Gladys Mendía. Asfalto

gLAD377

(Maracay [Venezuela], 1975)

 

las líneas blancas son los poemas del asfalto

 

el sueño es la máscara

las sandalias aladas vueltas piedra

la visión no directa

 

 

la autopista está en el sueño del túnel

no es mística

no es el símbolo

sino una pasta amorfa

los ojos deciden que sea autopista

mientras parpadea

ocasiona un accidente

un herido fatal

 

 

el auto marca la pauta

aunque el asfalto es más largo

se podría decir infinito

pero el infinito es un estado intermedio

 

 

el túnel sostiene una rosa roja

que deja caer en la autopista

el asfalto mira cómo respira

piensa que sin él la rosa no sería suave

no tendría olor

no sería rosa

la autopista

ve los átomos vibrando

piensa en ella

el asfalto

sus miradas

 

 

en la autopista corre un avión

tiene pánico

la torre de control persigue al avión

detrás camina el observador

vacía el cerebro de gasolina

quiere ser autopista

justo en la encrucijada del amor

para no elegir

quedarse por siglos viendo

cómo los autos se dejan guiar por las señales de precaución

su instinto siempre lo supo

un beso no lo salvaría

el viaje no lo salvaría

las señales de precaución no lo salvarían

la única respuesta era quedar sin combustible

 

 

el alcohol sigue siendo

lo volátil sigue siendo la suma de todas las autopistas

la voz es la búsqueda

la búsqueda está condenada al fracaso

la polilla está condenada al fracaso

 

 

a la autopista le dieron la llave que encierra el amor perfecto

la cura de la enfermedad

el éxtasis perpetuo

la autopista lanzó la llave al vacío y se sintió cómoda

el observador recordó algo

derramó unas lágrimas que rápidamente se evaporaron del asfalto

 

 

la autopista desea crear ilusiones a los autos

pozos de agua vibrando desde lejos

pero que al llegar se desvanecen

ese es el juego

el remolino de agua sal azúcar en su cerebro sin luz

el observador no está en el cerebro

la autopista está en todas las autopistas

el observador en el centro de la carretera

es la fórmula perfecta para atascarse

quedarse en las imágenes

la parte liberada es el testigo

la parte sin adornos es el testigo

el testigo es el observador

se une a otras carreteras que no son reales

son una mezcla de matices

 

 

la autopista está en la superficie

con la silenciosa desesperación del sueño

las líneas blancas son los cuerpos

las líneas blancas siguen pintadas en el asfalto

no hay que borrarlas

ni ver por el espejo retrovisor

 

 

la autopista no es un lugar

sino un foco de atención

está al borde de reacciones incontrolables

mira cómo se angosta

cómo se hace túnel y se extiende al infinito

el infinito es un estado intermedio

despierta del sueño con los ojos cerrados

no sabe qué es real

ama la muerte

un parpadeo de luces altas

para quedar fuera del asfalto

las cosas son así

suena en el cerebro de piedra caliza

donde almacena los juicios

 

 

la autopista está bloqueada

los hombrecitos de nuevo pintando las líneas

poniendo carteles que se iluminan con la oscuridad

escucha sus voces

sus pequeñas lenguas producen tormentas eléctricas

se pasean por el asfalto como un elefante salvaje

la autopista duda si las metáforas son tóxicas

el camión duda si la autopista es tóxica

el elefante salvaje duda si es elefante

los hombrecitos son surcos blancos en el asfalto negro y espeso

la autopista quiere ser negra y espesa

ser las voces murciélago

las voces elefante

las voces polilla

 

 

la autopista no sabe que es todas las autopistas

el auto queda atrás

los hombrecitos corren con las maletas detrás del avión

pisando las líneas blancas

las líneas blancas son los poemas del asfalto

las líneas blancas de la carretera

que ahora forman la silueta del difunto

 

 

 

todos los puentes caerán porque nunca existieron

 

las negaciones no sirven

las afirmaciones no sirven

matices en movimiento escupen a las señales

 

 

para el volante las autopistas no son iguales

hay barrancos entre ellas

grandes diferencias que los puentes quieren disimular

 

 

los barrancos y su belleza

por qué no vamos hacia el barranco

 

 

la autopista no sabe que todo es un gran barranco disfrazado

el tiempo son las líneas blancas fragmentadas

pintadas por los hombrecitos en el asfalto

las líneas blancas suponen un orden

cuando son continuas no hay que adelantar

pero también las líneas blancas dan giros insospechados

como grillos en la noche hacen música para la huida perfecta

 

 

 

© Gladys Mendía, de los poemas

de: La silenciosa desesperación del sueño. Paracaídas Editores. Lima. 2010

 

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Blanca Varela. Camino a Babel

blanca varela

(Lima, 1926 – 2009)

 

I

 

un alma sí un alma que anduvo por las ciudades

vestida de perro y de hombre

un alma de gaznápiro

 

pájaro errante que acostumbra anidar

a la intemperie a la hora precisa de

las catástrofes y de las grandes migraciones

 

pájaro de la urbe

pájaro de la cocina

escoria azul de la mañana que interrumpe

nuestras meditaciones nocturnas

 

un súbito un impensado un imperioso cacareo

de pajarraco solar encaramado en el árbol mañanero

que destila café instantáneo

y angustia

hiel áurea amarga conciencia ausencia

automática de dios inminencia de la mirada

extraña y delimitadora

orfandad amorosa

 

 

 

II

 

si yo encontrara un alma como la mía

eso no existe

pero sí la musiquilla dulzona y apocalíptica

anunciadora del contoneo atávico

sobre el hueco y el tembladeral

 

y la carne dormida

sobresaltada

mar perseguido mar aprisionado mar calzado

con botas de 7 leguas

7 colores 7 colores 7

cuerpo arco iris

cuerpo de 7 días y 7 noches

que son uno

camaleón blanco consumido en el fuego

de 7 lenguas capitales

 

mar settimana

 

cuerpo orilla de todo cuerpo

 

pentagrama de 7 notas exactas

 

repetidas constantes invariables

 

hasta la consumación del propio tiempo

 

ergo

1     detén la barca florida

 

2     hunde tu mano en la corriente

 

3     pregúntate a ti mismo

 

4     responde por los otros

 

5     muestra tu pecho

 

6     da de tu mar sediento

 

7     olvida

 

amén

 

 

 

III

 

pero sucede que llegó la primavera y decidimos echar

abajo techos y paredes sitio sitio para el cielo para

sus designios dormidos con los animales a campo raso

juntos el uno sobre el otro el uno en el otro.

soledad infinita del amor bajo toda luz.

 

y desperté a la mañana siguiente con su cabeza sobre mis

hombros ciega por sus ojos       bianca alucinatta tutta.

 

a césar lo que le pertenece y al cielo la espalda sacudida

por el amor y el temor y el tedio y la esperanza, etc.

pasó a toda máquina la primavera    pintando

 

la casa estaba intacta ordenada por sus fantasmas habituales.

 

el padre en el sitio del padre la madre en el sitio de la madre

y el caos bullendo en la blanca y rajada sopera familiar

hasta nuevo mandato

 

 

 

IV

 

y sucedió también que

fatigados los comediantes

se retiraron hasta la muerte

y las carpas del circo se abatieron ante el viento

implacable

de la realidad cotidiana.

 

y si me preguntan diré que he olvidado todo

que jamás estuve allí

que no tengo patria ni recuerdos

ni tiempo disponible para el tiempo.

 

que a veces

me despierta una mirada

que ávidamente se traga la oscuridad

y que esos ojos azules son restos de alguna luz

restos de algún naufragio

signos del deseo

y de la agonía del deseo.

 

y que nosotros

los poetas los amnésicos los tristes

los sobrevivientes de la vida

no caemos tan fácilmente en la trampa

y que pasado presente y futuro

son nuestro cuerpo

una cruz sin el éxtasis gratificante del calvario

y que no hay otra salida

sino la puerta de escape que nos entrega

a la enloquecedora jauría de nuestros sueños

nosotros o ellos

acertijo joker moneda perdida en el aire.

tibios temblorosos nonatos

sin estirpe ni prole

dispuestos siempre.

 

 

 

V

 

aquí un alto en la jornada al escoger una marcha militar

un sorbo de cualquier bebida gaseosa de preferencia

cerveza cualquier necesidad física al aire libre      cigarrillos

abandono y goma de mascar

 

 

VI

 

y cuando ya

en el piso del vértigo como una tórtola de ojos dulces y rojos

empollas

meciéndote en el andamio que cruje

qué puede importarte.

nada te toca

ni la nube cargada de eléctrica primavera

que envidiabas no hace mucho

ni el recuerdo satinado obsesivo

del pecho que te hechizaba desde lejos

ni los pregones callejeros

de la putañera fortuna

que te invitaba a bailar

algunas noches de ronda.

harta de timo y de milagros

de ensayar el trapecio hasta la parálisis

de la iniciación de cada día

de haberte tragado el sapo con la sopa

el sapo de la náusea pura

y el sapo de la náusea práctica

et alors.

ya no te queda nada

de los dones de las hadas

sino tu hipo melancólico

y tu ombligo pequeño y negro

que todavía no se borra

centro del mundo     centro del caos y de la eternidad

como las líneas de tu mano

por donde corren ríos inmemoriales

y cataratas de tus ojos al firmamento

como única urdimbre de la realidad

oro de lágrimas

y grima de oro

y tu lengua de mil traiciones

cerrada y dulcísima

como un dátil o una aceituna

como en las coplas de los ciegos

hay un relente obcecado de eternidad y miseria.

 

 

 

VII

 

ayúdame mantra purísima

divinidad del estómago y el píloro.

 

si golpeas infinitas veces tu cabeza

contra lo imposible

eres el imposible

el otro lado

el que llega

el que parte

el que entiende lo indecible

el santo del desierto que se traga la lengua

el que vuelve a nacer forzando a la madre

de su madre

el nadador contra la corriente

el que asciende de mar a río

de río a cielo

de cielo a luz

de luz a nada.

 

 

 

© herederos de Blanca Varela

de: El libro de barro y otros poemas. Instituto Nacional de Cultura. Lima. 2005

 

Artemidoro de Daldis. Sueños teoremáticos y alegóricos

nubes-naranjas.jpg

 

Por otra parte unos sueños son teoremáticos y otros alegóricos. Los primeros son aquellos que guardan relación con su propia visión. Por ejemplo, un navegante soñó que sufría un naufragio y así le ocurrió. En efecto, cuando despertó, la nave se hundió y por poco no pudo salvarse él mismo y unos pocos de sus compañeros. Asimismo, uno soñó que era herido por un individuo con el que iba a ir a cazar al día siguiente y, en efecto, cuando se encontraron los dos fue herido en el hombro, justamente en el sitio donde él lo había soñado. Otra persona, que había soñado que obtenía dinero de un amigo, cuando despertó recibió de él diez minas[1] y las guardó como fianza. Te podría contar otros muchos ejemplos de este tipo.

Los sueños alegóricos, por su parte, son aquellos que expresan unas cosas a través de otras, pues en ellos de forma natural el alma nos indica un mensaje en clave.

Creo que es necesario referirme, de la mejor manera que pueda, a la causa de estos sueños, sus resultados y al verdadero sentido de este término. En primer lugar, diré cuál es la definición universal del sueño, si bien no haría falta ninguna explicación si no me hallara ante personas aficionadas a la discusión.

El sueño es un movimiento o una ficción multiforme del alma que anuncia los bienes y males futuros. Siendo esto así, el alma pronostica a través de imágenes particulares y naturales los llamados “principios fundamentales”, el futuro en un corto o largo período de tiempo, debido a que ella cree que en este espacio temporal nosotros podemos conocer lo que va a ocurrir a través de la lógica[2].

Sin embargo, sea quien sea quien nos dirija, no nos deja tiempo para comprender aquellos hechos que no sufren ninguna demora, dado que considera que de su predicción no vamos a sacar ningún provecho si no podemos comprenderlos antes de hacer uso de la experiencia. Nuestra alma nos muestra por sí misma los acontecimientos, pues no espera que ningún elemento exterior aclare el significado de los mensajes, y de alguna manera nos grita a cada uno de nosotros: “Mira y atiende, cuanto más puedas, a lo que yo te he enseñado”. Y todos reconocerán que esto es así. Nadie dirá nunca que después de la visión no tienen lugar sus cumplimientos sin que pase un cierto espacio de tiempo. Incluso algunos de ellos se producen, por así decirlo, a la vez que la percepción, cuando aún no ha desaparecido la visión onírica. Por este motivo estos sueños se denominan, con razón, teoremáticos, ya que se cumplen en el mismo momento en que se experimenta la visión.

El ensueño, que no tiene ningún simbolismo, va acompañado de la apariencia, sobre la que ya han escrito muchos otros autores, como Artemón el Milesio y Febo de Antioquía, mientras que el sueño contiene la visión y la respuesta oracular. No obstante, voluntariamente dejamos a un lado una exposición minuciosa de esto, pues creo que si para uno no está clara su naturaleza, tampoco lo estará para el que vaya a explicarla[3].

Algunos distinguen cinco tipos de sueños alegóricos. Llaman “propios” a aquellos en los que uno sueña que es él mismo el que hace o sufre algo; el cumplimiento, bueno o malo, solo afectará a la persona que ha tenido la visión. “Ajenos” son aquellos en los que es otra la persona la que hace o sufre algo; el sueño, positivo o negativo, únicamente se cumplirá para esta persona, si la conoce el que ha tenido el sueño o, en cierta medida, es allegado suyo. Sueños “comunes” son los que, como indica su propio nombre, se realizan con cualquier persona conocida. Las visiones que tienen relación con los puertos, las murallas, las plazas, los gimnasios y los monumentos cívicos reciben el nombre de “públicos”. El eclipse y la desaparición temporal del Sol, de la Luna y de los demás astros, así como los anormales movimientos de la tierra y del mar, se refieren a hechos del cosmos, y por ello con razón se les llama sueños “cósmicos”.

Sin embargo, estas definiciones generales no son tan simples, puesto que ha sucedido que los sueños propios no han afectado solo a los que han tenido la visión, sino también a sus allegados. Por ejemplo, uno soñó que él se moría y, sin embargo, falleció su padre, precisamente la persona que era para él su otro yo y de la que participaba su cuerpo y su alma. Otro, a su vez, soñó que era decapitado y murió su padre, dado que este era la causa de su existencia y de su vista, como la cabeza lo es de todo el cuerpo. Asimismo, ser ciego es señal de destrucción no para el que ha tenido el sueño, sino para sus hijos, y así te podría mencionar otros muchos ejemplos similares.

Incluso alguien, apoyándose en la experiencia, podrá decir que los sueños ajenos afectan también a los propios individuos que han tenido la visión. Así, por ejemplo, uno soñó que su padre estaba quemado, y sucedió que él mismo se murió, debido a que, a causa del dolor por su hijo, el padre se consumía por el sufrimiento, es decir, por el fuego. Por su parte, otro soñó que su amada se moría, y poco después fue él quien abandonó esta vida, privado así de la más grata relación que tenía. Análogamente, soñar que la madre o la esposa están enfermas produce debilidad y desorden en las actividades profesionales. Y en este aspecto concreto no existe divergencia, sino que todos opinan unánimente que la profesión está relacionada con la madre, ya que esta es la que alimenta, y con la mujer, porque es la persona más propia del hombre. Además, si en sueños vemos que los amigos sufren dolor, ello nos producirá tristeza y si aparecen alegres, placer. De acuerdo con esto, es posible poner en duda los sueños comunes, dado que algunos de ellos dan lugar a consecuencias de tipo “propio”, en lugar de “común”.

Esta clasificación de los sueños, según la han establecido los autores antiguos, es válida en la mayoría de los casos. Los raros ejemplos que voy a relatar seguidamente y que han tenido lugar de la forma en la que yo los cuento, propician el error a los entendidos en estos temas. Por ello, hay que hacer la siguiente distinción. En el caso de los sueños propios, los asuntos que no tienen que ver con los amigos se cumplen solo en la persona que ha visto el sueño, pues son hechos que únicamente pueden afectarles a ellos y no les suceden a otros o por mediación de otros, como es el caso de hablar, cantar, bailar y también el pugilato, competir, colgarse, morir, ser crucificado, ahogarse, encontrar un tesoro, entregarse a los placeres del amor, vomitar, defecar, dormir, reírse, llorar, hablar a los dioses y otras actividades parecidas. En cambio, lo que tiene que ver con el cuerpo, con una de sus partes o con algo externo, tal como los lechos, cofres, canastillos y los demás objetos, vestidos y utensilios de esta clase, aunque sean personales, muchas veces suelen afectar a las personas próximas, según la relación de sus funciones. Así, la cabeza representa al padre; el pie al esclavo; la mano derecha al padre, a un hijo, a un amigo y a un hermano; la izquierda[4] a la mujer, a la madre, a una amiga, a una hija y a una hermana; el órgano sexual a los progenitores, la mujer y los hijos; la pierna a la mujer y a la hija. Para no extenderme más en estas cuestiones hay que aplicar los mismos principios en relación con las demás partes del cuerpo.

Los sueños comunes y ajenos que tienen lugar para nosotros a través de nosotros hay que considerarlos como sueños propios, mientras que aquellos que no se realizan para nosotros o por nuestra mediación afectarán a las demás personas. Pero si en estas visiones onñiricas aparecen amigos nuestros y las señales son positivas, entonces habrá alegría y placer para aquellos y, en parte, para nosotros. En cambio, si los signos son negativos, ambos tendremos, respectivamente, desgracias y tristezas, no solo debido a los males de aquellos, sino también por nuestra propia culpa. En el caso de que en el sueño aparezcan enemigos, habrá que emitir un juicio contrario al anterior.

Sobre los sueños públicos y cósmicos puedo decir lo siguiente: nadie soñará nada sobre algo que no le preocupe, como tampoco han experimentado sueños sobre asuntos personales lo que no tenían inquietudes de este tipo. No es factible que alguien humilde sueñe con acciones importantes, por encima de sus posibilidades. Esto contradice la teoría, pues se trata también de sueños personales que afectan a las personas que los experimentan, a no ser de que se trate de un rey[5], un magistrado o alguien muy importante. A estos les preocupan los asuntos públicos y pueden recibir una visión sobre ellos, no como personas particulares que son dignas de poca confianza, sino como soberanos preocupados de algunas cuestiones en pro del bien público. Como dice al respecto el poeta, cuando los ancianos discuten en el consejo sobre el sueño de Agamenón[6]:

“Si algún otro de los aqueos nos hubiera contado ese sueño, diríamos que es una mentira y desconfiaríamos aún más de él; sin embargo, lo ha soñado el que se vanagloria de ser el mejor en el ejército”.

Estos versos quieren decir que si cualquiera de los aqueos hubiera contado el sueño, no consideraríamos mentiroso al que lo relatara, sino falso al mismísimo sueño y que sus resultados no tienen que ver con nosotros. Por ello no deberíamos haberle prestado atención, si bien en ese caso es imposible que no nos afecte, ya que es un rey el que ha tenido tal sueño.

No obstante, se dice que en alguna ocasión ciertos individuos, corrientes y pobres, han tenido visiones de tipo público y que, tras haberlas difundido por vía escrita y oral, han merecido crédito por parte de la gente porque los resultados han coincidido con los sueños, si bien se olvidan de que ellos mismos desconocen su causa. Esta visión onírica afectó a toda la comunidad, no porque la haya soñado una vez una persona particular, sino porque muchos han tenido el mismo sueño, y unos lo han proclamado públicamente y otros individualmente en privado. Y así, sucede que no es una persona particular el que ha tenido el sueño, sino el pueblo, que no es nada inferior a un general o a un magistrado. En efecto, cuando el bien común interesa a la ciudad, va a suceder, unos con una determinada visión y otros con otra distinta. Lo mismo ocurre en las situaciones adversas, si no son muchos, sino uno solo el que experimenta el sueño, no es justo que únicamente él sufra su efecto, a no ser que se trate de un general, de algún otro magistrado, de un sacerdote o de un adivino de la ciudad. En esta cuestión están asimismo de acuerto Nicóstrato de Éfeso y Paniasis de Halicarnaso, personajes muy conocidos y famosos.

 

 

de: El libro de la interpretación de los sueños. Ediciones Akal. Madrid. 1999.

Mª Carmen Barrigón Fuentes y Jesús Mª Nieto Ibáñez, de la edición y traducción.

 

 

N O T A S

[1] Unidad de cuenta monetaria que equivale a 100 dracmas.

[2] Como ha sido ya destacado por la crítica moderna, en especial C. Blum, (Studies in the Dream-Book of Artemidorus, Uppsala 1936, p. 62) y D. del Corno “Il sogno e la loro interpretazione nell’età dell’imperio”, Aufstieg und Niedergang der Röminischen Welt 16.2 (1978), 1605-1618, en el Daldiano nos encontramos ya con un avance en la investigación de la orinogénesis, dado que en este y otros pasajes (II 66, IV 2, 42 y V 40) propone una participación activa del alma en el sueño.

[3] Artemidoro evita entrar en el problema de la clasificación de los sueños, tan habitual y tradicional en los tratadistas de esta materia. Nuestro autor apenas seguirá este esquema clasificatorio, ya que se centrará en un solo tipo de sueños. Sobre este tema puede consultarse la obra de A. H. M. Kessels, “Ancient Systems of Dream-Classification“, Mnemosyne 4 (1969), 389-424.

[4] El concepto de derecha e izquierda desempeña un papel importante en la magia y la profecía.

[5] No es posible en todos los casos dar el valor preciso del término griego basileús. En principio significa “rey”, “jefe”, etc. No obstante, en esta época ya tardía puede perfectamente utilizarse como sinónimo de autokrátoros, “emperador”. Por tanto, en nuestra traducción intentaremos precisar en término basileús, como “rey” o como “emperador”, de acuerdo con el contexto en que aparezca en cada caso. Empero, optaremos por el genérico “rey” cuando su valor no esté totalmente claro.

[6] Ilíada 2. 80-82.

 

Jorie Graham. Rompiente

Jorie Graham.jpg

(Nueva York, 1950)

 

Un día: viento más fuerte de lo que nadie esperaba. Más que ningún otro

desde que se registran

tales cosas. Anti-

natural dicen las noticias. Hasta el cuerpo lo dice.  Qué parte del cuerpo—miro

abajo, puedo

sentirlo, sí, no sé,

dónde. Sumergiéndonos también,

haciendo de los campos, los árboles, un elenco de personajes en un

innegociable

drama, decretado, férrea oscuridad de luz cansada, todo deshaciéndose a sí mismo

a la vez. También sostenido, como en un pensamiento

odioso, o una vanidad que se arroja sobre ti desde la

nada y hace

que uno sienta la malicia de ser fiel a una

idea. Todo inevitable y agitado como

amaneceres de un futuro ignoto. Ahora quién va a arreglar esto. Y cómo el futuro

adquiere forma

demasiado rápido. Lo permanente refluye. No deja

nada similar a

huellas, han sido borradas, la hierba prolifera, vida que perturba vida, y es tumulto

a nuestro alrededor, como un enclaustramiento

extremo, difuminando la sensación

del estado del

ser. El que ayer mismo existía, calmo y

cierto. Como el derecho a la

intimidad—qué extraño sentimiento, aquí, el derecho

piensa en tu aflicción dice el

viento, no alegues ignorancia, y el pasado

se infiltra más y

más, mucho más lejos de donde solía llegar, golpeando los postigos que

acabo de ajustar de nuevo, enorme mal-

entendido en torno a mí que estoy tan

quieta en

el centro de esta habitación, y escucho—oh,

no hay controversias, se está

de acuerdo en todo, de buen grado nos pusimos en marcha, y

supimos además jugar con reglas, y si te digo ahora

vámonos

a algún sitio la idea no sobrevivirá

a su instante, ahora está aquí, cargando un vendaval

de Atlántico Norte, siseando Piensa en

el cuerpo del océano que cada segundo se alza hacia mi

encuentro , y su

antigua e-

vaporación, cómo se entrega a

mí, y cómo el mundo es nuestra ley, la intraderiva de nosotros en nos-

otros, un coralismo de elementos en nosotros y cómo

este entremezclarnos no tiene in-

teligencia, forma

reverberación, sílabas intranscriptibles, ad-herencias, y cómo es el asombro lo que

mana de nosotros cuando, en el

bucle, en lo más bajo

de la cadena

alimenticia, surgido

de corrientes submarinas y 1 grado más caliente, el in-

dispensable

plancton es empujado al norte, y más al norte todavía,

desovando muy tarde para la eclosión de la larva del bacalao,

así que la cría no sobrevivirá, ni la

especie al final, en la ahora-mismo siempre in-

terrumpible desaceleración de la

corriente

del golfo, así que yo, hablando contra este viento hoy, a voces, a nadie, soy de golpe

consciente

de que he escrito mis poemas, lo siento en

mis inútiles

manos, palmas en mi regazo, y en mi escucha, y también el recuerdo de una estación en su

plenitud, en donde se derrama como un

obtuso llanto este in-

cesante destellar de hojas, loco de sombras, por

tragaluces, muros, las enconrvadas filas de árboles

salpicados de astillas de

luz como

sonrisas que se tuercen—infinidad de ellas—serpenteando entre los muros, sobre las

hierbas—bocas

que alcanzan

otras bocas—succionando todo el

aire—vastos alientos en vaivén entre las hirientes brumas—y avivadme

más aún dice este viento nuevo, y

de acuerdo con el juicio

vuestro, y

estoy inclinando mi corazón hacia el fin,

no puedo fallar, este sábado, temprano, a mediodía, este arrojarme,

enmarañadas furias a lomos de mis múltiples espaldas, contra tus cimientos y tu

mejor, más joven

árbol, el que saliste a apuntalar de nuevo, y las piedras sueltas en el alféizar.

 

 

 

© Jorie Graham, del poema

© Rubén Martín, de la versión al castellano

de: Rompiente. Bartleby Editores. Madrid. 2014.

Antonio Gálvez Ronceros. Ñito

antonio-galvez-ronceros

(Chincha Alta [Perú], 1932)

Un negrito de seis años a quien sus padres llamaban Ñito paseaba la tarde de un domingo por la plaza del poblado en compañía de su padre, que lo llevaba de la mano. De pronto a Ñito le pareció que se desataban truenos en la plaza. Miró hacia el lugar de donde parecían provenir los truenos y se dio cuenta de que eran gritos: en el espacio circular del centro de la plaza un negro corpulento le estaba gritando en la cara a un negro de cuerpo menudo. Por encima de los árboles más lejanos del inmenso campo que rodeaba el pequeño poblado, bandadas de pájaros se elevaban en alboroto y quebraban de continuo el rumbo como si no encontraran por dónde escapar.

Ñito tiró de la mano del padre para volver hacia atrás, pero este lo contuvo apretándole la suya.

—¿Qué te pasa, Ñito?— le dijo muy extrañado.

Señalando con espanto el centro de la plaza, Ñito exclamó:

—¡Ese hombe gandazo va a matá a ese hombe chiquito!

—No, Ñito —dijo el padre—, no lo va a matá.

—¡Sí lo va a matá! ¡Horita mimo lo va a matá! —Y Ñito se resistía a seguir avanzando.

—Cálmate, muchacho, cálmate. Te digo que no lo va a matá.

—¡Sí lo va a matá! ¡El hombe gandazo le ta guitando pa matalo! ¡Vámono pa la casa, tata, que yo no quiedo ve matá a una gente!

—Pero si naa va a pasá, Ñito.

Entretanto, el negro de cuerpo menudo permanecía sin inmutarse frente al otro, como si fuera sordo, y las demás personas que se hallaban en la plaza —tanto las que discurrían por la vereda que circundaba la plaza como las que lo hacían por las veredas que entre jardines marchitos convergían en el espacio circular del centro— no daban muestra de que la espantosa voz llamara su atención, como si tuvieran un tapón en los oídos.

—Vámono pa la casa, tata —rogaba Ñito, a punto de llorar.

—Te digo que naa va a pasá, muchacho.

De pronto el negro corpulento comenzó a carcajear. Eran carcajadas increíblemente poderosas, como escalonados estampidos, que retumbaban en la plaza y estremecían las casas alineadas en los cuatro lados. El de cuerpo menudo también había comenzado a reír y, a pesar de que la risa del otro impedía oír la suya, se sabía que estaba riendo por la mueca con que exhibía los dientes. Los perros que husmeaban por la plaza dieron un brinco como si hubieran pisado ascuas, retrocedieron un breve trecho y, con los pelos del lomo erizados, se desataron en ladridos. Luego, como ante un peligro cuya naturaleza no lograran entender, dejaron de ladrar y huyeron a la carrera, gimiendo como si los persiguieran a pedradas. Pero la gente de la plaza continuaba paseando indiferente.

—¡Horita ya lo mata, tata! —gritó Ñito.

—¿Mata? —dijo el padre— Pero si se tan riendo.

—Se tan riyendo poque al hombe gandazo seguro que le guta matá, y al hombe chiquito seguro que le guta que lo maten.

—No, no. No e así, Ñito. A naide le guta que lo maten.

—No, tata, el hombe chiquito ta contento poque sabe que ya va a morí. Fíjate cómo se riye.

La plaza dejó de retumbar y las casas de estremecerse: el negro corpulento había dejado de reír. El otro dejó de hacerlo unos segundos después. Ñito y su padre vieron entonces que los dos hombres, abrazados, se alejaron del centro, atravesaron la vereda circundante y luego la polvorienta calzada y entraron en una tienda de bebidas y comestibles de un lado de la plaza.

—¿Vite, Ñito, cómo no lo mató?

—E que seguro quial hombe gandazo no le guta matá gente al aire sino dento diuna casa. Y al hombe chiquito seguro que tampoco le guta que lo maten al aire sino metío en una casa. Po eso sian abrazao y han entrao ahi —Y mirando con insistencia hacia la tienda, los labios pálidos y temblorosos, rogó: —Vámono ya, tata, que horita nomá va a salí desa casa un hombe meto.

—¿Qué tas diciendo, muchacho? No, Ñito. Tú tuavía ere muy chiquito y no compriendes mucha cosas ni conoces a la gente que vive acá ni a toa la que vive en el campo. Ese hombe gandazo e don Filemón Lirio, el único que tiene su casa al oto lao: dede ariba viene bajando al lao del río una culeirba e cerros que son purita roca. Y entre lo cerros y esa oría baja tamién una lonja e tierra llena e pieras. Con mucho taibajo don Filemón Lirio ha limpiao una partecita desa lonja y ahi siembra. Y a un laíto ha hecho su casa y ahi vive solo poque e un hombe solo. Y cuando alguien quiede hablá algún asunto con él, tiene quiacelo dede la oría dete lao poque nue faci cruzá el agua del río. Y puel mimo motivo don Filemón Lirio contesta dede la oría del oto lao. Y po la ditancia y puel ruido delagua, la convesación tiene quiacese guitando. Y en el verano comuel ruido se vuerve loco po la cargazón diagua, se tiene que guitá como siel gañote quisieda salise del pecuezo. Nuay día que a don FIlemón Lirio le fartre con quién ponese a guitá de oría a oría. Y ete modo diablá ya se le quedó prendío en el gañote. Po eso, aunque no se encuente en su oría, ya no puee hablá diotro modo. En cualquié lugá onde eté convesando, don Filemón Lirio habla con vo de trueno como sietuviera en la oría del oto lao del río. Se le nota, sobe too, los domingos cuando viene al pueblo y se pone a convesá en la plaza con alguno e sus amigos. Ya too saben quiasí habla, hata lo muchachos con do o tre añitos má que tú. Po eso ya no llama la atención. Pero tú no lo sabías poque e la pirmera ve que te taigo a pasiá en la plaza, y a mí no se me ocurió quial oílo hablá podías pensá lo que pensate… que le guitaba al oto poque luiba a matá. Don Filemón Lirio solo taba convesando. Y si depué rieron ha sido pualgo gracioso quél debe de habé dicho. Y sian abrazao poque son amigos que deben de habé etao muy contentos. Y de contentos han entrao a esa pulpería a remojá el gargüero con uno vasos de vino. Así, pue, que diay no va a salí ningún hombe mueto. lo que va a salí van a sé do hombes posirbemente mariados… Po esa bullaza que le sale del gañote, a don FIlemón Lirio lian pueto un sobenombe: Vo de Buro. Perfiero que lo sepas po mí y no pualgún muchacho, que entre muchachos nace la tentación malcriá de queré guitá el sobenombe a su dueño. Que no setiocura, pue, Ñito, decile algún día Vo de Buro, poque entonce iría a nuetra casa a dame la queja y yo no quiedo enemitame con naide po malcriadece de hijos.

Ñito se había calmado.

Dieron todavía una vuelta alrededor de la plaza y en seguida atravesaron la polvorienta calzada y salieron del ámbito de la plaza por una estrecha calle que iba directamente a las afueras. La calle, como las demás, era un terral con modestas casas de fachadas arruinadas por el polvo, y pronto la dejaron atrás y con ello el pequeño poblado y entraron en un ancho camino orillado de árboles frondosos que se internaba en línea recta en el campo. Por su trazo recto el camino ofrecía a la vista toda su profundidad: tenía apariencia de interminable, pues en su lejanía era solo un puntito que parecía estar en el otro lado del mundo. Iban de regreso a casa.

La marcha por aquel camino no tenía cuándo acabar, pero se hacía menos fatigosa gracias a la sombra que brindaban con generosidad las dos hileras de árboles y gracias también a la hojarasca que impedía que la arenisca del suelo retuviera las pisadas. Ñito y su padre se desviaron por un angosto sendero cercado de arbustos, y el ancho y recto camino siguió adelante, quién sabe hasta dónde.

Desde que habían salido de la plaza caminaban en silencio. Al fin uno de ellos habló. Fue Ñito:

—Tata…

—¿Sí?

—¿Si yo le guitara Vo de Buro a don Filemón Lirio…

—¡Cómo, Ñito! —lo interrumpió el padre, sorprendido—. ¿Acaso no entendite lo que te dije?

—Sí, tata, sí entendí.

—¿Y entonce po qué se lo vas a guitá?

—No se lo vua guitá, sino que yo quiedo sabé.

—Sabé qué.

Hablaban sin detener el paso.

—Si yo le guitara Vo de Buro —dijo Ñito— y él juera a nuetra casa a darte la queja, ¿su vo tumbaría la casa?

—No —dijo el padre. Pero luego, dudando de que Ñito hubiera quedado convencido del motivo por el que no debía gritarle a don Filemón Lirio su sobrenombre, creyó que esta era la oportunidad de ser más persuasivo—. Güeno… —agregó— Creo que sí… Sí, su vo tumbaría la casa.

De nuevo el silencio.

Tras largo trecho, Ñito volvió a hablar:

—Tata…

—¿Sí?

—Yo no quiseda viví nunca al oto lao de riyo.

—No te peorcupes que no vivirás allá.

—Poque si yo vivo allá, cuando seya gande se cayerá esa casa po cuadquié cosa que yo diga.

—No te peorcupes que no vivirás allá.

—Poque yo no quiedo que cuando seya gande y un domingo me ponga a convesá en la plaza, se asuten lo niños y se epanten lo perros.

—No te peorcupes, Ñito, que no vivirás allá.

—¿Entonce, tata, nunca iremo a viví al oto lao del riyo?

—Así e, Ñito. Siempe seguidemo viviendo en la casa que ahoda ocupamo.

—¿Y entonce cuando yo seya gande seguidé con mi vo chiquita y degadita?

—Sí, clado que sí. Seguidás con tu vo chiquita y degadita.

—¡Ta güeno, tata! —dijo Ñito, feliz.

Ya estaban llegando a casa y el perro que criaban les salió al encuentro, agitando la cola y haciendo piruetas. Era un perro de tamaño mediano. Mientras el padre entraba en la casa, Ñito se agachó, abrazó al animal y se sintió inundado de dicha con el contacto de ese cuerpo tibio y palpitante. Luego le cogió las patas delanteras y se irguió. El perro quedó sobre las patas traseras, con la cabeza a la altura de la de Ñito.

—Yando —le habló, mirándolo a los ojos—, tú no te epanta de mí poque mi vo e chiquita y degadita, ¿verdá? —El perro, moviendo de modo persistente el cuerpo y la cola, le lamía las manos y a veces la cara. Ñito, de lo dichoso que se sentía, decidió hacer de la voz de don Filemón Lirio un juego divertido mediante un remedo de esa voz. Sabía que nadie podía alcanzar su potencia terrible. Por eso se propuso no gritar: simplemente, decir algo engrosando la voz. Entonces, entrando en simulación, arrugó el ceño, puso en el perro una mirada torva y agregó: —Pero si mi vo juera como la del hombe del oto lao del riyo… —La voz le brotó tan disonante que nadie hubiera podido reconocer en ella su habitual voz infantil. Al instante el perró alzó las orejas, fijó una mirada de perplejidad en los ojos de Ñito e inmovilizó el cuerpo, como si tuviera la certeza de que en lugar de Ñito hubiera un extraño. Luego pareció dudar porque, inclinando repetidas veces a uno y otro lado la cabeza, le fue recorriendo con la mirada diversas zonas del rostro, y acabó por volver a fijar la mirada en los ojos de Ñito y quedarse enteramente quieto. Pero ahora la mirada no era de perplejidad: en su lugar se había clavado el temor, como si luego de examinarle el rostro hubiera llegado a la conclusión de quien estaba frente a él era un Ñito diferente, un Ñito que él nunca había conocido: un Ñito malvado. Y como si el instinto le advirtiera que se hallaba ante un peligro cuya causa fuera para él inexplicable, dio un tirón para desprenderse de las manos que lo sujetaban. No lo logró. En seguida hizo un brusco y desesperado movimiento hacia atrás con todo el cuerpo. Tampoco pudo desasirse. Entonces apartó la cabeza a un lado, como si no pudiera soportar la mirada que tenía encima y emitió un gemido lastimero. Ñito, que acabó por advertir el injusto sufrimiento que su inocente broma había inflingido a ese pobre animal que tanto quería, sintió una pena tan grande que, abatido por el remordimiento, se apresuró a decirle: —Mentira, Yando. Mentira, mentira, Yandito. Esa vo era de a mentira. No te asutes, Yandito —Al oír de nuevo la voz que conocía y amaba, el perro se reanimó y pronto comenzó a agitar el cuerpo y a mover la cola. Entonces Ñito, que aún lo tenía asido de las patas delanteras, hizo que estas reposaran sobre sus hombros y en seguida estrechó al animal entre sus brazos, al punto que le decía: —No tengas ñiedo, Yandito, que mi vo siempe será chiquita y degadita poque nunca iré a viví al oto lao del riyo.

 

 

 

© Antonio Gálvez Ronceros, del texto.

de: Monólogo desde las tinieblas. Peisa. Lima. 2009.

Cristóbal de Mitilene. Al monje Andrea

PA130395

 

[poema 114]

Muchos dicen —pero si son verdaderas sus palabras

no lo sé—, dicen y me convencen

que tú te alegras mucho, ¡oh, monje y padre!

si alguien te ofrece reliquias sagradas

de hombres que se han martirizado o de respetuosos mártires;

y tienes muchos estuches para mostrar

a tus amigos abiréndolas:

diez manos del mártir Procopio,

quince mandíbulas de Teodoro,

hasta ocho piernas de Néstor,

cuatro cabezas a la vez de Giorgio

y cinco senos de la incomparable Bárbara.

Y ahora tienes los huesos de doce brazos

del victorioso mártir Demetrio,

y también las canillas de veinte piernas en total

de Pantaleemón —¡qué cantidad de verdad!

Insistes en que aceptas todo eso por tu fe,

sin dudar ni demostrar falta alguna de confianza,

sino, al contrario, demuestras mucho respeto a las cajas

y las veneras como si fueran de (verdaderos) mártires de Jesucristo.

¡Ah de ti y tu ferviente fe, Andrea!

¡Esa fe te hace creer que los campeones de Cristo son como las serpientes de Hidra

y los mártires como las perras cazadoras,

porque los primeros parecen poseer miles de cabezas

y las segundas muchísimos senos como las perras!

Por causa de tu fe el mártir Néstor

se transformó en pez, en forma de pulpo.

Y tu fe muestra a Procopio de Briaris

con tantas manos como cabellos en la cabeza.

Tú, con lo tímido que eres, dices que posees

sesenta dientes de la gran mártir Tecla —¡qué engaño!—

y canas del majestuoso Pródromo.

Incluso, presumes ante todo el mundo que has comprado

hasta las barbas de los niños asesinados

en Belén, antes ciudad de Judea.

Dices que los fieles respetan todas esas reliquias como si fueran ley.

¡Ay fe, fe ferviente,

tú que no niegas las leyes ancestrales,

imitando el fervor de los Macabeos!

¡Ay, fe que no tienes ningún defecto

y tú sola puedes cambiar las leyes y la naturaleza,

ahora a la mujer vieja la representas

con sesenta dientes

y el cabello de un joven lo transformas en blanco

y pones a los niños espaldas velludas!

Y todo eso lo aceptas como si fuera verdad

y repartes dinero con placer.

Por supuesto, nunca te faltará la enorme cantidad de reliquias.

Porque existirá el comercio de reliquias

hasta que suene la última trompeta (del Juicio),

que las unirá a todas recogiéndolas de modo

que se queden intocables de otras sustancias,

reuniendo todo lo que antes se había separado,

combinando las piezas anteriormente dispersas,

dándoles toda la vida que han perdido

y llamando a todos hacia el altar,

aquel altar asombroso y terrible,

donde tú, por tu actitud poco divina,

recibirás el castigo que te corresponde

por haber hecho pasar, con tan poca prudencia,

los huesos de los profanos como huesos de santo,

comprándolos y guardándolos en una tinaja.

¿Qué más da si tú gastas tanto oro?

Puedes conseguirlos gratis

recorriendo las tumbas de la ciudad.

Pero si dices que no obtienes ganancia alguna,

recibirás huesos de tumbas gratis

y vete a comprarlas, vete con alegría.

Es más fácil arrojar todo tu dinero

a que los vendedores de muertos vacíen las tumbas.

¡Pues yo teniendo conocimiento de todo eso me pregunto

cómo puedes creer a los vendedores de huesos

y, encima, aceptar a todos estos

con el máximo placer!

Además, me he informado a través de un amigo tuyo

que un estafador, conocedor de la fiebre de tu fe,

cogió el hueso femoral de una oveja,

le puso tinta de azafrán,

incienso para el olor y lo envolvió

y llegando a ti directamente te lo ofreció diciendo:

“Existe este hueso del mártir Probo”,

pero aquel fue más bien de oveja y no de Probo.

“A ti te lo dejo en dieciséis monedas de oro”.

Padre, creíste que ibas a recibir una cosa divina

y lo hiciste por tu fe.

Ya es grande fe la tuya y, por supuesto,

podría mover el mundo.

Porque, como dice un dicho,

cuando hay una semilla de fe verdadera,

aunque sea pequeña como un grano de mostaza, Jesucristo

puede trasladar montañas con mayor facilidad.

Sin embargo, ya que sé que eres fiel hasta el extremo,

aceptando sin dudar ni vacilar

las ofertas de reliquias,

te ofreceré gratis una cosa rara,

el dedo pulgar de Enoj —el tres veces afortunado—,

y el glúteo del mismo Elías Tesbita,

que subió vivo con su carro al cielo.

¿Quieres que te proporcione, junto a estas reliquias,

el dedo del Arcángel Miguel?

Lo haré. Te lo ofreceré, ya que lo tengo de Conón.

Solamente, no creas que son las que te digo

que son cuando te las doy.

Junto a estas te daré, padre, una pequeña parte de las alas

de Gabriel, el de la mente más aguda.

Porque antes de bajar a la ciudad de Nazaret,

volaba en el cielo y se le cayeron algunas plumas.

De allí, pues, vienen esas plumas.

¡Todo eso poseo y te lo ofrezco,

amigo admirador de las reliquias!

Pero no te escatimaré las mejores reliquias

porque te veo tan creyente,

a ti, el más dulce de entre los monjes, Andrea.

Incluso, te daré con mucho placer las siguientes:

las niñas de tres ojos de un Querubín

y una mano con una ardiente espada,

que después de encenderla en medio de las reliquias

no hará falta ni un candil.

Porque, como cualquier llama, puede reflejar luz

y vencer toda luz de las estrellas brillantes.

Aquella, pues, la llama, te servirá como candil

y como la mejor reliquia de todas.

Y todas esas cosas, junto al resto

de las numerosas reliquias, vas a quemarlas gratis y sin esfuerzo,

y a mí me considerarás parte de tus amigos

y me llamarás benefactor para siempre.

En mi opinión, así son las cosas y así deben ser.

El que firma todo esto, yo, el secretario del rey,

Cristóbal, se despide de ti,

a quien has conocido al costado de las viviendas de Protasio,

quiero decir, al lado del cuartel, padre,

y deseo mantenerte como conocido y amigo

para reírme cada día

por haber encontrado en ti un gran remedio contra la tristeza.

 

 

© María Koutentaki, de la versión al castellano

de: Cristóbal de Mitilene (s. XI) y la poesía satírica en la época bizantina. Facultad de Ciencias y Letras Humanas UNMSM. Lima. 2009.

Denise Levertov. Las noticias y la luna verde. Julio de 1994

Denise-Levertov

(Ilford, 1923 – Seattle, 1997)

 

La luna verde, casi llena.

Los telescopios gigantescos escudriñan catástrofes:

fragmentos de cometa chocan contra Júpiter, abren

cráteres que los astrónomos, llenos de júbilo, declaran mayores

que la Tierra (o corrimientos profundos, según otros —túneles, si quieres—

en la gaseosa insubstancialidad de ese planeta).

 

Imagínatelo. Imagina las noticias. La radio

apenas dispone de una hora para darlas. Coopera.

Dos tercios de lo que queda de la masacre de Ruanda

vagan por campos sin comida ni agua,

o ni vagan, porque se están muriendo

 

o ya han muerto. La luna verde, pero quizás

cuando salga mañana en Ruanda o en Zaire parecerá

blanca, amarilla, de serena plata. Aquí, en el gris húmedo

del ocaso canicular, es verde lima. Hace veinticinco años

figuras absurdas, logotipos de Michelín, daban botes en la luna, en blanco.

 

Boletín de radio desde Haití: los vudúes

se frotan frenéticamente bajo una cascada,

con gritos y lamentos —se puede oír el agua detrás—.

Un ritual de purificación. No en respuesta a los sucesos astronómicos,

sino a la miseria. Los nombres cambian, no se habla de los Tonton Macute

 

ya, pero los tentáculos de la miseria no se relajan. Los bebés ahora

(el micrófono cambia de sitio), más lamentos, sin gritos, un hospital,

madres y monjas cantan himnos; no queda mucha comida que repartir.

Cuerpos jóvenes, las manos atadas atrás, vertidos por las calles

de Puerto Príncipe. (En ríos y lagos

 

de África también se han vertido, y no hace mucho en El Salvador

—un tema habitual en las noticias). Salen (otra vez) embarcaciones abarrotadas,

se hunden o rechazan. Podría ocurrir, dice un científico

(el programa vuelve a Júpiter), que un cometa desconocido se dirigiera

en cualquier momento a la Tierra. No podríamos detenerlo. Mientras,

 

un astronauta ya mayor lamenta que no estemos enviando hombres a Marte;

ese es el progreso, dice; un hombre educado que piensa que se

ha gastado demasiado en bienestar, todo su celo puesto en dejar

atrás este despreciado planeta, y no un árbol ni un terreno

ni lo que él entiende por hogar, sea lo que sea, ni el pasado de la humanidad

 

ni mucho menos montañas o pozos sagrados, ni ámbitos no tecnológicos

del conocimiento. Y mientras tanto leo a Leonardo Sciacia,

con sus análisis refinados, irónicos y furibundos; el microcosmos de Sicilia,

un espejo de los andares corruptos de ese mundo. Siento el peso

de la abulia moral; aquellas ganas de cambio de antaño que me empujaban a la acción

 

en las que poder reflejarse (como la luna encuentra espejos en mares o charcos)

mete la cabeza en superficies que no devuelven imagen alguna. Una mota

por metro cuadrado, polvo estelar, continua, como si saliera de un bote inacabable

de polvos de talco, cae lentamente sin ser vista, e incrementa siglo tras siglo

la carga de la Tierra. Cubierta por ese polvo invisible oteo el cielo para ver

 

la bruma de verde resplandor que la luna irradia esta noche, un súbito

suspiro de tiempo. No hay lunamancia que me descifre su significado, si lo tiene.

Es bella, un berilo, un disco de suave jade que se funde

en su propia luz. Tan silenciosa.

Casi se oyen los gritos de dolor de la Tierra.

 

 

© herederos de Denise Levertov

© José Manuel Rodríguez Herrera, de la versión al castellano

de: Arenas del Pozo. La poesía, señor Hidalgo. Barcelona. 2007