A los pobres, ¡matémoslos a palos! Charles Baudelaire

Charles Baudelaire

(París, 1821 – 1867)

 

Me había recluido durante quince días en mi habitación, rodeándome de los libros entonces de moda (hará dieciséis o diecisiete años); es decir, de los libros en los que se trata del arte de hacer a los pueblos felices, buenos y ricos, en veinticuatro horas. Había, por lo tanto, digerido —esto es, engullido—, todas las lucubraciones de todos aquellos empresarios de felicidad pública —de aquellos que aconsejan a todos los pobres que se hagan esclavos y de aquellos que los persuanden de que son todos reyes destronados. No resultará sorprendente que estuviese entonces en un estado de espíritu próximo al vértigo o a la estupidez.

Tan solo me había parecido que, recluido en el fondo de mi intelecto, sentía el oscuro germen de una idea superior a todas las fórmulas caseras, cuyo diccionario había recorrido no hacía mucho. Pero tan solo era la idea de una idea. Algo infinitamente vago.

Y salí con una enorme sed, pues el gusto apasionado por las malas lecturas engendra una necesidad proporcional de aire libre y de refrescos.

Conforme entraba a una taberna, un mendigo me tendió su sombrero, con una de esas miradas inolvidables que derribarían los tronos si el espíritu removiese la materia y si el ojo de un magnetizador hiciese madurar las uvas.

Al mismo tiempo oí una voz que me cuchicheaba al oído, una voz que reconocí con toda claridad; era la de un Ángel bueno o la de un Demonio que me acompaña por doquier. Puesto que Sócrates tenía un Demonio bueno, ¿por qué no tendría yo un buen Ángel y por qué no habría de tener, como Sócrates, el honor de obtener mi certificado de locura, firmado por el sutil Lélut y por el avispado Baillarger [1]?

Entre el Demonio de Sócrates y el mío existe la diferencia de que el de aquél solo se le manifiesta para prohibir, advertir e impedir; mientras que el mío se digna aconsejar, sugerir y persuadir. El pobre Sócrates solo tenía un Demonio censor; el mío es un gran afirmador, un Demonio de acción o un Demonio de combate.

Pues bien, su voz me susurraba esto: “Solo es el igual de otro quien lo demuestra, y solo es digno de la libertad el que sabe conquistarla”.

Inmediatamente salté sobre mi mendigo. De un solo puñetazo le hinché un ojo, que, en un segundo, se infló como una pelota. Me partí una uña al romperle dos dientes, y como no me sentía con fuerza suficiente, al haber nacido delicado y al haberme ejercitado poco en el boxeo, para apalear rápidamente a aquel anciano, le cogí con una mano por la solapa del traje, y con la otra le agarré del pescuezo, golpeándole fuerte la cabeza contra una pared. Debo confesar que, previamente, había inspeccionado de una ojeada los alrededores y comprobado que, en aquel desierto suburbio, me encontraba por tiempo suficiente fuera del alcance de la policía.

Finalmente, como hubiese derribado a aquel débil sexagenario de una patada lo suficientemente fuerte para romperle los omóplatos, cogí una gruesa rama de árbol que andaba por tierra y le golpeé con la obstinada energía de los cocineros que quieren ablandar un bistec.

De súbito —¡oh milagro, oh placer del filósofo que verifica la excelencia de su teoría!— vi como aquella vieja carcasa se volvía, poníase en pie con una energía que nunca hubiera podido sospechar en una máquina tan singularmente desvencijada, y con una mirada de odio que me pareció augurar algo bueno, el decrépito vagabundo se arrojó sobre mí, me hinchó los dos ojos, me rompió cuatro dientes y, con la misma rama, me sacudió leña en abundancia. Así pues, con mi enérgica medicina habíale devuelto el orgullo y la vida.

Le hice entonces enérgicos signos para que comprendiese que consideraba terminada la discusión y, levantándome con la satisfacción de un sofista del Pórtico [2], le dije: “Señor, ¡es usted mi igual! ¿Quiere hacerme el honor de compartir mi bolsa?; y si es usted realmente filántropo, recuerde que es preciso aplicar a todos sus cofrades, cuando le pidan limosna, la teoría que he tenido el dolor de ensayar sobre su espalda”.

Me juró claramente que había comprendido mi teoría y que obedecería mis consejos.[3]

 

 

de: Pequeños poemas en prosa / Los paraísos artificiales. Ediciones Cátedra. Madrid. 2005.

© José Antonio Millán Alba, de la versión al castellano.

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Notas

[1] Lélut y Baillarger: reputados psiquiatras que dieron a entender que Sócrates estaba loco. En 1863 Lélut publica la obra Du Démon de Socrate, spécimen d’une application de la science psychologique à celle de l’historie.

[2] Baudelaire parece confundir aquí al Zenón fundador del Estoicismo con Zenón de Elea.

[3] Edición póstuma; poema rechazado por la Revue Nationale en 1865. En el manuscrito, el final de este poema terminaba con la siguiente pregunta: “¿Qué dice a esto, Ciudadano Proudhon?”.

 

 

Emil Cioran. San Pablo

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(Răşinari, 1911 – París, 1995)

……….Nunca le reprocharemos bastante haber hecho del cristianismo una religión poco elegante, haber introducido en él las tradiciones más detestables del Antiguo Testamento: la intolerancia, la brutalidad, el provincianismo. ¡Con cuánta indiscreción se mezclaba en cosas que no le concernían, de las que no entendía ni poco ni mucho! Sus consideraciones sobre la virginidad, la abstinencia y el matrimonio son sencillamente asquerosas. Responsable de nuestros prejuicios en religión y en moral, ha fijado las normas de la estupidez y ha multiplicado las restricciones que paralizan aún nuestros instintos.

……….De los antiguos profetas no ha guardado el lirismo ni el acento elegiaco y cósmico, pero sí el espíritu sectario y todo lo que en ellos era mal gusto, charlatanería, divagación para uso de los ciudadanos. Las costumbres le interesan en el mayor grado. En cuanto habla de ellas se le ve vibrar de malignidad. Obsesionado por la ciudad, por la que quiere destruir tanto como por la que quiere edificar, concede menos atención a las relaciones entre el hombre y Dios que a las de los hombres entre sí. Examinad de cerca las famosas Epístolas: no descubriréis en ellas ningún momento de cansancio y de delicadeza, de recogimiento y de distinción; todo en ellas es furor, histeria, jadeos de baja estofa, incomprensión por el conocimiento, por la soledad del conocimiento. Intermediarios por todas partes, lazos de parentesco, un espíritu familiar: Padre, Madre, Hijo, ángeles, santos; ni rastro de intelectualidad, ningún concepto definido, nadie que quiera comprender. Pecados, recompensas, contabilidad de los vicios y de las virtudes. Una religión sin interrogantes: una orgía de antropomorfismo. El Dios que nos propone me hace enrojecer; descalificarlo constituye un deber; al punto en que ha llegado, está perdido de todas formas.

……….Ni Lao-Tsé ni Buda invocan un Ser identificable; despreciando las maniobras de la fe, nos invitan a meditar y, para que esta meditación no gire en el vacío, fijan un término: el Tao o el Nirvana. Tenían otra idea del hombre.

……….¿Cómo meditar si hay que referirlo todo a un individuo… supremo? Con salmos, con oraciones, no se busca nada, no se descubre nada. Solo por pereza se personifica la divinidad o se la implora. Los griegos se despertaron a la filosofía en el momento en que los dioses les parecieron insuficientes; el concepto comienza donde acaba el Olimpo. Pensar es dejar de venerar, es rebelarse contra el misterio y proclamar su quiebra.

……….Adoptando una doctrina que le era extraña, el converso se figura haber dado un paso hacia sí mismo, mientras que lo único que hace es escamotear sus dificultades. Para escapar a la inseguridad —su sentimiento predominante— se entrega a la primera causa que el azar le ofrece. Una vez en posesión de la “verdad”, se vengará en los otros de sus antiguas incertidumbres, de sus antiguos miedos. Tal fue el caso del prototipo de converso, san Pablo. Sus aires grandilocuentes disimulaban mal una ansiedad sobre la que se esforzaba en triunfar sin lograrlo.

……….Como todos los neófitos, creía que por su nueva fe iba a cambiar de naturaleza y vencer sus fluctuaciones, de las que se guardaba mucho de hablarles a sus corresponsales y auditores. Su juego ya no nos engaña. Numerosos espíritus se dejaron atrapar por él. Era, cierto es, una época en la que se buscaba la “verdad”, en la que no se interesaban en los “casos”. Si en Atenas nuestro apóstol fue mal acogido, si encontró un medio refractario a sus elucubraciones, es porque allí todavía se discutía, y el escepticismo, lejos de abdicar, seguía defendiendo sus posiciones. Las charlatanerías cristianas no podían allí hacer carrera, debían, como contrapartida, seducir a Corinto, ciudad barriobajera, rebelde a la dialéctica.

……….La plebe quiere ser machacada a fuerza de invectivas, amenazas y revelaciones, de afirmaciones estentóreas: le gustan los bocazas. San Pablo fue uno de ellos, el más inspirado, el más dotado, el más astuto de la Antigüedad. Del ruido que hizo, todavía percibimos los ecos. Sabía subirse a los tabladillos y clamar sus furores. ¿Acaso no introdujo en el mundo grecorromano un tono de feria? Los sabios de su época recomendaban el silencio, la resignación, el abandono, cosas impracticables; más hábil, él vino con recetas engolosinadoras: las que salvan a la canalla y desmoralizan a los delicados. Su revancha sobre Atenas fue completa. Si hubiera triunfado allí, quizás sus odios se hubieran suavizado. Nunca un fracaso tuvo consecuencias más graves. Y si somos paganos mutilados, fulminados, crucificados, paganos pasados por una vulgaridad profunda, inolvidable, una vulgaridad de dos mil años de duración, a este fracaso se lo debemos.

 

……….Un Judío no judío, un Judío pervertido, un traidor. De ahí la impresión de insinceridad que se desprende de sus llamadas, de sus exhortaciones, de sus violencias. Es sospechoso: parece demasiado convencido. No se sabe por dónde tomarlo, ni cómo definirlo; situado en una encrucijada de la historia, debió sufrir múltiples influencias. Tras haber vacilado entre varios caminos, eligió uno, el bueno. Los de su especie juegan sobre seguro: obsesionados por la posteridad, por el eco que suscitarían sus gestos, si se sacrifican por una causa, lo hacen como víctimas eficaces.

……….Cuando ya no sé a quién detestar, abro las Epístolas y enseguida me tranquilizo. Tengo a mi hombre. Me pone en trance, me hace temblar. Para odiarle de cerca, como un contemporáneo, doy un salto de veinte siglos y le sigo en sus giras; sus éxitos me descorazonan, los suplicios que se inflingen me llenan de gozo. El frenesí que me comunica, lo vuelvo contra él: no fue así, ¡ay!, como procedió el Imperio.

……….Una civilizacvión podrida pacta con su mal, ama el virus que la roe, no se respeta a sí misma, deja a un san Pablo ir y venir… Por esto mismo, se confiesa vencida, carcomida, acabada. El olor de la carroña atrae y excita a los apóstoles, sepultureros ávidos y locuaces.

……….Un mundo de magnificencia y de luz cedió ante la agresividad de esos “enemigos de las Musas”, de esos energúmenos que, todavía hoy, nos inspiran un pánico mezclado de aversión. El paganismo les trató con ironía, arma inofensiva, demasiado noble para doblegar a una horda insensible a los matices. El delicado que razona no puede medirse con el beocio que reza. Fijo en las alturas del desprecio y la sonrisa, sucumbirá al primer asalto, pues el dinamismo, privilegio de la hez, viene siempre de abajo.

……….Los horrores antiguos eran mil veces preferibles a los horrores cristianos. Esos cerebros enfebrecidos, esas almas con remordimientos absurdos y ridículos, esos demoledores alzados contra el sueño de amenidad de una sociedad tardía, empeñados en maltratar las conciencias para transformarlas en “corazones”. El más competente de todos ellos se empeñó en esta tarea con una perversidad que, en primer término, repelió a los espíritus, pero que, después, debía marcarlos sacudirlos y asociarlos a su incalificable empresa.

……….El crepúsculo greco-romano era empero digno de otro enemigo, de otra empresa, de otra religión. ¡Cómo admitir ni la sombra de un progreso cuando se piensa que las fábulas cristianas lograron sin esfuerzo ahogar el estoicismo! Si este hubiera conseguido propagarse, apoderarse del mundo, el hombre se habría logrado, o casi. La resignación, habiendo llegado a ser obligatoria, nos habría enseñado a soportar nuestras desdichas con dignidad, a hacer callar nuestras voces, a afrontar fríamente nuestra nada. ¿Que la poesía habría desaparecido de nuestras costumbres? ¡Al diablo la poesía! A cambio habríamos adquirido la facultad de soportar nuestros sinsabores sin un murmullo. No acusar a nadie, no condescender ni a la tristeza, ni a la alegría, ni al pensar, reducir nuestras relaciones con el universo a un juego armonioso de derrotas, vivir como condenados serenos, no implorar a la divinidad, sino, más bien, darle un aviso… Esto no podía ser. Desbordado por todas partes, el estoicismo, fiel a sus principios, tuvo la elegancia de morir sin debatirse. Una religión se instaura sobre las ruinas de una sabiduría: los manejos que emplea aquella no convienen a esta. Siempre prefirieron los hombres desesperarse de rodillas que de pie. A la salvación aspiran su cobardía y su fatiga, su incapacidad de alzarse al desconsuelo y de extraer de él razones de orgullo. Se deshonra a quien muere escoltado por las esperanzas que le han hecho vivir. ¡Que las multitudes y los que las arengan repten hacia el “ideal” y se chapucen en él! Más que algo dado, la soledad es una misión: elevarse hasta ella y asumirla es renunciar al apoyo de esa bajeza que garantiza el éxito de toda empresa, sea la que sea, religiosa o de otra clase. Recapitulad la historia de las ideas, de los gestos, de las actitudes: comprobaréis que el futuro fue siempre cómplice de las turbas. Nadie predica en nombre de Marco Aurelio: como no se dirigía más que a sí mismo, no tuvo ni discípulos ni sectarios; sin embargo, no se deja de edificar templos donde se cita hasta la saciedad ciertas Epístolas. Mientras sigan así las cosas, perseguiré con mi rencor a quien supo tan astutamente interesarnos en sus tormentos.

 

 

 

© Herededos de Emil Cioran.

© Fernando Savater, de la versión al castellano.

de: Adiós a la filosofía y otros textos. Alianza editorial. Madrid. 2016.

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Como un río de piedras. Raúl Zurita

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(Santiago de Chile, 10 de enero de 1950)

 

La enorme costra de sal le otorgaba al desierto esa blancura delirante que solo pueden comprender los locos, los fanáticos o los puros. El tajo del horizonte se cortaba al borde como un abismo, y el cielo comenzaba a remontar desde él suavemente, sin prisa, curvándose hasta alcanzar esa impertérrita lozanía que posee todo aquello que nunca ha dependido del error de la mirada. Se puede afirmar entonces que ese marco está de fondo, inmutable y perfecto, no horadado por el dolor, la pasión o la agonía del hombre que había llegado hasta dos veces y miraba.

 

Era también la luminosidad del salar encegueciéndolo. Entre su propio nacimiento y la blancura del desierto habían pasado minutos o años, daba lo mismo; el resplandor sin memoria que lo inundaba todo atestiguaba que esas nociones son recientes y que jamás han residido en la profundidad de las cosas. Alguna vez el océano había cubierto por completo las extensiones de ese territorio mostrándole de paso lo nimio de su respiración, de su hálito afanoso y corto que no obstante contenía todo el misterio de la vida. La transparencia del aire parecía emerger así desde la textura del paisaje otorgándole a esa planicie un tinte irreal donde él era apenas un tono más, un simple capricho de la luz que lo engañaba con la ilusión de una sombra. La sensación de irrealidad se estrellaba sin embargo con un núcleo duro e impenetrable, anclado en el fondo de sí, cuyo peso lo tiraba hacia abajo pegándolo al suelo como si en ese punto se hubiera concentrado toda la fuerza de gravedad de la Tierra.

 

Se había recostado boca arriba, con los brazos abiertos, sobre la larga llanura de sal, y si alguien en ese momento lo hubiese visto habría recordado la forma de una cruz, de una cruz botada y oscura. Era como si la Tierra entera subiera desde el centro de ella hasta chocar con su espalda mientras que la inmovilidad de sus brazos extendidos parecía afirmar que el dolor se opone también a la rotundez de las cosas, a la extensión del horizonte y de los paisajes, y que los milenios o instantes anteriores en que el mar se retiró dejando conchas de moluscos y peces fosilizados en las cumbres, no podían sin embargo, con toda su majestuosidad y grandeza, alterar un solo segundo del sufrimiento del ser que allí yacía.

 

Extendido sobre esa sequedad tórrida, sus ojos semicerrados alcanzaban a adivinar la encandilante claridad del cielo, pero ni siquiera como algo que las palabras o los sentidos pudiesen describir, sino más bien como esa mudez que toman los hechos si se tiene la impresión de que están ocurriendo en sueños. De esa manera, como un sueño que lo fuese arrastrando, se le venían encima las caras que alguna vez sintió cerca porque intuía, aunque en ese momento no lo supiera, que en las formas de estos farellones estaba más presente el torbellino de los rasgos humanos que en los vestigios siempre relativos de la vida. Esas dos soledades entonces, la del hombre y la del desierto, se estrellaban como dos bloques dejando apenas un mínimo resquicio entre ellos, una línea casi inexistente de aire para la existencia de los otros.

 

El que escribe conoció a esos otros. Los vio asomarse en el pequeño antejardín de una casa con un magnolio joven y luego vio la pureza de esos cuatro rostros (una abuela con un niño de corta edad aferrado a su falda, una madre a la que llamó Ana, una hermana menor a la que llamó Ana María) que se alejaban disolviéndose en un enjambre de sucesos y tiempos donde tal vez lo único permanente era la necesidad nunca colmada de una estación con olor a jazmines, de una primavera incontrarrestable y definitiva. También vio la fotografía enmarcada en metal donde un hombre vestido con esmero sostiene en brazos a su hijo de meses y lo mira. En la imagen el cielo es blanco y por un momento la fijeza de ambos recuerda el fulgor opaco de los peces petrificados en las rocas.

 

Es la misma granulosidad del desierto, del salar redondo e inmenso. Tendido sobre él, la enceguecedora superficie le rememora el olor del océano, ese olor pretérito que una vez lo copó todo. A lo lejos, apenas audible, le pareció oír el sonido de unas trompetas y recordó entonces que aunque la elegancia de su traje lo hacía ver mayor, en la fotografía su padre tendría a lo sumo veintinueve, treinta años. Ahora, agrapado a la tierra con los brazos abiertos, como si el planeta entero fuera su crucifijo, le había parecido que esa cara lloraba sobre la suya y le habló. Era un grito a las nubes, al aire, largo, como un río de piedras.

 

 

© Raúl Zurita, del texto.

de El día más blanco. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2016.

Fernando Nombela. EROS & TÁNATOS

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(Toledo, 1978)

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A vueltas con Eros

He soñado, sueño que estoy a tu lado, y te beso muy suave en la boca. Despacio, muy lentamente. Cierro los ojos mientras huelo tu pelo. Pronuncio tu nombre, y en tu oído susurro: soy tu compañero, vamos juntos, dame la mano. Cojo tu mano. Ahora te quitaré la ropa, no toda. Con mucho cuidado. No tengo prisa. No tienes tiempo. Tendidos, con tiento, acaricio tu rostro con las yemas de mis dedos. Eres tan hermosa. Quisiera despertar siempre en tus ojos. Para siempre caer en ellos, como tú caes ahora en mis manos. Para siempre. La caricia de mi mano, mis labios te acarician. Mi boca en tu cuello, en tu pecho saborea la dureza templada, la tersa ternura de tus pezones. Me nutro de ti. Ya sólo vivo de ti. Sólo por ti, de tanta vida, me estoy muriendo. De tanto gozo, me estoy viviendo. Mi boca y tu boca, mi boca y tu ombligo, tu vientre y mi boca, y mi cara que te roza por encima de las braguitas, y entonces tu aliento sonoro y un escalofrío. Acaricio tus piernas. Dobla tus rodillas el deseo de mis labios. Beso tus muslos. Me gusta cómo hueles. También quiero saber a qué sabes. No tienes prisa. No tengo tiempo. Tenemos toda la eternidad por delante. Y mis dedos te tocan, mi rostro te toca, mi boca te toca; mis dedos, mi rostro, mi boca te tocan te palpan te pulsan te rozan. Lenta y suave, mi lengua donde tan suave eres. Ahí, donde no hay tiempo, quiero estar todo el tiempo. Ahí, donde no hay tiempo, y sí esta sed, sed de ti. Sola sed de tu agua, pues también te quiero así, líquida, mielosa, adentro mío, cálida copa de rocío iluminado por la luna, viento del sur que me trae brisa y locura, savia o jugo de la fruta más sabrosa, de la rama más fresca (después será tu carne, entreverada de alma, cuando yo esté dentro de ti, tú fuera de mí, envolviéndome; yo fuera de ti, tú dentro de mí, desbordándome: tú, mi piel y mi asombro). Y saciado, de tanta boca que alza, danza y me marea, ya no tengo sed (la tendré más tarde). Y lleno al fin de ti, feliz, felices, comienzo de nuevo, y te beso muy suave en la boca

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Exilio

 

No estar dentro de ti

es mi único exilio.

 

(de: A vueltas con Eros, de pronta publicación en la editorial Amargord)

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Paráfrasis

 

III

 

Aún

 

No,

no ha sido fácil,

vadear tantos ríos,

atravesar estaciones

sumergidas en la negación.

 

Lo que queda,

después de todo,

me atrevería a llamarlo

esencial. Por ejemplo:

estoy vivo.

 

Te amo.

(Jorge Riechmann)

[ I N É D I T O S ]

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Soñé la muerte

 

Soñé la luz que arde y fija el polvo y cristaliza la saliva que disparan contra los

desperados las serpientes del abandono

y las miradas que se reconocen sin antes haberse conocido

y estallaron las risas contra los muros de la nada

 

Soñé la fiebre que se alza eyaculando engrudo en el aire lisérgico de un cielo azul

deshabitado

donde llorarán los dragones de la última creación

y los poemas que escribí y después rompí bajo las leyes del fuego

y ceniza es lo que será diamante

y nunca más se supo

 

(…)

 

Soñé los brazos tatuados por las agujas orientales de la muerte lenta y

Soñé hongos y

Soñé peyote y

Soñé mares de verdes estrellas esculpidos

mientras se desprendían los dientes ennegrecidos por obra y gracia del basuco

y enfurecían las hormigas de la sobredosis

bajo la piel gélida de los cuerpos ahorcados

 

(…)

 

Soñé que nadie nos quería

y mendigábamos palabras que abrazan o destrozan

en el dorado inalcanzable de las estaciones de servicio

y un buen día se detuvo un coche y subimos

y nos condujo hacia la línea de sombra de un amanecer esquivo

y nadie dijo nada

 

(…)

 

Soñé que las pantallas

y las máscaras del lenguaje y los aparatos de televisión

eran lanzados por la ventana

y poco a poco comenzamos a mirarnos a los ojos

hasta por fin vernos

y era la (r)evolución

 

(…)

 

Soñé a contracorriente que encontraba al señor Kurtz remontando las aguas del río de la

vida y la muerte que se nos lleva

y el señor Kurtz eras tú

y era yo

y somos los hombres huecos

a contracorriente

a contracorriente las aguas del río

a contracorriente el río de la vida

a contracorriente las aguas del río de la vida

y la muerte que nos lleva

a contracorriente

 

(…)

 

Soñé que era el Narciso de las Leproserías

 

Soñé a Dostoievski leyendo una Biblia de hojas blancas como los glaucos cielos

imposibles de Siberia Sumergida

 

(…)

 

Soñé que el día 26 de abril de 1932 Hart Crane no divisaba las costas de Florida

sino que paseaba mirando al atardecer desde el puente más con más de esta Nueva York

sobre las aguas danzante

hasta tropezar con la sombra del corazón del hombre que le alejaría de las horribles

costas de Florida

donde otros cuerpos son hoy los que flotan inertes o se sumergen inertes

como el esmoquin reflectante de Mario de Sá-Carneiro

así que dame tu otra mano Hart

–sobre nosotros amanecerá Manhattan–

nadie sabrá que tres hombres caminaron las aguas del East River

sin amor desde el puente que cantabais

sin amor desde el puente que yo canto

sin amor desde el puente de Brookling

y nada más que sombras

 

(…)

 

Soñé que la infancia es el amuleto

 

(…)

 

Soñé que había asesinado a mi Ángel de la Guarda

 

(…)

 

Soñé que vida y poesía son inseparable aventura a vida o muerte

 

(…)

 

Soñé que yo era un niño perdido que cuidaba de otros niños perdidos

y era dichoso

y sin embargo esa lluvia algunas tardes

esa lluvia adentro

sin nombre

esa lluvia

mamá

 

(…)

 

Soñé todos los poemas que me quedan por escribir todos los libros por leer todos los

hombres y mujeres por descubrir todas las noches por vencer

todas las cuerdas oxidadas

y quise nunca más morir

¿me oyes?

nunca más

 

Soñé que vivíamos

y no era un sueño

y despertamos

En Santa Teresa, a 15 de julio de 2666

(15 de julio—27 de agosto de 2003)

(de: Soñé la muerte y otros poetas, 2011)

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Última fe

 

Creo que,

al menos mientras vivimos,

hay un bien imperecedero,

una suerte de dios,

en el hecho

de haber amado

alguna vez.

Esa es hoy

mi última fe,

el único motivo

por el cual

volvería a la vida.

 

(de: En esta luz nosotros, 2014)

 

Las tres palabras secretas (anónimo alquímico)*

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Capítulo I

Las cualidades de la Piedra Filosófica

La Piedra de la cual se produce esta operación contiene en sí todos los colores. Es, en efecto, banca, roja de un rojo ardiente, más amarilla que ninguna, celeste, verde, oscura. En esta piedra están contenidos los cuatro elementos. Tiene la cualidad del agua, del aire, del fuego y de la tierra. Alberga veladamente el calor y la sequedad y en ella se manifiesta el frío y la humedad[1]. Lo que debemos hacer es ocultar aquello que es manifiesto y hacer manifiesto aquello que permanece oculto. El contenido oculto, esto es calor y sequedad, es un aceite y este aceite es seco: es esta sequedad, y no otra, la que tiñe, porque solo el alkali[2] tiñe. Lo que se muestra de modo manifiesto es algo frío y húmedo, un humo acuoso que corrompe. Se debe hacer, por tanto, que aquella humedad y aquel frío sean equitativos al calor y a la sequedad para que el fuego no se evapore: porque en el medio de aquella humedad y de aquel frío hay una pequeña parte de calor y de sequedad, por lo que aquello que es frío y húmedo debe acoger el calor y la sequedad que estaban ocultos en el interior, convirtiéndose en una única sustancia. Aquel frío y aquella humedad son el humo acuoso que corrompe y del que ya hemos hablado, pues la humedad acuosa y ardiente corrompe el cuerpo y lo vuelve de color negro. Todas estas imperfecciones deben ser destruidas en el fuego mediante sus diversas gradaciones.

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Capítulo II

Las propiedades de la Piedra

Este es el Libro de las Tres Palabras, el libro de la piedra preciosa, que es un cuerpo aéreo y volátil, frío y húmedo, acuoso y ardiente y que lleva dentro de sí el calor, la sequedad, el frío y la humedad: algunas de estas virtudes están ocultas, otras manifiestas. Y como lo que está oculto puede tornarse manifiesto, así lo que es manifiesto puede volverse oculto por virtud divina, el calor como la sequedad. De hecho, los filósofos persas[3] sostienen que el frío y la humedad acuosa y ardiente no van a la par con el calor y con la sequedad: porque estos destruyen a los primeros por virtud divina. Entonces este espíritu se transforma en un cuerpo excelentísimo que no evapora al fuego y fluye como el aceite: es la tintura viva que se multiplica, confiere peso, colora, da esplendor y consolida, bellísima, penetrante, protectora y perpetua, la que a todo vence y es preciosa como el sol.

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Capítulo III

El calor y la sequedad que se encuentran ocultos en la humedad y en el frío

La admirable obra de las tres palabras es la obra de la piedra preciosa en la que se encuentran el frío y la humedad acuosa y ardiente, mientras que oculto en ella yace el calor: pero estas tres palabras son leídas e interpretadas de otra manera por algunos, de modo que podemos volver oculto aquello que es manifiesto y manifiesto lo que permanece oculto. Lo oculto es de la naturaleza del sol y del fuego, es el aceite más precioso de todas las cosas ocultas, tintura viva, agua perpetua, que vive y que se conserva en lo eterno, vinagre de los filósofos, espíritu penetrativo[4]; lo oculto es lo que tiñe, añade y revive, aquello que rectifica e ilumina a todos aquellos que han muerto y los hace resurgir[5], porque su calor y su sequedad no evaporan al fuego. En cambio el fuego acuoso y ardiente evapora al fuego y se destruye.

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Capítulo IV

La transformación del espíritu en cuerpo y del cuerpo en espíritu

Para que sea completamente manifiesto aquello que está oculto el espíritu de lo húmedo y del frío debe ser transformado en cuerpo. A su vez, este cuerpo debe ser transformado en espíritu. Luego nuevamente el espíritu debe volverse cuerpo: entonces se volverán amigos el frío y la humedad, el calor y la sequedad. Por eso sostienen los filósofos persas que es admirable el modo en que esta se produce, pero que puede suceder por virtud de Dios, con dulce equilibrio regulado por el fuego con moderación. La duración de este proceso es de dos días más siete. De hecho, el dos se puede entender por el tres, el cinco por el dos, pero el tres no puede comprenderse[6]. Estas son las tres palabras preciosas, ocultas y manifiestas concedidas no a los malvados, impíos ni infieles, sino más bien a los fieles y a los pobres, desde el primero hasta el último.

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Capítulo V

Los planetas y las obras que sus imágenes realizan sobre el mercurio

Digo, por tanto, que en el mercurio se llevan a cabo las obras de los planetas y sus imágenes se reflejan en sus partes, como los planetas mismos operan en el feto, influyendo de modo diverso en los partos[7]. De hecho, durante el primer mes, cuando el semen es acogido en el útero, opera Saturno, congelando y manteniendo la materia en una única masa con su frío y su sequedad. En el segundo mes obra Júpiter, haciéndola madurar con su calor hasta formar una masa de carne denominada embrión. En el tercer mes rige Marte que se encuentra activo en los opuestos de la materia y con su calor y su sequedad divide y separa aquella masa, delineando las extremidades. En el cuarto mes el Sol, como señor, hace penetrar el espíritu y así el feto comienza a vivir. En el quinto mes opera Mercurio que produce las cavidades y las aberturas que permiten la respiración. En el sexto mes Venus dispone ordenadamente las cejas, los ojos, los testículos, etc. En el séptimo mes la Luna, con su frío y su humedad, expele al feto que, si nace, entonces puede vivir, pero si no nace sufre y se debilita. El octavo mes es nuevamente regido por Saturno con su frío y sequedad quien posibilita que el feto sea retenido en el útero: si nace, entonces no puede vivir. En el noveno mes opera también Júpiter quien, nutriéndolo con su calor y su humedad, devuelve al feto su fuerza: así, al final del noveno mes puede nacer y vivir bien. Esta es la verdad. El agua mantiene durante tres meses al feto en el útero, el fuego otros tantos lo custodia, el aire lo nutre por tres mes también: el cumplimiento se da cuando la preciosa sangre, que nutre por el ombligo, empieza a subir hacia los senos de la madre y que luego de los dolores del parto adquiere el color de la nieve. No se abre la vía de salida al niño hasta que no pueda soportar el aire. Cuando finalmente sale abre la boca y puede ser amamantado.

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Capítulo VI

La observación de los planetas en la obra de la alquimia

Debemos comprender qué significan estos tres meses. Esto se debe aprender con la mente aguda y debemos mantenerlos unidos y extraer el dos: sin el dos no se comprende el tres, pero por el tres en este contexto se comprende el dos más siete. Por eso todos aquellos que desean aprender este arte aguzan el ingenio para descubrir el tesoro de las tres palabras: en ellas está oculta la completa preparación y la virtud de la piedra, que contiene calor y homunculus-in-a-vialsequedad, sequedad que es aceite vivo, tintura viva, sequedad teñida y profundidad de las tinturas, es decir, calor y sequedad que se unen[8]. Todos aquellos que han podido ver esto en su principio han comprendido la palabra que ha sido pronunciada y aquellos que han escuchado las tres palabras han tenido gran maravilla. Esta es su explicación: como desde el principio de la concepción hasta el nacimiento del niño cada planeta da su propia imagen a la parte establecida, según el decreto de la virtud creadora divina, así yo, Rachaidebi, afirmo, en verdad, que en todas las operaciones alquímicas cada planeta produce su propia imagen en el lugar establecido, hasta que la obra llega a su cumplimiento y nace artificialmente la alquimia[9]. Pero si debo decir la verdad con mayor claridad, ella nace naturalmente según el movimiento de todos los planetas, como Dios mostró en el protoplasto[10] y posee la naturaleza de todas las tinturas: así nace el mercurio, que contiene en sí los cuatro elementos y la naturaleza de todas las tinturas de acuerdo a sus grados. En la obra de la alquimia muchos se equivocan y pocos alcanzan la meta. En efecto, sobre esta obra influye la danza de la Luna y el círculo del Sol. Tres son los grados: el primero es débil, el segundo es estable y el tercero perfecto. Tres son los puntos determinados: el primero, cuando el Sol entra en Aries y está en su exaltación[11]; el segundo cuando el Sol está en Leo; el tercero cuando el Sol está en Sagitario. El círculo del Sol es de 28 años, en 19 años la alquimia obtiene su mineral y los demás, que se encuentran enumerados en la tabla de la alquimia. Del número de la danza de la Luna hemos descubierto los grados, de nueve a doce, y de uno a dos, de ciento sesenta y tres a veinticuatro. Siete los hemos descubierto en el círculo del Sol. Comprendemos, por tanto, por qué la obra de la alquimia se cumple de acuerdo con estos grados[12].

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Capítulo VII

Explicación de las tres palabras

Volvamos a la explicación de las tres palabras en las que consiste todo el arte. Agua: se dice que por tres meses mantiene el feto en el útero. Aire: lo nutre por tres meses. Fuego: también lo conserva por el mismo período de tiempo. Todo lo que aquí se ha dicho es verdadero, por analogía, sobre el mercurio. Esta palabra, este discurso, este término oscuro así se esclarece y permite comprender la verdad. Diversa es la naturaleza en la mujer embarazada y en el mercurio, pero esto ha sido descubierto por la semejanza del calor que hay en el útero: se estima que sea un fuego de treinta y dos grados[13]. Por lo que esta tercera sentencia “El fuego también lo custodia” es oscura: muchos se equivocan en este punto y entran, sin saberlo, en la región de la tierra, porque de tres grados toman dos y de estos dos son extraídos los demás. De esta forma el libro está dividido en una red de treinta y dos partes y en estos grados se cumple por completo la tercera palabra, de la que tanto se habla. El primer grado completa al aire y al agua. El segundo completa todo aquello que hemos dicho y más. Este es el don de Dios.

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Capítulo VIII

Los grados del Fuego

El filósofo del rey de los persas y del príncipe de los romanos dijo: “Divide las tres palabras en dos partes y a estas divídelas a su vez en dos partes y de estas dos provienen los treinta y dos grados”, que son aquellos dentro de los cuales se delimita el fuego, llamadas partículas de fuego. Ellas son señaladas por las porciones del arca[14] que se divide en treinta y dos partes y son llamadas almec. Todos estos grados se encuentran dispersos en las dos primeras partes, que son los dos términos y al ser divididos en cuatro partes se subdividen a su vez en treinta y dos: así el primer grado es la partícula de fuego, albechir, y es única y simple tanto es así que se la define como “casi nada”. Es el fuego ligero con el cual comenzamos a comprender el mercurio al rojo, cuando los maestros persas lo llevaron a la muerte con sutil ingenio y dos palabras se alcanzan en seis maenchen. Luego se obtiene la tercera palabra, que es oscura: muchos yerran y pierden la cabeza por ella. El filósofo del rey de los persas dijo: “Dividámosla por la mitad”. La mitad está hecha de tres maenchen y está regida por dos grados, que son dos partículas de fuego. Por tanto, estas tres palabras se cumplen en veintidós maenchen regido por ocho grados de fuego. El tercer término es de veinte maenchen gobernado por dieciséis grados. El cuarto es de veinticuatro maenchen y de cuatro días y es regido por treinta y dos grados, es decir, partículas, de fuego. Así todos los fetosfilósofos persas. Alabado sea Dios y su santo nombre. Esto ha sido dicho del fuego temperado a propósito de las tres palabras sobre la naturaleza de la mujer embarazada, tenida como ejemplo del fuego necesario para el mercurio.

Todos estos términos se dividen a la mitad porque entre ellos son veintitrés manahen y siete diethen: al final del primer término abre el tesoro y proyecta lo que has encontrado: pero si se eleva y emite humo cuando lo deposites sobre una lámina incandescente, entonces no está todavía listo. Vuelve a meterlo al fuego de dieciséis, pues contiene ocho grados de fuego y luego abre de nuevo el tesoro y ponlo en una lámina caliente para ver si todavía se eleva y emite humo, ya que en ese caso tampoco estará listo. Vuelve a meterlo al fuego de veinte, el que contiene dieciséis grados, y abre el tesoro y si aún desprende humo todavía no está cocido. Entonces ponlo a fuego de veinticuatro maenchen y cuatro diethen, que contiene treinta y dos grados: ahora sí estará lista la piedra preciosa que funde, verde o color oro o amarillo o rojo. Por ello sea alabado Dios y su santo nombre, que es bendito sobre todos los nombres, por este su santo don.

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Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano.

de: Alchimia. I testi della tradizione occidentale. Arnoldo Mondadori Editore. Milán. 2006.

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NOTAS

[*] Este tratado de origen incierto es atribuido, junto con el Liber secretorum alchimiae, al primer alquimista árabe, el califa omeya Khãlid ibn Yazid ibn Mu’awiya, quien —como narra el prólogo del Testamento de Morieno— habría recibido de este último la enseñanza de la alquimia y, según al-Nadim, habría sido el primer autor de obras alquímicas en árabe, además de supervisar la traducción de escritos griegos sobre la transmutación. El elemento relevante en el Liber trium verborum, que fue de gran influencia en la tradición occidental postmedieval, es la unión entre alquimia y astrología, efectuada a través de la mediación de la embriología. El paralelo entre la creación de la piedra filosofal y el embarazo, puesto en conocimiento en el texto bizantino atribuido a Cleopatra y recuperado por Morieno, está aquí resumido por la descripción de la influencia de los planetas. Empero, al contrario de la relación lineal entre planetas y meses del embarazo aceptados por la medicina astrológica, la influencia planetaria sobre la alquimia es “explicada” mediante una enigmática fórmula numerológica, la cual parece ser la raíz de las “tres palabras” y que llevan a especulaciones simbólicas hasta la fecha no investigadas.

[1] La dinámica oculto/manifiesto aquí propuesta, según la cual los contrarios se encuentran en los contrarios y que una pequeña parte de calor y sequedad que está en el interior del frío y la humedad hace posible la conjunción entre las partes opuestas, es otra cosa gracias a las relaciones entre las cualidades ilustradas en el cuadro de los elementos, según los cuales las transformaciones de estos son posibles a partir de la pertenencia de una cualidad (calor, humedad, etc.), a dos elementos contiguos, como cualidad principal o propia de uno y como cualidad secundaria o perteneciente al otro (el fuego, caliente y seco, está contiguo a la tierra, seca y fría, pero también al aire, húmedo y caliente; mientras que el agua, fría y húmeda, está contigua al aire, húmedo y caliente, y a la tierra, seca y fría).

[2] En su significado más genérico el término se refiere a las cenizas, la sustancia quemada que no puede ya adherirse al fuego y con ella se preparaban las “tinturas” en la alquimia griega.

[3] Tanto los filósofos persas, como los “filósofos hindúes” que encontramos en el texto atribuido a Razi conocían de los motivos orientales añadidos sobre la alquimia que procedían de los textos griegos. Sobre la figura de Kalid, quien posteriormente se denominará Rachaidebi, cfr. Ruska, Arabische Alchemisten. I; Lory, Alchimie, pp. 12-16; Halleux, Les Textes, p. 65. Pero sobre el Liber trium verborum hay pocas noticias: Ruska, pp. 49-50 se limita a observar que el contenido del texto concierne a la posición de los planetas en el desarrollo de las operaciones alquímicas, mientras que Halleux simplemente señala la diferencia entre las dos ediciones, confiriendo mayor credibilidad a la que utilizó. A nuestro juicio no existen estudios sobre este texto, por lo que la unión entre las tradiciones astrológica y alquímica es un tema muy relevante y no menor, pese al antiguo paralelismo entre planetas y metales, ya que también —junto con el motivo de las “tres palabras” misteriosas— tendrá un amplio desarrollo a partir del tardo Medioevo con la unión entre la alquimia y la tradición oculta.

[4] Las aquí enumeradas son las cualidades del agua sulfúrea o divina.

[5] Se ha tocado ya el tema de la resurrección en el tratado de Cleopatra y en los Septem tractatus Hermetis: metáfora del proceso de fluidificación final de la sustancia perfeccionada, pero es también motivo de gran referencia en el contexto de la tradición religiosa tales como la islámica y la cristiana, orientadas por una concepción escatológica de la salvación, en donde el tema de la resurrección de los cuerpos es el elemento sobresaliente. cfr. también el Libro de la misericordia, cap. LXXI.

[6] Este enigma numerológico se relaciona con el paralelismo instituido mucho después entre la obra alquímica y la formación del feto.

[7] La influencia de los planetas en varios meses del embarazo es una de las partes especiales de la medicina astrológica árabe y este tema pasará a la medicina occidental, en textos como De secretis mulierum, atribuido a Alberto Magno: cfr. Ch. Burnett, “The planets and the development of the human embryo”, en The Human Embryo. Aristoteles and the Arabic and European Tradition, ed. G. R. Dunstan, University of Exeter Press, Exeter, 1990, pp. 95-112. Al mercurio como materia prima de la obra alquímica, sujeto a todas las transformaciones posibles, le corresponde el planeta Mercurio, que en la tradición astrológica de matriz islámica es considerado capaz de influir sobre las cuatro cualidades elementales, mientras que cada uno de los otros planetas se combina con un elemento.

[8] La virtud de unir, que en la dinámica elemental natural pertenece al frío auxiliado por lo húmedo, es posible artificialmente por el calor, que en la naturaleza es una fuerza que separa, ayudado por la sequedad. Esto ha sido también analizado por Freudenthal: The Problem of Cohesion.

[9] Alchimia, como en el Testamento de Morieno y en otros textos traducidos del árabe, indica el producto de la obra, además del arte.

[10] La comparación entre el producto de la obra alquímica y Adán nos lleva hasta Zózimo y será luego retomado en el siglo XIII por Roger Bacon, quien subraya el equilibrio elemental del cuerpo y la longevidad del protoplasto: en ambos casos falta la peculiar conexión de naturaleza astrológica.

[11] “Exaltación” es un término técnico de la astrología que indica la relación entre un signo y un planeta y entre los cuales hay una afinidad completa (por ejemplo Cáncer y la Luna): cuando el planeta se encuentra en tal signo su capacidad de irradiar su propia influencia es máxima.

[12] El vínculo entre obra alquímica y astrología está presente tanto en la cultura islámica como en la latina.

[13] La escala de medida de estos grados nos es desconocida. A ello se añade la formulación oscura de la última parte del capítulo, que parece aludir a algo como un dispositivo gráfico relativo a la gradación del calor, y también a dispositivos (tablas) análogas a las utilizadas por astrónomos y La parte final del presente capítulo podría provenir de los astrólogos. Recordamos que del Liber trium verborum no se conoce el original, que se supone que es árabe (entre los diversos autores denominados Kalid hay alguno considerado de origen árabe: cfr. Ferguson, Bibliotheca Chemica, I, pp. 448-50, que se confiere a este autor el nombre de Rachaidebi). La unión entre numerología y ciencia alquímica ha sido ampliamente estudiada en relación a los escritos de corpus giabiriano, pero sin alusiones al texto que aquí nos interesa, por Paul Krauss, Pierre Lory y Syed N. Haq.

[14] El término, que parece tener relación con el “tesoro” de la última parte del capítulo, probablemente indica al recipiente en el que se pone el “mercurio”, materia de la obra alquímica, que es sometido después a un fuego incrementado de modo progresivo según sus proporciones y que, en la formulación que tenemos, resultan incomprensibles.

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Bestimenta. Óscar Pirot

oscarpirot

(México, 1979)

 

CISNE

 

El cisne no llora en su muerte sino canta

el cisne no llora porque sabe que la muerte es un canto

una música en la que el silencio

juega un solo que dura toda la vida.

 

 

 

FUGA

 

Una libélula

enquistada en el tiempo

rompe a volar.

 

 

 

CONTAGIO

 

Un grano de arena contiene todo el desierto

por eso la cigarra le canta al oído

 

para que todos

y nadie

la escuchen.

 

 

 

UNICORNIO

 

De mi pecho salió de pronto un unicornio blanco

que al desgarrar mi tórax

corrió velozmente derramando el paisaje

que en mí dormía

 

no soy

sino una huella más

en su camino.

 

 

 

 

CARRERA

 

El caballo y el jinete

desaparecen de sí mismos

y reaparecen de nuevo

en un único animal:

 

el viento.

 

 

 

NODRIZA MARSUPIAL

 

Desgarro suavemente el marsupio del silencio

 

me hago con todas sus crías

y dejo que maduren en mí

 

cuando ya han bebido de mis ubres

(ya limpias de cualquier murmullo)

corro y las devuelvo a su antigua madre

que

–como un gesto de invaluable gratitud –

me adopta y entonces

me quedo a vivir con ellas.

 

 

 

PECES

 

Y es que los peces duermen con los ojos abiertos porque no tienen párpados

sueñan hacia fuera para que su corta memoria onírica

sirva como red a cualquier atisbo de realidad mientras roncan

 

o quizá viven siempre en una penumbra intelectual

en una duda que les impide discernir lo real de lo soñado

 

siguen el mismo comportamiento que las palabras

nunca cierran los ojos ni siquiera cuando sueñan

por eso podemos verlas

porque nos miran

porque nunca dejan de hacerlo

ni siquiera cuando naufragan

y dejan de decirnos

 

la palabra es un ojo sin párpados

 

su sueño es la escritura

su realidad el silencio.

 

 

 

PULPO

 

Para ahuyentar a mi depredador

arrojo este charco de tinta

 

y entonces fosforezco en su mirada

 

me vuelvo visible en lo invisible.

 

 

 

INFANCIA CON PATOS

 

 

*Cito: los patos trazan ondas que intervienen la caligrafía del río, se dijeran barquitos emplumados comiéndose el pan que les arrojo junto a mi padre desde una lancha en la que vamos como lámparas sin rumbo, se dijeran velas a flote en carne vítrea, se dijeran pliegues desde oscura transparencia, hálitos, presencias casi, ánimas dentro de la sangre, se dijeran visiones gemelas a su silencio. – fin de la cita.

 

 

 

© Óscar Pirot, de los poemas

Osvaldo Lamborghini. La Divertidísima Canción del Diantre (anexos)

lamborghini

(Buenos Aires, 1940 – Barcelona 1985)

 

1

El cuerpo tiene un órgano metafórico,

es el lugar de todas las transmutaciones,

es el lugar poético por excelencia, el ano,

en el sentido que es el lugar

donde el niño y la niña

se encuentran todavía, subrayando todavía,

sin el corte, sin la diferencia de sexos.

El lugar metafórico, el ano,

mierda, niño, regalo, pene,

todo ahí es intercambio.

Incluso una gran mujer,

mujer de Nietzsche,

mujer de Rilke,

casi mujer de Freud:

Lou Andreas Salomé,

habló de la vagina como

eternamente

arrendada al ano.

 

 

 

2

¿De qué color, coliflor, amada mía,

será tu corazón?

Verde, o seguramente lila.

Selecta caña,

si la vista no me regaña.

Tu excremento es un puro viaje

femenino.

Niño, el excremento femenino,

la raya continúa y abarca,

el buque parte

hacia una una

primavera entrada en años.

 

Te escribo desde el descrédito.

Yo no hice una obra, hice

una experiencia, experience.

Al margen, yo te amo como se ama

al rumor heteróclito,

el clítoris todavía todavía

de la página aún no escrita,

manejo de los sinónimos.

¡Lo que es la lengua castellana!

Afirmación que hay, débese, entender

en estos términos:

Lo que es: la lengua castellana.

Y no mi pésima

bragueta.

Nocturno, nocturno, nocturno.

 

La política llegó, llegó a los ánimos

y entramos como yegua sudada.

Hay que ver lo que son estos campos,

hay que ver el trébol partido

y el municipio de un otario.

Hay que ver la luna, el sol, la aguada

allí donde beben los caballos

bien pero bien de mañana,

y esto ya lo dije en otro lado.

 

Si pudieras, che, estar conmigo,

si yo pudiera acariciarte el pelo

con la dolorosa trenza del m’hijita,

si pudiera mirar tu mano, decirme:

en otro momento besaré su mano.

Pero solo me importan los ángeles

y los dialectos del paraíso.

 

 

 

3

La Divertidísima Canción del Diantre,

pertenece a una modernidad alterna

—no, nada de alternativa—, y es una historia.

Si yo supiera pensar —no, nada de escribir—

archivarla en mi memoria

la instancia de su modulación, alterna,

comprendida en una balanza donde el peso

de la vanguardia:

dos puntos más dos puntos

igual no igual es nulo.

Tranquilamente mis errores planean en un plan

bajo, lo siento, de pasar al guion

—ya ocurrió: ese coronel cinematógrafo,

el cine y su Instituto Nacional hasta las heces

de los cuerpos de un batallón de granaderos

enterrados en los hielos —eternos—

desde la Campaña de los Andes.

 

Éste es el peso nulo de mi haber:

igual, no igual.

Enseñar, en Vermont,

inconsciente y barroco, ¿mejor?

¡Oh, Jerry!

(Ha introducido

en mi parturienta cama

su pelambre, entre mis piernas entalcadas,

donde yo escribo, y lame, y lame.)

La Argentina es azul, Pringles, y cuando ríe

Jerry acaba, eyacula, Frank Brown. ¿Y?

Mis imágenes, diantre

vuelven a estabilizarse en el cine picante

de una conciencia culpable.

Igual, no igual.

A ver si vamos a creer, a ver,

que hemos progresado tanto como para no tener

una conciencia culpable.

¡Oh, Jerry!

 

 

 

 

© Herederos de Osvaldo Lamborghini.

de: Poemas 1969-1985. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2015