José García Obrero. La piel es periferia

José García Obrero

(Santa Coloma de Gramenet [Barcelona], 1973)

.

Parto

 

Hubo un instante

en que nadie en el mundo

había muerto.

Una línea finísima

de tiempo impreciso

en que todas las cosas

chocaban

suspendidas

en el fluido

caliente

de la casa.

Vino después

un giro brusco:

la luz blanca

y el primer golpe

y un ruido

de engranajes

y esta penumbra.

 

 

 

Una casa

 

Hemos comprado una casa un día de lluvia

para que circule la sangre tan resguardada

que vuelva a florecer en primavera.

Hemos comprado una casa para limpiar,

en las estancias, el lodo frío de la soledad.

Hemos comprado una casa para ver al fracaso

pasear su perro cojo alrededor de la fuente;

para escuchar cómo se aleja la gran oscuridad;

para resistir como esas plantas que las gotas

están dejando heridas de pavor.

Hemos comprado esta casa para colocar fuera

lo que nunca sabremos poner a cubierto.

 

 

 

Jordaan

 

Las ventanas enormes de la casa

parecían dos peceras

que a fuerza de embestirse

modulaban la claridad.

Y nosotros nadábamos dentro de la casa,

más polizontes que peces, más capitanes

de un filibote holandés,

que campesinos de los huertos

líquidos del interior.

La fachada se inclinaba hacia delante

buscando soltar amarras

y alejarse de puentes y de aceras.

Y nosotros nadábamos por la casa,

por encima de los muebles,

siempre hacia las ventanas

por ver la tormenta del mar de Galilea

o la luz que mancha de miel la piel de la aguadora.

Cortamos los nenúfares del techo;

masticamos sus flores orientales.

Y la sombra de las paredes se convirtió en verano

del círculo polar;

y nuestros ojos tomaron la belleza

del color de los ladrillos de Manhattan;

y la imagen de nosotros en nosotros fue igual que nuestra imagen:

todo multiplicándose

como peces y panes, como espejos,

y a lo lejos una música débil en su concha

creciendo como orquesta

que irrumpe de repente en un tsunami.

 

 

 

Céfiro

 

I used to be a sort of blind
now I can sort of see
Bill Callahan

 

Nos adorna el paisaje.

Por ejemplo,

ella deja que el sauce le roce con sus ramas

y yo que el céfiro caliente deposite jazmín

en mi barbilla.

 

Estiramos los cuerpos junto al río

como si fuesen rocas decorando la tarde.

 

Ella contempla el agua ondulando la luz,

la luz contempla el agua ondulándola a ella.

 

Se aleja la ciudad desde nuestras riberas,

pero vienen abejas con su baile celeste

y caballos y vacas jugando como perros.

—Las bestias— me susurra —son caricias del agua.

 

El céfiro caliente se cuela entre nosotros

llevándose las ramas de sauce de su pelo

y el jazmín que perfila de blanco mi barbilla.

Observamos la luz ensortijar el río

y el río nos observa envueltos en el céfiro.

Ya no somos dos ciegos que tiemblan ante el alba,

ahora somos videntes desvelando las sombras.

 

 

© José García Obrero, de los poemas

de: La piel es periferia. Visor Libros. Madrid. 2017.

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Historia de Antonio. Georges Bataille

bataille

(Billom, 1897 – París, 1962)

 

1

Pocas semanas más tarde, había llegado incluso a olvidar mi enfermedad. Me encontré con Michel en Barcelona. Súbitamente me hallé delante de él. Sentado en una mesa de La Criolla. Lazare le había dicho que me iba a morir. La frase de Michel me recordaba un pasado penoso.

Pedí una botella de coñac. Empecé a beber, llenando el vaso de Michel. No tardé demasiado en estar borracho. Hacía tiempo que conocía la atracción de La Criolla. Para mí no tenía ningún encanto. Un muchacho vestido de mujer hacía un número de baile en la pista: llevaba un traje de noche cuyo escote le llegaba hasta las nalgas. Los taconazos del baile español retumbaban sobre el suelo…

Experimenté un profundo malestar. Miraba a Michel. Él no estaba acostumbrado al vicio. Michel era tanto más torpe cuanto más borracho iba estando: se agitaba en su silla.

Yo estaba muy molesto. Le dije:

—Me gustaría que te viera Lazare… ¡en un tugurio!

 

Me interrumpió, sorprendido:

—Pero si Lazare venía con mucha frecuencia a La Criolla.

Me volví inocentemente hacia Michel, como desconcertado.

—Te digo que sí, el año pasado Lazare estuvo en Barcelona y a menudo solía pasar la noche en La Criolla. ¿Qué tiene eso de extraordinario?

Efectivamente, La Criolla es una de las curiosidades más conocidas de Barcelona.

Sin embargo, yo pensaba que Michel estaba bromeando. Se lo dije: aquella broma era absurda, la sola idea de Lazare me ponía enfermo. Sentí subir en mí la cólera insensata que contenía.

Grité, estaba loco, había cogido la botella en la mano:

—Michel, si Lazare estuviese delante mío, la mataría.

Otra bailarina —otro bailarín— hizo su aparición en la pista entre carcajadas y chillidos. Llevaba una peluca rubia. Era bello, repugnante, ridículo.

—Quiero pegarle, golpearla…

Era tan absurdo que Michel se levantó. Me cogió por el brazo. Tenía miedo: yo perdía toda compostura. Él también estaba borracho. Adoptó un aire extraviado al volver a derrumbarse sobre su silla.

 

Me tranquilicé mirando al bailarín de la cabellera solar.

—¡Lazare! No es ella la que se ha portado mal, gritó Michel. Por el contrario, ella me dijo que la habías maltratado violentamente; de palabra…

—Ella te lo ha dicho.

—Pero no te guarda rencor.

—No me vuelvas a decir que ha venido a La Criolla. ¡Lazare a La Criolla!…

—Ha venido aquí varias veces, conmigo: se interesó mucho por esto. No quería irse. Debía estar sofocada. Nunca me habló de las tonterías que le dijiste.

Yo casi me había calmado:

—Ya te lo contaré en otra ocasión. ¡Vino a verme en un momento en que yo estaba a punto de morir! ¿No me guarda rencor?… Pues yo no se lo perdonaré jamás. ¡Jamás! ¿Me oyes? Bueno, ¿vas a decirme ya lo que venía a hacer a La Criolla?… ¿Lazare?…

 

No me podía imaginar a Lazare sentada allí mismo donde yo estaba, ante un espectáculo escandaloso. Estaba embrutecido. Tenía la sensación de haber olvidado algo —que sin duda sabía en el instante anterior, que absolutamente hubiera debido recuperar. Habría deseado hablar, con mayor entereza, hablar más fuerte; tenía consciencia de una perfecta impotencia. Estaba acabando de emborracharme.

Michel, con la preocupación, se volvía aún más torpe. Sudaba copiosamente, era desgraciado. Cuanto más reflexionaba, más extraviado se sentía.

—Quise torcerle una muñeca —me dijo.

—…

—Un día… aquí mismo…

Yo sentía una gran opresión, habría estallado.

En medio de la barahunda. Michel prorrumpió en carcajadas:

—¡Tú no la conoces! ¡Me pedía que le clavase alfileres en la piel! ¡Tú no la conoces! Es intolerable…

—¿Por qué alfileres?

—Quería entrenarse…

Yo grité:

—¿Entrenarse a qué?

Michel se rió aún con más ganas.

—A soportar las torturas…

 

De pronto, recuperó la gravedad, torpemente, como podía. Quiso adoptar un aire apresurado, cobrando un aire estúpido. Al punto se puso a hablar. Se enrabiaba:

—Hay otra cosa que es absolutamnte necesario que sepas. Ya lo sabes, Lazare fascina a quienes la oyen. Les parece no ser de este mundo. Hay quienes aquí, obreros, a los que conseguía incomodar. Ellos la miraban. Luego, se la encontraban en La Criolla. Aquí, en La Criolla, parecía una aparición. Sus amigos, sentados a la misma mesa, estaban horrorizados. No podían comprender que se encontrase allí. Un día, uno de ellos, harto, se puso a beber… Estaba fuera de sí; hizo como tú, pidió una botella. Bebía vaso tras vaso. Yo pensé que se acostaría con ella. Ciertamente habría podido matarla, habría preferido que la matasen por ella, pero nunca le habría pedido que se acostase con él. Ella le seducía y nunca hubiese comprendido si yo hubiera hablado de su fealdad. Pero, a sus ojos, Lazare era una santa. Y, además, debía seguir siéndolo. Era un mecánico muy joven que se llamaba Antonio.

 

Yo le hice lo que había hecho el joven obrero; vacié mi vaso y Michel, que raramente bebía, se puso a mi altura. Entró en un estado de extrema agitación. Yo estaba ante el vacío, bajo una luz que me cegaba, ante una extravagancia que nos superaba.

Michel enjugó el sudor de sus sienes. Prosiguió:

—Lazare estaba irritada al ver cómo bebía. Le miró a los ojos y le dijo: “Esta mañana le he dado un papel para que lo firmase y usted lo ha firmado sin leerlo”. Hablaba sin la menor ironía. Antonio repuso: “¿Qué más da?”. Lazare replicó: “¿Pero, y si le hubiera dado una profesión de fe fascista?”. Antonio, a su vez, miró fijamente a Lazare. Estaba fascinado, pero fuera de sí. Respondió lentamente: “La mataría”. Lazare le dijo: “¿Lleva un revólver en el bolsillo?”. Él contestó: “Sí”. Lazare dijo: “Salgamos”. Salimos. Quería un testigo.

Acabé por respirar mal. Le pedí a Michel, que perdía su ímpetu, que continuase de inmediato. De nuevo se secó el sudor en la frente:

 

—Fuimos a la orilla del mar, a ese lugar donde hay escalones para bajar. Despuntaba el alba. Andábamos sin decir ni una palabra. Yo estaba desconcertado, Antonio excitado hasta el límite, pero atontado por todo lo que había bebido, Lazare ausente, serena como una muerta…

—Pero, ¿se trataba de una broma?

—No era una broma. Yo los dejaba actuar. No sé por qué estaba angustiado. Al borde del mar, Lazare y Antonio descendieron hasta los escalones más bajos. Lazare le pidió a Antonio que tomase en la mano su revólver y que le pusiese el cañón en el pecho.

—¿Y Antonio lo hizo?

—Él también tenía un aire ausente, sacó un “browning” de su bolsillo, lo montó y colocó el cañón contra el pecho de Lazare.

—¿Y entonces?

—Lazare le preguntó: “¿No me dispara?”. Él no contestó nada y se quedó dos minutos sin moverse. Por último dijo “no” y retiró el revólver…

—¿Eso fue todo?

—Antonio parecía agotado: estaba pálido y, como hacía fresco, se puso a temblar. Lazare cogió el revólver, sacó la primera bala. Aquella bala estaba en el cañón cuando ella lo tenía apoyado en el pecho, luego habló con Antonio. Le dijo: “Démela”. Quería quedársela de recuerdo.

—¿Y Antonio se la dio?

—Antonio le dijo: “Como guste”. Ella la metió en su bolso.

 

Michel se calló: parecía estar más a disgusto que nunca. Yo pensaba en la mosca en la leche. Ya no sabía si había que reírse o estallar. Verdaderamente se parecía a la mosca en la leche, o, también, al mal nadador que traga agua… No soportaba la bebida. Al final estaba a punto de llorar. Gesticulaba extrañamente a través de la música, como si tuviese que espantar a algún insecto:

—¿Podrías imaginarte una historia más absurda? —me dijo también.

El sudor, al correr por su frente, había sido el responsable de su gesticulación.

 

 

2

La historia me había dejado estupefacto.

Aún pude preguntarle a Michel —nos manteníamos lúcidos a pesar de todo— como si no estuviésemos borrachos, sino obligados a prestar una desesperada atención:

—¿Puedes decirme qué hombre era ese Antonio?

Michel me señaló a un muchacho en una mesa vecina, diciéndome que se le parecía.

—¿Antonio? Tenía un aspecto fogoso… Hace quince días, le detuvieron: es un agitador.

 

Pregunté de nuevo con la mayor gravedad que me era posible:

—¿Puedes decirme cuál es la situación política en Barcelona? No sé nada.

—Va a saltar todo…

—¿Por qué no viene entonces Lazare?

—La estamos esperando de un día para otro.

Lazare se disponía, pues, a venir a Barcelona, con objeto de participar en la agitación.

Mi estado de impotencia se volvió entonces tan penoso que, de no haber estado Michel, aquella noche podía haber acabado mal.

El propio Michel tenía la cabeza del revés, pero consiguió que me sentase de nuevo. Intentaba, no sin dificultad, recordar el tono de voz de Lazare, que, un año antes, había ocupado una de aquellas sillas.

Lazare hablaba siempre con sangre fría, pausadamente, con un tono de voz íntimo. Yo me reía al pensar en cualquiera de las frases lentas que pudiese haber oído. Hubiese deseado ser Antonio. La habría matado… La idea de que tal vez yo amaba a Lazare me arrancó un grito que se perdió en el tumulto. Habría podido morderme a mí mismo. Estaba obsesionado con el revólver —la necesidad de tirar, de vaciar el tambor… en su vientre… en su… Como si cayese en el vacío con una serie de gestos absurdos, como, en sueños, solemos hacer impotentes disparos.

Ya no podía más: para recuperarme, tuve que hacer un gran esfuerzo. Le dije a Michel:

—Odio a Lazare hasta un punto que a mí mismo me aterra.

 

Ante mí, Michel tenía el aspecto de un enfermo. Él también hacía esfuerzos sobrehumanos por sostenerse. Se echó las manos a la frente, sin poder evitar una risa a medias:

—Efectivamente, según ella, le habías manifestado un odio tan violento… Hasta ella pasó miedo. Yo también la detesto.

—¡La detestas! Hace dos meses vino a verme a mi cama cuando creyó que yo iba a morir. La hicieron pasar; se acercó hasta mi cama de puntillas. Cuando la vi en medio de la habitación, se quedó de puntillas, inmóvil: tenía la pinta de un espantapájaros inmóvil en medio de un sembrado…

—Estaba a tres pasos, tan pálida como si hubiera mirado a un muerto. Había sol en la habitación, pero ella, Lazare, era negra, era negra como lo son las cárceles. Era la muerte lo que le atraía, ¿me comprendes? Cuando de pronto lo vi, tuve tanto miedo que grité.

—¿Pero, y ella?

—Ella no dijo una palabra, no se movió. La insulté. La llamé sucia gilipollas. La llamé cura. Llegué incluso a decirle que estaba sereno, que tenía perfecta sangre fría, pero temblaba con todos mis miembros. Tartamudeaba, perdía la saliva. Le dije que morir era lamentable, pero que tener que morir viendo a un ser abyecto, era demasiado. Hubiera deseado que mi orinal estuviese lleno, le habría tirado la mierda a la cara.

—¿Y ella qué dijo?

—Le dijo a mi suegra que más valía que se fuese, sin alzar la voz.

 

Yo reía. Me reía. Veía doble y perdía la cabeza.

Michel, a su vez, rompió a reír:

—¿Y se fue?

—Se fue. Empapé las sábanas de sudor. Creí morir en aquel preciso momento. Pero, al final del día, sentí que estaba mejor, sentí que me había salvado… Entiéndeme bien, tuve que darle miedo. Si no, ¿no crees tú? ¡Estaría muerto!

Michel estaba postrado, se irguió de nuevo: sufría, pero, al propio tiempo, tenía el aspecto que habría tenido si acabase de saciar su venganza; deliraba:

—A Lazare le gustan los pajaritos: lo dice, pero miente. Miente, ¿me oyes? Huele a tumba. Lo sé: un día la cogí en mis brazos…

Michel se levantó. Estaba lívido. Dijo, con una expresión de profunda estupidez:

—Será mejor que me vaya a los servicios.

Yo también me levanté. Michel se alejó para ir a vomitar. Con todos los alaridos de La Criolla en la cabeza, yo estaba de pie, perdido en el tumulto. Ya no comprendía: de haber gritado, nadie me habría oído, incluso de haber gritado a voz sin cuello. No tenía nada que decir. Aún no había acabado de perderme. Me reía. Me hubiera gustado escupirles a los demás a la cara.

 

 

© Herederos de Georges Bataille.

© Ramón García Fernández, de la versión al castellano.

de: El azul del cielo. Tusquets editores. Barcelona. 2008.

 

La verdadera historia de un vampiro. Conde de Stenbock

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(Cheltenham, 1860 – Brighton, 1895)

 

Las historias de vampiros se localizan por lo general en Estiria; la mía también. Estiria de ninguna manera es la clase de lugar romántico descrito por aquellos que obviamente nunca han estado allí. Es una región chata, nada interesante, célebre únicamente por sus pavos, sus pollos castrados y la estupidez de sus habitantes. Los vampiros suelen llegar de noche, en carruajes tirados por dos caballos negros.

Nuestro vampiro llegó en el común y corriente ferrocarril y a la tarde temprano. Han de creer que quiero impresionarlos, o que quizás con la palabra “vampiro” me refiero a un vampiro financiero. No, soy totalmente seria. El vampiro del que hablo, que arrasó nuestro corazón y nuestro hogar era un vampiro real.

Sí, devastó nuestro hogar, asesinó a mi hermano —mi único objeto de admiración— y también a mi querido padre. Sin embargo, a la vez debo decir que ya no le guardo rencor.

Sin duda han leído en los diarios passim acerca de “la baronesa y sus bestias”. Justamente escribo esto para contar cómo llegué a gastar la mayor parte de mi inútil salud en un asilo para animales abandonados.

Ahora soy vieja; cuando ocurrió aquello yo era una niña de aproximadamente trece años. Empezaré por describir a nuestra familia. Éramos polacos; nuestro apellido era Wronsky: vivíamos en Estiria, donde teníamos un castillo. Nuestra familia era muy limitada. Estaba formada, con exclusión de los domésticos, por mi padre solo, nuestra gobernanta —una belga entrañable llamada Mademoiselle Vonnaert—, mi hermano y yo. Permítanme comenzar con mi padre: era anciano y tanto mi hermano como yo éramos hijos de su vejez. De mi madre no recuerdo nada: murió al dar nacimiento a mi hermano, que era solo un año, o no tanto, más joven que yo. Nuestro padre era estudioso, estaba continuamente ocupado leyendo libros, en su mayoría sobre temas abstrusos y en toda clase de idiomas desconocidos. Tenía una larga barba blanca y lucía habitualmente un gorro de terciopelo negro.

¡Qué bondadoso era con nosotros! Lo era más todavía de lo que podría decirles. Sin embargo, yo no era su favorita. Todo su corazón era para Gabriel: Gabryel, como pronunciamos en polaco. Él siempre lo llamaba por el apodo ruso Gavril. Hablo, claro, de mi hermano, que se asemejaba al único retrato de mi madre, un ligero esbozo en carbón que colgaba en el estudio de mi padre. Pero de ninguna manera estaba celosa: mi hermano era y había sido el único amor de mi vida. Por su causa ahora mantengo en Westbourne Park un hogar para gatos y perros abandonados.

Yo era en aquel tiempo, como dije antes, una niña; mi nombre era Carmela. Mi largo cabello enmarañado estaba siempre en desorden y nunca conseguí peinarlo correctamente. No era linda; al menos, mirando una fotografía mía de esa época, no creo que pueda describirme de tal modo. Aunque, al mismo tiempo, cuando miro la fotografía, pienso que mi expresión pudo haber sido agradable para alguna gente: rasgos irregulares, boca grande y enormes ojos salvajes.

Iba camino a ser desobediente; no tan desobediente como Gabriel, en opinión de Mlle. Vonnaert. Mlle. Vonnaert, permítanme intercalar, era toda una excelente persona, de mediana edad, que hablaba realmente buen francés, a pesar de ser belga, y podía  también hacerse entender en alemán, que, como es posible que sepan, es el idioma común de Estiria.

Encuentro difícil describir a mi hermano Gabriel; había algo de extraño y de sobrehumano en él, o quizás debería decir de protohumano, algo entre lo animal y lo divino. La idea griega del fauno tal vez pueda ilustrar lo que quiero decir, pero tampoco alcanzará. Tenía ojos grandes y salvajes como los de una gacela; su pelo, como el mío, estaba siempre enmarañado: este rasgo en común conmigo, asociado al hecho —como oí decir tiempo después— de que nuestra madre había sido de raza gitana, explica el innato temperamento salvaje de nuestra naturaleza. Nada podía inducirlo a ponerse zapatos y medias, excepto los domingos, cuando también se dejaba peinar el cabello, aunque solo por mí. ¿Cómo haré para describir la gracia de aquella boca adorable, moldeada verdaderamente en arc d’amour? Siempre pienso en el texto del Salmo: “La gracia está derramada sobre tus labios, pues Dios te bendijo eternamente”. Sus labios parecían exhalar el aire mismo de la vida. ¡Tenía una figura hermosa, flexible, llena de vida y de elasticidad!

Corría más velozmente que cualquier ciervo, saltaba como una ardilla a la rama más alta de un árbol; se lo podría haber tomado por el signo y el símbolo de la vitalidad misma. Pero raras veces lograba ser persuadido por Mlle. Vonnaert de estudiar sus lecciones; aunque cuando lo hacía aprendía con extraordinaria rapidez. Era capaz de tocar todos los instrumentos imaginables, empuñando un violín por aquí, por allá y por cualquier parte, excepto por el lugar correcto, fabricando él mismo instrumentos con cañas, incluso palillos. Mlle. Vonnaert hacía esfuerzos fútiles para convencerlo de que aprendiera a tocar el piano. Supongo que era lo que se dice un consentido, aunque solo en el aspecto superficial del término. Nuestro padre estaba dispuesto a perdonarle todos los caprichos.

Una de sus peculiaridades, cuando muy pequeño, era que la simple vista de la carne le provocaba horror. Nada en el mundo podía convencerlo de que la probara. Otra cosa particularmente notable en él era su extraordinario poder sobre los animales. Todos parecían volverse dóciles en sus manos. Los pájaros se posaban sobre sus hombros. Mlle. Vonnaert y yo a veces lo perdíamos en medio del bosque, ya que de repente salía corriendo disparado. Luego lo encontrábamos cantando dulcemente o silbando para sí, rodeado de todo tipo de criaturas del bosque: puercoespines, zorrinos, liebres, marmotas, ardillas y otros animales por el estilo. Con frecuencia los traía consigo a casa e insistía en quedárselos. Esta extraña ménagerie paralizaba el corazón de la pobre Mlle. Vonnaert. Gabriel resolvió vivir en el pequeño cuarto de una torrecilla; pero en vez de subir por las escaleras, prefería trepar por un castaño muy alto y entrar por la ventana. En contradicción con todo esto se encontraba su costumbre de servir durante la misa de los domingos en la iglesia parroquial, con el pelo bien peinado, sobrepelliz blanco y casaca roja. Lucía lo más recatado y dócil posible. Entonces parecía tocado por un elemento divino. ¡Qué expresión de éxtasis había en aquellos ojos llenos de gloria!

Hasta aquí no les he hablado del vampiro. Permítanme, sin embargo, empezar con mi relato de una vez. Un día mi padre tenía que marcharse a un pueblo vecino, como hacía a menudo. Pero esta vez volvió acompañado de un huésped. El caballero, dijo, había perdido el tren y hasta el arribo de otro a nuestra estación, que era un empalme, tendría en consecuencia que aguardar toda la noche, ya que los trenes no pasaban con frecuencia por aquellos parajes. Había trabado conversación con mi padre en el tren que llegó con retraso de la ciudad, y había aceptado consecuentemente la invitación a pasar la noche en nuestra casa. Pero claro, como ustedes saben, en estas regiones apartadas somos casi patriarcales en nuestra hospitalidad.

Fue anunciado como el conde Vardalek, un nombre húngaro. Pero hablaba alemán bastante bien: no con la acentuación monótona de los húngaros, sino más bien, si se quiere, con una ligera entonación eslava. Su voz era particularmente suave e insinuante. Enseguida descubrimos que sabía hablar polaco y Mlle. Vonnaert dio pruebas de su buen francés. Parecía, en efecto, conocer todas las lenguas. Pero permítanme que les dé mi primera impresión. Era más bien alto, con un hermoso cabello ondulado, algo largo, que acentuaba una cierta femeneidad en su rostro lampiño. Su figura tenía algo de serpiente, no puedo decir qué. Los rasgos eran refinados y tenía manos largas, delgadas, sutiles, que irradiaban magnetismo; una nariz algo larga y sinuosa, una boca agraciada y una sonrisa atractiva, que desmentía la intensa tristeza de la expresión de su mirada. Al llegar sus ojos estaban entrecerrados —a decir verdad, estaban habitualmente así—, de modo que no pude distinguir su color. Daba la impresión de estar rendido de cansancio. Me fue imposible adivinar su edad.

De pronto, Gabriel irrumpió en la habitación: tenía una mariposa amarilla adherida a su pelo. Cargaba en sus brazos una ardillita. Por supuesto estaba con las piernas descubiertas, como de costumbre. El extranjero levantó la mirada al verlo aproximarse; entonces pude observar sus ojos. Eran verdes; parecieron dilatarse y aumentar de tamaño. Gabriel se quedó inmóvil, con una mirada de susto, como la de un pájaro fascinado por una serpiente. Y sin embargo, tendió su mano al recién venido. Vardalek, tomando su mano —no sé por qué retuve un detalle tan trivial—, le presionó el pulso con el dedo índice. Súbitamente, Gabriel salió corriendo y se precipitó en su cuarto de la torre, esta vez por la escalera y no por el árbol. Me aterrorizaba lo que el conde pudiera pensar de él. Grande fue mi sorpresa cuando bajó con su traje aterciopelado de domingo, zapatos y medias. Le peiné el cabello y lo arreglé bien.

Cuando el extraño bajó para cenar, algo se había alterado en su aspecto y daba la sensación de ser mucho más joven. La elasticidad de su piel, combinada con una complexión delicada, era rara de ver en un hombre. Cara a cara, me chocó que fuera muy pálido.

vampirosBueno, durante la cena estuvimos todos encantados con él, especialmente mi padre. El conde parecía estar cabalmente al tanto de todos sus hobbies particulares. En un momento, mientras comentaba sus experiencias militares, mi padre dijo algo sobre un chico que tocaba el tambor y que fue herido en combate. Los ojos del conde volvieron a abrirse por completo y se dilataron: ahora con una expresión particularmente desagradable, apagada y muerta, aunque a la vez animada por alguna horrible exitación. Pero esto fue solo momentáneo.

El tema central de su conversación con mi padre giró en torno de ciertos curiosos libros de mística. Mi padre los había adquirido recientemente y no podía descifrarlos, pero Vardalek daba por completo la impresión de comprender. A la hora de los postres, mi padre le preguntó si tenía prisa por alcanzar su destino; si no, podía permanecer con nosotros un poco: aunque nuestra casa estaba en una región apartada, podía encontrar otras muchas cosas de su interés en la biblioteca.

El conde respondió:

—No tengo prisa. Nada en particular me obliga en absoluto a ir a ese lugar, y si puedo serle útil descifrando esos libros, me quedaré muy contento. —Luego agregó con una sonrisa amarga, muy amarga—: Ya ve que soy un cosmopolita, un errabundo sobre la faz de la tierra.

Después de cenar mi padre le preguntó si sabía tocar el piano.

—Sí, un poco —dijo y se sentó al piano. Comenzó, entonces, a tocar una csarda húngara: salvaje, rapsódica, maravillosa.

Es la música que vuelve locos a los hombres. Él prosiguió con el mismo ímpetu.

Gabriel estaba apostado junto al piano, los ojos dilatados y fijos; su cuerpo temblaba.

Por fin, ante un particular motivo —ya que no tengo una palabra mejor para referirme a la relâche de una csarda, el punto donde el movimiento cuasi lento del principio comienza de nuevo— dijo muy lentamente:

—Sí, creo que yo también puedo tocar eso.

Fue de inmediato a buscar su violín y el xilófono que había fabricado con sus propias manos, y en efecto, alternando los instrumentos, reprodujo verdaderamente muy bien la misma melodía.

Vardalek lo miró y dijo con una voz muy triste:

—¡Pobre niño! Tienes el alma de la música dentro de ti.

Yo no pude comprender por qué le parecía que debía consolar a Gabriel en vez de felicitarlo por haber demostrado realmente un talento extraordinario.

Gabriel se mostró tan temeroso como los animales silvestres que se comportaban mansamente con él. Nunca antes le había caído simpático un extraño. Por regla general, si un extraño venía a casa por alguna casualidad, se escondía de él y yo tenía que subirle la comida al cuarto de la torre. Pueden imaginarse cuál fue mi sorpresa cuando a la mañana siguiente lo vi paseando con él y mostrándole la colección de mascotas que había recogido del bosque y por la cual habíamos tenido que improvisar un zoológico a medida. Daba la impresión de estar enteramente bajo el dominio de Vardalek. Lo que nos sorprendió (pues a no ser por ello nos agradaba el extranjero, especialmente por ser agradable con Gabriel) fue que parecía, aunque no de manera notoria al principio —excepto quizás para mí, que me di cuenta de todo con solo mirarlo—, ir perdiendo gradualmente su salud y vitalidad. Aún no se había puesto pálido; pero había cierta lasitud en sus movimientos que de ninguna manera existía antes.

Mi padre se hallaba cada vez más agradecido con el conde Vardalek. Lo ayudaba en sus estudios y no estaba dispuesto a dejarlo irse, lo que de todos modos hacía algunas veces —a Trieste, según decía— y regresaba siempre, trayendo de regalo extrañas joyas orientales y telas.

Conocí a toda clase de personas provenientes de Trieste, incluso orientales. No obstante, había tal extrañeza y magnificencia en aquellas cosas que ya entonces estaba segura de que no era posible que viniesen de un sitio como Trieste, memorable para mí especialmente por sus tiendas de corbatas.

Cuando Vardalek estaba afuera, Gabriel constantemente preguntaba por él y hablaba de su persona. Pero, al mismo tiempo, parecía recobrar su antigua vitalidad y espíritu. Vardalek siempre regresaba mucho más viejo de aspecto, descolorido y fatigado. Gabriel corría a su encuentro y lo besaba en la boca. Entonces le daba un ligero escalofrío y, al cabo de un rato, empezaba a parecer joven de nuevo.

Las cosas continuaron así durante un tiempo. Mi padre no quería hablar de los permanentes viajes de Vardalek. Llegó a ser un residente de nuestra casa. Yo ciertamente, al igual que Mlle. Vonnaert, no podía menos que observar las diferencias que se habían operado en Gabriel. Pero mi padre parecía totalmente ciego a ello.

Una noche bajé las escaleras para buscar algo que había dejado en el cuarto de dibujo. Al subir de nuevo pasé frente a la habitación de Vardalek. Estaba tocando en el piano, que había sido puesto allí especialmente para él, uno de los nocturnos de Chopin, muy hermoso. Me detuve, apoyándome sobre la balaustrada para escuchar.

Algo blanco apareció en la oscura escalinata. En nuestra región creíamos en fantasmas. Traspasada de terror, me aferré a la balaustrada. ¡Cuál no fue mi asombro al ver a Gabriel descendiendo la escalinata, con los ojos fijos como si estuviera en un trance! Me aterró aún más de lo que pudiera haberlo hecho un fantasma. ¿Podía creer en mis sentidos? ¿Podría tratarse de Gabriel?

Simplemente no era capaz de moverme. Gabriel, envuelto en su largo camisón blanco, bajó las escaleras y empujó la puerta. La dejó abierta. Vardalek seguía tocando, pero hablaba mientras lo hacía.

Nie umiem wyrazic jak ciehie kocham[1] —dijo ahora en polaco—. Mi amor, me alegraría complacerte, pero tu vida es mi vida, y yo debo vivir, yo que más bien muero. ¿Dios no tendrá piedad alguna de mí? ¡Oh! ¡Oh, vida! ¡Oh, tortura de la vida!

Aquí hizo tronar un acorde agónico y extraño, luego continuó tocando suavemente.

—¡Oh, Gabriel, mi amado! —susurró casi para sí—. Mi vida, sí, vida. ¡Oh! ¿Por qué vida? Estoy seguro de que no es mucho lo que pido de ti. Seguramente, tu sobreabundancia de vida puede complacer un poco a quien ya está muerto. No, detente, lo que debe ser, ¡debe ser!

Gabriel permaneció en silencio, con la misma expresión fija y vacía, de pie en el centro de la habitación. Era evidente que caminaba dormido. Vardalek siguió tocando; luego dijo:

—Ahora ve, Gabriel, ya es suficiente.

Y Gabriel salió de la habitación, subió la escalinata con el mismo paso lento, con la misma mirada inconsciente. Vardalek embistió de nuevo contra el piano y aunque no tocaba muy fuerte, daba la impresión de que las cuerdas iban a romperse. Nunca se oyó una música tan extraña y desconsoladora.

Solo sé que me encontró Mlle. Vonnaert por la mañana, en estado inconsciente, al pie de las escaleras. ¿Había sido un sueño después de todo? Ahora estoy segura de que no lo fue. En aquel momento pensé que quizás lo fuera y no le dije nada a nadie. Ciertamente, ¿qué podía decir?

Bueno, permítanme abreviar esta larga historia. Gabriel, que jamás había conocido un momento de debilidad en su vida, cayó enfermo y debimos mandar a buscar a un médico en Gratz, que no pudo darnos ninguna explicación sobre su extraño malestar. Debilitamiento gradual, dijo, ningún mal orgánico en absoluto. ¿Qué debía entenderse por eso?

Mi padre por fin tomó consciencia del hecho de que Gabriel estaba enfermo. Su ansiedad era espantosa. Las últimas hebras grises de su cabello desaparecieron y se volvió totalmente blanco. Fuimos a Viena en busca de médicos. Pero todo con el mismo resultado.

Gabriel por lo general estaba inconsciente y cuando recobraba la conciencia solo parecía reconocer a Vardalek, que se sentaba continuamente junto a su cama y lo cuidaba con mayor ternura.

Un día me hallaba sola en la habitación. Vardalek gritó súbitamente, casi con ferocidad:

—Traigan a un sacerdote ahora mismo, ahora mismo —repitió—. ¡Ya es demasiado tarde!

Gabriel estiró sus brazos espasmódicamente y los puso alrededor del cuello de Vardalek.

Era el único movimiento que había hecho en mucho tiempo. Vardalek se inclinó y lo besó en los labios. Yo corrí escaleras abajo y enseguida ordenaron buscar un sacerdote. Cuando regresé, Vardalek no estaba allí. El sacerdote administró la extremaunción. Me pareció que Gabriel ya estaba muerto, aunque no lo creíamos así en el momento.

Vardalek había desaparecido por completo y cuando me puse a buscarlo no lo encontré en ningún lado; no he vuelto a verlo ni he oído hablar de él desde entonces.

Mi padre murió poco después, repentinamente viejo y doblegado por el dolor. Y así todo lo de los Wronsky quedó en mis solas manos. Y aquí me tienen, una mujer vieja, habitualmente objeto de burlas, porque mantengo, en memoria de Gabriel, un asilo para animales abandonados, ¡y la gente, por regla general, no cree en los vampiros!

 

 

 

© Ricardo Ibarlucía, de la versión al castellano.

de: Vampiria. De Polidori a Lovecraft. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires. 2007.

 

N O T A S

[1] “No puedo expresar cuánto te amo”, en castellano.

 

 

Gladys Mendía. Asfalto

gLAD377

(Maracay [Venezuela], 1975)

 

las líneas blancas son los poemas del asfalto

 

el sueño es la máscara

las sandalias aladas vueltas piedra

la visión no directa

 

 

la autopista está en el sueño del túnel

no es mística

no es el símbolo

sino una pasta amorfa

los ojos deciden que sea autopista

mientras parpadea

ocasiona un accidente

un herido fatal

 

 

el auto marca la pauta

aunque el asfalto es más largo

se podría decir infinito

pero el infinito es un estado intermedio

 

 

el túnel sostiene una rosa roja

que deja caer en la autopista

el asfalto mira cómo respira

piensa que sin él la rosa no sería suave

no tendría olor

no sería rosa

la autopista

ve los átomos vibrando

piensa en ella

el asfalto

sus miradas

 

 

en la autopista corre un avión

tiene pánico

la torre de control persigue al avión

detrás camina el observador

vacía el cerebro de gasolina

quiere ser autopista

justo en la encrucijada del amor

para no elegir

quedarse por siglos viendo

cómo los autos se dejan guiar por las señales de precaución

su instinto siempre lo supo

un beso no lo salvaría

el viaje no lo salvaría

las señales de precaución no lo salvarían

la única respuesta era quedar sin combustible

 

 

el alcohol sigue siendo

lo volátil sigue siendo la suma de todas las autopistas

la voz es la búsqueda

la búsqueda está condenada al fracaso

la polilla está condenada al fracaso

 

 

a la autopista le dieron la llave que encierra el amor perfecto

la cura de la enfermedad

el éxtasis perpetuo

la autopista lanzó la llave al vacío y se sintió cómoda

el observador recordó algo

derramó unas lágrimas que rápidamente se evaporaron del asfalto

 

 

la autopista desea crear ilusiones a los autos

pozos de agua vibrando desde lejos

pero que al llegar se desvanecen

ese es el juego

el remolino de agua sal azúcar en su cerebro sin luz

el observador no está en el cerebro

la autopista está en todas las autopistas

el observador en el centro de la carretera

es la fórmula perfecta para atascarse

quedarse en las imágenes

la parte liberada es el testigo

la parte sin adornos es el testigo

el testigo es el observador

se une a otras carreteras que no son reales

son una mezcla de matices

 

 

la autopista está en la superficie

con la silenciosa desesperación del sueño

las líneas blancas son los cuerpos

las líneas blancas siguen pintadas en el asfalto

no hay que borrarlas

ni ver por el espejo retrovisor

 

 

la autopista no es un lugar

sino un foco de atención

está al borde de reacciones incontrolables

mira cómo se angosta

cómo se hace túnel y se extiende al infinito

el infinito es un estado intermedio

despierta del sueño con los ojos cerrados

no sabe qué es real

ama la muerte

un parpadeo de luces altas

para quedar fuera del asfalto

las cosas son así

suena en el cerebro de piedra caliza

donde almacena los juicios

 

 

la autopista está bloqueada

los hombrecitos de nuevo pintando las líneas

poniendo carteles que se iluminan con la oscuridad

escucha sus voces

sus pequeñas lenguas producen tormentas eléctricas

se pasean por el asfalto como un elefante salvaje

la autopista duda si las metáforas son tóxicas

el camión duda si la autopista es tóxica

el elefante salvaje duda si es elefante

los hombrecitos son surcos blancos en el asfalto negro y espeso

la autopista quiere ser negra y espesa

ser las voces murciélago

las voces elefante

las voces polilla

 

 

la autopista no sabe que es todas las autopistas

el auto queda atrás

los hombrecitos corren con las maletas detrás del avión

pisando las líneas blancas

las líneas blancas son los poemas del asfalto

las líneas blancas de la carretera

que ahora forman la silueta del difunto

 

 

 

todos los puentes caerán porque nunca existieron

 

las negaciones no sirven

las afirmaciones no sirven

matices en movimiento escupen a las señales

 

 

para el volante las autopistas no son iguales

hay barrancos entre ellas

grandes diferencias que los puentes quieren disimular

 

 

los barrancos y su belleza

por qué no vamos hacia el barranco

 

 

la autopista no sabe que todo es un gran barranco disfrazado

el tiempo son las líneas blancas fragmentadas

pintadas por los hombrecitos en el asfalto

las líneas blancas suponen un orden

cuando son continuas no hay que adelantar

pero también las líneas blancas dan giros insospechados

como grillos en la noche hacen música para la huida perfecta

 

 

 

© Gladys Mendía, de los poemas

de: La silenciosa desesperación del sueño. Paracaídas Editores. Lima. 2010

 

Blanca Varela. Camino a Babel

blanca varela

(Lima, 1926 – 2009)

 

I

 

un alma sí un alma que anduvo por las ciudades

vestida de perro y de hombre

un alma de gaznápiro

 

pájaro errante que acostumbra anidar

a la intemperie a la hora precisa de

las catástrofes y de las grandes migraciones

 

pájaro de la urbe

pájaro de la cocina

escoria azul de la mañana que interrumpe

nuestras meditaciones nocturnas

 

un súbito un impensado un imperioso cacareo

de pajarraco solar encaramado en el árbol mañanero

que destila café instantáneo

y angustia

hiel áurea amarga conciencia ausencia

automática de dios inminencia de la mirada

extraña y delimitadora

orfandad amorosa

 

 

 

II

 

si yo encontrara un alma como la mía

eso no existe

pero sí la musiquilla dulzona y apocalíptica

anunciadora del contoneo atávico

sobre el hueco y el tembladeral

 

y la carne dormida

sobresaltada

mar perseguido mar aprisionado mar calzado

con botas de 7 leguas

7 colores 7 colores 7

cuerpo arco iris

cuerpo de 7 días y 7 noches

que son uno

camaleón blanco consumido en el fuego

de 7 lenguas capitales

 

mar settimana

 

cuerpo orilla de todo cuerpo

 

pentagrama de 7 notas exactas

 

repetidas constantes invariables

 

hasta la consumación del propio tiempo

 

ergo

1     detén la barca florida

 

2     hunde tu mano en la corriente

 

3     pregúntate a ti mismo

 

4     responde por los otros

 

5     muestra tu pecho

 

6     da de tu mar sediento

 

7     olvida

 

amén

 

 

 

III

 

pero sucede que llegó la primavera y decidimos echar

abajo techos y paredes sitio sitio para el cielo para

sus designios dormidos con los animales a campo raso

juntos el uno sobre el otro el uno en el otro.

soledad infinita del amor bajo toda luz.

 

y desperté a la mañana siguiente con su cabeza sobre mis

hombros ciega por sus ojos       bianca alucinatta tutta.

 

a césar lo que le pertenece y al cielo la espalda sacudida

por el amor y el temor y el tedio y la esperanza, etc.

pasó a toda máquina la primavera    pintando

 

la casa estaba intacta ordenada por sus fantasmas habituales.

 

el padre en el sitio del padre la madre en el sitio de la madre

y el caos bullendo en la blanca y rajada sopera familiar

hasta nuevo mandato

 

 

 

IV

 

y sucedió también que

fatigados los comediantes

se retiraron hasta la muerte

y las carpas del circo se abatieron ante el viento

implacable

de la realidad cotidiana.

 

y si me preguntan diré que he olvidado todo

que jamás estuve allí

que no tengo patria ni recuerdos

ni tiempo disponible para el tiempo.

 

que a veces

me despierta una mirada

que ávidamente se traga la oscuridad

y que esos ojos azules son restos de alguna luz

restos de algún naufragio

signos del deseo

y de la agonía del deseo.

 

y que nosotros

los poetas los amnésicos los tristes

los sobrevivientes de la vida

no caemos tan fácilmente en la trampa

y que pasado presente y futuro

son nuestro cuerpo

una cruz sin el éxtasis gratificante del calvario

y que no hay otra salida

sino la puerta de escape que nos entrega

a la enloquecedora jauría de nuestros sueños

nosotros o ellos

acertijo joker moneda perdida en el aire.

tibios temblorosos nonatos

sin estirpe ni prole

dispuestos siempre.

 

 

 

V

 

aquí un alto en la jornada al escoger una marcha militar

un sorbo de cualquier bebida gaseosa de preferencia

cerveza cualquier necesidad física al aire libre      cigarrillos

abandono y goma de mascar

 

 

VI

 

y cuando ya

en el piso del vértigo como una tórtola de ojos dulces y rojos

empollas

meciéndote en el andamio que cruje

qué puede importarte.

nada te toca

ni la nube cargada de eléctrica primavera

que envidiabas no hace mucho

ni el recuerdo satinado obsesivo

del pecho que te hechizaba desde lejos

ni los pregones callejeros

de la putañera fortuna

que te invitaba a bailar

algunas noches de ronda.

harta de timo y de milagros

de ensayar el trapecio hasta la parálisis

de la iniciación de cada día

de haberte tragado el sapo con la sopa

el sapo de la náusea pura

y el sapo de la náusea práctica

et alors.

ya no te queda nada

de los dones de las hadas

sino tu hipo melancólico

y tu ombligo pequeño y negro

que todavía no se borra

centro del mundo     centro del caos y de la eternidad

como las líneas de tu mano

por donde corren ríos inmemoriales

y cataratas de tus ojos al firmamento

como única urdimbre de la realidad

oro de lágrimas

y grima de oro

y tu lengua de mil traiciones

cerrada y dulcísima

como un dátil o una aceituna

como en las coplas de los ciegos

hay un relente obcecado de eternidad y miseria.

 

 

 

VII

 

ayúdame mantra purísima

divinidad del estómago y el píloro.

 

si golpeas infinitas veces tu cabeza

contra lo imposible

eres el imposible

el otro lado

el que llega

el que parte

el que entiende lo indecible

el santo del desierto que se traga la lengua

el que vuelve a nacer forzando a la madre

de su madre

el nadador contra la corriente

el que asciende de mar a río

de río a cielo

de cielo a luz

de luz a nada.

 

 

 

© herederos de Blanca Varela

de: El libro de barro y otros poemas. Instituto Nacional de Cultura. Lima. 2005

 

Artemidoro de Daldis. Sueños teoremáticos y alegóricos

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Por otra parte unos sueños son teoremáticos y otros alegóricos. Los primeros son aquellos que guardan relación con su propia visión. Por ejemplo, un navegante soñó que sufría un naufragio y así le ocurrió. En efecto, cuando despertó, la nave se hundió y por poco no pudo salvarse él mismo y unos pocos de sus compañeros. Asimismo, uno soñó que era herido por un individuo con el que iba a ir a cazar al día siguiente y, en efecto, cuando se encontraron los dos fue herido en el hombro, justamente en el sitio donde él lo había soñado. Otra persona, que había soñado que obtenía dinero de un amigo, cuando despertó recibió de él diez minas[1] y las guardó como fianza. Te podría contar otros muchos ejemplos de este tipo.

Los sueños alegóricos, por su parte, son aquellos que expresan unas cosas a través de otras, pues en ellos de forma natural el alma nos indica un mensaje en clave.

Creo que es necesario referirme, de la mejor manera que pueda, a la causa de estos sueños, sus resultados y al verdadero sentido de este término. En primer lugar, diré cuál es la definición universal del sueño, si bien no haría falta ninguna explicación si no me hallara ante personas aficionadas a la discusión.

El sueño es un movimiento o una ficción multiforme del alma que anuncia los bienes y males futuros. Siendo esto así, el alma pronostica a través de imágenes particulares y naturales los llamados “principios fundamentales”, el futuro en un corto o largo período de tiempo, debido a que ella cree que en este espacio temporal nosotros podemos conocer lo que va a ocurrir a través de la lógica[2].

Sin embargo, sea quien sea quien nos dirija, no nos deja tiempo para comprender aquellos hechos que no sufren ninguna demora, dado que considera que de su predicción no vamos a sacar ningún provecho si no podemos comprenderlos antes de hacer uso de la experiencia. Nuestra alma nos muestra por sí misma los acontecimientos, pues no espera que ningún elemento exterior aclare el significado de los mensajes, y de alguna manera nos grita a cada uno de nosotros: “Mira y atiende, cuanto más puedas, a lo que yo te he enseñado”. Y todos reconocerán que esto es así. Nadie dirá nunca que después de la visión no tienen lugar sus cumplimientos sin que pase un cierto espacio de tiempo. Incluso algunos de ellos se producen, por así decirlo, a la vez que la percepción, cuando aún no ha desaparecido la visión onírica. Por este motivo estos sueños se denominan, con razón, teoremáticos, ya que se cumplen en el mismo momento en que se experimenta la visión.

El ensueño, que no tiene ningún simbolismo, va acompañado de la apariencia, sobre la que ya han escrito muchos otros autores, como Artemón el Milesio y Febo de Antioquía, mientras que el sueño contiene la visión y la respuesta oracular. No obstante, voluntariamente dejamos a un lado una exposición minuciosa de esto, pues creo que si para uno no está clara su naturaleza, tampoco lo estará para el que vaya a explicarla[3].

Algunos distinguen cinco tipos de sueños alegóricos. Llaman “propios” a aquellos en los que uno sueña que es él mismo el que hace o sufre algo; el cumplimiento, bueno o malo, solo afectará a la persona que ha tenido la visión. “Ajenos” son aquellos en los que es otra la persona la que hace o sufre algo; el sueño, positivo o negativo, únicamente se cumplirá para esta persona, si la conoce el que ha tenido el sueño o, en cierta medida, es allegado suyo. Sueños “comunes” son los que, como indica su propio nombre, se realizan con cualquier persona conocida. Las visiones que tienen relación con los puertos, las murallas, las plazas, los gimnasios y los monumentos cívicos reciben el nombre de “públicos”. El eclipse y la desaparición temporal del Sol, de la Luna y de los demás astros, así como los anormales movimientos de la tierra y del mar, se refieren a hechos del cosmos, y por ello con razón se les llama sueños “cósmicos”.

Sin embargo, estas definiciones generales no son tan simples, puesto que ha sucedido que los sueños propios no han afectado solo a los que han tenido la visión, sino también a sus allegados. Por ejemplo, uno soñó que él se moría y, sin embargo, falleció su padre, precisamente la persona que era para él su otro yo y de la que participaba su cuerpo y su alma. Otro, a su vez, soñó que era decapitado y murió su padre, dado que este era la causa de su existencia y de su vista, como la cabeza lo es de todo el cuerpo. Asimismo, ser ciego es señal de destrucción no para el que ha tenido el sueño, sino para sus hijos, y así te podría mencionar otros muchos ejemplos similares.

Incluso alguien, apoyándose en la experiencia, podrá decir que los sueños ajenos afectan también a los propios individuos que han tenido la visión. Así, por ejemplo, uno soñó que su padre estaba quemado, y sucedió que él mismo se murió, debido a que, a causa del dolor por su hijo, el padre se consumía por el sufrimiento, es decir, por el fuego. Por su parte, otro soñó que su amada se moría, y poco después fue él quien abandonó esta vida, privado así de la más grata relación que tenía. Análogamente, soñar que la madre o la esposa están enfermas produce debilidad y desorden en las actividades profesionales. Y en este aspecto concreto no existe divergencia, sino que todos opinan unánimente que la profesión está relacionada con la madre, ya que esta es la que alimenta, y con la mujer, porque es la persona más propia del hombre. Además, si en sueños vemos que los amigos sufren dolor, ello nos producirá tristeza y si aparecen alegres, placer. De acuerdo con esto, es posible poner en duda los sueños comunes, dado que algunos de ellos dan lugar a consecuencias de tipo “propio”, en lugar de “común”.

Esta clasificación de los sueños, según la han establecido los autores antiguos, es válida en la mayoría de los casos. Los raros ejemplos que voy a relatar seguidamente y que han tenido lugar de la forma en la que yo los cuento, propician el error a los entendidos en estos temas. Por ello, hay que hacer la siguiente distinción. En el caso de los sueños propios, los asuntos que no tienen que ver con los amigos se cumplen solo en la persona que ha visto el sueño, pues son hechos que únicamente pueden afectarles a ellos y no les suceden a otros o por mediación de otros, como es el caso de hablar, cantar, bailar y también el pugilato, competir, colgarse, morir, ser crucificado, ahogarse, encontrar un tesoro, entregarse a los placeres del amor, vomitar, defecar, dormir, reírse, llorar, hablar a los dioses y otras actividades parecidas. En cambio, lo que tiene que ver con el cuerpo, con una de sus partes o con algo externo, tal como los lechos, cofres, canastillos y los demás objetos, vestidos y utensilios de esta clase, aunque sean personales, muchas veces suelen afectar a las personas próximas, según la relación de sus funciones. Así, la cabeza representa al padre; el pie al esclavo; la mano derecha al padre, a un hijo, a un amigo y a un hermano; la izquierda[4] a la mujer, a la madre, a una amiga, a una hija y a una hermana; el órgano sexual a los progenitores, la mujer y los hijos; la pierna a la mujer y a la hija. Para no extenderme más en estas cuestiones hay que aplicar los mismos principios en relación con las demás partes del cuerpo.

Los sueños comunes y ajenos que tienen lugar para nosotros a través de nosotros hay que considerarlos como sueños propios, mientras que aquellos que no se realizan para nosotros o por nuestra mediación afectarán a las demás personas. Pero si en estas visiones onñiricas aparecen amigos nuestros y las señales son positivas, entonces habrá alegría y placer para aquellos y, en parte, para nosotros. En cambio, si los signos son negativos, ambos tendremos, respectivamente, desgracias y tristezas, no solo debido a los males de aquellos, sino también por nuestra propia culpa. En el caso de que en el sueño aparezcan enemigos, habrá que emitir un juicio contrario al anterior.

Sobre los sueños públicos y cósmicos puedo decir lo siguiente: nadie soñará nada sobre algo que no le preocupe, como tampoco han experimentado sueños sobre asuntos personales lo que no tenían inquietudes de este tipo. No es factible que alguien humilde sueñe con acciones importantes, por encima de sus posibilidades. Esto contradice la teoría, pues se trata también de sueños personales que afectan a las personas que los experimentan, a no ser de que se trate de un rey[5], un magistrado o alguien muy importante. A estos les preocupan los asuntos públicos y pueden recibir una visión sobre ellos, no como personas particulares que son dignas de poca confianza, sino como soberanos preocupados de algunas cuestiones en pro del bien público. Como dice al respecto el poeta, cuando los ancianos discuten en el consejo sobre el sueño de Agamenón[6]:

“Si algún otro de los aqueos nos hubiera contado ese sueño, diríamos que es una mentira y desconfiaríamos aún más de él; sin embargo, lo ha soñado el que se vanagloria de ser el mejor en el ejército”.

Estos versos quieren decir que si cualquiera de los aqueos hubiera contado el sueño, no consideraríamos mentiroso al que lo relatara, sino falso al mismísimo sueño y que sus resultados no tienen que ver con nosotros. Por ello no deberíamos haberle prestado atención, si bien en ese caso es imposible que no nos afecte, ya que es un rey el que ha tenido tal sueño.

No obstante, se dice que en alguna ocasión ciertos individuos, corrientes y pobres, han tenido visiones de tipo público y que, tras haberlas difundido por vía escrita y oral, han merecido crédito por parte de la gente porque los resultados han coincidido con los sueños, si bien se olvidan de que ellos mismos desconocen su causa. Esta visión onírica afectó a toda la comunidad, no porque la haya soñado una vez una persona particular, sino porque muchos han tenido el mismo sueño, y unos lo han proclamado públicamente y otros individualmente en privado. Y así, sucede que no es una persona particular el que ha tenido el sueño, sino el pueblo, que no es nada inferior a un general o a un magistrado. En efecto, cuando el bien común interesa a la ciudad, va a suceder, unos con una determinada visión y otros con otra distinta. Lo mismo ocurre en las situaciones adversas, si no son muchos, sino uno solo el que experimenta el sueño, no es justo que únicamente él sufra su efecto, a no ser que se trate de un general, de algún otro magistrado, de un sacerdote o de un adivino de la ciudad. En esta cuestión están asimismo de acuerto Nicóstrato de Éfeso y Paniasis de Halicarnaso, personajes muy conocidos y famosos.

 

 

de: El libro de la interpretación de los sueños. Ediciones Akal. Madrid. 1999.

Mª Carmen Barrigón Fuentes y Jesús Mª Nieto Ibáñez, de la edición y traducción.

 

 

N O T A S

[1] Unidad de cuenta monetaria que equivale a 100 dracmas.

[2] Como ha sido ya destacado por la crítica moderna, en especial C. Blum, (Studies in the Dream-Book of Artemidorus, Uppsala 1936, p. 62) y D. del Corno “Il sogno e la loro interpretazione nell’età dell’imperio”, Aufstieg und Niedergang der Röminischen Welt 16.2 (1978), 1605-1618, en el Daldiano nos encontramos ya con un avance en la investigación de la orinogénesis, dado que en este y otros pasajes (II 66, IV 2, 42 y V 40) propone una participación activa del alma en el sueño.

[3] Artemidoro evita entrar en el problema de la clasificación de los sueños, tan habitual y tradicional en los tratadistas de esta materia. Nuestro autor apenas seguirá este esquema clasificatorio, ya que se centrará en un solo tipo de sueños. Sobre este tema puede consultarse la obra de A. H. M. Kessels, “Ancient Systems of Dream-Classification“, Mnemosyne 4 (1969), 389-424.

[4] El concepto de derecha e izquierda desempeña un papel importante en la magia y la profecía.

[5] No es posible en todos los casos dar el valor preciso del término griego basileús. En principio significa “rey”, “jefe”, etc. No obstante, en esta época ya tardía puede perfectamente utilizarse como sinónimo de autokrátoros, “emperador”. Por tanto, en nuestra traducción intentaremos precisar en término basileús, como “rey” o como “emperador”, de acuerdo con el contexto en que aparezca en cada caso. Empero, optaremos por el genérico “rey” cuando su valor no esté totalmente claro.

[6] Ilíada 2. 80-82.

 

Jorie Graham. Rompiente

Jorie Graham.jpg

(Nueva York, 1950)

 

Un día: viento más fuerte de lo que nadie esperaba. Más que ningún otro

desde que se registran

tales cosas. Anti-

natural dicen las noticias. Hasta el cuerpo lo dice.  Qué parte del cuerpo—miro

abajo, puedo

sentirlo, sí, no sé,

dónde. Sumergiéndonos también,

haciendo de los campos, los árboles, un elenco de personajes en un

innegociable

drama, decretado, férrea oscuridad de luz cansada, todo deshaciéndose a sí mismo

a la vez. También sostenido, como en un pensamiento

odioso, o una vanidad que se arroja sobre ti desde la

nada y hace

que uno sienta la malicia de ser fiel a una

idea. Todo inevitable y agitado como

amaneceres de un futuro ignoto. Ahora quién va a arreglar esto. Y cómo el futuro

adquiere forma

demasiado rápido. Lo permanente refluye. No deja

nada similar a

huellas, han sido borradas, la hierba prolifera, vida que perturba vida, y es tumulto

a nuestro alrededor, como un enclaustramiento

extremo, difuminando la sensación

del estado del

ser. El que ayer mismo existía, calmo y

cierto. Como el derecho a la

intimidad—qué extraño sentimiento, aquí, el derecho

piensa en tu aflicción dice el

viento, no alegues ignorancia, y el pasado

se infiltra más y

más, mucho más lejos de donde solía llegar, golpeando los postigos que

acabo de ajustar de nuevo, enorme mal-

entendido en torno a mí que estoy tan

quieta en

el centro de esta habitación, y escucho—oh,

no hay controversias, se está

de acuerdo en todo, de buen grado nos pusimos en marcha, y

supimos además jugar con reglas, y si te digo ahora

vámonos

a algún sitio la idea no sobrevivirá

a su instante, ahora está aquí, cargando un vendaval

de Atlántico Norte, siseando Piensa en

el cuerpo del océano que cada segundo se alza hacia mi

encuentro , y su

antigua e-

vaporación, cómo se entrega a

mí, y cómo el mundo es nuestra ley, la intraderiva de nosotros en nos-

otros, un coralismo de elementos en nosotros y cómo

este entremezclarnos no tiene in-

teligencia, forma

reverberación, sílabas intranscriptibles, ad-herencias, y cómo es el asombro lo que

mana de nosotros cuando, en el

bucle, en lo más bajo

de la cadena

alimenticia, surgido

de corrientes submarinas y 1 grado más caliente, el in-

dispensable

plancton es empujado al norte, y más al norte todavía,

desovando muy tarde para la eclosión de la larva del bacalao,

así que la cría no sobrevivirá, ni la

especie al final, en la ahora-mismo siempre in-

terrumpible desaceleración de la

corriente

del golfo, así que yo, hablando contra este viento hoy, a voces, a nadie, soy de golpe

consciente

de que he escrito mis poemas, lo siento en

mis inútiles

manos, palmas en mi regazo, y en mi escucha, y también el recuerdo de una estación en su

plenitud, en donde se derrama como un

obtuso llanto este in-

cesante destellar de hojas, loco de sombras, por

tragaluces, muros, las enconrvadas filas de árboles

salpicados de astillas de

luz como

sonrisas que se tuercen—infinidad de ellas—serpenteando entre los muros, sobre las

hierbas—bocas

que alcanzan

otras bocas—succionando todo el

aire—vastos alientos en vaivén entre las hirientes brumas—y avivadme

más aún dice este viento nuevo, y

de acuerdo con el juicio

vuestro, y

estoy inclinando mi corazón hacia el fin,

no puedo fallar, este sábado, temprano, a mediodía, este arrojarme,

enmarañadas furias a lomos de mis múltiples espaldas, contra tus cimientos y tu

mejor, más joven

árbol, el que saliste a apuntalar de nuevo, y las piedras sueltas en el alféizar.

 

 

 

© Jorie Graham, del poema

© Rubén Martín, de la versión al castellano

de: Rompiente. Bartleby Editores. Madrid. 2014.