de un castaño, secándose el sudor de la cara. En respuesta a una pregunta, dijo que había ido a buscar el cuerpo del “defunto”, “con el permiso de la junta”. No quería “meter prisa a nadie”, podía esperar. No trabajaba ese día y, cuando los caballeros hubieran terminado con el “defunto”, se lo llevaría.

—Si alguno de los presentes —añadió, a su manera sencilla y seria— quiere asistir a la función, puede quedarse.

No sé si por el sentido del humor que, como ya he dicho, caracterizaba a Sandy Bar, o por algo de orden más elevado, pero el caso es que tres cuartas partes de la comitiva aceptó la invitación sin pensarlo.

Era mediodía cuando el cadáver de Tennessee fue depositado en brazos de su socio. Cuando la carreta se acercó al árbol fatídico, vimos que acarreaba una caja tosca, alargada (hecha, al parecer, con una artesa de filtrar oro), llena hasta la mitad de  corteza y conos de pino. Además, estaba adornada con ramas tiernas de sauce y perfumada con ramilletes de agujas de pino. Colocaron el cadáver en el ataúd, el socio de Tennessee lo cubrió con una lona alquitranada, montó solemnemente y, con los pies en las varas de la carreta, arreó a la burra. Inició la marcha despacio, al paso decoroso característico de Jenny incluso en circunstancias menos solemnes. Los hombres, entre bromas y veras, pero siempre con guasa, echaron a andar al lado de la carreta, unos delante y otros detrás del acogedor catafalco. No sé si porque el camino se estrechaba o por respeto y compostura, los que iban delante dejaron pasar la carreta y formaron detrás en parejas, avanzando todos al mismo paso, con la actitud circunspecta de un séquito formal. Jack Folinsbee, que empezó a tocar burlonamente una marcha fúnebre con un trombón imaginario, desistió ante la falta de éxito, quizá por carecer de la capacidad del verdadero humorista para conformarse con la gracia de sus propias ocurrencias.

El camino pasaba por el cañón del Oso, que a esa hora ya estaba cubierto de luto y de sombras. Las secuoyas lo flanqueaban en fila india, con los pies calzados en la tierra roja, derramando una bendición rudimentaria sobre el féretro. Una liebre, sorprendida en total holganza, atisbaba entre los helechos de la orilla del camino el paso del cortège. Las ardillas trepaban rápidamente en busca de una altaya segura en las ramas más altas, y los arrendajos azules abrían las alas y echaban a volar delante de ellos como una avanzadilla, hasta que llegaron a las afueras de Sandy Bar y a la cabaña solitaria del socio de Tennessee.

Ni en circunstancias más halagüeñas habría parecido un sitio alegre. No faltaba nada de lo que distingue la construcción de nidos de los mineros californianos: el emplazamiento nada pintoresco, las formas toscas y carentes de atractivo, los detalles de mal gusto, todo sumando al deterioro y la decadencia. A pocos pasos de la cabaña había un cercado rústico que, en los pocos días que duró la felicidad conyugal del socio de Tennessee, hacía las veces de jardín, pero ahora estaba invadido por los helechos. Al acercarnos, nos sorprendió descubrir que lo que habíamos tomado por un intento reciente de cultivar la tierra era en realidad tierra suelta alrededor de una fosa poco profunda.

La carreta se detuvo antes de llegar al cercado y el socio de Tennessee, rechazando la ayuda que le ofrecían con la misma sencillez y confianza en sí mismo que había mostrado desde el principio, se cargó el rudo ataúd a la espalda y lo depositó él solo en el interior de la fosa. Después clavó un tablón a modo de tapa, se subió al montoncillo de tierra, se descubrió la cabeza y lentamente se limpió la cara con el pañuelo. A los presentes les pareció el preludio de un discurso, así que se distribuyeron entre los tocones y las piedras y se sentaron a esperar.

—Cuando uno —empezó a decir el socio de Tennessee hablando despacio— se ha pasado el día corriendo en libertad, ¿qué es lo más normal que puede hacer? Pues volver a casa. Y, si no está en condiciones de volver, ¿qué puede hacer su mejor amigo? Pues ¡traerlo! Y aquí está Tennessee, que se ha pasado todo el día corriendo en libertad y ahora lo hemos traído a casa. —Hizo una pausa, cogió una piedra de cuarzo, la frotó escrupulosamente contra la manga y prosiguió—: No es la primera vez que me hago cargo a la espalda como me habéis visto hacer ahora. No es la primera vez que lo traigo a esta casa cuando no podía hacerlo él solo; no es la primera vez que Jinny y yo lo esperamos en aquella cuesta, lo recogemos y lo traemos a casa cuando no podía ni hablar y ni siquiera me reconocía. Y ahora que es la última vez, ¿por qué…? —Hizo otra pausa triste para su socio. Y ahora, caballeros —añadió bruscamente, al tiempo que cogía una pala de mango largo—, se acabó la función; les estoy agradecido, y Tennessee también, por las molestias que se han tomado.

Rechazó de nuevo las propuestas de ayuda y se puso a llenar la tumba dando la espalda a la gente, que, después, de unos momentos de vacilación, empezó a retirarse. Cuando cruzaron el promontorio que ocultaba la cabaña de la vista de Sandy Bar algunos se volvieron a mirar y creyeron ver al socio de Tennessee sentado sobre la tumba, con el trabajo hecho y la pala entre las rodillas, tapándose la cara con el pañuelo rojo. Otros, en cambio, decían que, a esa distancia, no se distinguía el pañuelo, y este punto quedó sin aclaración.

 

En la relación que siguió a la agitación febril de aquel día, el socio de Tennessee no cayó en el olvido. Se hizo una investigación en secreto quer lo exoneró de toda sospecha de complicidad con los delitos de Tennessee y arrojó algunas dudas sobre su cordura. Sandy Bar se propuso ir a hacerle una visita para darle el pésame, con torpeza pero con buena intención. De todos modos, a partir de entonces el hombre empezó a perder la salud y la fuerza visiblemente y, cuando llegó la estación de las lluvias a su debido tiempo y en la tumba de Tennessee empezaron a despuntar las primeras hojas de hierba, el socio cayó en cama.

Una noche, cuando la tormenta agitaba los pinos de cerca de la cabaña, que barrían el tejado con sus finos dedos, y abajo se oía el rugido de las crecidas aguas del río, el socio de Tennessee levantó la cabeza de la almohada y dijo:

—Hay que ir a buscar a Tennessee, tengo que enganchar a Jinny a la carreta.

Y se habría levantado de la cama si no se lo hubiera impedido la persona que lo cuidaba. Siguió forcejeando, intentando hacer lo que le dictaba la imaginación.

—Hala, Jinny, tranquila, muchacha, tranquila, amiga mía. ¡Qué noche tan oscura! Ten cuidado con los surcos. Y búscalo, búscalo bien, chiquilla. Porque ya sabes que a veces, cuando lo ciega el alcohol, se cae como una piedra en medio del camino. Sigue todo recto hasta el pino de la cima del monte. ¡Ahí! ¡Te lo dije! ¡Ahí está! Viene hacia aquí, claro, solo, sobrio, con la cara brillante. ¡Tennessee! ¡Socio!

Y así se encontraron de nuevo.

 

 

© Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, de la versión al castellano.

de: Cuentos del Lejano Oeste. Alba editorial. Barcelona. 2017.

 

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Hans-Georg Gadamer. La filosofía griega y el pensamiento moderno

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(Marburgo, 1900 – Heidelberg, 2002)

 

La filosofía griega y el pensamiento moderno: he aquí un tema que la filosofía alemana se ha planteado desde siempre. Se ha hablado directamente de la grecomanía del filosofar alemán, y es seguro que la expresión no es válida solamente para Heidegger o la escuela neokantiana de Maburgo. También lo es para el gran movimiento del idealismo alemán, el cual, inspirado por Kant, por Fitche, Schelling y Hegel, emprendió un retorno inmediato a los impulsos de pensamiento de la dialéctica platónica y aristotélica. No obstante, esta confrontación constituye, de modo particular, un reto para el pensamiento moderno en un doble sentido. Por un lado, no debería olvidarse nunca que filosofía griega no se refiere a filosofía en ese sentido estricto que hoy día asociamos con la palabra. “Filosofía” mentaba todo lo que tuviera interés teórico y, por ello, científico, y no hay duda de que fueron los griegos quienes, con su propio pensar, dieron paso a una decisión que tuvo consecuencias para la historia universal y decidieron el camino de la civilización moderna creando la ciencia. Lo que distingue a Occidente, a Europa, al llamado “mundo occidental” de las grandes culturas hieráticas de los países asiáticos es, precisamente, esta irrupción del querer saber que va asociado a la filosofía griega, la matemática griega, la medicina griega y toda su curiosidad teórica. De modo que la confrontación del pensamiento moderno con el griego es para todos nosotros una especie de encuentro con nosotros mismos.

En este pensamiento, al encontrarse en casa del hombre en el mundo, la correspondencia interna entre el volverse de casa (heimischwerden) y el hacerse uno mismo de la casa (sich-heimisch-machen) que distingue al artesano, al experto, al creador de nuevas configuraciones y formas, al technites, al hombre que domina una técnica, significa, a la vez, encontrar un sitio propio. Para ello, es menester encontrar el espacio libre que le abre la configuración en medio de una naturaleza previamente dada, una totalidad del mundo ordenada ella misma en formas y configuraciones. Así, en el alba griega, la filosofía es un hacerse cargo por el pensamiento de la enorme situación de expósito del hombre en el ahí, en esa delgada apertura de un espacio de libertad que el todo ordenado del ciclo natural le permite al querer y el poder humanos. Pero precisamente de esta situación de expósito se hace consciente el pensar, y es lo que le lleva a plantear preguntas tan tremendas como: ¿Qué había en el inicio? ¿Qué significa el que algo sea? ¿Qué significa que no haya nada? ¿Significa algo nada? Plantear estas cuestiones es el comienzo de la filosofía griega, y sus respuestas fundamentales son: physis, ser-ahí-desde-sí, en el orden del todo, y lógos, intelección e inteligibilidad de este todo, incluido el lógos de la destreza humana. Pero, de este modo, la imagen griega de la filosofía se halla en las antípodas de la ciencia moderna, y no solo como la precursora que abrió el camino a la capacidad y dominio teóricos. Es de la confrontación entre el mundo comprensible y el mundo dominable de lo que nos hacemos conscientes en el pensamiento griego.

Esta fue la gran irrupción que comenzó en el siglo XVII con la creación de la mecánica galileana, la reflexión de la nueva voluntad y el nuevo camino de conocimiento por los grandes investigadores y pensadores de esa centuria. El mundo se convierte ahora en objeto de una investigación metodológica por el planteamiento de la moderna ciencia experimental, concebida matemáticamente y que trabaja abstrayendo y aislando. Si se quiere dar una fórmula para esta novedad, puede decirse que se trataba de una renuncia al antropomorfismo de la consideración griega del mundo. Por magníficamente simple y convincente que fuera la física de la tradición aristotélica, que nos cuenta que el fuego va hacia arriba porque es su naturaleza querer estar arriba y que la piedra cae hacia abajo porque está en su sitio cuando está abajo —esta interpretación articulada desde el hombre y su comprensión de sí mismo era, como sabemos, y no puede ocultársele a nadie que pertenezca a nuestro mundo moderno, un encubrimiento antropomórfico de la posibilidad de acceso al mundo y de dominar el mundo por medio del conocimiento.

Si a la ciencia moderna no le mueve ningún interés cualquiera que seguir, sino la técnica, la forma, el hacer, cambiar, construir por medio de su propio modo de acceso al mundo, entonces, la herencia de la antigua filosofía sigue existiendo: en el hecho manifiesto de que queremos considerar nuestro mundo como un mundo comprensible y no dominable, y nos sentimos forzados a considerarlo así. Al contrario que el constructivismo de la ciencia moderna, que solo considera conocido y comprendido lo que puede reproducir, el concepto griego de ciencia está caracterizado por la physis, por el horizonte de la existencia, que se muestra desde sí y regulada en sí misma, del orden de las cosas. La pregunta que se plantea por la confrontación del pensamiento moderno con esta herencia griega es, entonces, hasta qué punto la herencia antigua ofrece una verdad que se nos mantiene oculta bajo las particulares condiciones de conocimiento de la Edad Moderna.

Si hay una palabra que nos muestre la diferencia que aquí se manifiesta es la palabra “objeto”. En los extranjerismos “objeto” y “objetividad”[1] nos parece que es un presupuesto obvio del concepto epistemológico el que conocemos “objetos”, es decir, que, en el modo de un conocimiento objetivo, los llevamos a conocimiento en su propio ser. La cuestión que nos plantea la tradición y la herencia antiguas es la de hasta qué punto hay una frontera para esta empresa de objetivación. ¿No hay una inobjetualidad de principio que, con una necesidad interna a la cosa, se sustrae al acceso de la ciencia moderna? Quisiera intentar ilustrar con algunas pruebas que, de hecho, el legado actual y permanente del pensamiento griego es ser consciente de las fronteras de la objetivación.

Me parece que el ejemplo que nos puede guiar en este tema es la experiencia del cuerpo. Lo que llamamos “cuerpo” no es, desde luego, la res extensa de la definición cartesiana de corpus. El modo de manifestarse el cuerpo no es la mera extensión matemática. Se sustrae de modo esencial a la objetivación, pues, ¿cómo sale la corporalidad al encuentro del ser humano? ¿No lo hace en su estar enfrente y, por ende, en su posible objetividad, cuando es una función perturbada? Se hace notar como la perturbación de verse entregado a la propia vitalidad, en la enfermedad, el malestar, etc. El conflicto que se plantea entonces entre la experiencia natural del cuerpo, ese misterioso proceso por el que uno no percibe que se encuentra bien y sano, y el esfuerzo de dominar el malestar por medio de la objetivación, es un conflicto que experiementa todo el que se ve alguna vez en la situación del objeto, en la situación del paciente tratado con medios técnicos. La comprensión que nuestra medicina moderna tiene de sí misma se expresa cuando se quieren hacer dominables con los medios de la ciencia moderna las perturbaciones, las rebeliones de la corporalidad contra la objetivación.

En verdad, el concepto de “objetividad” y el de “objeto” son tan extraños para la comprensión inmediata por la que el hombre se intenta hacer un hogar en el mundo que los griegos no tenían ningún concepto para ella, lo que es muy significativo. Apenas podían hablar de una “cosa”. La palabra griega que solían usar en este ámbito era la palabra, no del todo extraña para nosotros, pragma, es decir, aquello con lo que se está enredado en la práctica de la vida, lo que no se opone y se enfrenta, pues, como algo a superar, sino aquello en lo que nos movemos y con lo que tenemos que ver. Esta es la orientación que ha quedado marginada en el dominio moderno del mundo, estructurado por la ciencia, y en la técnica fundada sobre ella.

Un segundo ejemplo —y tomo aquí uno particularmente provocativo— es la libertad del ser humano. También ella tiene esa estructura que califico de inobjetualidad esencial. Cierto es que esto no se ha olvidado nunca del todo, y el mayor pensador que haya habido de la idea de la libertad —me refiero a Kant— desarrolló con toda conciencia, frente a la orientación fundamental de la ciencia moderna y de su conocimiento teórico, precisamente la idea de que la libertad no puede captarse ni demostrarse con las posibilidades teóricas de conocimiento. La libertad no es un factum de la razón, algo que tenemos que pensar porque no podemos comprendernos en absoluto si no nos pensamos como libres. La libertad es el factum de la razón.

Sin embargo, en el ámbito de la acción humana no solo existe este caso límite de toda objetividad. Creo que los griegos estaban en lo cierto cuando ponían, junto al factum de la razón, el estar socialmente formados, el ethos. Ethos es el nombre que Aristóteles encontró para ello. La posibilidad de la elección consciente y de la decisión libre está soportada siempre por algo que ya somos desde siempre —y no somos “objeto” para nosotros mismos—. Me parece que uno de los grandes legados del pensamiento griego para nuestro pensar es que la ética griega, basado en este fundamento de la vida vivida realmente, le dejaba un amplio espacio a un fenómeno que apenas existe en la Edad Moderna como tema de reflexión filosófica; me refiero al tema de la amistad, de la philía. Es esta una palabra que ha llegado a tener para nosotros una resonancia conceptual tan estrecha que tendremos primero que ampliarla para saber qué es lo que se quería decir con ella. Quizás sea suficiente con acordarse de la cálebre expresión pitagórica: “Los amigos lo tienen todo en común”. En la reflexión filosófica, la libertad es un título para la solidaridad. Pero la solidaridad es una forma de experiencia del mundo y de la realidad social que no se puede tener, que no se puede planificar por un apoderamiento objetivador, ni tampoco se puede producir por medio de instituciones artificiales. Pues, por el contrario, la amistad precede a todo posible valer y obrar de las instituciones, de los órdenes económicos y jurídicos, las costumbres sociales; los sostiene y los hace posibles. El jurista no es el último en saber esto. Me parece que éste es el aspecto de verdad que, en este caso, el pensamiento griego vuelve a tener preparado para el pensamiento moderno.

Y luego, un tercer fenómeno, conectado con esto: me refiero al papel que juega la autoconciencia en el pensamiento moderno. Como es sabido, el auténtico eje del pensar moderno es que la autoconciencia posee el primado metodológico. Para nosotros, el conocimiento metodológico es un proceso autoconsciente que ejecuta cada paso bajo su autocontrol. Así, desde Descartes, la autoconciencia es el punto en el que la filosofía se hace, por así decirlo, con su última evidencia y le proporciona a la certeza de la ciencia su última legitimación. Pero, ¿no tenían razón los griegos cuando veían que la autoconciencia es un fenómeno secundario frente a la entrega y apertura al mundo que llamamos conciencia, conocimiento, apertura a la experiencia?¿No nos ha enseñado precisamente el desarrollo moderno de la ciencia a abrigar algunas dudas al respecto a las afirmaciones de la autoconciencia? Nietzsche decía, frente a aquella duda radical de la fundamentación cartesiana del conocimiento, que hay que dudar hasta el fondo. Freud nos enseñó cuántas máscaras de las tendencias vitales se esconden en la autoconciencia. La crítica social y la crítica de las ideologías nos han mostrado cuántas certezas de la autoconciencia consideradas obvias e incuestionables no son sino reflejos de otros intereses y realidades. En breve: que la autoconciencia posea el primado incuestionado que le atribuye el pensamiento de la Edad Moderna es algo que puede, con justicia, ser puesto en duda. También aquí me parece que el pensamiento griego, en el magnífico autoolvido con el que piensa el propio poder pensar, la propia experiencia del mundo como el gran ojo abierto del espíritu, ofrece una aportación principal para limitar las ilusiones del autoconocimiento.

A partir de aquí, observaremos un último ejemplo, que va más lejos y que precisamente ha pasado a primer plano en la discusión de la filosofía contemporánea, y al que, como los anteriores, solo con coerción y violencia es posible retener desde el concepto de objetividad y de objetivación: me refiero al fenómeno del lenguaje. El lenguaje es, me parece, uno de los fenómenos más contundentes de la inobjetualidad, en la medida en que un autoolvido esencial caracteriza al carácter de ejecución del hablar. Hay siempre una deformación técnica cuando la tematización moderna del lenguaje ve en este un instrumentario, un sistema de signos, un arsenal de recursos comunicativos, como si estos instrumentos o medios de hablar, palabras y expresiones, estuvieran preparados en una especie de reserva y solo hubiera que aplicarlos a algo con lo que uno se encuentra. Aquí, la contraimagen griega es de una evidencia avasalladora. Los griegos ni siquiera tenían una palabra para decir lenguaje. Solo tenían una palabra para la lengua como órgano que produce sonidos —glotta— y una palabra para lo que se comunica en el lenguaje: lógos. Con lógos tenemos a la vista exactamente eso a lo que el autoolvido interno del lenguaje se refiere de modo esencial, el mundo mismo evocado por el hablar, elevado a la presencia, puesto en la disponibilidad y en la participación comunicativa. En el hablar sobre las cosas, las cosas existen ahí; en el hablar unos con otros se estructura el mundo y la experiencia del mundo que tiene el hombre, no en una objetivación que, frente a la transmisión comunicativa de las intelecciones de uno a las intelecciones de otro, invoca la objetividad y quiere ser un saber para todo el mundo. La articulación de la experiencia del mundo en el lógos, el hablar unos con otros, la sedimentación comunicativa de nuestra experiencia del mundo, que lo abarca todo lo que podemos intercambiar unos con otros, forman una forma del saber que, junto al gran monólogo de las ciencias modernas y su creciente acopio de potencial de experiencia, representa todavía la otra parte de la verdad. El tema de la confrontación de la idea moderna de ciencia con el pensamiento de la filosofía griega posee, pues, una duradera actualidad. Pues se trata de informar, en el sentido etimológico, los grandiosos resultados y logros técnicos de la ciencia empírica moderna dentro de la conciencia social y la experiencia vital del individuo y del grupo. Sin embargo, esta información no sucede, en definitiva, por los métodos de la ciencia moderna y su camino de autocontrol permanente. Se ejecuta en la praxis de la vida social misma. Tiene que recoger siempre en su responsabilidad lo que se halla dispuesto en el poder del ser humano, y ha de defender los límites impuestos a la razón humana, y a los que esta se opone con su propio poder y temeridad. No hace falta demostrar que, en este sentido, también para el ser humano de nuestros días, el mundo comprensible, el mundo en el que se es de casa, sigue siendo la última instancia, por más que la industria y la técnica moderna se extiendan por todo el globo.

 

 

© Herederos de Hans-Georg Gadamer.

© Antonio Gómez Ramos, de la versión al castellano.

de: El inicio de la sabiduría. Ediciones Paidós Ibérica. Barcelona. 2001.

 

 

N O T A

[1] Las palabras Objekt y Objektivität, de origen latino, suenan evidentemente como extranjeras al oído alemán, a diferencia de Gegenstand, formada a imagen de la palabra latina. [N. del T.]

Layli Long Soldier. Poemas

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Wakȟályapi

 

  1. palabra comúnmente usada para café.
  2. literalmente significa cualquier cosa que es hervida. Como en hervir los cuellos blancos[1], hervir la atadura esperando que afloje. Como en el día, al tiempo que sopla, hervirá los rígidos árboles. Como en la sangre hirviendo, lo que no era suave, traza un camino a través del músculo a la cara. Como en el músculo que hierve separado del cartílago. Como en la olla, con los cuellos blancos y el cartílago. Como en una olla hirviendo sobre la que estás doblado, mirando. Como lo mezclará en tu cabeza igual que las raíces de un árbol. Como en el árbol, debajo del que dejaste algo enterrado. Prefiriendo ser enterrado antes que la furia del hervor. O en el conejo que atraparon, el conejo que hirvieron. Como en el conejo que vino por la noche, la mandíbula de tu patio. Como en la cena que comiste, el mordisqueado hueso de conejo. Como en la sangre hirviente que realmente nunca ves. Como en las adelfas que crecen sobre la valla metálica, donde se mezclan las raíces del árbol y las de las adelfas. Hervido y hervido como en un estofado, los cuellos y el conejo y los fuertes del árbol. Como en el conejo en la jaula afuera bajo el sol. Como en el calor, a medida que hervía el conejo moría. Como en los cheques y los extractos de cuenta que Mamá hirvió en la cocina. Como en la eliminación de la deuda; una ceremonia, un hervor. Como en el dinero eran solo números, debíamos comer y no malgastar. Como en los dos conejos hervidos que recuerdas de aquel verano: uno que fue atrapado, el otro indefenso de pelaje negro —tu pequeño y negro conejo mascota que olvidaste mover a la sombra. Como en lloraste en tu habitación infantil, cómo pudiste olvidarlo. Como en la grácil sombra que era olas de adelfas. Como en las burbujas en el agua, que provienen de este hervor. Como en algo tan liviano, ahora sin sangre debajo.

 

 

 

Waȟpániča

 

Empiezo una línea sobre los white buttes[2] que doblan los cincelados rostros y que se conectan con pétreos párpados en la noche, pero lo dejo. En su lugar, empujo mi amor hacia este mundo y te envío una carta de verano. Del buzón a la puerta, lees las comas en voz alta. Me he convertido en una esposa de agua embotellada coma de delineador negro en la pestaña coma y mangas en la muñeca. Estas semanas sola sola sola coma arrastro mi cuerpo a una mesa con sillas vacías y a veces no puedo detener el impulso de ordenar. Sola sola indico siéntate coma come y escribo con detalle para silenciar un eco coma la ruptura de una línea de falla.

*

Quería escribir sobre waȟpániča una palabra traducida al inglés como pobre coma que con mayor exactitud significa estar destituido no tener nada propio. Pero esta noche no puedo convencerme a mí misma de blandir un desgastado martillo por la pobreza para golpear las condiciones de esa lenta frustración. Así que pregunto ¿qué más hay ahí por oír? Una coma me indica dividir la oración. A darle pausa. La coma ordena una secuencia de elementos la coma es la cesura misma. La coma me interrumpe, silencio.

*

Día del padre coma no estoy contigo. Miro tu foto en blanco y negro coma mi esposo en una camisa de terciopelo coma tu cabello atado y tus ojos en el rostro de nuestra hija que duerme. Cuando escribo coma me acerco a la gente que quiero conocer coma a la lengua que quiero hablar.

*

Luego un amigo comenta Cuando hablamos coma signos de interrogación rayas líneas pequeños puntos negros no palpitan ni se agitan en el aire ante nosotros coma en realidad es el ascenso y el descenso de la voz que debemos capturar para que signifique algo en la escritura. Inclinando su cabeza hacia la página con alguna línea vulnerable añade Y ¿no es interesante cómo una coma es capaz de volcar una frase al sentimentalismo?

*

Así que desarmo la mecánica coma cómo marcar el sonido el movimiento musical en la página. Observo la compasiva coma ralentizar la singular mente de dos amantes. Cuando no podemos decir lo que pensamos la coma enfriará suspirará ensalivará un sobre por nosotros. Porque la lengua de una coma es imparcial, paciente.

*

Aunque no me siento obligada a decidir si pobre realmente significa ásperas manos polvo y bocas manchadas de caramelo los dientes de una niña de la casa de al lado las estanterías de Hamburger Helper[3] en los ultramarinos el apelmazado pelaje de un perro el asiento de una camioneta arrastrado hasta el suelo del salón aquellos niños jugando en la carcasa de un auto un ratón en el suelo de madera mi escalofrío aplastante por el hantavirus un rancio olor un caballo masticado desgarrado su espina dorsal expuesta la multitud de bienhechores sus bonachonas fotos el calor el frío los borrachos que pasamos saludando con dólares una vez más esta noche un golpe en la puerta las historias que nadie aquí puede impedir que se cuenten en las que estoy enterrada. Esta es la forma más barata de ser pobre que decido es el aceite en la superficie que estoy tentada de decir. Pero un amigo afirma que cualquiera que afirme que la pobreza no trata de dinero nunca ha estado enfermo del estómago sobre cómo gastar sus últimos 3 dólares coma en leche o en gasolina o la mitad en ambos con dos niños en el asiento trasero mirando. Estoy de acuerdo con dejar aquí los significados y las discusiones sobre la pobreza con la cabeza metida en la puntuación, respiro.

*

Porque waȟpániča significa no tener nada propio. Nada. Sin embargo, tengo la intención de que la coma signifique lo que tenemos así que me detengo a recordar que es verdad que un niño actúa mejor cuando está muy unido a un padre antes de los cinco años coma íntimamente. Cerca de ti coma nuestra hija cierra sus ojos y ambos descansáis vuestras cabezas lagos azul oscuro coma cristal antiguo sobre la almohada. Ella conservará esto. Y si es cierto que lo que empieza como un problema se duplicará hasta el final levantará su cabeza como un punto en nuestra oración entonces admito que me desempeño mejor con la música entre el ascenso y el descenso de la voz. No obstante indago en mis bolsillos cajones de la cómoda estanterías de libros coma meticulosa búsqueda coma porque debo escribir para verlo coma cómo imploro a un diccionario para saber cuál es nuestra palabra para pobre coma en una lengua que me atrevo a llamar mi lengua coma quien soy. Un frío aplastante mi boca manchada solo aceite en la superficie coma porque me siento waȟpániča me siento sola. Pero esta es una traducción indirecta por lo cual no puedo decir lo que pienso coma el dolor meta-oracional de ser pobre en lengua.

 

 

 

MIENTRAS ella escribía un poema sobre él, él es pariente mío. Ella es una poeta laureada, me da la mano. Cuando ellos eran jóvenes, dice, él tuvo una historia en la escuela india. ¿En serio? Quiero preguntar por la historia. Pero no lo hago y me admiro de cómo la tensión cincela el detalle en la memoria. Recuerdo su mano en la cremallera de plástico de su chaleco, la escultura de sus nudillos un hueso en su muñeca. ¿Cuánto debería decirme, cuánto debería retener? La veo preguntarle a su ser superior. Él se rompió de la manera en que nosotros queríamos, ella ofrece. No he terminado el poema dice. Ahora que nos hemos conocido tal vez lo haré. Te enviaré una copia si lo hago. Pese a que no ha sido enviado, pese a que nunca se lo pediré, imagino el incidente —a él, rompiéndose como quería el resto de nosotros— cómo esto se ve en la página del poema;

 

 

 

MIENTRAS me canso. Por mi esfuerzo de relacionar el esfuerzo de la afirmación: “Mientras los pueblos nativos y los colonos no nativos se embarcaron en numerosos conflictos armados en los cuales, desafortunadamente, ambos tomaron vidas inocentes, incluyendo mujeres y niños”. Me canso

de embarcarme en numerosos conflictos, me canso de la palabra ambos. Ambas como mujer y como niña de aquel Mientras. Ambas palabras y juegos de palabras, agazapadas en los diccionarios. Cansada de comprender agotada, debilitada, exhausta, con las fuerzas reducidas por la labor. Aburrida. En un diccionario de Lakota, cansada es watúkȟa clama el diccionario. En esta entrada, encuentro el término watúkȟayA que significa agotar a alguien o algo, por ejemplo cansar un caballo por no saber cómo llevarlo adecuadamente. ¿Estoy watúkȟa o yo watúkȟayA? Llamo a mi padre para preguntarle

y confirmar mis descubrimientos. Cómo se dice “cansada”, él responde “bluǧo”. Si quieres decir “muy cansada” es “lila bluǧo”. Esta es la manera de mi familia —la manera Oglala— de decir cansado, y quien mejor conoce lo que significa cansado que la gente. Cuánta labor

para darle significado a lo que es real. Realmente, mido un metro 77 centímetros. Realmente duermo en el lado derecho de la cama. Realmente me despierto después de ocho horas y mis ojos penden como cuadrados gris pizarra. Realmente estoy bluǧo. Realmente, escalo el lomo de las lenguas, las cabalgo hasta extenuarlas —tal vez tiro de las riendas cuando quiero decir avanza. Tal vez espoleo sus lados cuando lo que quiero decir es abajo. Eso importa. Estoy lila bluǧo. Atascada, quiero liberarme. Liberarme del impulso de escribir: Cuidado, un caballo no es referencia a mi herencia;

 

 

 

MIENTRAS una mujer que conozco dice que vio en las noticias un reportero informó del fuego de una casa en la cual cinco niños ardieron quizás también su padre ella no se acuerda con exactitud pero recuerda la cámara en la cara de la madre la cara de la madre lloriqueando su hipo y gemido ella se inclina hacia mí dice que nunca supo entonces en aquellos tiempos ese año este país en el estado del norte en el que creció era tan joven ella nunca lo vio antes nadie nunca le habló sobre ellos se refiere a los indios dice y sigue y sigue, pero en aquel momento frente a la tele dice fue como abrir una caja dejada en su puerta abrirla para ver lo que había dentro mientras dice lo comprendió a través del rostro de esa madre puedes creerlo y la dejé terminar queriendo que alguien lo dijera pero ella odiaba decirlo o eso me dijo admitiendo cómo ella nunca supo hasta entonces que ellos podían sentir;

 

 

 

© Layli Long Soldier, de los poemas

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano.

Publicado en Quimera, nº 414. Barcelona, junio 2018

 

 

N O T A S

[1] Denominación usada para los “trabajadores de cuello blanco”, esto es, oficinistas o administrativos.

[2] Butte es la denominación dada en Estados Unidos y Canadá a una prominente colina aislada, con una pequeña cima plana y con los laterales muy pronunciados. El “White Butte” es el punto natural más alto en el estado de Dakota del Norte, mide 3,508 pies de altura (1,069 m.) y está ubicado en el condado de Slope.

[3] Producto alimenticio empaquetado, propiedad de General Mills que se vende como parte de la marca Betty Crocker. Es, principalmente, pasta con sobres de salsa en polvo y condimentos.

 

José García Obrero. La piel es periferia

José García Obrero

(Santa Coloma de Gramenet [Barcelona], 1973)

.

Parto

 

Hubo un instante

en que nadie en el mundo

había muerto.

Una línea finísima

de tiempo impreciso

en que todas las cosas

chocaban

suspendidas

en el fluido

caliente

de la casa.

Vino después

un giro brusco:

la luz blanca

y el primer golpe

y un ruido

de engranajes

y esta penumbra.

 

 

 

Una casa

 

Hemos comprado una casa un día de lluvia

para que circule la sangre tan resguardada

que vuelva a florecer en primavera.

Hemos comprado una casa para limpiar,

en las estancias, el lodo frío de la soledad.

Hemos comprado una casa para ver al fracaso

pasear su perro cojo alrededor de la fuente;

para escuchar cómo se aleja la gran oscuridad;

para resistir como esas plantas que las gotas

están dejando heridas de pavor.

Hemos comprado esta casa para colocar fuera

lo que nunca sabremos poner a cubierto.

 

 

 

Jordaan

 

Las ventanas enormes de la casa

parecían dos peceras

que a fuerza de embestirse

modulaban la claridad.

Y nosotros nadábamos dentro de la casa,

más polizontes que peces, más capitanes

de un filibote holandés,

que campesinos de los huertos

líquidos del interior.

La fachada se inclinaba hacia delante

buscando soltar amarras

y alejarse de puentes y de aceras.

Y nosotros nadábamos por la casa,

por encima de los muebles,

siempre hacia las ventanas

por ver la tormenta del mar de Galilea

o la luz que mancha de miel la piel de la aguadora.

Cortamos los nenúfares del techo;

masticamos sus flores orientales.

Y la sombra de las paredes se convirtió en verano

del círculo polar;

y nuestros ojos tomaron la belleza

del color de los ladrillos de Manhattan;

y la imagen de nosotros en nosotros fue igual que nuestra imagen:

todo multiplicándose

como peces y panes, como espejos,

y a lo lejos una música débil en su concha

creciendo como orquesta

que irrumpe de repente en un tsunami.

 

 

 

Céfiro

 

I used to be a sort of blind
now I can sort of see
Bill Callahan

 

Nos adorna el paisaje.

Por ejemplo,

ella deja que el sauce le roce con sus ramas

y yo que el céfiro caliente deposite jazmín

en mi barbilla.

 

Estiramos los cuerpos junto al río

como si fuesen rocas decorando la tarde.

 

Ella contempla el agua ondulando la luz,

la luz contempla el agua ondulándola a ella.

 

Se aleja la ciudad desde nuestras riberas,

pero vienen abejas con su baile celeste

y caballos y vacas jugando como perros.

—Las bestias— me susurra —son caricias del agua.

 

El céfiro caliente se cuela entre nosotros

llevándose las ramas de sauce de su pelo

y el jazmín que perfila de blanco mi barbilla.

Observamos la luz ensortijar el río

y el río nos observa envueltos en el céfiro.

Ya no somos dos ciegos que tiemblan ante el alba,

ahora somos videntes desvelando las sombras.

 

 

© José García Obrero, de los poemas

de: La piel es periferia. Visor Libros. Madrid. 2017.

Historia de Antonio. Georges Bataille

bataille

(Billom, 1897 – París, 1962)

 

1

Pocas semanas más tarde, había llegado incluso a olvidar mi enfermedad. Me encontré con Michel en Barcelona. Súbitamente me hallé delante de él. Sentado en una mesa de La Criolla. Lazare le había dicho que me iba a morir. La frase de Michel me recordaba un pasado penoso.

Pedí una botella de coñac. Empecé a beber, llenando el vaso de Michel. No tardé demasiado en estar borracho. Hacía tiempo que conocía la atracción de La Criolla. Para mí no tenía ningún encanto. Un muchacho vestido de mujer hacía un número de baile en la pista: llevaba un traje de noche cuyo escote le llegaba hasta las nalgas. Los taconazos del baile español retumbaban sobre el suelo…

Experimenté un profundo malestar. Miraba a Michel. Él no estaba acostumbrado al vicio. Michel era tanto más torpe cuanto más borracho iba estando: se agitaba en su silla.

Yo estaba muy molesto. Le dije:

—Me gustaría que te viera Lazare… ¡en un tugurio!

 

Me interrumpió, sorprendido:

—Pero si Lazare venía con mucha frecuencia a La Criolla.

Me volví inocentemente hacia Michel, como desconcertado.

—Te digo que sí, el año pasado Lazare estuvo en Barcelona y a menudo solía pasar la noche en La Criolla. ¿Qué tiene eso de extraordinario?

Efectivamente, La Criolla es una de las curiosidades más conocidas de Barcelona.

Sin embargo, yo pensaba que Michel estaba bromeando. Se lo dije: aquella broma era absurda, la sola idea de Lazare me ponía enfermo. Sentí subir en mí la cólera insensata que contenía.

Grité, estaba loco, había cogido la botella en la mano:

—Michel, si Lazare estuviese delante mío, la mataría.

Otra bailarina —otro bailarín— hizo su aparición en la pista entre carcajadas y chillidos. Llevaba una peluca rubia. Era bello, repugnante, ridículo.

—Quiero pegarle, golpearla…

Era tan absurdo que Michel se levantó. Me cogió por el brazo. Tenía miedo: yo perdía toda compostura. Él también estaba borracho. Adoptó un aire extraviado al volver a derrumbarse sobre su silla.

 

Me tranquilicé mirando al bailarín de la cabellera solar.

—¡Lazare! No es ella la que se ha portado mal, gritó Michel. Por el contrario, ella me dijo que la habías maltratado violentamente; de palabra…

—Ella te lo ha dicho.

—Pero no te guarda rencor.

—No me vuelvas a decir que ha venido a La Criolla. ¡Lazare a La Criolla!…

—Ha venido aquí varias veces, conmigo: se interesó mucho por esto. No quería irse. Debía estar sofocada. Nunca me habló de las tonterías que le dijiste.

Yo casi me había calmado:

—Ya te lo contaré en otra ocasión. ¡Vino a verme en un momento en que yo estaba a punto de morir! ¿No me guarda rencor?… Pues yo no se lo perdonaré jamás. ¡Jamás! ¿Me oyes? Bueno, ¿vas a decirme ya lo que venía a hacer a La Criolla?… ¿Lazare?…

 

No me podía imaginar a Lazare sentada allí mismo donde yo estaba, ante un espectáculo escandaloso. Estaba embrutecido. Tenía la sensación de haber olvidado algo —que sin duda sabía en el instante anterior, que absolutamente hubiera debido recuperar. Habría deseado hablar, con mayor entereza, hablar más fuerte; tenía consciencia de una perfecta impotencia. Estaba acabando de emborracharme.

Michel, con la preocupación, se volvía aún más torpe. Sudaba copiosamente, era desgraciado. Cuanto más reflexionaba, más extraviado se sentía.

—Quise torcerle una muñeca —me dijo.

—…

—Un día… aquí mismo…

Yo sentía una gran opresión, habría estallado.

En medio de la barahunda. Michel prorrumpió en carcajadas:

—¡Tú no la conoces! ¡Me pedía que le clavase alfileres en la piel! ¡Tú no la conoces! Es intolerable…

—¿Por qué alfileres?

—Quería entrenarse…

Yo grité:

—¿Entrenarse a qué?

Michel se rió aún con más ganas.

—A soportar las torturas…

 

De pronto, recuperó la gravedad, torpemente, como podía. Quiso adoptar un aire apresurado, cobrando un aire estúpido. Al punto se puso a hablar. Se enrabiaba:

—Hay otra cosa que es absolutamnte necesario que sepas. Ya lo sabes, Lazare fascina a quienes la oyen. Les parece no ser de este mundo. Hay quienes aquí, obreros, a los que conseguía incomodar. Ellos la miraban. Luego, se la encontraban en La Criolla. Aquí, en La Criolla, parecía una aparición. Sus amigos, sentados a la misma mesa, estaban horrorizados. No podían comprender que se encontrase allí. Un día, uno de ellos, harto, se puso a beber… Estaba fuera de sí; hizo como tú, pidió una botella. Bebía vaso tras vaso. Yo pensé que se acostaría con ella. Ciertamente habría podido matarla, habría preferido que la matasen por ella, pero nunca le habría pedido que se acostase con él. Ella le seducía y nunca hubiese comprendido si yo hubiera hablado de su fealdad. Pero, a sus ojos, Lazare era una santa. Y, además, debía seguir siéndolo. Era un mecánico muy joven que se llamaba Antonio.

 

Yo le hice lo que había hecho el joven obrero; vacié mi vaso y Michel, que raramente bebía, se puso a mi altura. Entró en un estado de extrema agitación. Yo estaba ante el vacío, bajo una luz que me cegaba, ante una extravagancia que nos superaba.

Michel enjugó el sudor de sus sienes. Prosiguió:

—Lazare estaba irritada al ver cómo bebía. Le miró a los ojos y le dijo: “Esta mañana le he dado un papel para que lo firmase y usted lo ha firmado sin leerlo”. Hablaba sin la menor ironía. Antonio repuso: “¿Qué más da?”. Lazare replicó: “¿Pero, y si le hubiera dado una profesión de fe fascista?”. Antonio, a su vez, miró fijamente a Lazare. Estaba fascinado, pero fuera de sí. Respondió lentamente: “La mataría”. Lazare le dijo: “¿Lleva un revólver en el bolsillo?”. Él contestó: “Sí”. Lazare dijo: “Salgamos”. Salimos. Quería un testigo.

Acabé por respirar mal. Le pedí a Michel, que perdía su ímpetu, que continuase de inmediato. De nuevo se secó el sudor en la frente:

 

—Fuimos a la orilla del mar, a ese lugar donde hay escalones para bajar. Despuntaba el alba. Andábamos sin decir ni una palabra. Yo estaba desconcertado, Antonio excitado hasta el límite, pero atontado por todo lo que había bebido, Lazare ausente, serena como una muerta…

—Pero, ¿se trataba de una broma?

—No era una broma. Yo los dejaba actuar. No sé por qué estaba angustiado. Al borde del mar, Lazare y Antonio descendieron hasta los escalones más bajos. Lazare le pidió a Antonio que tomase en la mano su revólver y que le pusiese el cañón en el pecho.

—¿Y Antonio lo hizo?

—Él también tenía un aire ausente, sacó un “browning” de su bolsillo, lo montó y colocó el cañón contra el pecho de Lazare.

—¿Y entonces?

—Lazare le preguntó: “¿No me dispara?”. Él no contestó nada y se quedó dos minutos sin moverse. Por último dijo “no” y retiró el revólver…

—¿Eso fue todo?

—Antonio parecía agotado: estaba pálido y, como hacía fresco, se puso a temblar. Lazare cogió el revólver, sacó la primera bala. Aquella bala estaba en el cañón cuando ella lo tenía apoyado en el pecho, luego habló con Antonio. Le dijo: “Démela”. Quería quedársela de recuerdo.

—¿Y Antonio se la dio?

—Antonio le dijo: “Como guste”. Ella la metió en su bolso.

 

Michel se calló: parecía estar más a disgusto que nunca. Yo pensaba en la mosca en la leche. Ya no sabía si había que reírse o estallar. Verdaderamente se parecía a la mosca en la leche, o, también, al mal nadador que traga agua… No soportaba la bebida. Al final estaba a punto de llorar. Gesticulaba extrañamente a través de la música, como si tuviese que espantar a algún insecto:

—¿Podrías imaginarte una historia más absurda? —me dijo también.

El sudor, al correr por su frente, había sido el responsable de su gesticulación.

 

 

2

La historia me había dejado estupefacto.

Aún pude preguntarle a Michel —nos manteníamos lúcidos a pesar de todo— como si no estuviésemos borrachos, sino obligados a prestar una desesperada atención:

—¿Puedes decirme qué hombre era ese Antonio?

Michel me señaló a un muchacho en una mesa vecina, diciéndome que se le parecía.

—¿Antonio? Tenía un aspecto fogoso… Hace quince días, le detuvieron: es un agitador.

 

Pregunté de nuevo con la mayor gravedad que me era posible:

—¿Puedes decirme cuál es la situación política en Barcelona? No sé nada.

—Va a saltar todo…

—¿Por qué no viene entonces Lazare?

—La estamos esperando de un día para otro.

Lazare se disponía, pues, a venir a Barcelona, con objeto de participar en la agitación.

Mi estado de impotencia se volvió entonces tan penoso que, de no haber estado Michel, aquella noche podía haber acabado mal.

El propio Michel tenía la cabeza del revés, pero consiguió que me sentase de nuevo. Intentaba, no sin dificultad, recordar el tono de voz de Lazare, que, un año antes, había ocupado una de aquellas sillas.

Lazare hablaba siempre con sangre fría, pausadamente, con un tono de voz íntimo. Yo me reía al pensar en cualquiera de las frases lentas que pudiese haber oído. Hubiese deseado ser Antonio. La habría matado… La idea de que tal vez yo amaba a Lazare me arrancó un grito que se perdió en el tumulto. Habría podido morderme a mí mismo. Estaba obsesionado con el revólver —la necesidad de tirar, de vaciar el tambor… en su vientre… en su… Como si cayese en el vacío con una serie de gestos absurdos, como, en sueños, solemos hacer impotentes disparos.

Ya no podía más: para recuperarme, tuve que hacer un gran esfuerzo. Le dije a Michel:

—Odio a Lazare hasta un punto que a mí mismo me aterra.

 

Ante mí, Michel tenía el aspecto de un enfermo. Él también hacía esfuerzos sobrehumanos por sostenerse. Se echó las manos a la frente, sin poder evitar una risa a medias:

—Efectivamente, según ella, le habías manifestado un odio tan violento… Hasta ella pasó miedo. Yo también la detesto.

—¡La detestas! Hace dos meses vino a verme a mi cama cuando creyó que yo iba a morir. La hicieron pasar; se acercó hasta mi cama de puntillas. Cuando la vi en medio de la habitación, se quedó de puntillas, inmóvil: tenía la pinta de un espantapájaros inmóvil en medio de un sembrado…

—Estaba a tres pasos, tan pálida como si hubiera mirado a un muerto. Había sol en la habitación, pero ella, Lazare, era negra, era negra como lo son las cárceles. Era la muerte lo que le atraía, ¿me comprendes? Cuando de pronto lo vi, tuve tanto miedo que grité.

—¿Pero, y ella?

—Ella no dijo una palabra, no se movió. La insulté. La llamé sucia gilipollas. La llamé cura. Llegué incluso a decirle que estaba sereno, que tenía perfecta sangre fría, pero temblaba con todos mis miembros. Tartamudeaba, perdía la saliva. Le dije que morir era lamentable, pero que tener que morir viendo a un ser abyecto, era demasiado. Hubiera deseado que mi orinal estuviese lleno, le habría tirado la mierda a la cara.

—¿Y ella qué dijo?

—Le dijo a mi suegra que más valía que se fuese, sin alzar la voz.

 

Yo reía. Me reía. Veía doble y perdía la cabeza.

Michel, a su vez, rompió a reír:

—¿Y se fue?

—Se fue. Empapé las sábanas de sudor. Creí morir en aquel preciso momento. Pero, al final del día, sentí que estaba mejor, sentí que me había salvado… Entiéndeme bien, tuve que darle miedo. Si no, ¿no crees tú? ¡Estaría muerto!

Michel estaba postrado, se irguió de nuevo: sufría, pero, al propio tiempo, tenía el aspecto que habría tenido si acabase de saciar su venganza; deliraba:

—A Lazare le gustan los pajaritos: lo dice, pero miente. Miente, ¿me oyes? Huele a tumba. Lo sé: un día la cogí en mis brazos…

Michel se levantó. Estaba lívido. Dijo, con una expresión de profunda estupidez:

—Será mejor que me vaya a los servicios.

Yo también me levanté. Michel se alejó para ir a vomitar. Con todos los alaridos de La Criolla en la cabeza, yo estaba de pie, perdido en el tumulto. Ya no comprendía: de haber gritado, nadie me habría oído, incluso de haber gritado a voz sin cuello. No tenía nada que decir. Aún no había acabado de perderme. Me reía. Me hubiera gustado escupirles a los demás a la cara.

 

 

© Herederos de Georges Bataille.

© Ramón García Fernández, de la versión al castellano.

de: El azul del cielo. Tusquets editores. Barcelona. 2008.

 

La verdadera historia de un vampiro. Conde de Stenbock

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(Cheltenham, 1860 – Brighton, 1895)

 

Las historias de vampiros se localizan por lo general en Estiria; la mía también. Estiria de ninguna manera es la clase de lugar romántico descrito por aquellos que obviamente nunca han estado allí. Es una región chata, nada interesante, célebre únicamente por sus pavos, sus pollos castrados y la estupidez de sus habitantes. Los vampiros suelen llegar de noche, en carruajes tirados por dos caballos negros.

Nuestro vampiro llegó en el común y corriente ferrocarril y a la tarde temprano. Han de creer que quiero impresionarlos, o que quizás con la palabra “vampiro” me refiero a un vampiro financiero. No, soy totalmente seria. El vampiro del que hablo, que arrasó nuestro corazón y nuestro hogar era un vampiro real.

Sí, devastó nuestro hogar, asesinó a mi hermano —mi único objeto de admiración— y también a mi querido padre. Sin embargo, a la vez debo decir que ya no le guardo rencor.

Sin duda han leído en los diarios passim acerca de “la baronesa y sus bestias”. Justamente escribo esto para contar cómo llegué a gastar la mayor parte de mi inútil salud en un asilo para animales abandonados.

Ahora soy vieja; cuando ocurrió aquello yo era una niña de aproximadamente trece años. Empezaré por describir a nuestra familia. Éramos polacos; nuestro apellido era Wronsky: vivíamos en Estiria, donde teníamos un castillo. Nuestra familia era muy limitada. Estaba formada, con exclusión de los domésticos, por mi padre solo, nuestra gobernanta —una belga entrañable llamada Mademoiselle Vonnaert—, mi hermano y yo. Permítanme comenzar con mi padre: era anciano y tanto mi hermano como yo éramos hijos de su vejez. De mi madre no recuerdo nada: murió al dar nacimiento a mi hermano, que era solo un año, o no tanto, más joven que yo. Nuestro padre era estudioso, estaba continuamente ocupado leyendo libros, en su mayoría sobre temas abstrusos y en toda clase de idiomas desconocidos. Tenía una larga barba blanca y lucía habitualmente un gorro de terciopelo negro.

¡Qué bondadoso era con nosotros! Lo era más todavía de lo que podría decirles. Sin embargo, yo no era su favorita. Todo su corazón era para Gabriel: Gabryel, como pronunciamos en polaco. Él siempre lo llamaba por el apodo ruso Gavril. Hablo, claro, de mi hermano, que se asemejaba al único retrato de mi madre, un ligero esbozo en carbón que colgaba en el estudio de mi padre. Pero de ninguna manera estaba celosa: mi hermano era y había sido el único amor de mi vida. Por su causa ahora mantengo en Westbourne Park un hogar para gatos y perros abandonados.

Yo era en aquel tiempo, como dije antes, una niña; mi nombre era Carmela. Mi largo cabello enmarañado estaba siempre en desorden y nunca conseguí peinarlo correctamente. No era linda; al menos, mirando una fotografía mía de esa época, no creo que pueda describirme de tal modo. Aunque, al mismo tiempo, cuando miro la fotografía, pienso que mi expresión pudo haber sido agradable para alguna gente: rasgos irregulares, boca grande y enormes ojos salvajes.

Iba camino a ser desobediente; no tan desobediente como Gabriel, en opinión de Mlle. Vonnaert. Mlle. Vonnaert, permítanme intercalar, era toda una excelente persona, de mediana edad, que hablaba realmente buen francés, a pesar de ser belga, y podía  también hacerse entender en alemán, que, como es posible que sepan, es el idioma común de Estiria.

Encuentro difícil describir a mi hermano Gabriel; había algo de extraño y de sobrehumano en él, o quizás debería decir de protohumano, algo entre lo animal y lo divino. La idea griega del fauno tal vez pueda ilustrar lo que quiero decir, pero tampoco alcanzará. Tenía ojos grandes y salvajes como los de una gacela; su pelo, como el mío, estaba siempre enmarañado: este rasgo en común conmigo, asociado al hecho —como oí decir tiempo después— de que nuestra madre había sido de raza gitana, explica el innato temperamento salvaje de nuestra naturaleza. Nada podía inducirlo a ponerse zapatos y medias, excepto los domingos, cuando también se dejaba peinar el cabello, aunque solo por mí. ¿Cómo haré para describir la gracia de aquella boca adorable, moldeada verdaderamente en arc d’amour? Siempre pienso en el texto del Salmo: “La gracia está derramada sobre tus labios, pues Dios te bendijo eternamente”. Sus labios parecían exhalar el aire mismo de la vida. ¡Tenía una figura hermosa, flexible, llena de vida y de elasticidad!

Corría más velozmente que cualquier ciervo, saltaba como una ardilla a la rama más alta de un árbol; se lo podría haber tomado por el signo y el símbolo de la vitalidad misma. Pero raras veces lograba ser persuadido por Mlle. Vonnaert de estudiar sus lecciones; aunque cuando lo hacía aprendía con extraordinaria rapidez. Era capaz de tocar todos los instrumentos imaginables, empuñando un violín por aquí, por allá y por cualquier parte, excepto por el lugar correcto, fabricando él mismo instrumentos con cañas, incluso palillos. Mlle. Vonnaert hacía esfuerzos fútiles para convencerlo de que aprendiera a tocar el piano. Supongo que era lo que se dice un consentido, aunque solo en el aspecto superficial del término. Nuestro padre estaba dispuesto a perdonarle todos los caprichos.

Una de sus peculiaridades, cuando muy pequeño, era que la simple vista de la carne le provocaba horror. Nada en el mundo podía convencerlo de que la probara. Otra cosa particularmente notable en él era su extraordinario poder sobre los animales. Todos parecían volverse dóciles en sus manos. Los pájaros se posaban sobre sus hombros. Mlle. Vonnaert y yo a veces lo perdíamos en medio del bosque, ya que de repente salía corriendo disparado. Luego lo encontrábamos cantando dulcemente o silbando para sí, rodeado de todo tipo de criaturas del bosque: puercoespines, zorrinos, liebres, marmotas, ardillas y otros animales por el estilo. Con frecuencia los traía consigo a casa e insistía en quedárselos. Esta extraña ménagerie paralizaba el corazón de la pobre Mlle. Vonnaert. Gabriel resolvió vivir en el pequeño cuarto de una torrecilla; pero en vez de subir por las escaleras, prefería trepar por un castaño muy alto y entrar por la ventana. En contradicción con todo esto se encontraba su costumbre de servir durante la misa de los domingos en la iglesia parroquial, con el pelo bien peinado, sobrepelliz blanco y casaca roja. Lucía lo más recatado y dócil posible. Entonces parecía tocado por un elemento divino. ¡Qué expresión de éxtasis había en aquellos ojos llenos de gloria!

Hasta aquí no les he hablado del vampiro. Permítanme, sin embargo, empezar con mi relato de una vez. Un día mi padre tenía que marcharse a un pueblo vecino, como hacía a menudo. Pero esta vez volvió acompañado de un huésped. El caballero, dijo, había perdido el tren y hasta el arribo de otro a nuestra estación, que era un empalme, tendría en consecuencia que aguardar toda la noche, ya que los trenes no pasaban con frecuencia por aquellos parajes. Había trabado conversación con mi padre en el tren que llegó con retraso de la ciudad, y había aceptado consecuentemente la invitación a pasar la noche en nuestra casa. Pero claro, como ustedes saben, en estas regiones apartadas somos casi patriarcales en nuestra hospitalidad.

Fue anunciado como el conde Vardalek, un nombre húngaro. Pero hablaba alemán bastante bien: no con la acentuación monótona de los húngaros, sino más bien, si se quiere, con una ligera entonación eslava. Su voz era particularmente suave e insinuante. Enseguida descubrimos que sabía hablar polaco y Mlle. Vonnaert dio pruebas de su buen francés. Parecía, en efecto, conocer todas las lenguas. Pero permítanme que les dé mi primera impresión. Era más bien alto, con un hermoso cabello ondulado, algo largo, que acentuaba una cierta femeneidad en su rostro lampiño. Su figura tenía algo de serpiente, no puedo decir qué. Los rasgos eran refinados y tenía manos largas, delgadas, sutiles, que irradiaban magnetismo; una nariz algo larga y sinuosa, una boca agraciada y una sonrisa atractiva, que desmentía la intensa tristeza de la expresión de su mirada. Al llegar sus ojos estaban entrecerrados —a decir verdad, estaban habitualmente así—, de modo que no pude distinguir su color. Daba la impresión de estar rendido de cansancio. Me fue imposible adivinar su edad.

De pronto, Gabriel irrumpió en la habitación: tenía una mariposa amarilla adherida a su pelo. Cargaba en sus brazos una ardillita. Por supuesto estaba con las piernas descubiertas, como de costumbre. El extranjero levantó la mirada al verlo aproximarse; entonces pude observar sus ojos. Eran verdes; parecieron dilatarse y aumentar de tamaño. Gabriel se quedó inmóvil, con una mirada de susto, como la de un pájaro fascinado por una serpiente. Y sin embargo, tendió su mano al recién venido. Vardalek, tomando su mano —no sé por qué retuve un detalle tan trivial—, le presionó el pulso con el dedo índice. Súbitamente, Gabriel salió corriendo y se precipitó en su cuarto de la torre, esta vez por la escalera y no por el árbol. Me aterrorizaba lo que el conde pudiera pensar de él. Grande fue mi sorpresa cuando bajó con su traje aterciopelado de domingo, zapatos y medias. Le peiné el cabello y lo arreglé bien.

Cuando el extraño bajó para cenar, algo se había alterado en su aspecto y daba la sensación de ser mucho más joven. La elasticidad de su piel, combinada con una complexión delicada, era rara de ver en un hombre. Cara a cara, me chocó que fuera muy pálido.

vampirosBueno, durante la cena estuvimos todos encantados con él, especialmente mi padre. El conde parecía estar cabalmente al tanto de todos sus hobbies particulares. En un momento, mientras comentaba sus experiencias militares, mi padre dijo algo sobre un chico que tocaba el tambor y que fue herido en combate. Los ojos del conde volvieron a abrirse por completo y se dilataron: ahora con una expresión particularmente desagradable, apagada y muerta, aunque a la vez animada por alguna horrible exitación. Pero esto fue solo momentáneo.

El tema central de su conversación con mi padre giró en torno de ciertos curiosos libros de mística. Mi padre los había adquirido recientemente y no podía descifrarlos, pero Vardalek daba por completo la impresión de comprender. A la hora de los postres, mi padre le preguntó si tenía prisa por alcanzar su destino; si no, podía permanecer con nosotros un poco: aunque nuestra casa estaba en una región apartada, podía encontrar otras muchas cosas de su interés en la biblioteca.

El conde respondió:

—No tengo prisa. Nada en particular me obliga en absoluto a ir a ese lugar, y si puedo serle útil descifrando esos libros, me quedaré muy contento. —Luego agregó con una sonrisa amarga, muy amarga—: Ya ve que soy un cosmopolita, un errabundo sobre la faz de la tierra.

Después de cenar mi padre le preguntó si sabía tocar el piano.

—Sí, un poco —dijo y se sentó al piano. Comenzó, entonces, a tocar una csarda húngara: salvaje, rapsódica, maravillosa.

Es la música que vuelve locos a los hombres. Él prosiguió con el mismo ímpetu.

Gabriel estaba apostado junto al piano, los ojos dilatados y fijos; su cuerpo temblaba.

Por fin, ante un particular motivo —ya que no tengo una palabra mejor para referirme a la relâche de una csarda, el punto donde el movimiento cuasi lento del principio comienza de nuevo— dijo muy lentamente:

—Sí, creo que yo también puedo tocar eso.

Fue de inmediato a buscar su violín y el xilófono que había fabricado con sus propias manos, y en efecto, alternando los instrumentos, reprodujo verdaderamente muy bien la misma melodía.

Vardalek lo miró y dijo con una voz muy triste:

—¡Pobre niño! Tienes el alma de la música dentro de ti.

Yo no pude comprender por qué le parecía que debía consolar a Gabriel en vez de felicitarlo por haber demostrado realmente un talento extraordinario.

Gabriel se mostró tan temeroso como los animales silvestres que se comportaban mansamente con él. Nunca antes le había caído simpático un extraño. Por regla general, si un extraño venía a casa por alguna casualidad, se escondía de él y yo tenía que subirle la comida al cuarto de la torre. Pueden imaginarse cuál fue mi sorpresa cuando a la mañana siguiente lo vi paseando con él y mostrándole la colección de mascotas que había recogido del bosque y por la cual habíamos tenido que improvisar un zoológico a medida. Daba la impresión de estar enteramente bajo el dominio de Vardalek. Lo que nos sorprendió (pues a no ser por ello nos agradaba el extranjero, especialmente por ser agradable con Gabriel) fue que parecía, aunque no de manera notoria al principio —excepto quizás para mí, que me di cuenta de todo con solo mirarlo—, ir perdiendo gradualmente su salud y vitalidad. Aún no se había puesto pálido; pero había cierta lasitud en sus movimientos que de ninguna manera existía antes.

Mi padre se hallaba cada vez más agradecido con el conde Vardalek. Lo ayudaba en sus estudios y no estaba dispuesto a dejarlo irse, lo que de todos modos hacía algunas veces —a Trieste, según decía— y regresaba siempre, trayendo de regalo extrañas joyas orientales y telas.

Conocí a toda clase de personas provenientes de Trieste, incluso orientales. No obstante, había tal extrañeza y magnificencia en aquellas cosas que ya entonces estaba segura de que no era posible que viniesen de un sitio como Trieste, memorable para mí especialmente por sus tiendas de corbatas.

Cuando Vardalek estaba afuera, Gabriel constantemente preguntaba por él y hablaba de su persona. Pero, al mismo tiempo, parecía recobrar su antigua vitalidad y espíritu. Vardalek siempre regresaba mucho más viejo de aspecto, descolorido y fatigado. Gabriel corría a su encuentro y lo besaba en la boca. Entonces le daba un ligero escalofrío y, al cabo de un rato, empezaba a parecer joven de nuevo.

Las cosas continuaron así durante un tiempo. Mi padre no quería hablar de los permanentes viajes de Vardalek. Llegó a ser un residente de nuestra casa. Yo ciertamente, al igual que Mlle. Vonnaert, no podía menos que observar las diferencias que se habían operado en Gabriel. Pero mi padre parecía totalmente ciego a ello.

Una noche bajé las escaleras para buscar algo que había dejado en el cuarto de dibujo. Al subir de nuevo pasé frente a la habitación de Vardalek. Estaba tocando en el piano, que había sido puesto allí especialmente para él, uno de los nocturnos de Chopin, muy hermoso. Me detuve, apoyándome sobre la balaustrada para escuchar.

Algo blanco apareció en la oscura escalinata. En nuestra región creíamos en fantasmas. Traspasada de terror, me aferré a la balaustrada. ¡Cuál no fue mi asombro al ver a Gabriel descendiendo la escalinata, con los ojos fijos como si estuviera en un trance! Me aterró aún más de lo que pudiera haberlo hecho un fantasma. ¿Podía creer en mis sentidos? ¿Podría tratarse de Gabriel?

Simplemente no era capaz de moverme. Gabriel, envuelto en su largo camisón blanco, bajó las escaleras y empujó la puerta. La dejó abierta. Vardalek seguía tocando, pero hablaba mientras lo hacía.

Nie umiem wyrazic jak ciehie kocham[1] —dijo ahora en polaco—. Mi amor, me alegraría complacerte, pero tu vida es mi vida, y yo debo vivir, yo que más bien muero. ¿Dios no tendrá piedad alguna de mí? ¡Oh! ¡Oh, vida! ¡Oh, tortura de la vida!

Aquí hizo tronar un acorde agónico y extraño, luego continuó tocando suavemente.

—¡Oh, Gabriel, mi amado! —susurró casi para sí—. Mi vida, sí, vida. ¡Oh! ¿Por qué vida? Estoy seguro de que no es mucho lo que pido de ti. Seguramente, tu sobreabundancia de vida puede complacer un poco a quien ya está muerto. No, detente, lo que debe ser, ¡debe ser!

Gabriel permaneció en silencio, con la misma expresión fija y vacía, de pie en el centro de la habitación. Era evidente que caminaba dormido. Vardalek siguió tocando; luego dijo:

—Ahora ve, Gabriel, ya es suficiente.

Y Gabriel salió de la habitación, subió la escalinata con el mismo paso lento, con la misma mirada inconsciente. Vardalek embistió de nuevo contra el piano y aunque no tocaba muy fuerte, daba la impresión de que las cuerdas iban a romperse. Nunca se oyó una música tan extraña y desconsoladora.

Solo sé que me encontró Mlle. Vonnaert por la mañana, en estado inconsciente, al pie de las escaleras. ¿Había sido un sueño después de todo? Ahora estoy segura de que no lo fue. En aquel momento pensé que quizás lo fuera y no le dije nada a nadie. Ciertamente, ¿qué podía decir?

Bueno, permítanme abreviar esta larga historia. Gabriel, que jamás había conocido un momento de debilidad en su vida, cayó enfermo y debimos mandar a buscar a un médico en Gratz, que no pudo darnos ninguna explicación sobre su extraño malestar. Debilitamiento gradual, dijo, ningún mal orgánico en absoluto. ¿Qué debía entenderse por eso?

Mi padre por fin tomó consciencia del hecho de que Gabriel estaba enfermo. Su ansiedad era espantosa. Las últimas hebras grises de su cabello desaparecieron y se volvió totalmente blanco. Fuimos a Viena en busca de médicos. Pero todo con el mismo resultado.

Gabriel por lo general estaba inconsciente y cuando recobraba la conciencia solo parecía reconocer a Vardalek, que se sentaba continuamente junto a su cama y lo cuidaba con mayor ternura.

Un día me hallaba sola en la habitación. Vardalek gritó súbitamente, casi con ferocidad:

—Traigan a un sacerdote ahora mismo, ahora mismo —repitió—. ¡Ya es demasiado tarde!

Gabriel estiró sus brazos espasmódicamente y los puso alrededor del cuello de Vardalek.

Era el único movimiento que había hecho en mucho tiempo. Vardalek se inclinó y lo besó en los labios. Yo corrí escaleras abajo y enseguida ordenaron buscar un sacerdote. Cuando regresé, Vardalek no estaba allí. El sacerdote administró la extremaunción. Me pareció que Gabriel ya estaba muerto, aunque no lo creíamos así en el momento.

Vardalek había desaparecido por completo y cuando me puse a buscarlo no lo encontré en ningún lado; no he vuelto a verlo ni he oído hablar de él desde entonces.

Mi padre murió poco después, repentinamente viejo y doblegado por el dolor. Y así todo lo de los Wronsky quedó en mis solas manos. Y aquí me tienen, una mujer vieja, habitualmente objeto de burlas, porque mantengo, en memoria de Gabriel, un asilo para animales abandonados, ¡y la gente, por regla general, no cree en los vampiros!

 

 

 

© Ricardo Ibarlucía, de la versión al castellano.

de: Vampiria. De Polidori a Lovecraft. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires. 2007.

 

N O T A S

[1] “No puedo expresar cuánto te amo”, en castellano.

 

 

Gladys Mendía. Asfalto

gLAD377

(Maracay [Venezuela], 1975)

 

las líneas blancas son los poemas del asfalto

 

el sueño es la máscara

las sandalias aladas vueltas piedra

la visión no directa

 

 

la autopista está en el sueño del túnel

no es mística

no es el símbolo

sino una pasta amorfa

los ojos deciden que sea autopista

mientras parpadea

ocasiona un accidente

un herido fatal

 

 

el auto marca la pauta

aunque el asfalto es más largo

se podría decir infinito

pero el infinito es un estado intermedio

 

 

el túnel sostiene una rosa roja

que deja caer en la autopista

el asfalto mira cómo respira

piensa que sin él la rosa no sería suave

no tendría olor

no sería rosa

la autopista

ve los átomos vibrando

piensa en ella

el asfalto

sus miradas

 

 

en la autopista corre un avión

tiene pánico

la torre de control persigue al avión

detrás camina el observador

vacía el cerebro de gasolina

quiere ser autopista

justo en la encrucijada del amor

para no elegir

quedarse por siglos viendo

cómo los autos se dejan guiar por las señales de precaución

su instinto siempre lo supo

un beso no lo salvaría

el viaje no lo salvaría

las señales de precaución no lo salvarían

la única respuesta era quedar sin combustible

 

 

el alcohol sigue siendo

lo volátil sigue siendo la suma de todas las autopistas

la voz es la búsqueda

la búsqueda está condenada al fracaso

la polilla está condenada al fracaso

 

 

a la autopista le dieron la llave que encierra el amor perfecto

la cura de la enfermedad

el éxtasis perpetuo

la autopista lanzó la llave al vacío y se sintió cómoda

el observador recordó algo

derramó unas lágrimas que rápidamente se evaporaron del asfalto

 

 

la autopista desea crear ilusiones a los autos

pozos de agua vibrando desde lejos

pero que al llegar se desvanecen

ese es el juego

el remolino de agua sal azúcar en su cerebro sin luz

el observador no está en el cerebro

la autopista está en todas las autopistas

el observador en el centro de la carretera

es la fórmula perfecta para atascarse

quedarse en las imágenes

la parte liberada es el testigo

la parte sin adornos es el testigo

el testigo es el observador

se une a otras carreteras que no son reales

son una mezcla de matices

 

 

la autopista está en la superficie

con la silenciosa desesperación del sueño

las líneas blancas son los cuerpos

las líneas blancas siguen pintadas en el asfalto

no hay que borrarlas

ni ver por el espejo retrovisor

 

 

la autopista no es un lugar

sino un foco de atención

está al borde de reacciones incontrolables

mira cómo se angosta

cómo se hace túnel y se extiende al infinito

el infinito es un estado intermedio

despierta del sueño con los ojos cerrados

no sabe qué es real

ama la muerte

un parpadeo de luces altas

para quedar fuera del asfalto

las cosas son así

suena en el cerebro de piedra caliza

donde almacena los juicios

 

 

la autopista está bloqueada

los hombrecitos de nuevo pintando las líneas

poniendo carteles que se iluminan con la oscuridad

escucha sus voces

sus pequeñas lenguas producen tormentas eléctricas

se pasean por el asfalto como un elefante salvaje

la autopista duda si las metáforas son tóxicas

el camión duda si la autopista es tóxica

el elefante salvaje duda si es elefante

los hombrecitos son surcos blancos en el asfalto negro y espeso

la autopista quiere ser negra y espesa

ser las voces murciélago

las voces elefante

las voces polilla

 

 

la autopista no sabe que es todas las autopistas

el auto queda atrás

los hombrecitos corren con las maletas detrás del avión

pisando las líneas blancas

las líneas blancas son los poemas del asfalto

las líneas blancas de la carretera

que ahora forman la silueta del difunto

 

 

 

todos los puentes caerán porque nunca existieron

 

las negaciones no sirven

las afirmaciones no sirven

matices en movimiento escupen a las señales

 

 

para el volante las autopistas no son iguales

hay barrancos entre ellas

grandes diferencias que los puentes quieren disimular

 

 

los barrancos y su belleza

por qué no vamos hacia el barranco

 

 

la autopista no sabe que todo es un gran barranco disfrazado

el tiempo son las líneas blancas fragmentadas

pintadas por los hombrecitos en el asfalto

las líneas blancas suponen un orden

cuando son continuas no hay que adelantar

pero también las líneas blancas dan giros insospechados

como grillos en la noche hacen música para la huida perfecta

 

 

 

© Gladys Mendía, de los poemas

de: La silenciosa desesperación del sueño. Paracaídas Editores. Lima. 2010