Antonio Gálvez Ronceros. Ñito

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(Chincha Alta [Perú], 1932)

Un negrito de seis años a quien sus padres llamaban Ñito paseaba la tarde de un domingo por la plaza del poblado en compañía de su padre, que lo llevaba de la mano. De pronto a Ñito le pareció que se desataban truenos en la plaza. Miró hacia el lugar de donde parecían provenir los truenos y se dio cuenta de que eran gritos: en el espacio circular del centro de la plaza un negro corpulento le estaba gritando en la cara a un negro de cuerpo menudo. Por encima de los árboles más lejanos del inmenso campo que rodeaba el pequeño poblado, bandadas de pájaros se elevaban en alboroto y quebraban de continuo el rumbo como si no encontraran por dónde escapar.

Ñito tiró de la mano del padre para volver hacia atrás, pero este lo contuvo apretándole la suya.

—¿Qué te pasa, Ñito?— le dijo muy extrañado.

Señalando con espanto el centro de la plaza, Ñito exclamó:

—¡Ese hombe gandazo va a matá a ese hombe chiquito!

—No, Ñito —dijo el padre—, no lo va a matá.

—¡Sí lo va a matá! ¡Horita mimo lo va a matá! —Y Ñito se resistía a seguir avanzando.

—Cálmate, muchacho, cálmate. Te digo que no lo va a matá.

—¡Sí lo va a matá! ¡El hombe gandazo le ta guitando pa matalo! ¡Vámono pa la casa, tata, que yo no quiedo ve matá a una gente!

—Pero si naa va a pasá, Ñito.

Entretanto, el negro de cuerpo menudo permanecía sin inmutarse frente al otro, como si fuera sordo, y las demás personas que se hallaban en la plaza —tanto las que discurrían por la vereda que circundaba la plaza como las que lo hacían por las veredas que entre jardines marchitos convergían en el espacio circular del centro— no daban muestra de que la espantosa voz llamara su atención, como si tuvieran un tapón en los oídos.

—Vámono pa la casa, tata —rogaba Ñito, a punto de llorar.

—Te digo que naa va a pasá, muchacho.

De pronto el negro corpulento comenzó a carcajear. Eran carcajadas increíblemente poderosas, como escalonados estampidos, que retumbaban en la plaza y estremecían las casas alineadas en los cuatro lados. El de cuerpo menudo también había comenzado a reír y, a pesar de que la risa del otro impedía oír la suya, se sabía que estaba riendo por la mueca con que exhibía los dientes. Los perros que husmeaban por la plaza dieron un brinco como si hubieran pisado ascuas, retrocedieron un breve trecho y, con los pelos del lomo erizados, se desataron en ladridos. Luego, como ante un peligro cuya naturaleza no lograran entender, dejaron de ladrar y huyeron a la carrera, gimiendo como si los persiguieran a pedradas. Pero la gente de la plaza continuaba paseando indiferente.

—¡Horita ya lo mata, tata! —gritó Ñito.

—¿Mata? —dijo el padre— Pero si se tan riendo.

—Se tan riyendo poque al hombe gandazo seguro que le guta matá, y al hombe chiquito seguro que le guta que lo maten.

—No, no. No e así, Ñito. A naide le guta que lo maten.

—No, tata, el hombe chiquito ta contento poque sabe que ya va a morí. Fíjate cómo se riye.

La plaza dejó de retumbar y las casas de estremecerse: el negro corpulento había dejado de reír. El otro dejó de hacerlo unos segundos después. Ñito y su padre vieron entonces que los dos hombres, abrazados, se alejaron del centro, atravesaron la vereda circundante y luego la polvorienta calzada y entraron en una tienda de bebidas y comestibles de un lado de la plaza.

—¿Vite, Ñito, cómo no lo mató?

—E que seguro quial hombe gandazo no le guta matá gente al aire sino dento diuna casa. Y al hombe chiquito seguro que tampoco le guta que lo maten al aire sino metío en una casa. Po eso sian abrazao y han entrao ahi —Y mirando con insistencia hacia la tienda, los labios pálidos y temblorosos, rogó: —Vámono ya, tata, que horita nomá va a salí desa casa un hombe meto.

—¿Qué tas diciendo, muchacho? No, Ñito. Tú tuavía ere muy chiquito y no compriendes mucha cosas ni conoces a la gente que vive acá ni a toa la que vive en el campo. Ese hombe gandazo e don Filemón Lirio, el único que tiene su casa al oto lao: dede ariba viene bajando al lao del río una culeirba e cerros que son purita roca. Y entre lo cerros y esa oría baja tamién una lonja e tierra llena e pieras. Con mucho taibajo don Filemón Lirio ha limpiao una partecita desa lonja y ahi siembra. Y a un laíto ha hecho su casa y ahi vive solo poque e un hombe solo. Y cuando alguien quiede hablá algún asunto con él, tiene quiacelo dede la oría dete lao poque nue faci cruzá el agua del río. Y puel mimo motivo don Filemón Lirio contesta dede la oría del oto lao. Y po la ditancia y puel ruido delagua, la convesación tiene quiacese guitando. Y en el verano comuel ruido se vuerve loco po la cargazón diagua, se tiene que guitá como siel gañote quisieda salise del pecuezo. Nuay día que a don FIlemón Lirio le fartre con quién ponese a guitá de oría a oría. Y ete modo diablá ya se le quedó prendío en el gañote. Po eso, aunque no se encuente en su oría, ya no puee hablá diotro modo. En cualquié lugá onde eté convesando, don Filemón Lirio habla con vo de trueno como sietuviera en la oría del oto lao del río. Se le nota, sobe too, los domingos cuando viene al pueblo y se pone a convesá en la plaza con alguno e sus amigos. Ya too saben quiasí habla, hata lo muchachos con do o tre añitos má que tú. Po eso ya no llama la atención. Pero tú no lo sabías poque e la pirmera ve que te taigo a pasiá en la plaza, y a mí no se me ocurió quial oílo hablá podías pensá lo que pensate… que le guitaba al oto poque luiba a matá. Don Filemón Lirio solo taba convesando. Y si depué rieron ha sido pualgo gracioso quél debe de habé dicho. Y sian abrazao poque son amigos que deben de habé etao muy contentos. Y de contentos han entrao a esa pulpería a remojá el gargüero con uno vasos de vino. Así, pue, que diay no va a salí ningún hombe mueto. lo que va a salí van a sé do hombes posirbemente mariados… Po esa bullaza que le sale del gañote, a don FIlemón Lirio lian pueto un sobenombe: Vo de Buro. Perfiero que lo sepas po mí y no pualgún muchacho, que entre muchachos nace la tentación malcriá de queré guitá el sobenombe a su dueño. Que no setiocura, pue, Ñito, decile algún día Vo de Buro, poque entonce iría a nuetra casa a dame la queja y yo no quiedo enemitame con naide po malcriadece de hijos.

Ñito se había calmado.

Dieron todavía una vuelta alrededor de la plaza y en seguida atravesaron la polvorienta calzada y salieron del ámbito de la plaza por una estrecha calle que iba directamente a las afueras. La calle, como las demás, era un terral con modestas casas de fachadas arruinadas por el polvo, y pronto la dejaron atrás y con ello el pequeño poblado y entraron en un ancho camino orillado de árboles frondosos que se internaba en línea recta en el campo. Por su trazo recto el camino ofrecía a la vista toda su profundidad: tenía apariencia de interminable, pues en su lejanía era solo un puntito que parecía estar en el otro lado del mundo. Iban de regreso a casa.

La marcha por aquel camino no tenía cuándo acabar, pero se hacía menos fatigosa gracias a la sombra que brindaban con generosidad las dos hileras de árboles y gracias también a la hojarasca que impedía que la arenisca del suelo retuviera las pisadas. Ñito y su padre se desviaron por un angosto sendero cercado de arbustos, y el ancho y recto camino siguió adelante, quién sabe hasta dónde.

Desde que habían salido de la plaza caminaban en silencio. Al fin uno de ellos habló. Fue Ñito:

—Tata…

—¿Sí?

—¿Si yo le guitara Vo de Buro a don Filemón Lirio…

—¡Cómo, Ñito! —lo interrumpió el padre, sorprendido—. ¿Acaso no entendite lo que te dije?

—Sí, tata, sí entendí.

—¿Y entonce po qué se lo vas a guitá?

—No se lo vua guitá, sino que yo quiedo sabé.

—Sabé qué.

Hablaban sin detener el paso.

—Si yo le guitara Vo de Buro —dijo Ñito— y él juera a nuetra casa a darte la queja, ¿su vo tumbaría la casa?

—No —dijo el padre. Pero luego, dudando de que Ñito hubiera quedado convencido del motivo por el que no debía gritarle a don Filemón Lirio su sobrenombre, creyó que esta era la oportunidad de ser más persuasivo—. Güeno… —agregó— Creo que sí… Sí, su vo tumbaría la casa.

De nuevo el silencio.

Tras largo trecho, Ñito volvió a hablar:

—Tata…

—¿Sí?

—Yo no quiseda viví nunca al oto lao de riyo.

—No te peorcupes que no vivirás allá.

—Poque si yo vivo allá, cuando seya gande se cayerá esa casa po cuadquié cosa que yo diga.

—No te peorcupes que no vivirás allá.

—Poque yo no quiedo que cuando seya gande y un domingo me ponga a convesá en la plaza, se asuten lo niños y se epanten lo perros.

—No te peorcupes, Ñito, que no vivirás allá.

—¿Entonce, tata, nunca iremo a viví al oto lao del riyo?

—Así e, Ñito. Siempe seguidemo viviendo en la casa que ahoda ocupamo.

—¿Y entonce cuando yo seya gande seguidé con mi vo chiquita y degadita?

—Sí, clado que sí. Seguidás con tu vo chiquita y degadita.

—¡Ta güeno, tata! —dijo Ñito, feliz.

Ya estaban llegando a casa y el perro que criaban les salió al encuentro, agitando la cola y haciendo piruetas. Era un perro de tamaño mediano. Mientras el padre entraba en la casa, Ñito se agachó, abrazó al animal y se sintió inundado de dicha con el contacto de ese cuerpo tibio y palpitante. Luego le cogió las patas delanteras y se irguió. El perro quedó sobre las patas traseras, con la cabeza a la altura de la de Ñito.

—Yando —le habló, mirándolo a los ojos—, tú no te epanta de mí poque mi vo e chiquita y degadita, ¿verdá? —El perro, moviendo de modo persistente el cuerpo y la cola, le lamía las manos y a veces la cara. Ñito, de lo dichoso que se sentía, decidió hacer de la voz de don Filemón Lirio un juego divertido mediante un remedo de esa voz. Sabía que nadie podía alcanzar su potencia terrible. Por eso se propuso no gritar: simplemente, decir algo engrosando la voz. Entonces, entrando en simulación, arrugó el ceño, puso en el perro una mirada torva y agregó: —Pero si mi vo juera como la del hombe del oto lao del riyo… —La voz le brotó tan disonante que nadie hubiera podido reconocer en ella su habitual voz infantil. Al instante el perró alzó las orejas, fijó una mirada de perplejidad en los ojos de Ñito e inmovilizó el cuerpo, como si tuviera la certeza de que en lugar de Ñito hubiera un extraño. Luego pareció dudar porque, inclinando repetidas veces a uno y otro lado la cabeza, le fue recorriendo con la mirada diversas zonas del rostro, y acabó por volver a fijar la mirada en los ojos de Ñito y quedarse enteramente quieto. Pero ahora la mirada no era de perplejidad: en su lugar se había clavado el temor, como si luego de examinarle el rostro hubiera llegado a la conclusión de quien estaba frente a él era un Ñito diferente, un Ñito que él nunca había conocido: un Ñito malvado. Y como si el instinto le advirtiera que se hallaba ante un peligro cuya causa fuera para él inexplicable, dio un tirón para desprenderse de las manos que lo sujetaban. No lo logró. En seguida hizo un brusco y desesperado movimiento hacia atrás con todo el cuerpo. Tampoco pudo desasirse. Entonces apartó la cabeza a un lado, como si no pudiera soportar la mirada que tenía encima y emitió un gemido lastimero. Ñito, que acabó por advertir el injusto sufrimiento que su inocente broma había inflingido a ese pobre animal que tanto quería, sintió una pena tan grande que, abatido por el remordimiento, se apresuró a decirle: —Mentira, Yando. Mentira, mentira, Yandito. Esa vo era de a mentira. No te asutes, Yandito —Al oír de nuevo la voz que conocía y amaba, el perro se reanimó y pronto comenzó a agitar el cuerpo y a mover la cola. Entonces Ñito, que aún lo tenía asido de las patas delanteras, hizo que estas reposaran sobre sus hombros y en seguida estrechó al animal entre sus brazos, al punto que le decía: —No tengas ñiedo, Yandito, que mi vo siempe será chiquita y degadita poque nunca iré a viví al oto lao del riyo.

 

 

 

© Antonio Gálvez Ronceros, del texto.

de: Monólogo desde las tinieblas. Peisa. Lima. 2009.

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Cristóbal de Mitilene. Al monje Andrea

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[poema 114]

Muchos dicen —pero si son verdaderas sus palabras

no lo sé—, dicen y me convencen

que tú te alegras mucho, ¡oh, monje y padre!

si alguien te ofrece reliquias sagradas

de hombres que se han martirizado o de respetuosos mártires;

y tienes muchos estuches para mostrar

a tus amigos abiréndolas:

diez manos del mártir Procopio,

quince mandíbulas de Teodoro,

hasta ocho piernas de Néstor,

cuatro cabezas a la vez de Giorgio

y cinco senos de la incomparable Bárbara.

Y ahora tienes los huesos de doce brazos

del victorioso mártir Demetrio,

y también las canillas de veinte piernas en total

de Pantaleemón —¡qué cantidad de verdad!

Insistes en que aceptas todo eso por tu fe,

sin dudar ni demostrar falta alguna de confianza,

sino, al contrario, demuestras mucho respeto a las cajas

y las veneras como si fueran de (verdaderos) mártires de Jesucristo.

¡Ah de ti y tu ferviente fe, Andrea!

¡Esa fe te hace creer que los campeones de Cristo son como las serpientes de Hidra

y los mártires como las perras cazadoras,

porque los primeros parecen poseer miles de cabezas

y las segundas muchísimos senos como las perras!

Por causa de tu fe el mártir Néstor

se transformó en pez, en forma de pulpo.

Y tu fe muestra a Procopio de Briaris

con tantas manos como cabellos en la cabeza.

Tú, con lo tímido que eres, dices que posees

sesenta dientes de la gran mártir Tecla —¡qué engaño!—

y canas del majestuoso Pródromo.

Incluso, presumes ante todo el mundo que has comprado

hasta las barbas de los niños asesinados

en Belén, antes ciudad de Judea.

Dices que los fieles respetan todas esas reliquias como si fueran ley.

¡Ay fe, fe ferviente,

tú que no niegas las leyes ancestrales,

imitando el fervor de los Macabeos!

¡Ay, fe que no tienes ningún defecto

y tú sola puedes cambiar las leyes y la naturaleza,

ahora a la mujer vieja la representas

con sesenta dientes

y el cabello de un joven lo transformas en blanco

y pones a los niños espaldas velludas!

Y todo eso lo aceptas como si fuera verdad

y repartes dinero con placer.

Por supuesto, nunca te faltará la enorme cantidad de reliquias.

Porque existirá el comercio de reliquias

hasta que suene la última trompeta (del Juicio),

que las unirá a todas recogiéndolas de modo

que se queden intocables de otras sustancias,

reuniendo todo lo que antes se había separado,

combinando las piezas anteriormente dispersas,

dándoles toda la vida que han perdido

y llamando a todos hacia el altar,

aquel altar asombroso y terrible,

donde tú, por tu actitud poco divina,

recibirás el castigo que te corresponde

por haber hecho pasar, con tan poca prudencia,

los huesos de los profanos como huesos de santo,

comprándolos y guardándolos en una tinaja.

¿Qué más da si tú gastas tanto oro?

Puedes conseguirlos gratis

recorriendo las tumbas de la ciudad.

Pero si dices que no obtienes ganancia alguna,

recibirás huesos de tumbas gratis

y vete a comprarlas, vete con alegría.

Es más fácil arrojar todo tu dinero

a que los vendedores de muertos vacíen las tumbas.

¡Pues yo teniendo conocimiento de todo eso me pregunto

cómo puedes creer a los vendedores de huesos

y, encima, aceptar a todos estos

con el máximo placer!

Además, me he informado a través de un amigo tuyo

que un estafador, conocedor de la fiebre de tu fe,

cogió el hueso femoral de una oveja,

le puso tinta de azafrán,

incienso para el olor y lo envolvió

y llegando a ti directamente te lo ofreció diciendo:

“Existe este hueso del mártir Probo”,

pero aquel fue más bien de oveja y no de Probo.

“A ti te lo dejo en dieciséis monedas de oro”.

Padre, creíste que ibas a recibir una cosa divina

y lo hiciste por tu fe.

Ya es grande fe la tuya y, por supuesto,

podría mover el mundo.

Porque, como dice un dicho,

cuando hay una semilla de fe verdadera,

aunque sea pequeña como un grano de mostaza, Jesucristo

puede trasladar montañas con mayor facilidad.

Sin embargo, ya que sé que eres fiel hasta el extremo,

aceptando sin dudar ni vacilar

las ofertas de reliquias,

te ofreceré gratis una cosa rara,

el dedo pulgar de Enoj —el tres veces afortunado—,

y el glúteo del mismo Elías Tesbita,

que subió vivo con su carro al cielo.

¿Quieres que te proporcione, junto a estas reliquias,

el dedo del Arcángel Miguel?

Lo haré. Te lo ofreceré, ya que lo tengo de Conón.

Solamente, no creas que son las que te digo

que son cuando te las doy.

Junto a estas te daré, padre, una pequeña parte de las alas

de Gabriel, el de la mente más aguda.

Porque antes de bajar a la ciudad de Nazaret,

volaba en el cielo y se le cayeron algunas plumas.

De allí, pues, vienen esas plumas.

¡Todo eso poseo y te lo ofrezco,

amigo admirador de las reliquias!

Pero no te escatimaré las mejores reliquias

porque te veo tan creyente,

a ti, el más dulce de entre los monjes, Andrea.

Incluso, te daré con mucho placer las siguientes:

las niñas de tres ojos de un Querubín

y una mano con una ardiente espada,

que después de encenderla en medio de las reliquias

no hará falta ni un candil.

Porque, como cualquier llama, puede reflejar luz

y vencer toda luz de las estrellas brillantes.

Aquella, pues, la llama, te servirá como candil

y como la mejor reliquia de todas.

Y todas esas cosas, junto al resto

de las numerosas reliquias, vas a quemarlas gratis y sin esfuerzo,

y a mí me considerarás parte de tus amigos

y me llamarás benefactor para siempre.

En mi opinión, así son las cosas y así deben ser.

El que firma todo esto, yo, el secretario del rey,

Cristóbal, se despide de ti,

a quien has conocido al costado de las viviendas de Protasio,

quiero decir, al lado del cuartel, padre,

y deseo mantenerte como conocido y amigo

para reírme cada día

por haber encontrado en ti un gran remedio contra la tristeza.

 

 

© María Koutentaki, de la versión al castellano

de: Cristóbal de Mitilene (s. XI) y la poesía satírica en la época bizantina. Facultad de Ciencias y Letras Humanas UNMSM. Lima. 2009.

Denise Levertov. Las noticias y la luna verde. Julio de 1994

Denise-Levertov

(Ilford, 1923 – Seattle, 1997)

 

La luna verde, casi llena.

Los telescopios gigantescos escudriñan catástrofes:

fragmentos de cometa chocan contra Júpiter, abren

cráteres que los astrónomos, llenos de júbilo, declaran mayores

que la Tierra (o corrimientos profundos, según otros —túneles, si quieres—

en la gaseosa insubstancialidad de ese planeta).

 

Imagínatelo. Imagina las noticias. La radio

apenas dispone de una hora para darlas. Coopera.

Dos tercios de lo que queda de la masacre de Ruanda

vagan por campos sin comida ni agua,

o ni vagan, porque se están muriendo

 

o ya han muerto. La luna verde, pero quizás

cuando salga mañana en Ruanda o en Zaire parecerá

blanca, amarilla, de serena plata. Aquí, en el gris húmedo

del ocaso canicular, es verde lima. Hace veinticinco años

figuras absurdas, logotipos de Michelín, daban botes en la luna, en blanco.

 

Boletín de radio desde Haití: los vudúes

se frotan frenéticamente bajo una cascada,

con gritos y lamentos —se puede oír el agua detrás—.

Un ritual de purificación. No en respuesta a los sucesos astronómicos,

sino a la miseria. Los nombres cambian, no se habla de los Tonton Macute

 

ya, pero los tentáculos de la miseria no se relajan. Los bebés ahora

(el micrófono cambia de sitio), más lamentos, sin gritos, un hospital,

madres y monjas cantan himnos; no queda mucha comida que repartir.

Cuerpos jóvenes, las manos atadas atrás, vertidos por las calles

de Puerto Príncipe. (En ríos y lagos

 

de África también se han vertido, y no hace mucho en El Salvador

—un tema habitual en las noticias). Salen (otra vez) embarcaciones abarrotadas,

se hunden o rechazan. Podría ocurrir, dice un científico

(el programa vuelve a Júpiter), que un cometa desconocido se dirigiera

en cualquier momento a la Tierra. No podríamos detenerlo. Mientras,

 

un astronauta ya mayor lamenta que no estemos enviando hombres a Marte;

ese es el progreso, dice; un hombre educado que piensa que se

ha gastado demasiado en bienestar, todo su celo puesto en dejar

atrás este despreciado planeta, y no un árbol ni un terreno

ni lo que él entiende por hogar, sea lo que sea, ni el pasado de la humanidad

 

ni mucho menos montañas o pozos sagrados, ni ámbitos no tecnológicos

del conocimiento. Y mientras tanto leo a Leonardo Sciacia,

con sus análisis refinados, irónicos y furibundos; el microcosmos de Sicilia,

un espejo de los andares corruptos de ese mundo. Siento el peso

de la abulia moral; aquellas ganas de cambio de antaño que me empujaban a la acción

 

en las que poder reflejarse (como la luna encuentra espejos en mares o charcos)

mete la cabeza en superficies que no devuelven imagen alguna. Una mota

por metro cuadrado, polvo estelar, continua, como si saliera de un bote inacabable

de polvos de talco, cae lentamente sin ser vista, e incrementa siglo tras siglo

la carga de la Tierra. Cubierta por ese polvo invisible oteo el cielo para ver

 

la bruma de verde resplandor que la luna irradia esta noche, un súbito

suspiro de tiempo. No hay lunamancia que me descifre su significado, si lo tiene.

Es bella, un berilo, un disco de suave jade que se funde

en su propia luz. Tan silenciosa.

Casi se oyen los gritos de dolor de la Tierra.

 

 

© herederos de Denise Levertov

© José Manuel Rodríguez Herrera, de la versión al castellano

de: Arenas del Pozo. La poesía, señor Hidalgo. Barcelona. 2007

André Breton. El amor loco

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(Tinchebray, 1896 – París, 1966)

 

Querida Écusette de Noireuill:

 

En la bella primavera de 1952 cumplirás dieciséis años y quizás te sientas tentada de ojear este libro de cuyo título quiero pensar que, eufónicamente, te será traído por el viento que inclina los espinos blancos… Todos los sueños, todas las esperanzas, todas las ilusiones danzarán, espero, noche y día a la luz de tus bucles y sin duda ya no estaré allí, yo que quisiera estar ahí solo para verte. Los jinetes misteriosos y espléndidos pasarán veloces, en el crepúsculo, a lo largo de los cambiantes arroyos. Bajo los ligeros velos verdes del agua, con paso sonámbulo una muchacha se deslizará bajo altas bóvedas donde parpadeará una sola lámpara votiva. Pero los espíritus de los juncos, pero los gatos minúsculos que simulan dormir en los anillos, pero el elegante revólver-juguete perforado por la palabra “Baile” te impedirán tomar estas escenas trágicamente. Sea cual fuere la parte nunca lo bastante bella, o cualquier otra, que te sea dada —no puedo saberlo—, te complacerá vivir y esperarlo todo del amor. Suceda lo que suceda hasta que puedas conocer esta carta —el futuro parece imprevisible—, déjame pensar que entonces estarás dispuesta a encarnar este poder eterno de la mujer, el único ante el cual me he inclinado. Tanto si acabas de cerrar un pupitre sobre un mundo azul cuervo de fantasía o de perfilarte, a excepción de un ramillete en tu blusa, como una silueta solar en el muro de una fábrica —estoy lejos de conocer tu porvenir—, déjame creer que estas palabras, “el amor loco“, tendrán algún día relación solo con tu vértigo.

No mantendrán su promesa ya que no hacen sino aclararte el misterio de tu nacimiento. Durante mucho tiempo pensé que la peor de las locuras era dar vida. En cualquier caso, estaba resentido contra los que me la habían dado. Es posible que me detestes ciertos días. Por eso mismo he elegido contemplarte a los dieciséis años, porque entonces ya no podrás detestarme. Qué digo contemplarte, de ningún modo, solo de tratar de ver por tus ojos, de contemplarme en tus ojos.

Mi pequeña niña de solo ocho meses, siempre sonriente, hecha a la vez como el coral y la perla, has de saber que todo azar fue rigurosamente excluido de tu llegada, que esta se produjo justo cuando había de producirse, ni antes ni después, y que ninguna sombra te aguardaba sobre tu cuna de mimbre. Incluso la gran miseria que era y sigue siendo la mía por algunos días me daba tregua. Por otra parte, yo no estaba predispuesto contra ella: aceptaba tener que pagar la ración de mi no esclavitud a la vida, de pagar el derecho que yo mismo me había otorgado de una vez por todas de no expresar otras ideas que las mías. No estábamos tan… Ella pasaba a lo lejos, muy embellecida, casi justificada, un poco como sumida en lo que un pintor que fue tu primer amigo denominó la época azul. Aparecía como la consecuencia casi inevitable de mi rechazo a pasar por donde todos o casi todos los demás pasaban, fuese en un campo o en otro. Piensa que esta miseria, hayas tenido o no el tiempo de calibrar su horror, solo era el reverso de la milagrosa medalla de tu existencia: sin ella habría sido menos fulgurante la Noche del Girasol.

Menos fulgurante porque entonces el amor no hubiera tenido que desafiar todo lo que desafió, porque para triunfar no habría tenido que contar para todo y en todo consigo mismo. Quizá fue una terrible imprudencia pero fue justamente esta imprudencia la más bella joya del cofre. Por encima de esta imprudencia no quedaba sino cometer otra mayor: la de engendrarte, imprudencia de la cual eres el aliento perfumado. Fue necesario que al menos de una a la otra se tendiera una cuerda mágica, tendida para romperse sobre el precipicio, para que la belleza te escogiera como una imposible flor aérea, ayudándose solo del balancín. Que al menos un día te complazcas en pensar que eres esta flor, que naciste sin ningún contacto con el suelo, desgraciadamente no estéril, de lo que se ha convenido en llamar “los intereses humanos”. Surgiste del único centelleo de lo que fue, bastante tarde para mí, el descenlace de la poesía a la que yo me había entregado en mi juventud, de la poesía a la que he continuado sirviendo, despreciando todo lo que no sea ella. Tú te encontraste allí como por encantamiento, y si alguna vez descubres una señal de tristeza en estas palabras que por primera vez te dirijo a ti sola, respóndete que ese encantamiento continúa y continuará en una unidad contigo misma, que es capaz de vencer en mí todos los desgarramientos del corazón. Siempre y mucho tiempo, las dos grandes palabras enemigas que se enfrentan desde los orígenes del amor, nunca han intercambiado tantos ciegos lances de espada como hoy por encima de mí, en un cielo enteramente como tus ojos en los que el blanco todavía permanece tan azul. De estas palabras, las que ostenta mis colores, incluso si su estrella decae en este momento, incluso si acaba por perder, es siempre. Siempre, como el juramento que exigen las muchachas. Siempre, como sobre la arena blanca del tiempo y por la gracia de ese instrumento que sirve para contarlo, pero solo hasta ahora te fascina y te da hambre, reducido a un chorreoncito de leche sin fin fluyendo de un seno de vidrio. Hacia todo y contra todo, habría yo mantenido que este siempre es la gran llave. Lo que he amado, lo haya retenido o no, lo amaré siempre. Como tú también estás llamada a sufrir, deseo al acabar este libro explicártelo. He hablado de un cierto “punto sublime” en la montaña. No fue nunca mi intención quedarme a vivir en ese punto. Además, habría dejado a partir de ese momento de ser sublime y yo habría cesado de ser un hombre. Ante la imposibilidad de poder razonablemente establecerme allí, tampoco me he alejado tanto como para perderlo de vista, como para no poderlo mostrar. Había elegido ser ese guía, me había obligado en consecuencia a no desmerecer del potencial que, en la dirección del amor eterno, me había hecho ver y concedido el privilegio más infrecuente de hacer ver. Nunca lo he desmerecido, yo no he cesado nunca de fundirme con la carne del ser que amo y con la nieve de las cimas al levantarse el sol. Del amor no he deseado sino conocer las horas del triunfo, cuyo collar cierro aquí sobre ti. Estoy seguro de que tú comprendes qué debilidad me ata a la perla negra, la última, qué suprema esperanza de conjuración he puesto en ella. No niego que el amor tenga disputas con la vida; afirmo que aquél debe vencer y por eso elevarse a una conciencia poética tal de sí mismo que todo lo que encuentre necesariamente hostil se funda en la hoguera de su propia gloria.

Al menos esa habrá sido permanentemente mi gran esperanza, a la cual no resta nada mi incapacidad, en ocasiones, para estar a su altura. Si alguna vez ha tenido que conciliarse con otra, me he asegurado de que esta no te afectase menos. Como he deseado que tu existencia conociera esta razón de ser que yo había demandado a lo que había sido para mí, con toda la fuerza del término, el amor —el nombre que yo te doy al comienzo de esta carta no da solo cuenta, en su forma anagramática, de tu aspecto actual ya que, mucho después de haberlo inventado para ti, caí en la cuenta de que las palabras que lo componen me habían servido para caracterizar incluso el aspecto que había tomado para mí el amor: el de la semejanza—, he querido aún que todo lo que yo esperaba del devenir humano, todo por lo que, según creo, vale la pena luchar para todos y no solo para uno, dejase de ser una manera formal de pensar, siendo la más noble, para confrontarse con esta realidad de ser viviente que eres tú. Quiero decir que he temido, en una época de mi vida, ser privado del contacto necesario, del contacto humano con lo que sería después de mí. Después de mí, esta idea continúa perdiéndose pero vuelve a encontrarse maravillosamente en un ademán que tú tienes como (y para mí sin como) todos los niños pequeños. Cuánto he admirado, desde el primer día, tu mano. Giraba, golpeando casi hasta la inanidad, en torno a todo lo que yo había intentado edificar intelectualmente. Esta mano es algo insensato, ¡pero cómo compadezco a los que no han tenido la ocasión de constelar con ella la más bella página de un libro! Indigencia, súbita, de la flor. Basta con mirar esta mano para pensar que el hombre vuelve irrisorio lo que cree saber. Todo lo que comprende de ella es que está hecha, en todos los sentidos, para lo mejor. Esta ciega aspiración a lo mejor bastaría para justificar el amor tal como yo lo concibo, el amor absoluto, como único principio de selección física y moral que pueda responder de la no vanidad del testimonio y del paso humanos.

Pensaba en esto, no sin vehemencia, en septiembre de 1936, solo contigo en mi famosa casa inhabitable de sal gema. Pensaba en esto en los intervalos de los periódicos que relataban más o menos hipócritamente los episodios de la guerra civil en España, de los periódicos tras los cuales tú creías que yo desaparecía para jugar contigo al escondite. Y era verdad también porque, en tales minutos, el inconsciente y el consciente, bajo tu forma y la mía, existían en plena dualidad tan cerca el uno del otro, manteniéndose en una ignorancia total el uno del otro y sin embargo comunicándose placenteramente por medio de un solo hilo todopoderoso tendido entre nosotros mediante el intercambio de miradas. Cierto, mi vida entonces pendía solo de un hilo. La tentación de ofrecérsela a los que, sin error posible y sin distinción de tendencias, deseaban, costara lo que costase, acabar con el viejo “orden” fundado en el culto de esa trinidad abyecta, la familia, la patria y la religión, era grande y sin embargo tú me retenías por ese hilo que es el de la felicidad, tal como se transparenta incluso en la trama de la desgracia. Amaba en ti a todos los niños de los milicianos de España, parecidos a los que había visto correr desnudos en los barrios de pimienta de Santa Cruz de Tenerife. ¡Que el sacrificio de tantas vidas humanas pueda un día hacer de ellos seres felices! Y sin embargo no hallaba valor para exponerte conmigo y contribuir a que esto fuese posible.

¡Ante todo que la idea de familia sea enterrada! Si he amado en ti la realización de la necesidad natural, es en la medida exacta en que tu persona se ha fundido con lo que era para mí la necesidad humana, la necesidad lógica, y en que la conciliación de estas dos necesidades me ha parecido siempre la única maravilla al alcance del hombre, la única oportunidad que tiene de escapar de vez en cuando de la maldad de su condición. Tú has pasado de no ser a ser en virtud de uno de estos acuerdos establecidos que son los únicos por los cuales me ha complacido tener una oreja. Tú has sido dada como posible, como cierta en el momento mismo en el cual, en el amor más seguro de sí, un hombre y una mujer te han deseado.

¡Alejarme de ti! Me importaba demasiado, por ejemplo, oírte un día responder con toda inocencia a las preguntas insidiosas que los mayores plantean a los niños: “¿En qué se piensa? ¿Con qué se sufre? ¿Cómo se ha sabido tu nombre? ¿Por el sol? ¿De dónde viene la noche?” ¡Como si ellos mismos pudieran contestarlas! Siendo para mí la criatura humana en su autenticidad perfecta, tú debías contra toda la verosimilitud enseñármelo…

 

Te deseo que seas locamente amada.

 

 

© herederos de André Breton

© Juan Malpartida, de la versión al castellano.

de: El amor loco. Alianza Editorial. Madrid. 2018

Luciano de Samósata. Elogio de la mosca

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(Samósata [Siria], 125 d. C. – 181 d. C.)

La mosca no es el más pequeño de los volátiles, al menos comparada con los mosquitos, los cínifes y otros seres aún más diminutos, sino que los aventaja en tamaño tanto como ella misma dista de la abeja. No está dotada de plumas como las aves[1], que tienen algunas de plumaje cubriendo su cuerpo y utilizan las más largas para volar, sino que, como los saltamontes, las cigarras y las abejas, tiene alas membranosas y más delicadas que estos, como el vestido indio es más sutil y delicado que el griego; y, asimismo, ofrece el colorido floral de los pavos reales, si la miramos fijamente cuando abre sus alas en vuelo hacia el sol.

Su vuelo no es, como en los murciélagos, un continuo remar; ni va, como en los saltamontes, acompañado de saltos; ni, como las avispas, con zumbido, sino que describe una curva perfecta hasta el punto del aire al que se dirige. Además tiene la cualidad de volar, no en silencio, sino con cántico nada desagradable, como cínifes y mosquitos, ni con el grave zumbido de las abejas, o el terrible y amenazador de las avispas; es mucho más melodiosa, como las flautas son más dulces que la trompeta y los címbalos.

En cuanto al resto de su cuerpo, la cabeza se une muy delicadamente al cuello y es muy flexible en sus movimientos, y no de una pieza como la de los saltamontes. Sus ojos son promientes y tienen mucho de cuerno. Su pecho es robusto y las patas parten de su propio entorno sin apretarse como en las avispas. Como en estas, su abdomen se halla reforzado, y se asemeja a una coraza dotada de bandas planas y escamas. No se defiende por la parte posterior, como la avispa y la abeja, sino con la boca y la trompa, que tiene de igual modo que los elefantes, con la que se alimenta, coge las cosas y se adhiere a ellas, semejante en su extremo a una ventosa. De ella sale un diente, con el que pica y chupa la sangre —aunque beba leche, también le gusta la sangre— sin gran dolor para sus víctimas. Aun cuando tiene seis patas anda solo con cuatro y usa las dos delanteras a guisa de manos. La puedes ver caminando sobre cuatro patas, llevando algo comestible en sus dos manos, de modo muy semejante a nuestra humana costumbre.

No nace ya así, sino que primero es una larva, surgida de los cadáveres de hombres o animales. Luego, poco a poco, desarrolla las patas, echa las alas y de gusano pasa a volátil, que cría y da a luz a un pequeño gusano, mosca más tarde. Vive en sociedad con los hombres, compartiendo sus alimentos y su mesa y toma de todo menos aceite, pues al probarlo le produce la muerte. Y, aunque es de corta existencia —su vida queda estrechamente limitada—, se complace especialmente en la luz y por ella se rige. De noche descansa y no vuela ni canta, sino que se oculta y permanece inmóvil.

Puedo hablar también de su inteligencia, nada pequeña, para escapar de su cazadora y enemiga, la araña. Si esta trama la emboscada, la acecha y cuando se ve frente a ella cambia su rumbo, para no caer en la red y dar en las telas del animal. De su valor y arrojo no debemos hablar nosotros, sino el poeta de más potente voz: Homero. Al tratar de ensalzar al mejor de los héroes[2], no compara su arrojo con el del león, el leopardo o el jabalí, sino con la audacia de la mosca y la intrepidez y persistencia de su ataque, y no le atribuye temeridad, sino audacia[3], pues incluso apartada —dice— no abandona, sino que está ansiosa por picar. Tanto ensalsa y aprecia a la mosca que no la menciona ocasionalmente una vez ni en escasos pasajes, sino con frecuencia: así su recuerdo adorna sus versos. Ora describe su vuelo en enjambre hacia la leche[4], ora —cuando Atenea aparta el dardo de Menelao, para que no dé en sus partes vitales y la compara con una madre que vela a su hijo dormido[5]— introduce de nuevo la mosca en la comparación. Además, las adornó con un bellísimo epíteto al calificarlas de “espesas” y llamar “naciones” a su enjambre[6].

Es tan fuerte que cuando pica atraviesa no solo la piel del hombre, sino la del buey y la del caballo, y hasta al elefante daña penetrándolo en sus arrugas y lacerándolo en su trompa en proporción a su tamaño. De celo, amor y uniones tienen gran libertad, y el macho no monta y desciende al instante, como en los gallos, sino que se mantiene mucho rato sobre la hembra y ella lleva al novio y unidos vuelan sin romper en su evolución ese coito aéreo. Con la cabeza cortada, vive el cuerpo de la mosca mucho tiempo y sigue respirando.

Mas quiero referirme al aspecto más extraordinario de su naturaleza. Es este el único dato que Platón omite en su tratado acerca del alma y su inmortalidad. Cuando muere una mosca resucita si se la cubre de ceniza, operándose en ella una paligenesia y segunda vida desde un principio[7], de modo que todos pueden quedar completamente convencidos de que también su alma es inmortal, si parte y regresa de nuevo, reconoce y reanima su cuerpo, haciendo volar la mosca: así confirma la leyenda acerca de Hermótimo de Clazómenas, de que su alma muchas veces le abandonaba, se alejaba por propia iniciativa y después regresaba, volvía a ocupar su cuerpo y a reanimar a Hermótimo.

No trabaja: sin fatiga disfruta de los esfuerzos ajenos y tiene la mesa llena en todas partes, pues las cabras son ordenadas para ella, las abejas no trabajan menos para las moscas que para el hombre, los cocineros condimentan para ella los alimentos, que prueba antes que los propios reyes; se pasea por las mesas, participa de sus festines y comparte todos sus goces.

No establece su nido o habitación en un único sitio, sino que remonta el vuelo errante como los escitas, y allí donde le sorprende la noche establece su hogar y lecho. Pero en la oscuridad, como dije, no hace nada: ni pretende realizar acción alguna a hurtadillas ni cometer algo vergonzoso que, hecho a la luz, la avergüence.

Cuenta la leyenda que en la antigüedad existió una mujer llamada Mía[8], muy hermosa pero charlatana, entrometida y aficionada al canto, rival de Selene por amar ambas a Endimión. Como despertaba continuamente al mozo mientras dormía con sus charlas, canturreos y bromas este se irritó y Selene, encolerizada, convirtió a Mía en mosca. Por eso siente envidia de todos cuantos duermen, y en especial de los jóvenes y niños, en recuerdo de Endimión. La misma mordedura y su deseo de sangre no es signo de fiereza, sino de amor y afecto al hombre, pues en lo posible goza de él y algo extrae de la flor de su belleza.

Hubo también, según los antiguos, una mujer de su mismo nombre, poetisa muy bella e inspirada; y también otra, famosa cortesana del Ática, de la que el poeta cómico dijo: “Mía le mordía hasta el corazón”[9]; por tanto, la gracia cómica ni despertó ni excluyó de la cena el nombre de la mosca, ni los padres se avergonzaban de llamar así a sus hijas. La tragedia también menciona a la mosca con gran alabanza, como en estos versos:

Terrible es que la mosca, con indómita fuerza,
salte sobre los hombres para hartarse de sangre,
y a los hoplitas su lanza hostil perturbe[10].

 

Mucho más podría añadir acerca de Mía, la pitagórica[11], si su historia no fuera conocida por todos.

Existen también unas moscas muy grandes, comúnmente llamadas “guerreras” y “perros voladores” por algunos, de zumbido extremadamente ronco y muy veloces en el vuelo; gozan de larga vida y resisten todo el invierno sin comer, adheridas con frecuencia a las techumbres; merece admiración su peculiaridad de realizar la función de ambos sexos, autofecundándose igual que el hijo de Hermes y Afrodita, de dos naturalezas y de doble belleza.

Y, aun cuando todavía puedo añadir mucho más, pondré fin a mi discurso, no parezca, como dice el refrán, que hago un elefante de una mosca.

 

 

© Andrés Espinosa Alarcón, de la versión al castellano

de: Obras I. Editorial Gredos. Madrid. 1982.

 

N O T A S

[1] El griego dice literalmente “como los demás” (sc. volátiles)”.

[2] Ilíada XVII 570. Atenea infunde en el pecho de Menelao la “audacia de la mosca”.

[3] La distinción sutil entre conceptos tan afines como thrásos (= “temeridad”) y thársos (= “audacia”), propia de los sofistas, es ajena a la lengua de Homero y al uso común del griego.

[4] Ilíada II 469; XVI 641.

[5] Ilíada IV 130.

[6] Ilíada II 469.

[7] Eliano, Historia animal II 29.

[8] Transcripción del sustantivo griego Myîa (= “Mosca”).

[9] Texto de origen desconocido.

[10] Texto igualmente desconocido.

[11] Al parecer, fue hermana de Pitágoras y esposa de Milón de Crotona, el famoso atleta.

Sharon Olds. El salto del ciervo

Sharon+Olds

(San Francisco, 1942)

 

La última hora

 

De pronto, a última hora

antes de llevarme al aeropuerto, se puso en pie,

golpeándose contra la mesa y dio un paso

hacia mí, y como un personaje de una antigua

película de ciencia ficción se inclinó

hacia delante y hacia abajo, y extendió un brazo,

topando con mi pecho, y trató de

agarrarme, me levanté y trastabillamos,

luego nos pusimos en pie, alrededor de nuestro núcleo,

su ronco grito de asombro, en el centro,

al final, de nuestra vida. Rápidamente, entonces,

lo peor había pasado, pude consolarlo,

sosteniendo su corazón por detrás

y apaciguándolo por delante, su propia vida

continuaba y aquello que

lo hubo atado, alrededor de su corazón —y atado

a mí— yacía ahora sobre y alrededor de nosotros,

agua de mar, óxido, luz, esquirlas,

los eternos y pequeños rizos de Eros

alisados a golpes.

 

 

 

Frontis Nulla Fides[1]

 

Algunas veces, ahora, pienso en la parte trasera

de su cabeza como una fisionomía,

roma, rica como si tuviese vello facial,

las formas convexas del pétreo muro craneal

como frente nariz mejillas, tan difíciles de leer

como las superficies de la Tierra. Él me resultaba

tan misterioso como aquella frenología

—occipucio, lamboideo—, pero conocido

como un afloramiento de roca y, para mí,

su calma poseía la honestidad de algo

más antiguo que lo humano. Conocía y no conocía

su cerebro y su revestimiento de montaña boscosa,

pero la auténtica familiaridad

de su frente era como una especie de conocimiento,

tenía mis poros favoritos en su piel,

y el caos, la multiplicidad y la

generosidad de ellos eran como

las vastas estrellas sobre el desierto.

Casi nunca fruncía el ceño, parecía

sereno, como si estuviera por encima o ajeno

a la ira. Ahora puedo ver que sus ojos

eran a veces sombríos u hoscos, pero los veía

como lagos —uno podría hacerlos sonar

y no percibir sus límites ni sus lechos. Algo en

la escasez de sus mejillas, los pómulos

hundidos, siempre me conmovió. El pronunciado

cartílago inglés de la nariz, la amplia

y elocuente curva en el arco del arquero, la

aljaba a veces vacía como si la falta de lenguaje

fuese un paso más, en la evolución,

desde el parloteo de la conciencia. Ahora

que recorro la tierra de la máscara de sí mismo

sellada en la memoria, otra vez, tocando

sus contornos, como si yo fuera el ciego cantor,

siento que el amor ignorante me dio

una vida. Pero desde el interior de mi ilusión sobre él

no podía verlo, o llegar a conocerlo. No tuve

la habilidad o no existe la habilidad

para descifrar la estructura mental en un rostro:

él fue el caballero sobre el cual erigí

una confianza absoluta.

 

 

 

Encontrándome contigo

 

Al verte de nuevo, después de tanto,

al verte con ella, y en realidad casi

sin querer tu regreso,

no parece que me haga sentir alejada de ti. Pero tú te veías

cubierto de ella, como un niño usando pegamento

que es muy pequeño para usar pegamento. “Si pudiese

escoger, un lugar donde morir”,

no habría sido nunca en tus brazos, viejo amor,

pensábamos que te vería marchar, en los míos,

nunca estuvo en duda que habías sufrido más que yo

cuando joven. Eso me conmovió tanto de ti,

la forma de ser un pasmado

y aún así parecías saber todo

lo que yo no sabía, lo cual era todo

excepto el don de la palabra —y, oh, bueno,

bailar pegados y cómo disculparse.

Cuando me dirigí hacia ustedes dos, en la exhibición de arte,

sentí que no tenía nada por lo cual disculparme,

me sentí como una especie de criatura flotante

con pies de no sé qué, recuperada de la tristeza,

que me sostenían fantásticamente al suelo de la galería como

a la superficie de un planeta, algún orbe lunar

que alguna vez fue parte de la Tierra.

 

 

 

 © Sharon Olds, de los poemas

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano

 


N O T A S

[1] Escrito originalmente en latín, su equivalente en castellano sería “No te fíes de la apariencia”. (N. Del T.)

 

Kostas Steryopulos. Poemas

kostas

(Atenas, 1926)

 

Al otro lado de la verja

 

Sobre el hilo de una araña brilla y se balancea la luz

como en un columpio imaginario,

tras algunos signos y engendros que presagian un invierno tan grave,

la ligereza del viento te trae algunos recuerdos.

 

Una música tan lejana y tan profunda—

mas qué cabe esperar…

 

¡Tiempo ha que conozco este jardín!

Fresco corría el aire de la hojarasca,

antes de que las ramas quedasen reducidas a esqueletos

y antes de que espinas y culebras lo invadiesen todo.

Las umbrías arboledas plagadas de pájaros.

Los arriates bien granados y llenos de colorido.

 

Esta soledad te trae todavía

ladridos apenas perceptibles y sonidos nocturnos,

los perros que a tu sueño acompañaban

y recordaban “bucólicas vidas en el campo“,

y después de todo, solo queda el silencio en la llanura.

 

Ya no puedo dormir y despertar reposado.

Me falta la Gran Ignorancia,

me falta el sueño de la bestia.

Y quedé al otro lado de la verja,

del lado de tanto silencio y soledad,

viendo este jardín con más años que yo.

 

(Siempre te gustaron los jardines en ruinas.)

 

 

 

 

El sol de la medianoche

 

“Es la fe…”
(“A los Hebreos”, 11,1)

 

Como el sol de la medianoche,

descendamos.

No es el sol; es su reflejo,

que todavía luce, cuando aquel ya se ha puesto.

 

Abandonaré nuevamente la esperanza de que pase por el “ojo de la aguja“.

Con sus plumas empapadas la naturaleza no puede volar,

llevando en moléculas de materia algo del alma de los antepasados.

 

Descendamos.

 

Nuestros ojos que anhelan ver,

nuestros labios impacientes para saborear.

Linaje pecador,

olvidamos incluso la maravilla.

Nuestras manos en perpetuo movimiento, dispuestas a agarrar.

 

¿Quién se encuentra en lo más alto y en lo más bajo

en medio de calaveras desnudas,

que observan ya con las cuencas vacías de sus ojos?

La guapísima con la rosa y la calabaza bizca.

El cráneo de Yorick y de Alejandro Magno.

 

Es la fe la garantía de lo que se espera,

la prueba de las cosas que no se ven.

¿Cuánto más hondo sumergirme?

No hay otro lugar por donde pueda escapar.

 

Descendamos,

descendamos aún más.

Esta luz no cesa.

 

 

© Kostas Steryopulos, de los poemas.

© Javier Sanz Becerril, de la versión al castellano.

de: El sol de la medianoche. Visor Libros. Madrid. 1999.